Réplica a Michael Roberts sobre el modelo macro de la Teoría Monetaria Moderna

por Eduardo Garzón

Hace unos días el economista marxista Michael Roberts, aprovechando que en Estados Unidos últimamente se está hablando mucho de Teoría Monetaria Moderna (MMT por sus siglas en inglés), escribió un artículo crítico con dicho enfoque que fue traducido al castellano y publicado aquí.

Concretamente, se centró en el modelo macroeconómico utilizado por los defensores de la MMT, cuestionando de raíz algunos de los planteamientos que dan base al mismo. Escribo este artículo para responder a dicha crítica: por un lado explico por qué considero que uno de los planteamientos teóricos de la MMT cuestionados (la relación de causalidad establecida entre beneficios e inversión) es más realista que el que utiliza la visión marxista para el mismo asunto, y por otro lado corrijo lo que sin duda es una malinterpretación de la MMT por parte del autor (concretamente, sobre la forma de financiar el déficit público).

Roberts comienza recuperando una cita de James Tobin para señalar que las identidades contables son muy útiles pero peligrosas al no decir nada de la causalidad que hay entre sus variables. Así es: saber con certeza que la inversión, por ejemplo, es igual a los beneficios no es suficiente para identificar si la primera provoca los segundos o si es al revés. Esto es algo ampliamente reconocido por los propulsores de la MMT, acostumbrados a usar las identidades contables de Wynne Godley y Francis Cripps (1974), quienes siempre alertaron de que la causalidad era algo que no venía incorporado en dichas identidades. Por eso los defensores de la MMT desarrollaron un marco teórico que da sentido causal a dichas identidades. Randall Wray (2015) explica en su manual de MMT de forma bastante precisa por qué la causalidad va desde el gasto a los ingresos, desde la inversión a los beneficios, y desde el déficit al superávit.

Recuperemos dicha explicación partiendo de la identidad contable:
Gastos = Ingresos

Toda compraventa envuelve necesariamente a dos partes: la vendedora y la compradora. La compradora gasta y la vendedora ingresa. El gasto del comprador es siempre necesariamente igual al ingreso del vendedor; no puede ser de otra forma. Si yo le compro al frutero una manzana por valor de 1 euro, yo estaré gastando 1 euro y el frutero estará ingresando 1 euro. Lo que una parte gasta lo ingresa la otra, porque el dinero no desaparece ni su cantidad se altera en la transacción. No hay otra posibilidad. Hasta aquí la presentación de la identidad, sin ningún comentario sobre la causalidad, que viene ahora.

Aunque se necesiten dos partes para llevar a cabo una transacción, alguna de las dos la debe iniciar y permitir que tenga lugar la compraventa. Y esa parte es siempre la que gasta, y no la que ingresa. La que ingresa no puede lograr por su cuenta ganar dinero con una venta porque necesita que alguien comience el proceso. En cambio, la parte que gasta sí puede decidir por su cuenta si va a gastar dinero o no con la compra, porque incluso aunque no tenga suficiente dinero puede endeudarse (o crear dinero, que es un tipo de deuda) y luego comprar el producto.

Y el endeudamiento, aunque en puridad se produce con respecto a otro agente económico que debe aceptar ese compromiso, normalmente será posible porque supondrá un ingreso futuro para ese acreedor, un negocio, y sólo en casos excepcionales (cuando el deudor no goza de credibilidad para cumplir su palabra) el endeudamiento no tendrá lugar. Por lo tanto, si el comprador no quiere gastar, no lo hará; y si quiere gastar, lo hará (salvo en la excepción mencionada). Es decir, el comprador puede normalmente elegir por su cuenta si va a gastar o no. Sin embargo, con el vendedor no ocurre lo mismo: si el vendedor no quiere ingresar dinero, no lo hará; pero si quiere ingresar dinero necesitará a un comprador que desee gastar. El vendedor no puede decidir por su cuenta si va a ingresar dinero o no. En otras palabras, el que gasta es quien tiene la llave de la compraventa.

