Keynes en armas

por Jakob Reimann

Los Estados Unidos de América no son para nada tan neoliberales como solemos pensar: las inversiones estatales para gastos militares y de guerra son extremadamente apreciadas.

Trump podría haber atacado Siria él mismo, sólo con un revólver. Pero las ganancias económico-nacionales hubieran sido menores.

Un pequeño joven arroja una piedra en la ventana de la panadería del lugar. El panadero ataca y exige del padre del joven 6 francos para pagar al vidriero. El padre se enoja mucho pero una transeúnte lo tranquiliza: “todo el mundo debe vivir. ¿Qué sería del vidriero si nadie destrozara los cristales?» El padre reflexiona sobre que el vidriero, ahora con 6 francos, puede comprar nabos y, en consecuencia, el agricultor puede adquirir nuevos vestidos para sus niños y así en adelante. Se gusta de hacer referencia a la parábola de la ventana destruida, desarrollada economista francés Frédéric Bastiat en 1850, cuando se trata de ganancias para toda la sociedad, que supuestamente pueden obtenerse a partir de inversiones inherentemente destructivas.

En agosto de 2018 el senado de los Estados Unidos de América aprobó el presupuesto militar para 2019. Luego de algunos años de un presupuesto decreciente para el Pentágono, bajo la gestión de Obama, el gobierno de Trump presentó –tal como lo hizo en su primer presupuesto-, una ampliación de apenas un 15 por ciento frente al año presupuestario de 2018. El Senado de los Estados Unidos de América consideró que este aumento no era suficiente. Por eso aprobó unos 31.000 millones adicionales respecto de lo pedido por Trump, con lo que los gastos militares ascendieron a unos buenos 717.000 millones de dólares. El plan presupuestario tuvo un amplio apoyo entre los diferentes partidos. Sólo 7 senadores demócratas -más el independiente Bernie Sanders- se opusieron al pedido.

Donald Trump polariza, el paisaje político de los Estados Unidos de América está tan reñido como hace mucho tiempo que no se veía. Salvo por un tema: la guerra. La primera vez que los demócratas –y los medios “liberales” como el New York Times y la CNN– acordaron agruparse detrás de su presidente, fue la mañana del 7 de abril de 2017, cuando Trump lanzó 59 cohetes Tomahawk sobre una base aérea siria.

De acuerdo con los números más recientes del Instituto SIPRI en Estocolmo, en el año 2017 se gastaron más de 1,7 billones de dólares en armamentismo y gastos militares a lo largo del mundo, lo que corresponde al producto interior bruto acumulado de los 112 Estados “más pobres” de este planeta. Más de un tercio de este importe corresponde a los Estados Unidos de América, cuyo presupuesto de defensa es tan abultado como el de la totalidad de los ocho países que lo siguen. Uno de los fundamentos de este uso exorbitante de recursos para el ámbito militar puede parecer sorprendente en una primera mirada: se trata del keynesianismo. Esto es sorprendente porque estamos acostumbrados a considerar a los Estados Unidos de América y su gobierno como neoliberales de cabo a rabo, como es el caso de Milton Friedman, quien veía al Estado como un enemigo de la economía de libre mercado y por eso prohibió toda intervención del gobierno en el mercado libre. Una linda historia, pero podría ser poco verdadera.

Más allá de estos excesos puntuales, los Estados Unidos de América es un país estructuralmente keynesiano de cabo a rabo, tomando en cuenta que emprendió un keynesianismo modelo de libro luego de la crisis financiera de 2007/2008, que solamente en los primeros tres años inyectó la cifra astronómica de 2,5 billones en la economía y el sector financiero y luego gastó la no menos astronómica suma de 12,2 billones en garantías. Los síntomas antikeynesianos obvios –la catastrófica infraestructura de los Estados Unidos de América en el medio ambiente, los egresados de escuelas superiores que pasan la mitad de su vida laboral pagando sus créditos estudiantiles, o el hecho de que los Estados Unidos de América sea el único de entre los 51 países más desarrollados que no tenga un acceso universal a la salud- no son para nada indicios contra esta tesis, sino que más bien ilustran el modo particular y único de juego del keynesianismo de los Estados Unidos de América, que consiste en el keynesianismo militar.

¡Qué guerra adorable!

