Colapsólogos

Debates sobre la crisis climática: La inmersión de los colapsólogos en una regresión arcaica

por Daniel Tanuro

“La mirada hacia adelante es tanto más penetrante cuando es consciente. La intuición, auténtica, se quiere clara y precisa. Solo si la razón empieza a hablar, la esperanza, libre de cualquier tipo de fraude, comienza a florecer» (Ernest Bloch)

En su libro Comment tout peut s’effondrer (Cómo puede colapsar todo), publicado en 2014, Pablo Servigne y Rafaël Stevens crearon el concepto de colapsología que definen como sigue:

«La colapsología es el ejercicio interdiscipliar del estudio del colapso de nuestra civilización industrial y lo que le podría suceder, apoyándose en las dos formas cognitivas que son la razón y la intuición y sobre trabajos científicos reconocidos«.

Solo fue el punto de partida. En 2017, Pablo Servigne firmó un segundo libro, L’autre loi de la jungle, con Gauthier Chapelle. Los autores retomaron la tesis del anarquista ruso Kropotkin quien, en un famoso ensayo, publicado en 1902, defendió la idea, ya emitida por Marx y Engels, de que la evolución de las especies no es solo el resultado de la competencia, sino también de ayuda mutua 1/. Finalmente, en octubre de 2018, el trío Servigne-Chapelle-Stevens firmó Une autre monde est posible. Vivre l’effondrement et pas seulement y survivre (Otro fin del mundo es posible. Vivir el colapso y no solo sobrevivir a él).

El impacto de esta trilogía merece prestarle atención. Los colapsólogos gozan de una gran reputación en medios extremadamente diferentes. Por un lado, son muy populares en las redes sociales, en movimientos alternativos y entre muchos activistas del entorno ecológico radical. Por otro lado, les recibieron en Bercy y el Elíseo [sedes del Ministerio de Hacienda y de la Presidencia de la República de Francia, ndt], fueron invitados por las federaciones patronales de Bélgica y Suiza y los media mainstream han comentado ampliamente sus escritos. Algunos de los llamados periódicos de calidadllegaron incluso a saludar a los fundadores de una nueva disciplina científica… ¿Qué es lo que despierta tanto interés, incluso emoción?

Nos concentraremos aquí en el último libro publicado, Une autre fin du monde est posible. Pablo Servigne y sus compañeros responden implícitamente a algunos críticos, ignoran a otros y profundizan los temas desarrollados anteriormente. La gran novedad del libro es ofrecer a los lectores el pasar de la colapsología a la colapsosofía, es decir, de la ciencia del colapso a la filosofía del colapso. Se verá que este ambicioso ejercicio los lleva a concepciones muy cuestionables e incluso peligrosas.

De «la esperanza tóxica» a «la esperanza activa»

A primera vista, Une autre fin du monde est possible parece presentar una serie de avances en comparación con las obras anteriores. Así los autores matizan parcialmente la afirmación de inspiración budista de que «la esperanza es tóxica» 2/. Para hacer esto, introducen una distinción entre «esperanza pasiva» y «esperanza activa». Según ellos, la primera sería el sinónimo desmovilizador de «la certeza de que todo será mejor mañana», mientras que la segunda sería «la esperanza en movimiento», que va de la mano con «el coraje de abrir las posibilidades» y de luchar para que se concreten.

Esta respuesta implícita a los críticos que resaltan el fatalismo del enfoque colapsológico es positiva, pero ¿es suficiente? ¿Es cierto que la «esperanza pasiva» es siempre e inevitablemente un «veneno» que «duerme a la gente» y fortalece el orden establecido, como dicen los autores? El filósofo Ernst Bloch sugirió un enfoque más dialéctico 3/: la esperanza, incluso pasiva, incluso latente, siempre expresa en última instancia la aspiración a cambiar hacia una vida mejor. Esto parece obvio: ¿cómo podría una esperanza activa, que ha identificado su objeto y concentra su voluntad en esta dirección, nacer sin ser precedida por una forma más vaga, como la que se expresa en los sueños de vigilia?