Este razonamiento se puede extrapolar al caso de los beneficios y la inversión, y al caso de los saldos. Si suponemos dos agentes económicos, el superávit de uno de ellos es igual al déficit del otro. Nadie puede ahorrar si no hay al otro lado alguien que “desahorre”. En cambio, para “desahorrar” no hace falta que haya alguien queriendo ahorrar, basta –en el peor de los casos– con endeudarse o crear dinero, lo cual es siempre posible en condiciones normales. En consecuencia, el que “desahorra” es quien tiene la llave del saldo. Pues bien, cuando aplicamos la identidad de los saldos a los sectores público y privado, descubrimos que el sector privado no puede “desahorrar” indefinidamente porque utiliza una moneda que no crea (y su utilizara la que crea, no tendría forma de imponer su utilización); en cambio, el sector público sí puede hacerlo porque emite la moneda que utiliza y además impone por la fuerza su uso. Esto es lo que nos viene a decir la MMT: los déficits producen los superávits, pero —como bien nos mostró Himan Minsky (1986)— los primeros no pueden ser eternos en el caso del sector privado; sin embargo, sí pueden serlo en el caso del sector público, que no sólo emite la moneda que se utiliza generalmente sino que además tiene la autoridad para lograr que se utilice (a través, fundamentalmente, de los impuestos). De ahí que el “motor” de la actividad económica sea el déficit público, no el privado.

¿Por qué Michael Roberts entiende la causalidad a la inversa? Porque utiliza un concepto de dinero-mercancía (como la mayoría de marxistas) en vez de un enfoque de dinero-deuda. Él cree que el dinero no puede aparecer antes de la producción, sino que de alguna forma representa la cantidad de bienes y servicios que se han creado (concretamente, gracias a la fuerza de trabajo). Acorde a esta visión, nadie podría estar utilizando dinero a no ser que se hubiera originado antes gracias a un proceso productivo. En consecuencia, la llave de la actividad económica recaería en la oferta, no en la demanda. En este párrafo lo explica claramente:

La visión marxista es que la “demanda efectiva” (incluyendo los déficits públicos) no puede preceder a la producción. Siempre hay demanda en la sociedad para las necesidades humanas. Pero sólo puede ser satisfecha cuando los seres humanos trabajan para producir cosas y servicios a partir de la naturaleza. La producción precede a la demanda en ese sentido y el tiempo trabajado determina el valor de esa producción. Los beneficios son el resultado de la explotación del trabajo y esos beneficios son invertidos o consumidos por los capitalistas. Por lo tanto, la demanda sólo es ‘efectiva’ gracias a los ingresos que se han creado, y no viceversa.

Pero basta concebir el dinero como una deuda y no como una mercancía para darse cuenta de que lo anterior no es cierto. El dinero es un compromiso de pago futuro y, como tal, puede crearse “de la nada”; no hay que esperar a que alguien produzca algo para que se origine ese dinero. Si te endeudas—y la contraparte confía en que cumplirás tu palabra—, podrás adquirir bienes y servicios sin necesidad de haber obtenido ingresos anteriormente. Los productores fabrican cosas cuando ven que las pueden vender, y para venderlas no hace falta que el comprador haya obtenido dinero en el pasado. La demanda efectiva, por tanto, no nace de la oferta, sino que nace de la nada y es la oferta la que trata de adaptarse a ella. La demanda efectiva no está limitada por ninguna cantidad de dinero, porque éste puede ser ilimitado (porque es una deuda, no una mercancía).

Escribe Roberts al final de su artículo:

La pregunta más importante, sin embargo, es ¿qué impulsa una economía capitalista? Es la rentabilidad de la inversión capitalista lo que impulsa el crecimiento y el empleo, no el tamaño del déficit público.

Yo podría suscribir esa frase. La acumulación capitalista requiere de inversión privada; si los capitalistas no invierten es imposible hablar de crecimiento económico capitalista. Podríamos hablar de otro tipo de crecimiento, pero desde luego no de uno capitalista. Pero es que todo eso no se puede lograr sin déficits públicos, que es la única fuente sostenible de dinero que tiene una economía. Si la gente no tuviera en sus manos el dinero que crea el Estado (a través de los déficits públicos), ¿con qué iba a comprar los productos que venden los capitalistas? Alguien podría contestar a esto que lo podría hacer con dinero privado, bancario por ejemplo.

Pero sólo un poco más arriba he expuesto la explicación de por qué el déficit de cualquier agente económico privado no es sostenible: no goza de la autoridad de obligar a la gente a usar el dinero que emite. Crear dinero es endeudarse, y el sector privado no puede endeudarse ilimitadamente porque en algún momento la gente se daría cuenta de que alguien está prometiendo un pago futuro que nunca llega, de forma que en algún momento dejaría de utilizar ese dinero por miedo y desconfianza. Esta constatación no es otra cosa que la teoría del crédito de Mitchell Innes (1913). En cambio, el sector público sí puede endeudarse ilimitadamente porque impone por la fuerza (con los impuestos) la utilización de su dinero. Ningún agente económico privado tiene el poder que tiene el sector público para forzar la utilización de su dinero. Esta es la teoría chartalista de Georg Friedrich Knapp (1924).

