Sobre la supresión de la Historia (I)

Por Átopos Waldgänger 

 

La medida anunciada por el gobierno acerca de la asignatura de historia tiene una motivación transparente, sin margen de duda: se quiere desincentivar la formación escolar humanista y en cambio propiciar la formación orientada hacia áreas técnicas y profesionales ligadas a la producción directa de valor en la industria, el comercio y las finanzas.

En los últimos años en Chile la tasa de empleabilidad en las áreas humanistas y sociales, incluida la educación, se ha reducido de forma acelerada mientras que en otras áreas ha aumentado. Los profesionales que conducen Uber, sirven mesas y saltan discontinuamente de un proyecto a otro, no son en su mayoría ingenieros ni técnicos, sino pedagogos, licenciados en humanidades y cientistas sociales. Estos desempleados y precarios presionan hacia abajo los salarios, pero lo hacen en unas áreas que no están al centro de la economía de empresa, sino que le son subsidiarias. Dado que no ejercen presión sobre los salarios industriales, comerciales y financieros, no hacen ningún aporte significativo a la mantención o alza de la tasa de ganancia en esas áreas de la economía.

Si no tienes en cuenta ese dato, difícilmente podrás comprender que este gobierno no está actuando motivado por el miedo que le suscitan las humanidades y las ciencias sociales. Esto no es el régimen de Pinochet cerrando carreras humanistas por estar llenas de militantes de izquierda. Estamos hablando de una época en que el vínculo causal entre estudiar humanidades y adquirir conciencia social crítica sólo existe en la imaginación de quienes siguieron esas carreras o quieren seguirlas, o fantasean sobre ellas sin conocerlas. Las facultades de humanidades y sociales hoy día se parecen más a centros de reclutamiento de tecnócratas y hipsters drogadictos que a nidos de subversivos. Por su parte, al empresariado lo único que le interesa es que la formación de fuerza de trabajo calificada sea lo más rentable posible en el mediano y largo plazo. Insistiré, para que quede claro: en Chile hay ingenieros que al titularse parten ganando dos millones de pesos mensuales, mientras que hay miles de profesores y sociólogos que se pasan años desempleados o en trabajos precarios antes de ser contratados en su área, si es que llegan a serlo alguna vez. Esa desproporción no beneficia de ninguna forma al empresariado industrial, comercial y financiero. Con esa distribución de la empleabilidad y del desempleo sólo están perdiendo plata. Necesitan que haya muchos más profesionales ligados a la producción directa de plusvalor, porque es así como aparece la competencia por los puestos de trabajo haciendo que los salarios tiendan a bajar, lo cual aumenta los márgenes de ganancia allí donde la productividad ligada a la introducción de tecnología es aún muy insuficiente.

Los estudiantes de humanidades, pedagogía y sociales, dado que nunca se han interesado realmente en cuestiones de economía política, ignoran alegremente todo esto, que antes del posmodernismo solía llamarse «el mundo real». En cambio, prestan una atención obsesiva y exclusiva a las ilusiones que ellos se hacen sobre sí mismos: «si nos interesa la historia, la sociología, la educación y la filosofía, es porque tenemos conciencia social, y esto nos hace peligrosos para el sistema, y esta es la razón de que el gobierno quiere que los estudiantes no conozcan la historia», etc., etc. Analizan la realidad social como si ésta fuera reflejo y resultado de su propia subjetividad. Se imaginan que el mundo es tal como ellos quieren que sea, que la realidad debiera acomodarse a la medida de sus deseos. No pueden creer que su «conciencia crítica» no sea tan importante, que su autoestima basada en su título profesional y sus gustos culturales no sean más que datos secundarios en la mesa donde realmente se decide todo: aquella donde se contabilizan las ganancias y pérdidas capitalistas.

La realidad es así de cruda: nadie en la elite empresarial y gubernamental cree realmente que la asignatura de historia sea una amenaza para el orden capitalista. Porque no lo es, nunca lo ha sido y nunca lo será. La asignatura de historia simplemente ha dejado de servir al interés de la economía nacional que es aumentar la tasa de ganancia de las empresas, y por esa razón se ha decidido marginarla a fin de desincentivar el interés que los estudiantes aún puedan tener en ella. Y esto con la única finalidad de que menos jóvenes quieran estudiar humanidades -donde su desempleo y precariedad no ejercerán ninguna presión sobre los salarios productivos- y más jóvenes quieran formarse en áreas productivas, donde el superávit de fuerza de trabajo sí ejerce una presión sobre los salarios incidiendo directamente sobre la ganancia empresarial.