Pero dejemos este debate filosófico y tomemos provisionalmente nota de que los colapsólogos parecen alejarse un poco del fatalismo de la inevitable catástrofe, que no nos dejaría otra opción que comenzar de antemano el trabajo del duelo.

¿Romper con el fatalismo? Sí pero no…

Este es un punto importante. De hecho, el fatalismo estaba en el corazón de Comment tout peut s’effondrer. El libro ofrecía una única perspectiva: desconectarse del sistema industrial para no ser arrastrado en su caída. Cualquier respuesta global, cualquier intento de reforma estructural eran consideradas ilusorias. Incluso se rechazaba el decrecimiento: los autores le acusaban de mantener la hipótesis poco realista de una posible evitación del colapso… El libro no incluyó ni una palabra de aliento a las acciones de desobediencia civil que Naomi Klein llamó Blockadia 4/. Pablo Servigne insistió sobre este punto de vista en varias entrevistas: frente a lo inevitable, no hay forma de salir que la construcción de pequeñas comunidades resilientes, porque ninguna otra cosa sobrevivirá al desastre.

Une autre fin du monde sugiere a veces otro toque de campana. Los colapsólogos evocan repetidamente la lucha e incluso la lucha anticapitalista. La expresión se repite un gran número de veces, y se dan algunos ejemplos. Los autores, por ejemplo, citan a Christophe Bonneuil: «Las luchas indígenas y afrodescendientes del Sur, como las alternativas y movimientos antiproductivistas y autónomos en el Norte, inventan formas avanzadas de emancipación y de autogestión democráticas». Los colapsólogos no habían escrito nada similar en sus trabajos anteriores.

Más sorprendente (porque es aún más contradictorio con sus afirmaciones anteriores): Servigne, Stevens y Chapel se basan en el precedente del esfuerzo de guerra contra los nazis para decir que el proyecto de un amplio plan de movilización general, de inversión pública y de racionamiento equitativo contra el cambio climático «podría ser interesante». Expresan reservas, pero admiten que este relato

«Viene a alimentar lo que falta en los movimientos de la transición -una coordinación eficaz- (…) y eso daría un gran impulso a todas estas personas que sienten un profundo deseo de cambiar el mundo pero que no se encuentran satisfechos con los llamamientos a pequeños gestos individuales diarios».

La ruptura con el fatalismo parece confirmarse. Sin embargo, en lugar de seguir este camino, en lugar de explorar las estrategias para hacer converger las luchas de los y las asalariadas, mujeres, jóvenes, campesinos/as, pueblos indígenas o afrodescendientes, los colapsólogos vuelven a caer en la posición de su primer trabajo: debemos sobre todo «pasar por un proceso de duelo», a través de una «transición interior». ¿Por qué? Porque a lo que nos enfrentamos, escriben, «no es a un problema que requiera soluciones, sino a un atolladero, una situación inextricable que nunca se resolverá, como la muerte o una enfermedad incurable».

Entonces, ¿abandonar las luchas?, ¿Abandonar de la movilización general para ganar la guerra climática? Sí: «Antes de actuar, e incluso antes de proponer pistas de acción (¡sic!), todavía hay cosas que entender y un camino interno a recorrer». Al igual que en el primer volumen de la trilogía, uno debe «aprender a vivir con», alcanzar «la etapa de aceptación del colapso». En este tercer volumen, los autores incluso añaden que esta aceptación es «el requisito previo para repensar radicalmente la política». Salido por un momento por la puerta, el fatalismo vuelve por la ventana, más fuerte que nunca.

«La lección es dejar de pelear»

Este retorno no puede ser más claro cuando los autores buscan inspirarse en la práctica médica para determinar la mejor manera de anunciar las noticias aterradoras. El interés de los colapsólogos por este problema se deriva de su propia experiencia. De hecho, Servigne y sus compañeros han podido descubrir que la profecía del colapso-certificado-inevitable-por-la-ciencia provoca ansiedad. Vemos esto en las reacciones de las personas que forman parte de grupos colapsistas en las redes sociales: un tal se felicita por haber convencido a una persona próxima de que no debe tener hijos, otra está desesperada por no estar en condiciones de comprar en el campo la parcela de tierra indispensable para su supervivencia durante el colapso, etc.

