«El milenio según Virgilio», de Antonio Cussen: La eternidad de lo efímero

por Luis Felipe Sauvalle

“Yo te construiré un templo en cuyo centro estarás tú”.

Hace dos mil años Virgilio creaba con palabras un templo dedicado a Augusto, la figura clave del naciente imperio, y a su sobrino Marcelo, llamado a ser el heredero del nuevo orden. Generaciones de latinistas han intentado desentrañar los misterios de la Eneida, y esclarecer la intención original de su autor. En Virgilio se ha visto a un poeta que pese a estar inextricablemente ligado a la idea del imperio logra escribir una de las obras cúlmenes de la cultura occidental. También se ha visto a un autor que sepultó las estructuras de su templo tal vez pensando en que nunca fueran desenterradas.

Sin desmerecer los intentos previos al suyo, Antonio Cussen (1952), autor del ensayo Bello y Bolivar (1995), y del libro de poemas Mecenas, realizó una lectura detenida y logró ver más allá de donde otros han mirado. Tras décadas de lectura reflexiva, el también doctor en literatura de la Universidad de California entrega a los lectores un libro que me atrevo a decir será recordado como su magnum opus: El milenio según Virgilio (Ediciones Tácitas, Santiago de Chile, 2019).

El milenio según Virgilio consta de tres tomos: uno, una nueva edición en latín de La Eneida; un segundo, en el que constan las notas de su reconstrucción; un tercero, un ensayo por momentos testimonial en que Antonio Cussen evoca las principales etapas de su viaje intelectual, en donde va elucidando las distintas claves dejadas por Virgilio para que sean descifradas –o no– por la posteridad. Los tres volúmenes se constituyen en una sola obra, de una ambición laudable, y que son fruto de un trabajo silencioso que se extiende a lo largo de décadas, de distintas instituciones, y de distintos continentes.

En 1984, estando en San Francisco conduciendo sus estudios doctorales, Antonio Cussen percibió una serie de claves presentes en la Eneida que permiten darle un cariz completamente nuevo. Partiendo por la escena de la marcha de los héroes, donde irrumpe Augusto (dudosamente desbordado de elogios), y Marcelo, “a quien la noche lo rodea”, Cussen detecta un cariz falso, un tono impostado de parte del mismo Virgilio; dicho tono fue interpretado por el autor como una invitación a la sospecha.

Durante los siguientes años su ojo crítico repararía en la cantidad de hexámetros, de letras (una por cada día del milenio), de menciones a la misma palabra ‘milenio’, una relación entre números primos, entre otros, todo lo cual constituye una serie de indicios acerca de la verdadera intención del poeta Virgilio.

Una visión crítica de Virgilio con respecto a Augusto, sus esperanzas cifradas en un heredero que encontró la muerte antes de tiempo, son parte de la lectura que Cussen comparte con nosotros. La Eneida en sí misma en un momento pasa a ser una alegoría de los sucesos inmediatamente posteriores a la Batalla de Accio en la que Augusto derrotó a las fuerzas de Marco Antonio y Cleopatra.

Uno de los puntos quizás menos explícitos del libro de Cussen es su propósito de reivindicar a la alegoría como figura poética de valor literario (entre los enemigos de la alegoría se cuentan insignes nombres, como el de Borges). Sin embargo, la realidad se entromete en la ficción, y los sucesos que rodeaban a Virgilio impidieron que la alegoría que se dedicaba a escribir pudiera continuar tal como estaba concebida. De ahí en más la Eneida tiene ecos de la realidad, pero éstos son de talante más oscuro, y así se encarga Cussen de explicitar. En el poema, Eneas, veterano de la Guerra de Troya, deja de encarnar el modelo a seguir por el nuevo emperador Augusto, y se constituye en un antihéroe, que ha de servir casi como advertencia.

En la obra que nos convoca, Antonio Cussen abandona toda pretensión academicista y se aboca por completo a la reconstrucción de la Eneida. Hacia el final de su ensayo, el autor levanta el telón para mostrarnos al texto clásico en todo su esplendor: con sus diversas estructuras superpuestas, con la intención soterrada de su inventor, con sus ansias de que se lleve a cabo un proyecto imperial, con su desengaño con el mismo proyecto (presente en los mismo hexámetros), y con sus aspiraciones en apariencia contradictorias, de que la Eneida se queme tras su muerte, de que persista pese a los embates del tiempo.

La pugna entre lo apolíneo y lo dionisíaco (presente en Augusto por un lado, y en Marco Antonio por otro); la tensión entre las expectativas de un imperio que se extienda por un milenio celestial, con su respectivo poeta que lo cante, y la realidad que echa por tierra las ilusiones de sucesión dinástica; la paradoja permanente entre lo caduco del pasado y cómo éste se materializa en el presente, mediante los textos y mediante el afán de recitarlos y de reconstituirlos de quienes habitan esta realidad nuestra; todo aquello son solo algunos de los motivos presentes en El milenio según Virgilio.

(Tomado de Cine y Literatura)