Eric Hobsbawm: Un historiador inusual

por Matt Myers

Eric Hobsbawm no fue sólo un historiador del movimiento comunista del siglo veinte, también formó parte del mismo.  El día 25 de enero de 1933 vio la última manifestación antes de la toma del poder por los Nazis en Alemania. Contrarrestando la provocativa marcha nazi celebrada tres días antes en recuerdo del “mártir” fascista Horst Wessel, 130.000 comunistas desfilaron ante la Karl-Liebknecht-Haus a una temperatura de -15°C.

Pese a la mordaz helada y el viento cortante, trabajadores y desempleados en sucios trajes, chaquetas finas y zapatos andrajosos marcharon frente la sede del Partido Comunista de Alemania (KPD) con los puños cerrados y gritando eslóganes acompañados por una banda musical. Sin embargo, esta iba a ser la oración fúnebre del partido. Adolf Hitler fue proclamado Canciller el 30 de enero, iniciando una oleada de arrestos y ejecuciones a la que muchos entre quienes marchaban no sobrevivirían.

Un Eric Hobsbawm con quince años –vestido en su impermeable azul con un relleno de invierno improvisado cosido en su interior– estaba entre los trabajadores mientras cantaban la internacional y Auf, auf, zum Kampf, zum Kampf[1]. Hasta sus últimos días, mantuvo la andrajosa hoja de canciones, cuyos versos había cantado con sus compañeros de la Liga de Estudiantes de la Escuela Socialista.

La singular experiencia en el Berlín de principios de los años 30 cimentó el cómo Eric Hobsbawm –en palabras de su biógrafo, Richard Evans, “el historiador más conocido y leído del mundo”– encontró su propósito en la vida. Cuando el periodista del Independent of Sunday Paul Barker le preguntó en 1990 porqué no dejó el partido comunista mucho antes de la caída del bloque soviético, Hobsbawm respondió: “No deseo ser infiel a mi pasado o a mis amigos y camaradas, muchos de ellos ya muertos, algunos de ellos muertos por su propio bando, a quienes he admirado y que de muchas maneras son modelos a seguir por su devoción y generosidad… Es la visión de alguien que se politizó en el Berlín de 1931 y 1932 y que no lo ha olvidado.”

Tal y como Evans apunta en su profundamente personal y honesta biografía, “En esa esfera altamente politizada fue quizás apenas sorprendente que Eric no tardara en interesarse por la causa comunista”. Y esta fue una causa a la que el historiador permanecería fiel.

Sin embargo, Hobsbawm fue también un tipo muy particular de comunista. Más tarde admitiría que la “experiencia política más formidable” de su vida fue la escisión entre el Partido Comunista de Alemania (KPD) y el Partido Social Demócrata (SPD). Hobsbawm había estado vinculado al comunismo durante la era del Comintern de la Gran Depresión, cuya política abogaba por choques frontales con el SPD. A pesar de ello, luego forjaría un compromiso duradero con la política adoptada en 1935, el “Frente Popular” de las izquierdas. Este enfoque estructuraría sus respuestas políticas a lo largo de su carrera, incluyendo a los desafíos totalmente diferentes a los que tenía que hacer frente el laborismo británico entre finales de los años 70 y la década de los 80.

Parte de tu naturaleza  

La vida política del historiador seguía una dinámica de ciclos: desde la apremiante y activa politización en los años 30 y principios de los 40, al estancamiento impuesto por la represión del Macartismo y la rutina académica, sólo para reemerger a finales de la década de los 70 con unas intervenciones cada vez más influyentes en la izquierda británica. Habiendo vuelto a Londres como un huérfano del fervor de Berlín y siendo un adolescente, Hobsbawm estaba profundamente aburrido por las conversaciones banales de los chicos de la clase media inglesa. Mientras que sus amigos en la Liga de Estudiantes Socialistas como Rudolf Leder hablaban sobre revolución, literatura y sexo, sus compañeros de clase en el Marylebone High School solo hablaban de trivialidades. Frustrado por no poder llevar la teoría a la práctica, Hobsbawm escribió en su diario que preferiría estar de vuelta en Alemania trabajando de incognito para el KPD que estar con los pocos miles de manifestantes en el 1º de mayo de 1934. Gran Bretaña era, escribió, “una terrible decepción”.