Para responder a la angustia que han contribuido a crear, los colapsólogos creen que pueden confiar en el trabajo realizado en torno a la enfermedad de Huntington. Se trata de una enfermedad hereditaria degenerativa, rara, incurable, que generalmente aparece en la mediana edad y puede conducir a una muerte rápida. La forma, a menudo inadecuada, en que los médicos han informado a los pacientes ha provocado reacciones; los filósofos participan en un colectivo formado en torno a una de las enfermas, y se han formulado un cierto número de ideas sobre la forma más adecuada de anunciar las malas noticias y de vivir con ellas.

Servigne, Stevens y Chapelle se basan en ese trabajo para evaluar su discurso sobre el colapso: «Hay tres lecciones que aprender de este paralelo con la enfermedad», escriben. «La primera es dejar de pelear, porque no aporta nada constructivo (…). La segunda lección es que no podemos anunciar que todo se ha acabado (y mucho menos sin especificar lo que ha acabado) (…). La tercera es que, tras dos tipos de anuncio (la muerte y el colapso, DT), debemos recuperar la confianza en nosotros mismos mediante la creación, la exploración y el compartir las experiencias”.

Que los autores entiendan la necesidad de dejar de decir que «todo se ha acabado», no nos puede más que alegrar. Hubiera sido mejor si lo hubieran entendido antes, y hay que esperar -pero se verá que esta esperanza es inútil- que por tanto ya no hablarán de colapso sino de amenazas de colapso(s), especificando de que amenazas se trata, a qué se deben y cómo eliminarlas en la medida de lo posible… Dicho esto, ¡es simplemente alucinante leer que, según ellos, se debería «dejar de luchar»!

Porque ¿cuál es la principal causa de la creciente catástrofe? El crecimiento a cualquier precio, como fruto de la competencia por obtener el máximo beneficio. Por tanto, si queremos encontrar un punto de comparación en el campo médico, no es una enfermedad genética la que se debe elegir sino una enfermedad causada por la carrera al beneficio. La asbestosis es un buen ejemplo. ¿Qué hicieron las víctimas del asbesto? ¿Se resignaron a su destino? No, se han movilizado ferozmente contra las multinacionales del asbesto porque les han envenenado durante décadas con pleno conocimiento de causa y con la complicidad de los gobiernos.

Es obvio que esta comparación con la asbestosis es infinitamente más fértil que la de los colapsólogos con la enfermedad de Huntington. De hecho, envenenarnos es lo que han hecho y siguen haciendo las empresas multinacionales del petróleo, el carbón y el gas: sus responsables sabían que la combustión de combustibles fósiles provocaría el cambio climático, pero han continuado con su explotación, pagando a falsos sabios para negar la realidad. Los gobiernos también sabían las consecuencias, y no han hecho nada o casi nada para proteger a la ciudadanía. Por tanto, la enfermedad que sufrimos no es hereditaria o genética, es decir, natural: es histórica, social y política. En este contexto, «dejar de luchar» significa nada menos que capitular ante la explotación, poner la otra mejilla y resignarse a la injusticia.

¿»Capitalismo»? ¿Habéis dicho «capitalismo»?

Más allá de la anécdota, la falsa comparación de los colapsólogos revela los sesgos de su teoría. Primero, vemos que se colocan en la posición de poder del médico, el hombre con una bata blanca que anuncia y prescribe. Entonces, es obvio que los autores están intoxicados por su propia narrativa colapsista, ya que creen demostrar su validez recurriendo a una comparación claramente errónea (por lo tanto, se mistifican a sí mismos). Finalmente, la referencia a una enfermedad hereditaria indica otra cosa más: Pablo Servigne y sus compañeros, en su libro evocan ampliamente la «lucha anticapitalista», pero persisten en no entender qué es el capitalismo y por qué «agota las únicas dos fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador «/la trabajadora (Marx).