En junio de 2014 el New York Times tituló como “La falta de grandes guerras puede estar perjudicando el crecimiento económico”, es decir que la ausencia de guerras de mayor magnitud podría dañar el crecimiento de la economía. El reconocido economista Tyler Cowen lanzó una mirada retrospectiva triste: “la cantidad de víctimas en la actualidad empalidece a la luz de las docenas de millones de seres humanos que fueron asesinados en las dos guerras mundiales”. Cowen se queja de “nuestro mundo orientado de modo más pacífico y perezoso” y hace referencia a las ganancias civiles y para toda la sociedad que brindan las tecnologías que surgieron originariamente de la investigación militar –un argumento standard de los seguidores del keynesianismo militar. De este modo la computadora, los modernos viajes aéreos y el internet se remontarían a los programas de investigación del Pentágono. Puede ser así, pero este argumento debe ser considerado bajo una luz adecuada: con una gran distancia, el Pentágono es la institución de investigación mejor financiada del mundo. El gobierno de los Estados Unidos de América gastó en el año 2016 unos buenos 77.000 millones de dólares para investigación y desarrollo en el ámbito de la defensa. La firma con una investigación más intensiva del mundo –Volkswagen- invirtió en el mismo año “solo” 13.000 millones de dólares, mientras que cientos de facultades e institutos de la Universidad de Harvard en su totalidad se las arreglan con una suma de 900 millones de dólares de dinero para la investigación; por lo tanto, algo más del 1 por ciento del presupuesto del Pentágono.

En vista de estas proporciones –tanto como del hecho de que la investigación estatal militar ofrece el lujo a sus aspirantes de un mercado garantizado, en lugar de la competencia de la economía libre- no debe maravillarnos que cada tanto produzca algo con sentido para la gente.

Cowen supone, en cambio, que la guerra, en sí misma, ejerce una presión estimulante, y que, por otro lado, posee efectos positivos en el crecimiento económico. El culpable del crecimiento lento de nuestros tiempos -supuestamente menos amenazantes- es rápidamente bautizado como “la obstinación y la predecibilidad de la paz”.

Por cierto que la parábola nombrada al principio – la de la ventana rota-, va aún más lejos. El padre se defiende y piensa que podría comprarse fácilmente por sus 6 francos un par de zapatos nuevos, en lugar de reemplazar el cristal roto. Por lo tanto, en vez del vidriero podría ser el zapatero quien se compre los nabos y así en adelante. Considerado desde el punto de vista de la economía nacional, resultaría la misma ganancia total –con la única diferencia de que la totalidad de los consumidores podrían utilizar ahora un bien adicional, que es el par de zapatos. Y sobre todo: si el vidrio se rompe pierde el zapatero, si ese vidrio pertenece a su local. Frédéric Bastiat escribe que es el zapatero quien “nos lleva a entender cuán absurdo es ver una ganancia en lo que es una destrucción”.

Un estudio del Instituto Watson calculó que una inversión militar de 1.000 millones de dólares crea 6.900 trabajos nuevos. Si la misma suma de 1.000 millones en cambio es invertida en energías renovables o en infraestructura, surgen 9.800 trabajos. En servicios de salud el número asciende a 14.300. Si se invierten estos 1.000 millones en el sector de las escuelas primarias y secundarias, se crean 19.200 nuevos trabajos, casi el triple de lo que ocurre en la inversión militar. Un dólar invertido por el gobierno no es igual a otro dólar invertido por el mismo gobierno: si es invertido en áreas que son sostenibles y sobre todo que tienen sentido, tiene esencialmente mejores efectos que en el sector de la defensa.

Desde septiembre de 2001 los Estados Unidos de América han invertido 3,7 billones de dólares en las guerras de Medio Oriente –no se trata del presupuesto regular de defensa, sino exclusivamente de los costos relativos a la guerra- lo que corresponde en promedio a 230.000 millones anuales de gastos en guerra. Si estas sumas se hubieran invertido en sectores sostenibles, podrían haberse creado más de 3 millones de trabajos en el sector de la salud o sobre 4 millones de puestos en el ámbito de la educación.

Por cierto que el gobierno de Trump va en la dirección exactamente opuesta. En su plan de ahorro para 2018 se advierte que el aumento masivo del presupuesto para el Pentágono es financiado junto con el recorte de la ayuda para el desarrollo, en particular en los ámbitos ya mencionados: educación, clima, energías alternativas, salud, infraestructura –lo que nos lleva a adivinar los costos humanos del keynesianismo militar.

(Tomado de Der Freitag, Edición 13/2019 7 del 28 de marzo de 2019)