Siendo joven, su ética de trabajo y proceso de lectura –que Evans describe meticulosamente en base al diario personal de Hobsbawm– era extraordinaria. Hobsbawm leyó vigorosamente desde una temprana edad, a menudo en la Marylebone Public Library: literatura en tres lenguas europeas y todos los clásicos del marxismo a los que pudo tener acceso. En 1934 –con 17 años de edad– ya había leído el primer volumen de “El Capital”, el “Manifiesto Comunista”, la “Crítica a la Economía Política”, “La miseria de la filosofía”, la selección de la correspondencia entre Marx y Engels, el “Dieciocho Brumario”, “La Guerra Civil en Francia”, “Anti-Düring”, “Materialismo y empirocriticismo”, “Imperialismo: fase superior del capitalismo”, la obra de Engels “Socialismo: utópico y científico” y varios discursos de Lenin, Wilhem Pieck y Farrell Dobbs. Sus memorias desde los años 30 están plagadas de apuntes sobre los libros que ha leído y los paseos que había dado.

El mismo Hobsbawm se fustigaba a sí mismo en su diario por no trabajar más duro: “Sumérgete en el leninismo. Deja que se convierta en parte de tu naturaleza”. Después de haber leído doce páginas de Lenin, Hobsbawm anotó: “Es asombroso cómo me anima y aclara mi mente. Después de eso, ya estaba de muy buen humor.” “Esta no es la sensación que la mayoría de la gente tiene después de abrirse camino entre las obras de Lenin”, apunta Evans. “Leo, como, duermo… Compro libros – día de ensueño” confesó Hobsbawm.

Cuando no estudiaba el materialismo histórico, sus encuentros con la clase trabajadora británica fueron sólo de lejos. Los trabajadores que observaba en Paddington Station eran para él “toscos, brutalizados por su entorno, desnutridos y débiles. Sin embargo, ellos todavía son –y no estoy hablando políticamente– más ‘seres humanos’ que la gente que conozco.” Este romanticismo empero, no duraría para siempre.

Absolutismo intransigente 

Hobsbawm sólo podía imaginar cómo era una revolución fuera de la Gran Bretaña. En un intercambio lingüístico financiado por el condado de Londres pudo ver –de primera mano– los primeros pasos del gobierno francés del Frente Popular de 1936. Escuchando hablar a Maurice Thorez y a La Pasionaria, Hobasbawm estaba profundamente impresionado por la estrategia del Partido Comunista de alianza entre la clase trabajadora y la clase media-baja. La celebración del día de la Bastilla fue “la tarde más asombrosa, hermosa y más impresionante de mi existencia… ¿Puedes imaginar a un millón de personas en las calles enloquecidas de júbilo? ¿Absolutamente borrachas con la consciencia de su fuerza y unidad?”

El Hobsbawm de los años 30 y 40 no tenía ninguna de las dudas que sí tuvo en años posteriores acerca de la Unión Soviética. “Lenin y Stalin fueron grandes hombres de estado, Trotski no.” escribió en su diario. También escribió a su primo Ron, defendiendo el papel de los juicios de Moscú: “… que los trotskistas deberían desmoronarse parece claro, el hecho de que quisieran ceder territorio de la URSS no es imposible: tal vez al final quisieron cruzar a Hitler y Japón, tal vez solo pensaron que era una concesión lamentable y necesaria.” Los métodos fueron “abiertos y públicos”. Hobsbawm no tenía tiempo para aquellos que cambiaban de bando como Arthur Koestler, autor de “El cero y el infinito”. Ellos eran:

Personas para quienes la política era mera gimnástica para su consciencia y su cultura… Koestler compara su relación con Rusia con el amor. Pero la creación de un nuevo mundo no puede compararse con una noche de miel. ¿Qué entienden de la vigilancia de los antiguos funcionarios, qué saben de lo que es hacer una revolución? Al principio, seguramente no fue fácil para Dzerzhinsky hacer disparar a la gente. ¿Qué los mantiene y sostiene su crueldad objetiva? Confianza. La creencia en el proletariado y el futuro del movimiento…. La frontera entre revolucionarios y contrarrevolucionarios entre los intelectuales discurre entre creer y dudar de la clase obrera.