Une autre fin du monde contiene tantas manifestaciones de esta incomprensión que no podrían enumerarse todas. Éstas son algunas de ellas:

· En cierto momento, los autores enumeran los «enemigos difusos» a los que se enfrentan y ponen en el mismo saco el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el capitalismo, los gases de efecto invernadero, la industria de los combustibles fósiles y la inacción de los gobiernos. La ausencia de cualquier articulación de los fenómenos sociopolíticos (el capitalismo, la industria, los gobiernos) y las transformaciones inducidas en el medio ambiente (cambio climático, pérdida de biodiversidad) es obvia.

· Por un lado, los autores parecen constatar que existen antagonismos de clase, incluso quieren «sumarse a la negativa a explotar ciertas clases de humanos, la negativa a explotar a otras especies». Bien; pero, por otro lado, apoyan la petición de Bruno Latour de superar la división entre la derecha y la izquierda. Latour defiende la idea de formar nuevas alianzasbuscando aliados en personas que, según la antigua graduación, eran claramente reaccionarias y en otras que «siempre de acuerdo con la antigua marca, eran claramente progresistas y tal vez incluso liberales o neoliberales»< 5/. Lo que no molesta a los colapsólogos, que agregan: «Todos estamos en el mismo barco» y «necesitamos de todo el mundo».

· Refiriéndose a las «sociedades precapitalistas», Servigne, Stevens y Chapelle consideran que están caracterizadas por «economías sostenibles», que el «capitalismo» ha terminado con ellas porque «era necesario deshacerse de una visión demasiado personificada de la naturaleza (en efecto, ¿cómo se puede matar o robar a la propia madre adoptiva?) para desarrollar una mente fría y calculadora». ¿La aparición del capitalismo sería el punto clave de una desconexión de las relaciones entre la humanidad y la naturaleza? Sí, pero no: en unas pocas páginas más adelante leemos que «el paso clave de la desconexión fue la invención del lenguaje abstracto». Es cierto que los monos, que no tienen un lenguaje abstracto, están menos desconectados de la naturaleza que los humanos; pero hete aquí que no son humanos…

Referencias muy poco recomendables…

La extrema confusión de los autores también se refleja en la extrema diversidad de personalidades convocadas para apoyarsus tesis 6/. Esta mezcolanza ideológica de escasa calidad podría hacer sonreír si no se incluyeran también a personalidades tan poco recomendables como Mircea Eliade y, -¡en primer plano!- Carl Gustav Jung. Por desgracia, indicar aquí que son poco recomendables es un eufemismo…

Teórico de las religiones y los mitos, el rumano Eliade fue, antes de la guerra, miembro del partido fascista y antisemita La guardia de hierro. ¿Error juvenil? Así es: después de la guerra, Eliade repitió su admiración por varias personalidades de extrema derecha 7/. En vista del tema en discusión, debe notarse que prestó su apoyo a Alain de Benoist durante la fundación del Grece (Grupo de Investigación y Estudio para la Civilización Europea, también llamada la Nueva Derecha) 8/. Benoist fue uno de los autores que posteriormente intentó formular una ecología política de extrema derecha 9/.

Discípulo disidente de Freud, el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, no militó en un partido fascista, como Eliade, pero colaboró con los nazis desde 1933 hasta 1939 10/. Después de la guerra, Jung afirmó haber actuado para ayudar a sus colegas judíos alemanes a continuar su actividad profesional. Sin embargo, el antisemitismo del psiquiatra suizo es innegable. Sus inclinaciones fascistoides también resurgieron indirectamente en 1960: en ese momento, prologó favorablemente un libro del místico neonazi Miguel Serrano, un chileno que veía en Hitler un avatar de Wotan y Vishnu, destinado a volver para salvar el mundo… 11/.

