Retrato de la élite que elude impuestos y se declara respetuosa de la ley

por Juan Andrés Guzmán

Hace 10 años un influyente libro de Marcelo Bergman (Tax Evasion and the Rule of Law in Latin America) sostuvo que Chile estaba entre las naciones con mayor cumplimiento tributario del mundo. Según Bergman, nuestro éxito se debía a que los contribuyentes tenían una cultura de respeto a las normas, la cual descansaba en que la autoridad tributaria era percibida como justa y eficaz para castigar.

La seguidilla de escándalos tributarios en la última década, desde las estrategia de las empresas zombis -en la que participaron Sebastián Piñera, Carlos Délano, Andrónico Luksic, entre otros- a las más recientes prácticas detectadas en el Grupo Penta, en Walmart y en el financiamiento ilegal de la política, hacen dudar de la imagen de nación cumplidora. ¿En qué grupo social está el problema? Al menos desde los estudios de Michel Jorratt de 2013 sabemos que el impuesto que pagamos todos, el IVA, tiene poca evasión: apenas 8%. En cambio, el impuesto a la renta (que lo paga sólo el 19% de más altos ingresos) tiene una evasión del 34%.

Así como la idea de que Carabineros es una policía incorruptible, o como la convicción de que en el Congreso chileno las leyes no se compran como en otros países de la región, la imagen de buenos contribuyentes debería haber desaparecido, al menos respecto de la elite.

Sin embargo, esa imagen sigue viva justamente dentro de ese grupo.  Así se observa en la reciente investigación del sociólogo Jorge Atria: Legalismo y creatividad: el ‘incumplimiento tributario’ en los ojos de la elite económica.

Jorge Atria es miembro del Centro de Economía y Políticas Sociales de la Universidad  Mayor  (CEAS) y del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES). Su investigación se sustenta en 32 entrevistas a miembros de la elite económica y busca entender cómo las personas de altos ingresos argumentan y justifican sus formas de cumplimiento tributario.

Los testimonios recogidos por Atria van desde unos pocos casos que pagan todo lo que se debe “porque el país tiene necesidad”, a otros, más numerosos, que piensan que el Estado es inútil y recurren a expertos tributarios para pagar lo menos posible.

Lo interesante es que todos los entrevistados coinciden con el retrato que Bergman hizo hace una década: “En Chile no se evade, porque esto no es Argentina o Brasil. Aquí la ley se cumple”, explica Atria, citando a sus entrevistados. Pero hay un matiz que le da un giro a esta convicción: todos los entrevistados aceptan como válida “la viveza”, la “pillería del chileno” en el cumplimiento de las obligaciones tributarias.

Hacer la pasada está bien visto en Chile -resume el investigador.

“Hacer la pasada” es un término propio de las finanzas y del negocio inmobiliario que alude a la obtención rápida de grandes ganancias, muchas veces gracias a contactos e información privilegiada. “Hacer la pasada es visto por la elite como un acto de virtuosismo y una demostración de gran astucia” explica Atria. La versión tributaria de “la pasada” es la “elusión”, una estrategia “superficialmente legal” como lo definen los abogados Fernando Atria y Maite Gambardella en un artículo reciente (ver nota). Una estrategia que aunque respeta la letra de la ley, persigue objetivos que el legislador nunca esperó, es decir, atenta contra el espíritu de la ley.

Atria observa que al alabar “la pillería” tributaria los contribuyentes de alto patrimonio aceptan el uso de mecanismos con efectos similares a la evasión, al mismo tiempo que preservan la idea de que en Chile la ley se respeta, pues esos mecanismos no son delitos.

La validez de la pillería se refuerza calificando de “puristas” a los que no recurren a la astucia. Un entrevistado dijo a Atria: “Hay gente que cuando tiene que pagar impuestos, llega hasta donde le dicen. Pero hay gente que no es tan purista y lo que hace es entender que hay veces en que agarras aquí, restas acá, sumas acá, y das con un resultado más conveniente”.

-Ese tipo de contribuyente es el que va donde su abogado o contador y le dice, “constrúyeme un plan para pagar lo menos posible”. Para ese contribuyente el impuesto es un costo que tiene que ser evitado como sea. Cuando esa subjetividad se impone también se observa que su comprensión de la solidaridad social está completamente debilitada -explica Atria.

-¿Esa actitud es mayoritaria entre el contribuyente de alto ingreso? 

-Con una investigación cualitativa no puedo contestar eso. Pero varios entrevistados señalan directamente que el comportamiento elusivo tiene presencia cotidiana en el pago de impuestos, lo que coincide con los casos masivos de incumplimiento que han aparecido en los últimos años.

Al investigador le parece que esa lógica redunda en un discurso social contradictorio: “Al que evade 800 pesos en el bus, el Estado lo persigue hasta con fiscalizadores en cada paradero. Pero ‘hacer la pasada’ en grandes operaciones es algo que goza de legitimidad, pese a que la pérdida de recursos para el fisco es significativa. Y eso no se puede confundir con evasión. La evasión es un delito. En cambio, en Chile eso no pasa y todos pagamos impuestos”.

