El molino de Dedham

Cuento de Juan García Brun: El Profesor

Desde que llegué a la ciudad me dediqué a ordenar mis trabajos sobre la policía del lugar. Había terminado en esa época un ensayo sobre la Guardia Civil española y su papel en el ordenamiento del campo en la península. Había recibido comentarios elogiosos desde diversas zonas del país; una nota aparecida en La Prensa Austral, calificaba el trabajo como transversal.

Mi casa era en realidad un tanto sobredimensionada. Mi dormitorio estaba en el segundo piso, al lado del cual instalé mi estudio y biblioteca. En la planta baja, en la que había tres enormes salones y una cocina de un largo de unos 12 metros, puse un par de sillones y dejé clausurado los salones que daban al jardín, por razones de seguridad.

El primer fin de semana fui visitado por unos vecinos que me llevaron un pastel de papas y una botella de vino, a modo de bienvenida. Era un matrimonio mayor, él parecía jubilado de la Policía y eso me pareció un buen augurio. Recibí invitaciones para ir a la Iglesia, para dar charlas en una escuela que estaba en el bajo, cerca del molino. Podría decir que ese primer mes mi vida, tomó un color un tanto intenso, teatral quizá. Como nunca antes tenía actividades en todas partes, era bien recibido y se me invitó a escribir una columna en el diario local, con absoluta libertad de temática, como se encargó de decirme el Director del medio, a la salida de un concierto de la banda del pueblo.

Todo transcurría con el designio que he indicado. Es más, muchas veces me ocurría, en medio de este vértigo que me levantaba y el desayuno ya estaba puesto o bien mi ropa ordenada, las cortinas abiertas, al salir de la ducha. Era como un estado de trance y completa realización.

Un día llevé dos aspiradoras y dos enceradoras a un taller de reparaciones. El lugar, como casi todos los que había en el pueblo, era de dimensiones un tanto exageradas, pero yo seguía con mis medidas de percepción originarias. El hombre jefe del taller revisó los aparatos que le llevaba y me dijo que cobraba 100 por la revisión de cada aparato y que ese cobro no se imputaba al precio final. Yo le propuse, que lo tenía pensado desde ayer, que viera cuál de los aparatos era más fácil reparar, me cobrase esos trabajos y se quedara con los dos artefactos de más difícil reparación, a modo de compensación.

El hombre me dijo que no, discutimos en buenos términos y finalmente aflojé, porque no quería comprar artefactos nuevos y eso sí que me saldría más caro. Como llegamos a un acuerdo, tomó mis aspiradoras y enceradoras y se las llevó a la sala de reparaciones, que a considerar por el eco, era un lugar aún más grande y vacío.

Mientras esperaba, conversamos el hombre, un anciano y yo, sobre la vida en el pueblo. El viejo refirió la pesca en el río y yo le hablé de mis clases y de la excelente recepción que habían tenido mis textos en el alumnado. El hombre guardó silencio y luego de fijar prolongadamente la vista en el viejo, me comenzó a hablar de un misterio del pueblo. Me lo dijo directamente: hay una Rata Humana entre nosotros. Hace mucho que actúa en el pueblo y no hemos logrado dar con ella.

Sorprendido, pero no tanto visto, con la distancia que dan los años, pregunté si se refería al personaje de la película de los 80 con el mismo nombre, protagonizada por Nelson de la Rosa. No, no, me dijo el jefe del taller, no le estoy hablando de una película profesor. Le estoy hablando de algo que ocurre acá en la realidad, dijo, y apoyó las manos en el mesón.

El anciano me miró y asintió cerrando los ojos y prendiendo un cigarrillo Hilton.

No se trata de una fantasía. Es una rata con cabeza de rata y de gran tamaño, su terrible particularidad es que tiene los pulgares opuestos, tiene motricidad fina, maneja herramientas, pinta, cocina. Profesor, me dijo acercándose, la rata penetra en las vidas de todos y hace aquellas cosas que necesitamos, sin darnos cuenta.