Como podemos ver, en Une autre fin du monde, los colapsólogos no se contentan con volver a caer a la posición psicologizante y fatalista de su primer trabajo: cavan tan profundamente esta posición que se deslizan a una caverna. Una caverna arcaica a la que nos invitan a unirnos a ellos para «comprometernos» a «bailar con nuestras sombras», para «vivir todos los aspectos de nuestras vidas que nos parecen inaceptables». Ya no es simplemente una cuestión de «luto» sino de «reconectarse con nuestras raíces profundas». Estos no son más que «los arquetipos en el sentido definido por Jung, a saber, los símbolos primitivos y universales, que pertenecen al inconsciente colectivo, una forma de representaciones preestablecidas (sic) que estructuran la psique».

Carl Gustav Jung, el inconsciente colectivo y el nazismo.

A Jung se le califica como la referencia central de la colapsosofía. La tercera parte del libro, que los autores dicen que es fundamental, se refiere constantemente a su trabajo, en particular a la noción muy cuestionada de arquetipos.

A nivel científico, se debe saber que la existencia de estos arquetipos nunca ha sido probada, ni por Jung ni por sus sucesores. Ninguna investigación ha establecido que la psique esté «estructurada por representaciones preestablecidas, símbolos primitivos, universales, pertenecientes al inconsciente colectivo». El símbolo de la Madre Tierra, por ejemplo, al contrario de lo que dicen algunos no es universal. El antropólogo Jean-Loïc Le Quellec ha demostrado que las llamadas demostraciones de la existencia de arquetipos se caracterizan todas por su circularidad, y que los y las partidarias del concepto proyectan en la prehistoria sus propios prejuicios, incluso sus propias fantasías…

Más allá de la controversia científica, los «arquetipos» y el llamado «inconsciente colectivo» están en el centro de un importante debate filosófico y político. El carácter reaccionario de estas nociones jungianas es, de hecho, el resultado de su propia definición. Para Jung, cuanto más desarrollado está un grupo humano, más reprime sus raíces primitivas, salvajes y bárbaras. Estas son fuentes de vitalidad y creatividad. Cada pueblo debe reencontrarlas para asumirlas, de lo contrario los arquetipos volverán a surgir violentamente, fuera de cualquier control.

Precisamente en este punto se comprende cómo una teoría basada en una supuesta universalidad de las representaciones ha sido capaz de hacer la cama a lo que es por excelencia, por así decirlo, la negación racista y antisemita de la universalidad: el nacional-socialismo. De hecho, los nazis se dieron cuenta rápidamente de que la necesidad enfatizada por Jung de asumir el inconsciente colectivo del pueblo alemán podía legitimar su política. Por eso se apoderaron de Jung contra Freud y quemaron los libros del inventor judío del psicoanálisis, acusado de contaminar el inconsciente ario.

Es verdad que Jung no es culpable de la instrumentalización de sus teorías por parte de los nazis… Pero nunca se indignó e incluso la respaldó. Debido a su larga historia, la raza judía era, para él, el ejemplo típico de un grupo humano muy alejado de sus raíces. Por tanto, comparando en 1934 la psicología de esta raza con la de la raza aria, esto es lo que escribió el psiquiatra suizo en el Boletín de la Sociedad Internacional de Psicoterapia:

«Aparte de ciertos individuos creativos, el judío promedio ya es demasiado consciente y diferenciado para ocultar las tensiones de un futuro aún no concebido. El inconsciente ario tiene un potencial más alto que el inconsciente judío; tal es la ventaja y la desventaja de una juventud que aún no es completamente ajena a la barbarie (…) Freud no conocía el alma alemana, la conocía tan poco como todos sus oficiantes germánicos. El grandioso fenómeno del nacional-socialismo, que todo el mundo contempla con ojos de asombro, ¿les ha enseñado? ¿Dónde estaba esta energía y estas tensiones inauditas cuando el nacionalsocialismo aún no existía? Estaban escondidas en las profundidades del alma germánica” 12/.