NI PAGAN TANTO NI EL ESTADO ES INEFICIENTE

No es novedad que la elite, sobre todo aquella ligada al pensamiento económico neoliberal, considere que el impuesto es un costo molesto e incluso un tipo de robo del que hay que librarse.

¿Qué aporta  de nuevo examinar la subjetividad de la elite?

Atria argumenta que esa perspectiva es importante para tratar de mejorar el cumplimiento tributario de ese grupo.

La literatura especializada ha mostrado, por ejemplo, que aumentos de penas a la evasión pueden no tener efecto o incluso hacer que la evasión crezca, entre otras cosas, porque los individuos “no son robots que siguen ciegamente las reglas de las instituciones”, dice Atria. El investigador argumenta que “las personas tienen la capacidad de desafiar y adaptar las reglas”, es decir, tienen “un rol creativo que incide en las organizaciones y en los resultados de la política pública”.

Esta capacidad es muy relevante cuando se trata de leyes tributarias, pues éstas están sujetas a un importante nivel de interpretación. “Toda persona que tiene más de una fuente de ingresos tiene que planificar su pago. Y no hay una fórmula químicamente pura para decir si pagó correctamente o no”, argumenta el investigador.

Tan ambiguo puede ser el sistema que finalmente las personas de altos ingresos pueden decidir cuánto impuesto pagan. De ahí la importancia que tiene la subjetividad. En el monto que la elite decide pagar pesa menos el poder de castigo de la autoridad que otros factores, por ejemplo: cómo entienden los impuestos (¿son un robo o una contribución?); la idea que tienen del Estado (¿es ineficiente o eficaz?) y, sobre todo, la manera en cómo están dispuestos a integrarse a su sociedad (¿me preocupo solo de mi entorno o quiero contribuir con las estructuras de solidaridad del país, por ejemplo, con el Estado de Bienestar?).

La literatura revisada por Atria sostiene que la percepción de que la autoridad actúa con justicia “es uno de los elementos fundamentales para que las personas paguen impuestos”. Sin embargo, en los entrevistados por Atria prevalece la idea de que los impuestos son un costo demasiado alto para ellos. “Y como les parece que pagan mucho, consideran legítimo buscar maneras de bajar esa carga”, explica el investigador.

Esa percepción no se ajusta a la realidad. El impuesto que pagan las personas de ingresos altos no solo es bajo en comparación con la OCDE, sino en comparación con lo que pagan otros chilenos. De acuerdo al estudio de Tasha Fairfield y Michel Jorratt de 2016, la carga tributaria que pagan difiere muy poco de la que tiene la clase media y baja (que pagan impuesto a través del IVA).Un estudio de Bárbara Castelletti en 2013, sugiere que el 40% de menores ingresos paga tasas efectivas de aproximadamente 15%, similares a las del 10% más rico.

Atria cree que, en cierto nivel, ayudaría al cambio de la subjetividad imperante el que se conociera que la carga real que goza la elite en Chile es baja. También piensa que sería útil que los altos ingresos percibieran que el Estado chileno usa bien los recursos.

Sin embargo, nuestra elite estima que el Estado es ineficiente y problemático, percepción que tampoco no calza con los datos.  Jorge Atria cita tres ejemplos: el estudio de Mario Waissbluth y Luis Riquelme de 2006 en el que muestran que, en materia de eficiencia del gasto público, Chile se ubica en el lugar 6 en comparación con países OECD; y los Índices de Competitividad Global elaborados por el Foro Económico Mundial (WEF), que en su versión 2012-2013 ubica a Chile en el lugar 10 (de 144 países), en términos de calidad del gasto público. En su edición 2014-2015 el informe del Foro pone a Chile en el lugar 19 a nivel mundial en términos de transparencia en el desarrollo de políticas gubernamentales y 21 en el “menor malgasto de los recursos públicos”.

-Esto no niega que el Estado tiene enormes desafíos para mejorar el gasto, pero en comparación internacional Chile no lo hace mal -explica Atria.

El investigador cree que dentro los grupos de altos ingresos hay personas que pueden decidirse a cooperar si su percepción se ajusta a los datos citados. Por supuesto, hay también grupos duros, que son numerosos, y cuya convicción ideológica los hace, en cierto sentido, inmunes. En esos grupos, dice Atria, el tema no es solo que buscan pagar lo menos posible, sino que su subjetividad muestra que “no tienen intención de contribuir con la estructura de solidaridad social del país que representan instrumentos como los impuestos”.

LA HERENCIA Y EL MÉRITO

Aunque respecto del impuesto a la renta Atria piensa que es posible lograr avances examinando la subjetividad, su investigación le indica que en el impuesto a la herencia hay un muro infranqueable. “Incluso los más cumplidores te dicen: yo no le quiero dar un peso al Estado porque este impuesto es un abuso”, sostiene Atria, en línea con lo que también ha investigado el tributarista Francisco Saffie.