Hobsbawm también mantuvo su apoyo a la línea de partido durante el pacto Nazi-Soviético de 1939; él mismo fue coautor –con su colega de la Cambridge Socialist Society Raymond William– de un panfleto donde se subrayaba la política defensiva de Stalin para evitar una guerra, a pesar de la invasión de Finlandia por el Ejército Rojo en 1940. En un poema de principios de los 40 –escribe Evans– Hobsbawm imaginó a una mujer acostándose con trotskistas, “expresando un obvio miedo a la traición, pero tachó la palabra ‘trotskistas’ y la reemplazó por ‘hombres letrados’”. En este sentido, Evans señala que “la fe de Eric en la Unión Soviética tenía todo el absolutismo intransigente de un amor adolescente”.

Quedarse en el partido 

Otra gran prueba de lealtad comunista fueron los eventos de 1956. A pesar de el “discurso secreto” de Nikita Kruschev atacando a Stalin y la invasión de Hungría liderada por los soviéticos, Hobsbawm, a diferencia de muchos de sus interlocutores, decidió quedarse en el partido. Cuando hacía alguna observación crítica del liderazgo del partido, él mismo se transformaba en objeto de crítica. Quien fuera líder del Partido Comunista de Gran Bretaña, John Gollan, acusó a Hobsbawm de estar a favor de las soluciones “propuestas” por Trotsky para la democracia interna en el partido. Isaac Deutscher –biógrafo de Trotsky– aconsejó a Hobsbawm que se quedara en el partido. Su compromiso, sin embargo, fue desde ese momento sólo formal. Cuando su estudiante Donald Sassoon le preguntó si debería afiliarse al partido comunista, Hobsbawm le respondió que no debería ya que se pasaría todo el tiempo “luchando contra estalinistas”.

La polarización del legado de Hobsbawm después de 1989 oscurece sus repetidas condenas de las políticas soviéticas después de 1956, así como su parcial ambigüedad cuando la URSS ya había caído. Sin embargo, después de 1989 criticó a la URSS como una «pesadilla», el comunismo como un «callejón sin salida… o al menos un desvío histórico», y argumentó que el «socialismo en un país» no había sido más que un error. Sin embargo, aunque Hobsbawm había acogido con satisfacción las reformas de Mikhail Gorbachov, se vio seriamente afectado por el colapso de la URSS. No solo predijo la violencia y la guerra en las antiguas repúblicas soviéticas, sino que también argumentó que esta agitación también pondría en peligro las reformas sociales en Occidente.

Un intelectual radical

Desde los años 50, la vida diaria de Hobsbawm fue ocupada por la asistencia a conferencias académicas, la redacción de disertaciones, la edición de revistas, visitas a países, la redacción de libros y artículos y las promociones que se le negaron y otorgaron. Los informes del servicio secreto británico indican que Hobsbawm nunca vendió el periódico del partido The Daily Worker ni tomó parte en la actividad habitual del partido como mítines o piquetes. Los rituales cotidianos de Hobsbawm (exceptuando sus aventuras elocuentes en el distrito de Soho de Londres presentando una copia «meticulosamente investigada» en «clubes de striptease» y la escena de jazz para el New Statesman) no habrían causado escándalo en ninguna sala común de las universidades británicas.

De camino a Birkbeck, se topaba regularmente con Michael Foot en el autobús número 24 desde Hampstead (Michael bajándose en el Parlamento, Eric en Goodge Street). El libro de Evans muestra lo ordinario (y hasta cierto punto, la complacencia creciente) de la vida de clase media de un intelectual radical. Las contradicciones que surgen de este estilo de vida solo se fortalecieron al aumentar la fama y el éxito internacional de Hobsbawm.

El abandono de las actividades prácticas y de organización política dejó a Hobsbawm con más tiempo para la reflexión y el estudio académico. El proceso de trabajo de Hobsbawm como historiador es descrito con todo detalle por Evans; la puerta del estudio en su casa de Nassington Road, cerca del parque londinense de Hampsted Heath, siempre quedaba ligeramente abierta mientras el humo de pipa se elevaba hasta el techo de la habitación. Dos escritorios se encontraban rodeados de libros abiertos y montones de papeles que amenazaban con engullir al historiador.