Del ecofeminismo al elogio de los nuevos guerreros

Curiosamente, parece que Servigne, Stevens y Chapelle han llegado a Jung a través de la lectura de algunas autoras ecofeministas. Digo ciertas autoras porque, lógicamente con la naturalización de las relaciones sociales, que es uno de sus rasgos característicos (volveré a esto en la conclusión), los colapsólogos parecen haberse limitado a esta variedad de ecofeministas que esencializan las diferencias entre hombres y mujeres en la relación con la naturaleza. Si también se hubieran involucrado con las autoras que explican estas diferencias por el rol social que el patriarcado impone a las mujeres y no por la naturaleza de las mujeres, podrían haber evitado el deslizamiento del que vamos a hablar. Por desgracia, no lo hicieron. De golpe, el cóctel de teorías junguianas y concepciones esencialistas les lleva a las antípodas del feminismo -y de las luchas de emancipación en general-. Es lo que veremos a continuación.

Desde el principio, al lector le sorprende una contradicción: Servigne, Stevens y Chapelle descubren el ecofeminismo… pero Une autre fin u monde no evoca la lucha de las mujeres por su emancipación, ni la necesidad de un movimiento autónomo de mujeres, ni el lugar central de este movimiento en la lucha contra la destrucción ambiental y social. Los autores prefieren desarrollar la idea de que los «arquetipos femeninos y masculinos» son «polaridades que no se oponen». Estimando que «los hombres también sufren la herida secreta del patriarcado», abogan por la «reconciliación entre hombres y mujeres» y nos invitan a practicar «rituales iniciáticos» para ese objetivo.

Aquí es donde la colapsosofía se desliza para sumergirse en una regresión arcaica, no solo en palabras sino en hechos. Como cuestión de ritual, los autores recomiendan sus buenas direcciones: a los lectores varones, les aconsejan asistir, como lo han hecho ellos mismos, a los fines de semana de iniciación al nuevo guerrero (New Warrior Trainign Adventure)(Entrenamiento del nuevo guerrero) organizados por el ManKind Project, al que alaban.

Este Proyecto ManKind es un business creado por tres estadounidenses a iniciativa de un tal Bill Kauth. Para éste psicoterapeuta junguiano se trataba de responder a la ola feminista de los años ochenta. Impresionado por el potencial emancipador de los grupos feministas, Kauth decidió poner en marcha grupos no mixtos que permitiesen liberarse a los hombres, al encontrar sus raíces profundas y su alma de machos «adultos y sanos». En definitiva, asumiendo su arquetipo masculino 13/.

De disculpas a las mujeres al masculinismo

Según Jung y sus seguidores, el patriarcado habría aparecido hace unos 5.000 años. Antes de esa fecha, las sociedades humanas habrían sido matriarcales. Aunque se enorgullecen de su integridad científica, los colapsólogos se alinean tras esta suposición sin inmutarse, sin remarcar siquiera que está puesta en cuestión por la mayoría de los especialistas en prehistoria… Y ahí hace migas con Kauth, quien no pierde la oportunidad de «disculparse con las mujeres por los cinco milenios de dominación que han sufrido».

El ingreso en el Making Project comienza con un fin de semana introductorio -de pago- en el que los aspirantes a nuevos guerreros deben comprometerse por escrito a no revelar el contenido secreto. Sin embargo, el velo fue levantado por periodistas infiltrados: describen un evento muy estructurado, en el que los participantes, aislados del mundo exterior, a falta de sueño y comida, están sujetos a diversas y duras pruebas físicas y emocionales para «confrontar su dependencia de las mujeres», descendiendo a las profundidades de sus almas para «entrar en el reino de la masculinidad» 14/.

Jung estaba interesado en el alma germánica, mientras que su discípulo Kauth está interesado en el alma masculina. Así lo explica: «Yo distingo el espíritu – lo que se eleva, la búsqueda de la luz, la respuesta correcta, la perfección y la verdad cósmica- del alma –lo que desciende al misterio, el no saber, la confusión, la oscuridad, lo material-«. Según él, «nuestra cultura nos ahoga en el espíritu y carecemos desesperadamente de alma”. El camino del nuevo guerrero es exitoso, dice, porque trabaja al 95% en el alma.»Esto es lo que los hombres necesitan para sentirse completos y equilibrados» 15/.

