Albert Einstein. Constructor de Universos

El 7 de noviembre de 1919 Gran Bretaña se disponía a celebrar el primer aniversario del armisticio que había puesto fin a la Primera Guerra Mundial. Aquél día, los artículos del Times de Londres estaban en gran parte dedicados a recordar los acontecimientos del año anterior y a honrar a los soldados de Su Majestad caídos en combate. Pero uno de los titulares destacaba entre todos los demás anunciando con énfasis una Revolución en la ciencia, y añadiendo de modo perentorio: Demolidas las ideas de Newton. Fue precisamente este aspecto de la noticia el que atrajo la atención de los lectores: ¿quién osaba destronar al mayor científico inglés de todos los tiempos? Podemos fácilmente imaginar la turbación de quien, al avanzar en la lectura del artículo, descubría que quien había cometido el increíble sacrilegio había sido un representante de la nación enemiga, un alemán llamado Albert Einstein.

El artículo se refería a una reunión de la Royal Society en la que se habían discutido las observaciones de dos grupos de astrónomos británicos que habían medido un fenómeno cuantitativamente pequeñísimo pero de una importancia extraordinaria: la desviación de la luz estelar por parte del Sol. Cuando los rayos luminosos procedentes de estrellas lejanas pasan cerca del Sol, este hace que se desvíen con su fuerza de gravedad. Las mediciones efectuadas durante la primavera de 1919 habían puesto de manifiesto que el efecto contradecía la teoría newtoniana y que concordaba, en cambio, con una nueva teoría, elaborada por Einstein unos años antes (en plena guerra) y denominada “relatividad general”, según la cual el Sol y todos los astros curvan el espacio circundante, como hace una esfera pesada depositada sobre un tapete elástico.

Rayos de luz que se desviaban y espacios curvos: conceptos tan misteriosos como fascinantes, capaces de proyectar la relatividad (que, como escribieron entonces los periódicos, solo podían comprender una docena de expertos en todo el mundo) en el imaginario del hombre común. En 1919 Einstein tenía cuarenta años. Era ya muy conocido en los ambientes científicos, pero su fama entre el gran público se inició precisamente entonces, y creció vertiginosamente en los años sucesivos. También fue, en cierta medida, una consecuencia de la guerra que acababa de terminar: por todas partes se sentía la necesidad de nuevas figuras de referencia, de héroes no de las armas sino del intelecto, capaces de infundir optimismo y confianza en la capacidad humana de poner orden en el cosmos. El personaje Einstein era, en este sentido, perfecto: muy pronto se convirtió en una celebridad mundial, reverenciado por reyes y hombres de Estado.

Respondiendo a una invitación del matemático Federigo Enriques, en octubre de 1921 Einstein visitó Italia durante unos cuantos días. Conocía bien el país porque había pasado largos períodos en él durante la adolescencia y la primera juventud. La hija de Enriques, Adriana, fue a recibirlo a la estación de Bolonia. Desconociendo qué aspecto tenía, al principio trató de identificarlo entre los pasajeros de primera y segunda clase. Cuando vio bajar de un vagón de tercera clase a un hombre de aspecto “imponente”, con un sombrero de artista de ala ancha y con los cabellos cubriéndole las orejas, no tuvo dudas: “Era él, solo podía ser él […] Llevaba escrita en la frente la marca del genio.”

La impresión referida por Adriana Enriques era la misma que provocaba Einstein en todos los que tenían ocasión de conocer al nuevo gran protagonista de la ciencia mundial. Por aquel entonces Einstein estaba en camino de convertirse en lo que todavía es hoy: el icono indiscutible del genio científico y una de las figuras más famosas, y más reconocibles, de todos los tiempos. Cualquiera que piensa en un científico, piensa en primer lugar en él, y tiene ante los ojos aquellos rasgos inconfundibles que nos han transmitido un sinnúmero de imágenes, sobre todo del período de su vejez: el rostro bondadoso de abuelo sabio, el cabello alborotado, el jersey descosido. Las características que solemos asociar a la figura arquetípica del genio –el anticonformismo, la impaciencia ante la autoridad y el rechazo de las convenciones sociales– tienen su origen precisamente en uno de los aspectos dominantes de la personalidad de Einstein, su espíritu rebelde e irreverente, magníficamente representado por la célebre instantánea en la que se le ve sacando la lengua al malaventurado (¿o afortunado?) fotógrafo.

Cuando, a finales de 1999, la revista americana Time eligió a la “persona del siglo” para inmortalizar la última portada del siglo XX, el nombre de Einstein se impuso al de todos los grandes protagonistas del siglo apenas transcurrido: gigantes del calibre de Roosevelt, Churchill o Ghandi. Puede resultar extraño que este reconocimiento fuese a parar a un hombre que no había desempeñado nunca ningún rol de responsabilidad pública, ni había tenido en sus manos el destino de un pueblo, ni había influido directamente en la existencia de los demás: “un constructor de universos, no de imperios”, como lo definió en cierta ocasión George Bernard Shaw.

Y sin embargo, la elección del Times fue del todo apropiada. En efecto, nadie ha encarnado como Einstein los dos rasgos característicos del siglo apenas transcurrido: el extraordinario progreso de la ciencia y la batalla contra los totalitarismos y por los derechos civiles. Einstein fue el campeón indiscutible de la ciencia del siglo XX: no la que produce efectos inmediatos, sino la ciencia pura, abstracta, incomprensible a la mayoría pero que encuentra el modo de llegar al hombre de la calle y dar forma al sentido común para plasmar –sin que apenas nos demos cuenta de ello– nuestra visión del mundo. Al mismo tiempo, estuvo siempre en primera fila –en el campo en el que se sentía más a gusto, el del intelecto– en la lucha por la libertad y la justicia, y por la desaparición de toda forma de opresión. Convertido de improviso en una celebridad universal, supo comprender que la fama comportaba la asunción de responsabilidades respecto al mundo. Y no se echó atrás: depositario de un saber para pocos, se comprometió sin descanso a favor de toda la humanidad.

La que contaremos en las páginas que siguen es la historia de este personaje grandioso y complejo, de una vida pública inspirada en los más nobles ideales, y una vida privada muy agitada; la historia de un científico humanista cuya aguda mirada abarcó desde las profundidades de la materia hasta el universo infinito, pero sin olvidarse jamás de mostrarse solidario con el mundo trágico de los hombres.

Fuente: Introducción del libro de Vincenzo Barone Albert Einstein. Constructor de Universos.