Cervantes: Vida y literatura

por José Montero Reguera

La interacción entre vida y literatura se convierte en cuestión medular de la teoría literaria cervantina, como estudió magistralmen­te E. C. Riley, quien afirmó que “La principal contribución de Cer­vantes a la teoría de la novela fue un producto, nunca formulado rigurosamente, de su método imaginativo y crítico a un tiempo. Con­sistía en la afirmación, apenas explícita de que la novela debe surgir del material histórico de la experiencia diaria, por mucho que se remonte a las maravillosas alturas de la poesía” (Teoría de la novela en Cervantes, Madrid, Tauros, 1966, 344). Pero esa experiencia dia­ria no se nos muestra franca y abierta, sino recatada, meditadamente literaturizada, puesta al servicio de un propósito más elevado, que no es otro que el de entretener a los lectores, de manera muy distinta a otros coetáneos suyos. A este respecto, es muy interesante el siguien­te pasaje:

Pero, anudando el roto hilo de mi cuento, digo que en aquel silencio y soledad de mis siestas, entre otras cosas, considera­ba que no debía de ser verdad lo que había oído contar de la vida de los pastores; a lo menos, de aquellos que la dama de mi amo leía en unos libros cuando yo iba a su casa, que todos trataban de pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba to­da la vida cantando y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y chirumbelas, y con otros instrumentos extraordinarios. De­teníame a oírla leer, y leía cómo el pastor de Anfriso cantava estremada y divinamente, alabando a la sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en cuyo tronco no se hubiese sentado a cantar, desde que salía el sol en los bra­zos de la Aurora hasta que se ponía en los de Tetis; y aun después de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor lloradas quejas. No se le quedaba entre renglones el pastor Elicio, más enamorado que atrevido, de quien decía que, sin atender a sus amores ni a su ganado, se entraba en los cuidados ajenos. Decía también que el gran pastor de Fíli­da, único pintor de un retrato, había sido más confiado que dichoso. De los desmayos de Sireno y arrepentimiento de Diana decía que daba gracias a Dios y a la sabia Felicia, que con su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos y aclaró aquel laberinto de dificultades. Acordábame de otros muchos libros que <leste jaez la había oído leer, pero no eran dignos de traerlos a la memoria.

CIPION.-Aprovechándote vas, Berganza, de mi aviso: mur­mura, pica y pasa, y sea tu intención limpia, aunque la lengua no lo parezca.

BERGANZA.-En estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la intención; pero si acaso por descuido o por malicia murmurare, responderé a quien me reprehendiere lo que respondió Mauleón, poeta tonto y académico de burla de la Academia de los Imitadores, a uno que le preguntó que qué quería decir Deum de Deo; y respondió que “dé donde diere”.

CIPION.-Esa fue respuesta de un simple; pero tú, si eres dis­creto o lo quieres ser, nunca has de decir cosa de que debas dar disculpa. Di adelante.

BERGANZA.-Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos más, me causaron ver los diferentes tratos y ejerci­cios que mis pastores, y todos los demás de aquella marina, tenían de aquellos que había oído leer que tenían los pastores de los libros; porque si los míos cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un “Cata el lobo do va Juanica” y otras cosas semejantes; y esto no al son de chi­rumbelas, rabeles o gaitas, sino al que hacía el dar un cayado con otro o al de algunas tejuelas puestas entre los dedos; y no con voces delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que, solas o juntas, parecía, no que cantaban, sino que gritaban o gruñían. Lo más del día se les pasaba espulgándo­se o remendando sus abarcas; ni entre ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni había Lisardos, Lau­sos, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pa­blos o Llorentes; por donde vine a entender lo que pienso que deben de creer todos: que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna; que, a serlo, entre mis pastores hubiera al­guna reliquia de aquella felicísima vida, y de aquellos ame­nos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel des­mayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zam­poña del uno, acá el caramillo del otro.

CIPION.-Basta, Berganza; vuelve a tu senda y camina.

BERGANZA.-Agradézcotelo, Cipión amigo; porque si no me avisaras, de manera se me iba calentando la boca, que no pa­rara hasta pintarte un libro entero destos que me tenían en­gañado; pero tiempo vendrá en que lo diga todo con mejores razones y con mejor discurso que ahora.

El texto pertenece a la última de las Novelas ejemplares. Cipión y Berganza, perros del hospital de la Resurrección en Valladolid, han decidido aprovechar el silencio y soledad de la noche para referir con detalle sus vidas, al estilo de una autobiografía picaresca. Es Berganza quien comienza el relato de sus andanzas mientras que Cipión lo inte­rrumpe con frecuencia para incluir comentarios y evitar las digresiones de su compañero.

En el seno de este esquema dialogado se cuenta la vida de Ber­ganza, desde su nacimiento (“Paréceme que la primera vez que vi el sol fue en Sevilla”), pasando por los diversos amos a los que sir­vió (Nicolás el “Romo”, los pastores, el mercader de Sevilla, el al­guacil, etc.), hasta el momento presente de su conversación en Va­lladolid. Asimismo, la acción alterna entre ciudad y campo abierto en función de los amos a quien sirve.

En síntesis, en el pasaje seleccionado Berganza relata parte de su vida al servicio de unos pastores de ganado, sus segundos amos, tras Nicolás el “Romo”, jifero en el matadero de Sevilla, con dos partes bien diferenciadas.