Hobsbawm también se quejó de que la paternidad había estado «ralentizando mi productividad» y mostraba una incapacidad para cocinar o poner lavadoras (estaba destinado a secar la ropa). Evans pinta una imagen de Hobsbawm como si todo estuviera consumido en la acumulación de conocimientos, tanto que una vez que se quedó tan absorbido por un libro que estaba leyendo en el autobús número 24 no reconoció a su hija sentada a su lado.

Un intelectual público

Su concentración total trajo resultados. Su multitud de libros mostraba un estilo de escritura de historia que era accesible y convincente, en parte alimentado por sus apuntes para estudiantes de Birkbeck. Libros como “Primitive Rebels”, “The Age of Revolution”, “Labouring Men”, “Industry and Empire”, “Bandits”, “Revolutionaries”, “The Age of Capital”, “The Invention of Tradition”, “Worlds of Labor”, “The Age of Empire” y “Age of Extremes” moldearon el pensamiento de generaciones de historiadores. Aunque ninguno de los libros de Hobsbawm se publicó en la URSS antes de 1989, tuvo un éxito increíble en América Latina y la India y se publicó en docenas de idiomas en todo el mundo.

Sin compartir la cosmovisión política o intelectual predominante en su materia, el marxismo que impregna profundamente el trabajo de Hobsbawm toma, sin embargo, un segundo plano en la narrativa de Evans. Irónicamente, esta herencia teórica de sus libros aparece menos prominente que su forma de mercancía y valor de cambio (con meticulosos desgloses de los derechos de autor acumulados y una gráfica de los ingresos cambiantes del historiador).

Hobsbawm se convertiría en uno de los intelectuales públicos más influyentes de Gran Bretaña. Fue especialmente importante como figura política después de su Conferencia en el Memorial de Marx de 1978, titulada «La Marcha Adelantada de la Fuerza Laboral Detenida», que argumentaba que el movimiento obrero ya no podía dar por sentado una expansión continua de la fuerza de la clase trabajadora, premisa sobre la cual se asumía su éxito futuro. Las intervenciones más cargadas políticamente de Hobsbawm en las páginas de Marxism TodayThe Guardian y The Times encontraron fuerza en el Partido Laborista (Neil Kinnock lo llamó su «marxista favorito»), y con ello, llegó cada vez más al gran público.

El intento político de Hobsbawm de salvar a una izquierda en crisis también lo enredó en el mundo intelectual que dio origen al New Labour. La conferencia de Hobsbawm en 1978 había tocado el nervio de una izquierda británica que hacía frente a serias derrotas laborales y electorales. Pero también ofreció ayuda intelectual a aquellos que deseaban que el movimiento obrero se alejara de la tradicional «política de clase» hacia la «tercera vía» entre la izquierda y la derecha. Como argumentó Ben Pimlott, «Si el New Labor tuviera padres fundadores intelectuales, Eric Hobsbawm sin duda podría ser uno de ellos».

La ira de Hobsbawm se centró particularmente en la «izquierda dura», formada por el triunvirato de trotskistas, bennitas[2] y comunistas de línea dura. Hobsbawm fue un crítico estricto de lo que denominó la «retirada al extremismo», y se preguntó si sus partidarios, como el líder de los mineros, Arthur Scargill, estaban «viviendo en el mismo país, incluso en el mismo planeta, que la mayoría de nosotros». Evans descubrió cartas personales previamente inaccesibles, como una enviada por Hobsbawm a Ralph Miliband en enero de 1984. En ella, el historiador caracterizaba a la izquierda británica de la década de los años 80 como dividida entre una «sectaria» otra izquierda «no sectaria», señalando con aprobación que sus propias ideas habían sido retomadas por el líder laborista de «izquierda suave» Neil Kinnock. Tony Benn y la “izquierda dura” no tenían un monopolio sobre la» izquierda», argumentó.

