Camilo Berneri: El fascismo, la masa, los jefes

Tendría un interés de carácter estrictamente histórico remontarse al período anterior al desarrollo sindical del fenómeno fascista, si esta mirada retrospectiva no fuese útil también para combatir un estado de ánimo muy difundido hoy: la desconfianza en las masas. Esta desconfianza es uno de los obstáculos más graves para reemprender la lucha de los partidos de izquierdas, y para una exacta valoración de las posibilidades de un movimiento clasista inmune a los defectos del pasado período demagógico.

Que grandes masas proletarias hayan pasado de las banderas rojas a los gallardetes negros es un hecho que demuestra, indiscutiblemente, la falta de preparación política de la clase obrera, inconstante, por defecto típico de la raza latina y por insuficiente madurez de la consciencia. Pero no es un hecho que pueda justificar el pesimismo de muchos de los vencidos, ni el larvado desprecio de los vencedores. Ni puede justificar la ligereza y, en algunos casos, la vil falta de honradez de los líderes.

Al inicio de 1919 las plazas de Italia desbordaban de descontentos, los veteranos del barro de las trincheras empezaron a gritar hurras a la revolución y a Lenin, su profeta.

La prensa roja multiplicaba la tirada y se alargaban las listas de las suscripciones. Los sindicatos se volvían cada vez más pletóricos, y era espectacular la afluencia de nuevos miembros a las secciones y grupos de los partidos de vanguardia. Las elecciones de noviembre de 1919, con un programa extremista, llevaron al Parlamento a una inflamada patrulla sentada a la extrema izquierda. Pero los discursos, las manifestaciones, las marchas, se sucedían sin que se perfilase ni la figura de un gran líder, ni una unión de partido de gobierno bien organizado.

La subida del precio de los alimentos en la primavera de 1919, incita a una mezcla explosiva de descontento, sobre todo por los periódicos «biempensantes», pero se extingue en charcos de vino y aceite, y la ahogan en un banquete. Aún no se había instituido la Guardia Regia, el ejército estaba impaciente por licenciarse, y el gobierno dio rienda suelta a la pequeña revolución pantagruélica.

Tal vez el gobierno vio con buenos ojos estos disturbios esporádicos y mal dirigidos, como un modo de disminuir la presión de la insurrección, distrayendo a la opinión pública de las verdaderas causas y del auténtico responsable del alto coste de los alimentos, y que servía de advertencia a las clases ricas que impedían cualquier intento del gobierno tendente a restablecer un estado de cosas que se acercaba a la pre-guerra. ¿Qué hicieron los líderes? Dejaron que la ira miope y la mísera codicia del pueblo golpearan a los tenderos, que vivían de los beneficios de una pequeña tienda modesta, porque los grandes almacenes disfrutaban del privilegio de ser defendidos por la fuerza pública.

Los líderes no supieron afrontar, y tampoco lo intentaron, el impulso saqueador que mostraba un campo más vasto de acción. Se limitaron a cubrir, con los velos policromos de la retórica demagógica, el salami y las botellas del festín popular, limitándose a hacer ir a los almacenes a la Cámara del Trabajo y convirtiendo a los porteros de las tiendas en los jefes más astutos. Las consecuencias fueron: que una parte de las masas de los trabajadores creyó que la revolución no fue más que un saqueo muy grande; que los tenderos grandes pensaran en un castigo, y que los pequeños, encontrando injusto que la gente robara en sus tiendas mientras que se dejaban tranquilas a las gruesas carteras y a la mafia encumbrada, estuvieron mal dispuestos hacia ese bolchevismo que, en su empírica conciencia pequeña burguesa, equivalía a un nuevo saqueo.

El cansancio popular estaba próximo. El contraataque burgués se estaba preparando. Los líderes socialistas no vieron nada. Al igual que en el movimiento del alto costo de los alimentos no hicieron nada para no perjudicar a la huelga general del 20-21 de julio, así, a finales de junio de 1920, con el estallido de la insurrección militar y obrera de Ancona, rechazaron la idea de un movimiento republicano, porque habría dado lugar a una moderada república socialdemócrata, y no a la dictadura comunista soñada bajo los esquemas y programas moscovitas.