En el debate de la herencia confluyen dos temas centrales de la sociedad actual. Por un lado, la idea de libertad en el uso de los recursos propios, y con ello la ambición de muchos padres de lograr que sus hijos tengan más oportunidades y mejor vida que la que ellos tuvieron; y por otro, el principio de meritocracia, que implica que solo son justas las desigualdades económicas que se originan en las diferencias de esfuerzo y talento.

-La elite chilena –pero no sólo ella- tiene zanjado ese tema, y no cree en el impuesto a la herencia para enfrentar la reproducción inter-generacional de la riqueza. Es un impuesto muy difícil de promover -señala el académico.

-¿Uno de los motivos que esgrime el gobierno para impulsar su reforma tributaria es que la que hizo Bachelet es muy “compleja”. ¿Algún entrevistado le comentó que no entendía el sistema?

-El sistema tributario que había antes de la reforma de Bachelet tenía muchos mecanismos que nadie entendía. Y la complejidad estaba justamente en las estrategias que usaban los altos ingresos y que les permitían, por ejemplo, darle un uso torcido a la renta presunta o al FUT, o pasar a llevar el impuesto a la herencia a través de complejas operaciones para traspasar recursos en vida. Tengo entrevistados que me dicen, por ejemplo, que incluso ocupando posiciones que administran grandes recursos, jamás entendieron el FUT. Pero en la discusión actual se supone que ese sistema era un ejemplo de simpleza… Me parece que si comparamos los sistemas son igualmente complejos. Creo que ese argumento solo busca justificar la actual reforma.

UNA APROXIMACIÓN “POSICIONAL” AL ESTUDIO DE LA ELITE

Comentarios de Jorge Atria sobre la metodología que usó en Legalismo y creatividad: el “incumplimiento” tributario” en los ojos de la elite económica”.

“El trabajo empírico con elites es escaso y complejo porque es difícil conseguir que individuos de alto patrimonio tengan tiempo o disposición a participar. Esto hace que si se opta por usar encuestas se corra el riesgo de sub-representar los grupos de altos ingresos. Por su parte, en investigaciones cualitativas, se deben realizar extensos procesos para generar redes iniciales o recurrir a intermediadores que faciliten el contacto con los sujetos que se busca encuestar. 

En mi investigación, el trabajo de campo incluyó 32 entrevistas a miembros de la elite económica, las cuales se realizaron en un periodo de tres meses. Luego de generar una red inicial de contactos preliminares, se fueron agregando nuevos participantes que se desempeñaban en organizaciones de ocho distintas áreas o sectores productivos del país: transporte, minería, electricidad y gas, actividades financieras y seguros, servicios de consultoría, alimentación, fundaciones privadas y entidades empresariales. Varios estudios cualitativos que analizan percepciones tributarias o de temas similares utilizan tamaños muestrales similares. Dicho trabajo formó parte de un proyecto de investigación más amplio, que tiene otros resultados referidos a elites científicas y políticas y asesores tributarios, grupos a los cuales también se accedió realizando otras 18 entrevistas especialmente dirigidas a ellos. 

Sobre la investigación empírica de elites me ha resultado útil leer: 

Atkinson, R., & Flint, J. (2001). Accessing hidden and hard-to-reach populations: Snowball research strategies. Social Research Update, 33, 1–4.

King, N., & Horrocks, C. (2010). Interviews in qualitative research. London: SAGE.

Tansey, O. (2007). Process tracing and elite interviewing: A case for non-probability sampling. Political Science & Politics, 40(4), 765–772.

Respecto al trabajo empírico que se hizo con elites económicas, la literatura internacional considera dos grandes aproximaciones: una que apunta a los recursos de la elite y otra que apunta a la posición social. La primera se enfoca en el nivel de ingresos (income) y de riqueza (wealth) que tienen a disposición. Ejemplos de esa mirada son los trabajos sobre los top incomes que han realizado Thomas Piketty, Emmanuel Saez o Anthony Atkinson, quienes han comparado el nivel de ingresos y su evolución en varios países del mundo.

La aproximación posicional o institucional, en cambio, pone el acento en aquellas ‘posiciones sociales’ que permiten mayores posibilidades de participación, opinión e influencia en decisiones de interés nacional. Este enfoque lo han seguido diversos trabajos de ciencias sociales cuyo objetivo es observar las jerarquías de distintas organizaciones, o analizar las relaciones entre grupos influyentes en el ámbito militar, económico, político, etc. 

Ejemplos de este enfoque son el trabajo de Charles Wright Mills sobre ‘The Power Elite’ en Estados Unidos, o el estudio de percepciones sobre pobreza y desigualdad en países de ingreso medio o bajo que editaron en un libro Elisa Reis y Mick Moore.

Siguiendo la aproximación posicional, esta investigación se enfocó en dueños de empresas, socios, miembros de directorios, gerentes generales, consultores y directivos de fundaciones o gremios empresariales. Sin embargo, también se aplicó una ficha básica de ingresos, como forma de ubicar a los entrevistados en la distribución de ingresos nacional. De este modo, las 32 entrevistas fueron realizadas a miembros que al mismo tiempo ocupan una posición prestigiosa y pertenecen al 5% superior de la población chilena.

(Tomado de CIPER)