La “izquierda racional” 

Cualquiera que haya desafiado a Hobsbawm desde la izquierda, con la excepción de Perry Anderson, es tratado con poca simpatía o atención en la narrativa de Evans. La gran ironía aquí es que esos elementos de la izquierda supuestamente “fuera de contacto”, «sectaria», «dura» y “lunática” que Hobsbawm contrapuso a la «izquierda racional» bajo Thatcher están en 2019 liderando el Partido Laborista.

La «izquierda racional» a la que Hobsbawm había tratado de orientar (y que proporciona el nombre de su libro de ensayos en Marxism Today durante la década de 1980) ahora está en gran parte en el lado opuesto de la división. Neil Kinnock, ex líder laborista, y Giorgio Napolitano, presidente italiano de 2006 a 2011 (a quien Hobsbawm entrevistó para un libro sobre el comunismo italiano), son los ejemplos más evidentes.

Estos puntos de referencia sobrios y responsables de la amplia alianza democrática de Hobsbawm se han convertido en los más fervientes defensores del consenso neoliberal, mientras que los que eran marginales en la década de 1980 ahora se han convertido en el centro. Sin embargo, este curioso (y torpe) giro de los acontecimientos no tiene lugar en la narrativa de Evans, que termina con la muerte de Hobsbawm en 2012.

Evans muestra la extraordinaria habilidad con la que Hobsbawm pudo analizar amplios períodos de la historia de la humanidad, pero también muestra que para sus amigos y compañeros, su juicio político seguía siendo su talón de Aquiles. Al igual que con sus esfuerzos periodísticos después de «La Marcha Adelantada de la Fuerza Laboral Detenida», identificar un proceso y una tendencia cruciales no implica automáticamente el surgimiento de una estrategia política eficaz para responder a dicha tendencia o proceso. Siendo una de las principales figuras del Socialist Club en la Universidad de Cambridge, Harry Ferns comentó: «Eric lo sabía todo, pero rara vez sabía qué hacer». Ram Nahum, otro de los contemporáneos comunistas de Hobsbawm en Cambridge, se quejó de que «Eric está transformando el partido en una sociedad de debate». El siempre leal historiador oficial del Partido Comunista de la Gran Bretaña, James Klugman, escribió que Hobsbawm era “bastante bueno en la historia… pero no tanto en la política”.

La creciente importancia política de Hobsbawm a finales de los años 70 y 80, como intelectual con una influencia crucial en las luchas internas de los laboristas, solo alimentó tales frustraciones. Perry Anderson argumentó que Hobsbawm había ayudado a provocar una derrota catastrófica para la izquierda a través de conclusiones «sorprendentemente simples» a sus problemas. De acuerdo con el argumento de Anderson, Hobsbawm creía que

la tarea primordial era garantizar la restauración a cualquier precio de un liderazgo «moderado» capaz de atraer a los votantes de clase media de vuelta al partido, independientemente del hecho obvio de que era solo el agotamiento de este tipo de laborismo tradicional, patente a lo largo de la década de 1970 y finales de la década de 1960, lo que había llevado al ascenso de la izquierda en primer lugar.

Con el éxito académico y la creciente influencia política llegaron los elogios y la atracción magnética del establishment británico. Hobsbawm se convirtió en miembro honorario del King’s College de Cambridge en 1973, miembro de la Academia Británica en 1976, y fue elegido miembro exclusivo del club privado Athenaeum Club en 1983. Gordon Brown se convirtió en invitado habitual a las cenas en Nassington Road. Rechazando el título de caballero, optó por aceptar ingresar en la Order of the Companions of Honour de la mano de Tony Blair, un hombre al que Hobsbawm más tarde llamaría «Thatcher con pantalones».

Hundiéndose en primera clase

La trayectoria desde manifestarse en el Berlín de 1933 a arrodillarse ante la reina trajo consigo un escrutinio indeseado. El exsecretario de la Academia Británica Peter Brown, recordaba que Hobsbawm estaba seriamente desconcertado después de haber sido abordado en el Institut Français de Londres por alguien que afirmaba que se había vendido al establishment. Él respondió que uno tenía que unirse a él para cambiarlo. Brown recordó que en los «escenarios de la Academia y el Athenaeum… hasta donde sé, no hizo el menor movimiento para cambiar nada». La autora Claire Tomalin le preguntó cómo podía cuadrar su «maravillosa casa burguesa… con todas las comodidades y placer» en Hampstead con ser comunista; él respondió: «Si estás en un barco que se está hundiendo, también podrías viajar en primera clase».