Cuando llegó la ocupación de las fábricas, en agosto y septiembre de 1920, la crisis revolucionaria parecía evidente, en la ambigüedad de los líderes y en la falta de preparación de las masas. En esos días tuve la ocasión de presenciar la ocupación de las fábricas en los centros industriales de la Toscana y Emilia.

Me di cuenta de que el espíritu de los trabajadores era muy diferente en las distintas ciudades. En algunas, el entusiasmo del primer momento, era seguido de una sensación de agotamiento.

En otras persistía el entusiasmo, pero los medios de defensa y los elementos técnicos no se correspondían con la buena voluntad. En todos los trabajadores con los que tuve contacto se producía la confusión de querer hacer la revolución y de esperar el final de las negociaciones entre D’Aragona, Buozzi y los industriales, con el gobierno como intermediario.

Desvanecido el entusiasmo colectivo de los primeros días de la ocupación, la masa se dividió. Estaban los que pensaban: «¡Mejor! La revolución comienza. Debemos atrevernos, sacrificarnos»; pero estos eran pocos. Estaban los que gritaban: «Ahora nosotros somos los jefes. Controlamos nosotros», pero no sabían lo que había que hacer y no se preguntaban hasta dónde podía llegar su voluntad, y eran muchísimos. Y estaban los que pensaban: «¡Dios nos ayude!», y eran muchos.

Cuando en octubre de 1920, Malatesta, Borghi, otros representantes anarquistas y los organizadores sindicalistas, fueron detenidos, hubo alguna ocasional demostración de huelga como respuesta a la acción del gobierno. La reacción empezaba a encontrar el camino libre.

¿Cómo fue posible que el fascismo camorrista no levantara las protestas de las clases medias? Porque estas clases estaban irritadas por la hostilidad de las masas obreras hacia todo cuanto apestara a burgueses y militares.

Las burlas hacia las damas, las amenazas a los estudiantes, la caza a los oficiales… toda esta ciega hostilidad del mono de trabajo hacia el sombrero de plumas, hacia el cuello almidonado, hacia los uniformes de oficiales, creó un gran descontento, que se hizo más y más vasto con el exasperante goteo de huelgas en los servicios públicos, huelgas indispensables en muchos casos, pero, en otros muchos, desproporcionas, con el fin de ser incluso más dañinas que las primeras, porque la razón no era evidente. Es interesante, en este sentido, la opinión expresada por un anarquista autorizado, Luigi Fabbri, en su libro La Contro-rivoluzione preventiva. (Cappelli, Bolonia, 1922). Si los trabajadores del servicio público tienen derecho a huelga:

«desde el punto de vista del interés de clase y del interés revolucionario —por el que deben tratar de recoger por su propio esfuerzo el mayor número de apoyos y disminuir el número de hostilidades— los trabajadores mismos deberían poner un límite a la utilización de esta arma de doble filo, muy eficaz en ciertos momentos y circunstancias, pero que, por su naturaleza, tiende a aumentar en torno a sí la oposición del público y a limitar las adhesiones al movimiento, no solamente entre las clases dirigentes, sino entre todos».

Y eran los líderes, socialistas y sindicalistas, los que llamaban a estas huelgas generales que surgían con demasiada frecuencia, para defender pequeños intereses de clase y los hechos más insignificantes.

Las manifestaciones, cada vez más numerosas, y siempre ineficaces, exasperaban, obligando a los servicios, en el largo turno, a un trabajo excesivo, y al violento contacto permanente con la multitud hostil, y con la fuerza pública, que estaba también irritada por la sistemática, y, a veces exagerada, campaña, a base de artículos agresivos y caricaturas insultantes de los periódicos de izquierda. Los líderes, muy agradables en las antesalas de las comisarías y en los juzgados, no dejaron de agitar a las multitudes contra los guardias reales, contra todo desgraciado trasladado de la posguerra, incapaces de darse cuenta de su propia función, y alejados del espíritu y la vida de la Italia septentrional y central.