Por último, un breve apunte sobre lo que es una malinterpretación por parte de Roberts. En su artículo se puede leer lo siguiente:

El endeudamiento podría hacerse mediante la emisión de bonos del gobierno (ortodoxia keynesiana) o mediante la ‘impresión de dinero’, es decir con el aumento de las reservas de efectivo en los bancos (MMT). La emisión de bonos pueden reducir la inversión privada para impulsar la inversión del Gobierno, pero el crédito creado estimularía la inversión total. La impresión del dinero (MMT) elevaría la inversión sin reducir la inversión privada (¡magia!).

Dejando al margen la falta de rigor e imprecisión (porque espero que no sea mala intención) al utilizar la palabra “imprimir” para hablar de creación de dinero cuando incluso los propios banqueros centrales reconocen que el dinero se crea en su inmensa mayoría a través de tecleos informáticos, es completamente falso que la MMT haga algún tipo de distinción entre financiar el déficit público con bonos o con nuevo dinero, y mucho menos que distinga los efectos de dichas formas de financiación sobre la inversión privada.

El enfoque de la MMT en este sentido es, por cierto, idéntico al de los adscritos a la visión del circuito monetario, con Augusto Graziani (1990) a la cabeza, que ya hace bastante tiempo pusieron encima de la mesa una comprensión absolutamente diferente sobre la financiación del déficit público (entre otras cosas). Para empezar, el déficit público no se financia; es más: no se puede financiar. Este registro no es más que el resultado entre a) la cantidad de dinero que inyecta el Estado en la economía a través del gasto, y b) la cantidad de dinero que retira de la economía a través de los impuestos. Para gastar no necesita disponer antes de nada, sino que le basta con acreditar las cuentas bancarias de los receptores de ese gasto. Para ingresar, lo único que tiene que hacer es debitar las cuentas bancarias de los contribuyentes. Como lo que el Estado debita es dinero que inyectó antes a través del gasto, el déficit público no es más que la cantidad de dinero que el Estado no retira de la economía a través de impuestos, ergo no tiene ningún tipo de sentido hablar de financiación del gasto. ¿Cómo se puede financiar algo que se contabiliza después de realizar el gasto?

¿A qué viene entonces eso de emitir bonos de deuda pública? Pues a que de alguna forma hay que evitar que los tipos de interés se hundan. Cada nuevo euro de déficit público es un nuevo euro de reservas bancarias. Los bancos las intentan colocar en inversiones financieras para darle rentabilidad, pero cuando tienen muchas no les queda más remedio que acordar tipos de interés más reducidos (cuando hay muchos vendedores la única forma de vender es bajando el precio). Es por la simple ley de la oferta y la demanda que el déficit público tiende a empujar a la baja los tipos de interés. Para evitar que eso ocurra, los Estados y sus bancos centrales pueden ofrecer más rentabilidad a las reservas bancarias (de esta forma, los bancos no intentarán deshacerse de ellas a un tipo de interés bajo) o pueden ofrecerle a los bancos un activo financiero en el que colocar las reservas bancarias a una rentabilidad decente. Ese activo financiero es la deuda pública. Los Estados con soberanía monetaria no necesitan vender bonos públicos para gastar; lo hacen para retirar reservas bancarias de la circulación y lograr así que los bancos no las intenten colocar a toda costa, con el hundimiento en el tipo de interés que eso conllevaría. La deuda pública es una herramienta para controlar los tipos de interés, no para financiar el gasto.

Por eso el impacto sobre la inversión —o sobre cualquier otra variable económica— es independiente de si el Estado emite bonos de deuda pública o si eleva la rentabilidad de las reservas bancarias. Por cierto, que si el Estado y su banco central no realizaran estos movimientos, los tipos de interés caerían, haciendo la inversión privada más barata. Por lo tanto, los déficits públicos en este caso no perjudicarían la inversión privada, sino que en todo caso la facilitarían. Roberts parece que sigue anclado en la concepción ortodoxa y errónea del impacto del déficit público sobre la inversión privada. El único caso en el que el déficit público podría perjudicar a la inversión privada –y esto es independiente de la forma de “financiar” el déficit público– sería cuando el sector público ha comprado tantas cosas en el mercado que ya no queda nada para los empresarios privados. Esto, que sería posible, podría ser incluso positivo si la inversión pública se realizara acorde a criterios sociales y ecológicos, ya que estaría desplazando una inversión privada que siempre está sujeta a la rentabilidad privada y sólo tangencial y ocasionalmente a los criterios mencionados.

Artículo publicado originalmente en El Salto.