Sin embargo, Hobsbawm mantuvo su compromiso con el internacionalismo hasta el final. Fue un firme partidario de los derechos del pueblo palestino, condenando las acciones del ejército israelí en Gaza en 2008 como «barbarismo» y firmó varias cartas  que condenaban la ocupación. En la LRB, el 29 de enero de 2009, escribió: «No me dejes andar por las ramas: las críticas a Israel no implican antisemitismo, sino que las acciones del gobierno de Israel causan vergüenza entre los judíos y, más que nada, hoy en día dan lugar al antisemitismo…».

Las opiniones sobre el legado de Hobsbawm a veces se han polarizado, especialmente bajo la fuerza de la avalancha de condenas durante el triunfalismo que se enfrentó al colapso de la URSS. La biografía de Evans busca personalizar esa historia, para mostrar la propia voz íntima e inédita de Hobsbawm. Los veintitrés archivos y bibliotecas visitados en preparación del libro, así como las ochocientas páginas que muestran los resultados, ofrecen un acceso sin precedentes a la vida personal de Hobsbawm.

Dicho esto, este enfoque en su vida privada diverge de cómo Hobsbawm vio su propio lugar en la historia. En su autobiografía, «Tiempos interesantes», rara vez eligió usar el pronombre «yo», prefiriendo en su lugar la primera persona del plural. Que la propia historia personal del historiador, en singular, pudiera escribirse solo después de su muerte, indica el poder de permanencia de su compromiso pasado y su proyecto intelectual.

Después de que el corto siglo XX llegara a su fin, los límites concretos del sujeto colectivo progresista de Hobsbawm se estrecharon. Cada vez más, dicho sujeto tomaba forma en esos intelectos refinados que podían caber alrededor de la mesa de la cena en Nassington Road, en lugar de los trabajadores del mundo que viven y respiran. Para aquellos, como Evans, que nunca compartieron el proyecto político de Hobsbawm pero existieron en el mismo entorno, este cambio no es una gran pérdida. Esta desconexión creciente no se señala: de hecho, es lo que hizo a Hobsbawm, como lo dice el título del último capítulo del libro, un «tesoro nacional» digno de biografía en lugar del desdén reservado para sus camaradas más firmes más allá de los límites de la izquierda racional.

La historia de Hobsbawm en singular se basa en la crisis de los propósitos colectivos en muchos de sus generaciones de comunistas. En el camino, los «nosotros» que ganaron los extraordinarios talentos de Hobsbawm para la causa socialista se desvió. Era el «nosotros» que él y el periodista del Partido Socialdemócrata, Friedrich Stampfer, experimentaron en las congeladas calles de Berlín el 15 de diciembre de 1933. Stampfer, como Hobsbawm, vio:

Decenas de miles de rostros pálidos que expresaban no solo su pobreza sino también su disposición a sacrificarse por una causa que creían que era la correcta. Sus voces ásperas expresaban su odio, un odio que se justificaba miles de veces, por un sistema social que los había condenado a la pobreza y la miseria y su protesta contra la grotesca locura, la injusticia de nuestras circunstancias sociales.

Mientras una nueva generación dinámica de socialistas se enfrenta a un planeta en crisis y a una extrema derecha imperante y segura de sí misma, la urgente necesidad del compromiso juvenil de Hobsbawm habla con tanta fuerza a su futuro como su obra extraordinaria. Por su bien, y por el planeta, esperemos que sus «tiempos» no solo sean «interesantes» sino también exitosos. Hundirse en primera clase no es una opción para aquellos que no pueden pagar los billetes.


[1] N. del T.: Canción reescrita por el poeta Bertolt Brecht en recuerdo de los líderes espartquistas Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

[2] N. del T.: El autor hace referencia al ala más izquierdista del Partido Laborista de los años 70 y 80, liderada en aquel entonces por Tony Benn (mencionado más adelante), quien se ganó el apodo de “Commissar Benn” de la mano del ex primer ministro conservador Edward Heath.

(Tomado de Jacobin)