Este error táctico explica muchos de los enfrentamientos entre los manifestantes y la fuerza pública (140 de ellos con resultados letales y 320 muertos en los partidos obreros), que de abril de 1919 a septiembre de 1920, avivó en las masas una momentánea indignación, intensificando el descontento de las clases medias y dejando a las masas en un estado de deprimente fatiga.

El fascismo comenzó a penetrar en las masas. En primer lugar, corrieron a inscribirse en los sindicatos fascistas aquellos trabajadores que siempre habían estado listos para ir donde vieran el cuenco más lleno. Entonces, los que estaban aislados en lugares sin gran desarrollo de la vida obrera tuvieron que elegir entre la nada y la entrada en los sindicatos fascistas.

Luego llegaron las adhesiones en masa en las zonas en las que los medios de coerción, desde las palizas a incendiar las casas, eran tales, que no permitieron resistencia alguna.

El terror explica, pero sólo hasta cierto punto, las deserciones.

La verdadera causa es la mala educación dada por los líderes a las masas, especialmente en las zonas rurales. En ciertos lugares ser de la Liga o ser socialista eran sinónimos. El socialismo se reducía a cuestiones de aumento de salarios, a la elección del diputado más dispuesto a actuar para proteger los intereses de la organización, para asegurar el egoísta mecenazgo gubernamental a las cooperativas, a la conquista del ayuntamiento con el fin de gravar más a los señores. La táctica sindical, cooperativista y política de los socialistas se inspiraba en la fórmula: los máximos resultados con el mínimo esfuerzo. Por tanto, ningún sentido heroico de la lucha de clases, sino la mezquina alianza de intereses sin la luz del idealismo.

Carecían, y no podía ser de otro modo, de la confianza de las masas en sus propios líderes, abogados ansiosos de un rinconcito en el parlamento o promotores de negocios que se aferran a sus privilegios.

Los líderes, para dominarla, sirven a la masa. Para congraciarse, la halagan. La abandonaron incapaces de ir contra corriente, y temerosos de comprometer su popularidad caen en los errores más groseros. Uno de estos errores, y uno de los más graves, fue el de obligar a los trabajadores adversos a la organización a que entraran en las asociaciones. Estos miembros forzosos, fueron los primeros en marcharse y pasarse a la otra orilla, y fueron luego los más fascistas. Los hechos han dado la razón a los anarquistas, que en su Congreso de julio de 1920 en Bolonia, afirmaron que «todo el mundo tiene derecho al trabajo, y que la organización debe ser portadora de la creciente consciencia de los trabajadores, y no imponerla por la fuerza», en protesta contra el sistema de organización obligatoria, que es «violación de la libertad que daña el contenido idealista y cualquier espíritu de lucha, y constituye un germen de disolución en el seno de la misma».

Pero sería demasiado largo el examen de los errores pasados. Llegamos, pues, a la posición en la que las masas de trabajadores, fascistoides o no, se encuentran frente a los líderes, a los que dominan.

En la ofensiva fascista del otoño de 1920, no fueron los círculos políticos los primeros en ser sometidos, sino las Cámara del Trabajo y las cooperativas. En el ataque «anti-bolchevique» se procedió con igual violencia tanto en los centros de subversión

como en aquellos lugares donde el espíritu revolucionario de posguerra no había tenido un desarrollo significativo, o donde no se había producido ningún incidente grave de guerra de clases.

En Reggiano y Modenese fueron agredidas las organizaciones reformistas, en Bergamasco las católicas, en Padovano incluso las cooperativas apolíticas y las dirigidas por los conservadores.