En la primera parte, el diálogo, hábilmente conducido por Ci­pión, gira en tomo a la murmuración y los buenos propósitos a la hora de hablar de alguien, al menos en la intención (“sea tu inten­ción limpia, aunque la lengua no le parezca”). El tono conversacio­nal se refleja en varios elementos introducidos sagazmente por el autor: intervenciones rápidas, vivas -apenas dos líneas- de los interlo­cutores (Cipión, sobre todo; pero también Berganza, en las inter­venciones en que no narra su vida, sino que responde a las preguntas directas de Cipión); uso de imperativos (“Di”, “Basta”, “vuelve”) pa­ra agilizar la conversación; verbos propios de un coloquio (responder, decir, etc.)

Siguiendo el estilo de una autobiografía picaresca, la narración de la vida de Berganza se hace en primera persona y se extiende a lo largo de dos amplios párrafos donde es posible encontrar elementos característicos de las descripciones: pretérito imperfecto, adjetiva­ción abundante, precisión en los detalles, etc.

La descripción de la vida pastoril se hace a través de la confronta­ción entre el mundo de pastores que él conocía, con el que va a cono­cer ahora de manera directa; el que conocía no era otro que el que ha­bía oído leer a su ama en unos libros que había en su casa: se trata de las novelas pastoriles, que obtuvieron un gran éxito popular en la España de la segunda mitad del siglo XVI a raíz del éxito inicial de La Diana, de Jorge de Montemayor (1559). El relato de Berganza admite una división fácil en dos partes, en consonancia con sus dos interven­ciones largas.

La primera parte describe básicamente ese mundo tal y como apa­rece reflejado en la literatura pastoril de la época (libros de pastores, églogas, etc.). Se introducen así personajes y situaciones provenien­tes de estos textos: Anfriso y Belisarda son personajes de La Arcadia (1598) de Lope de Vega, y Elicio lo es de La Galatea, la novela pas­toril cervantina (1585); el pastor de Fílida alude al libro de Luis Gál­vez de Montalvo de igual título (Madrid, 1582) y los “[ … ] desmayos de Sireno y arrepentimiento de Diana [ … ]” remiten a la novela crea­dora del género en España: Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor. Asimismo, los instrumentos musicales enumerados son propios de esa narrativa: zampoñas, rabeles, chirumbelas, etc. La descripción presenta además rasgos de estilo no infrecuentes en este tipo de libros y, por otra parte, muy del gusto cervantino: numerosas estructuras duales (a veces redundantes): “silencio y soledad”, “pas­tores y pastoras”, “cantando y tañendo”, “rabeles y chirumbelas”, “negras y escuras”, “bien cantadas y mejor lloradas quejas”, “tratos y ejercicios”, “acordadas y bien compuestas”, “solas o juntas”; estructuras trimembres, el gusto por la ordenación y estructuración de los párrafos (“[ … ] y de aquellos amenos prados, espaciosas sel­vas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requie­bros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del uno, acá el caramillo del otro”.), muy al esti­lo del manierismo y que Cervantes usó ampliamente en La Galatea, etc. En definitiva se presenta un mundo profundamente idealizado, muy lejos de la realidad cotidiana que Berganza encuentra en campo abierto.

El mundo real con que se encuentra Berganza se describe por opo­sición con el anterior a través de los mismos elementos: nombres, que ahora son “Antones, Domingos, Pablos o Llorentes”; instrumen­tos musicales (“voces roncas”, “el dar un cayado con otro o al de algunas tejuelas puestas entre los dedos”); canciones “Cata el Lobo do va Juanica”; y situaciones (“[ … ] lo más del día se les pasaba es­pulgándose o remendando sus abarcas”). Todo ello remite a la reali­dad cotidiana, la que también ha reflejado en algunas ocasiones la literatura, por ejemplo Juan del Encina en algunas de sus piezas tea­trales (Égloga de Mingo, Gil y Pascuala). La estructura comparativa del pasaje se muestra también en los recursos estilísticos empleados, básicamente símiles y comparaciones: “[ … ] porque si los míos [ … ] no eran [ … ] sino”, “[ … ] y esto no al son de [ … ] sino [ … ]”,etc. Todo ello lleva a la conclusión del razonamiento de Berganza: el mundo de los libros de pastores que conocía no existe, “son cosas soñadas”, de lo que se deriva un concepto de la literatura muy claro, como algo desti­nado al ocio y entretenimiento de las personas: “cosas [ … ] bien es­critas para entretenimiento de los ociosos”.

Se reúnen en este texto algunas de las cuestiones que más preocu­paron a su autor y que reiteró en varias de sus obras, no sólo en las Novelas ejemplares: las relaciones entre vida y literatura, ficción y realidad; la murmuración (con un poso biográfico evidente); las cuestiones de orden técnico (aquí el problema de la inserción de relatos y la selección narrativa [“Acordábame de otros muchos [ … ] pero no eran dignos de traerlos a la memoria”, “[ … ] tiempo vendrá en que lo diga todo con mejores razones y con mejor discurso que ahora”]); así como la finalidad de la literatura, que no es otra que la del entretenimiento, en términos cercanos al prólogo de la colección: “Horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse”.

Fuente: Apartado 5.8 del capítulo 5 del libro de José  Montero Reguera Cervantes, una literatura para el entretenimiento