Esto no quiere decir que los amantes de la historia, la filosofía, la educación y las ciencias sociales no tengan motivos para reclamar que esas disciplinas sigan siendo impartidas en la enseñanza media. Tienen todo el derecho a hacerlo. Pero si realmente aman esas áreas del saber, al menos deberían tomarse la molestia de aplicarlas, analizando críticamente sus propias motivaciones.

Estudiar historia no hace a las personas más rebeldes ni inconformistas; en el mejor de los casos les permite ocupar sus mentes en pasatiempos intelectuales que les distraigan de la mera supervivencia económica. Estudiar historia no les convierte en potenciales revolucionarios ni en una amenaza para el sistema; como mucho les hace propensos a una conciencia vagamente antisistémica (y fundamentalmente socialdemócrata) que es justo lo que el capitalismo necesita para efectuar su propia autocrítica, esa que lejos de cuestionar las bases de la explotación le permite al capital corregir continuamente sus imperfecciones y ampliar sus alcances sistémicos. Que haya más estudiantes aprendiendo historia no nos acerca ni un milímetro a la superación revolucionaria del capitalismo; y que haya menos no nos aleja de ella. Ninguna revolución ha dependido jamás del currículum escolar. Aún si fuera el caso de que estudiar historia en el liceo hiciera a la gente más crítica, el hecho de que no haya una fuerza social revolucionaria capaz de abolir el capitalismo no se debe a que hay un insuficiente número de personas interesadas en estudiar historia. Hasta podría decirse que lo contrario es cierto: en los últimos veinte años el interés por la pedagogía y la historia creció de forma considerable precisamente entre los miembros de la generación que se politizó para ir a engrosar las filas del Frente Amplio, lo contrario de una fuerza anticapitalista. En cualquier caso, la cantidad de gente que se apasiona por la historia en el liceo sumada a la que se ha licenciado en historia en la universidad, bastaría de sobra para formar una vanguardia política revolucionaria, si se tratara de eso. Pero no es una cuestión cuantitativa. Lo que hace la diferencia entre una potencia revolucionaria y su ausencia, no es el número de personas que se sienten a disgusto con la sociedad, sino la calidad de su comprensión teórica, de sus vínculos personales y de su capacidad de organización. La calidad de su praxis, en una palabra.

Descartada entonces la ficción de que la asignatura de historia contribuye a producir conciencia social crítica, ¿qué razón queda para reclamar que siga siendo obligatoria?

Se podría pensar en un interés gremial: en lo inmediato, si hay menos alumnos interesados en estudiar humanidades, la demanda de profesores en esa área específica se reducirá y con ella la oferta de empleos. En ese caso, el reclamo contra la medida del gobierno tiene la misma legitimidad que la de cualquier sector de trabajadores que emprende una lucha contra la reducción de puestos de trabajo. Pero entonces, ¿qué hay de la pertinencia o utilidad social de ese trabajo? Por supuesto, es indiscutible, desde la óptica de los propios interesados. ¿Estaríamos dispuestos a discutir que los trabajadores de una termoeléctrica luchen para impedir que la central sea cerrada dejándoles desempleados? No intentaré responder acá a esta cuestión. Por otro lado, si en el largo plazo disminuye la cantidad de alumnos interesados en estudiar humanidades, esto tendrá consecuencias positivas para los trabajadores de ese sector porque al reducirse la oferta de fuerza de trabajo se reducirá también la presión sobre los salarios. Tampoco indagaré más en esto, porque claramente no son temas que interesen especialmente a los amantes de la historia, las humanidades y las ciencias sociales. El tema de ellos es la crítica constructiva, el desarrollo del país, que haya igualdad y justicia, etc. Anhelan que la educación en Chile siga siendo obligatoria, pero que además sea gratuita y de calidad. Y sobre todo igualitaria, como la que se administra en Finlandia, que dicho sea de paso concentra los índices más altos de depresión, ansiedad, alcoholismo, soledad y suicidio en Europa.