En el apogeo de la etapa camorrista de la avanzada fascista, Benito Mussolini tuvo que decir: «El fascismo es sinónimo de terror para los trabajadores… una chusma de negociantes y politicastros ha identificado el fascismo con la defensa de sus turbios intereses». Todo esto sucedía porque los líderes fascistas, si bien hacían alarde de un aristocrático desprecio al número, tuvieron que rebajarse al reclutamiento de numerosos seguidores, muchos de los cuales tenían los impulsos y los intereses de los matones. Al período de asociacionismo político-militar, le sucedió el del asociacionismo sindical.

El programa del sindicalismo fascista era:

1) el reconocimiento de la función económica y social, del empresario y el capitalista;

2) el conocimiento y la creación de una jerarquía técnica;

3) la formación de un fuerte conciencia nacional.

Programa muy vago, carente de originalidad en la improvisación ecléctica, de solidez en la forzada conciliación de fuerzas contrarias, y de realidad en lo abstracto.

Agostino Lanzillo, en su libro Le rivoluzioni del dopoguerra dio un consejo, que era también una profecía: «Después del primer período de polémica, los sindicatos fascistas tendrán que actuar en el terreno de la lucha de clases, como es ley ineludible de la vida de cualquier sindicato obrero. Y por eso, la concepción antisindical del actual programa fascista deberá cambiar a una concepción que respete al movimiento obrero, no como un hecho transitorio e insignificante, sino como una realidad indestructible de la vida nacional. Que esta realidad sea aceptada como lo que es, y que no sea negada con el pretexto histórico de querer absorberla en una concepción abstracta y teórica de Nación».

¿Se dirige el fascismo a este reconocimiento? La llegada de Mussolini al gobierno ha aumentado el flujo de los que se organizan en corporaciones fascistas. La masa sindical fascista se ha hecho aún más heterogénea y contiene las tendencias más imprevisibles posibles. La ocupación de las fincas por parte de las ligas fascistas, es uno de los muchos síntomas de esa superioridad del fascismo-sindicato en el fascismo-partido, que en ciertos lugares ya existe y que se generalizará. ¿Tendremos una lucha de clases con sello fascista?

Si esto es así, se tratará de un fenómeno que marcará la desintegración del partido fascista. Si va a haber un conflicto general entre los trabajadores de los sindicatos fascistas y los empresarios, el gobierno, que controla a los segundos sin poder descuidar a los primeros —y prueba de ello es la actitud de cascarrabias bonachón que tiene Mussolini cuando habla al público obrero—, se encontrará de frente con una crisis muy grave. Tal vez pueda superarla, pero no podrá no tomar una decisión radical, que no puede ser más que una: un fuerte golpe a la izquierda.

Sin embargo, el partido fascista no tiene la posibilidad de tener éxito también en una estrategia acrobática de esta magnitud, ya que es demasiado pesada y diversa. Pero se verá obligado, a regañadientes, a intentar el gran salto. La tesis de una única organización para empresarios y para obreros no puede materializarse. Por un lado están los descontentos, y por otro, los satisfechos de haber escapado al peligro revolucionario, pero no siempre dispuestos a pagar demasiado caro el rescate.

El gobierno fascista, queriendo sanear las finanzas del estado, no puede continuar llenando las lagunas financieras del gobierno exprimiendo a los contribuyentes y atacando muchos intereses generales. Si quiere dar la mano a una verdadera reconstrucción, se verá obligado a simplificar los servicios públicos, despertando la hostilidad de la masa asalariada.

A causa de esta compleja posición dominante de las masas a las que sirve, el gobierno fascista se verá obligado a mantener en la órbita de su política a los sindicatos fascistas, base poco segura también, pero posible herramienta de una acción contra aquellas clases que impiden cualquier actuación reconstructiva que no sea una artimaña de corta duración.

Las masas siguen siendo una fuerza, y las oligarquías deberán tenerla en cuenta, ya que es inevitable que la dialéctica de los procesos históricos colectivos venza a la lógica apriorística y finalista de los líderes.

Fuente: Texto publicado en Studi politici, Roma, junio-julio de 1923