Como se ve, el inconsciente colectivo masculino reemplaza al inconsciente colectivo racial, pero la lógica es la misma. ¿Cuál es el vínculo entre los fines de semana de iniciación y las teorías junguianas sobre el patriarcado? Es muy simple: transformaremos a los hombres llevándolos a encontrar las raíces de sus ancestros prehistóricos, esos guerreros sanos, justos y valientes de antes del patriarcado. De ahí la denominación de nuevos guerreros… Entre otros rituales, los participantes bailan desnudos por la noche en el bosque, alrededor de un gran fuego, al sonido de los tambores. Al final del fin de semana, se supone que deben estar tranquilos y serenos, libres de culpabilidad. Conscientes de su «magnificencia de hombres», ellos «reencuentran el camino de un sagrado masculino 16/

Hay que ser ingenuo o de mala fe para creer en las virtudes feministas y emancipadoras de tales falsificaciones. Que los hombres estén desestabilizados por el feminismo es obvio, ya que vivimos en una sociedad dominada por los hombres. De la misma forma que los boys clubs están de moda, los grupos machos no mixtos siguen siendo, por definición, los grupos dominantes (el hecho de que algunos hombres sufran del «síndrome depresivo masculino» mencionado por Servigne y sus compañeros no cambia nada). Las «disculpas a las mujeres por los 5.000 años de patriarcado» son una cortina de humo: elManKind Project es una rama del movimiento masculinista. Su especificidad ha sido bien captada en un artículo anónimo, publicado en el sitio de Rebelyon, dedicado al peligro de este movimiento: «Los nuevos guerreros están transformando la dominación masculina, rechazando algunos aspectos de la masculinidad para valorizar otros, sin tener en cuenta el hecho de que la masculinidad en sí m¡isma es una posición de poder» 17/.

«Ningún árbol puede crecer hasta el paraíso sin que sus raíces alcancen el infierno»: esta cita de Jung se destaca, de manera prominente, en la tercera parte de Autre fin du monde. Cualquiera que esté al tanto de la controversia que rodea a la persona del psiquiatra suizo puede imaginar cómo los nazis podrían interpretar esta frase: el árbol es el Reich de mil años prometido por Hitler, el infierno se llama Auschwitz. Y el masculinista Bill Kauth, ¿en qué infierno cree que los nuevos guerreros deben echar raíces para subir al paraíso de la «magnificencia masculina»? Nadie lo sabe. Sin embargo, es al menos asombroso que el descenso de Servigne y sus compañeros «en el misterio, el no saber, la confusión y la oscuridad» del irracional jungiano a la salsa masculina haya (que yo sepa) pasado desapercibido por los críticos 18/.

No reír ni llorar, entender

Siendo uno de los primeros, en el mundo de habla francesa, en desenmascarar la pseudociencia misantrópica y racista de Jared Diamond en L’Effondrement (colapso) 19/, el autor de estas líneas se interesó desde el principio en los colapsólogos, cuya filiación con Diamond es obvia. Pero he tratado de llevar a cabo con ellos un debate riguroso, abierto y sin caricaturas, insistiendo principalmente en el peligro del fatalismo 20/. ¿La razón de esta actitud? Ecosocialistas y colapsólogos comparten en cierta medida un diagnóstico común de la gravedad extrema de lo que se llama crisis ecológica -que es mucho más que una crisis y exige una alternativa de civilización-… Además, Pablo Servigne no es Diamond: se reivindica de la tradición libertaria. Por lo tanto, también fue un tema de debate para reagrupar, en la diversidad, las fuerzas anti-productivistas.

Después de Autre fin du monde, no es seguro que este debate tenga sentido alguno. El futuro lo dirá. Mientras tanto, se trata de interrogarse -sin reír ni llorar, como Spinoza-, ¿cómo han llegado Servigne y sus compañeros hasta ahí? La respuesta a esta pregunta es importante, especialmente para aquellos que han creído encontrar en la colapsología una expresión de la radicalidad antisistémica que es esencial hoy en día para asumir el guante de la catástrofe en propagación. En la conclusión de este artículo, se esbozan algunas líneas de reflexión.

Ninguna fatalidad, ningún automatismo debería llevar a los colapsólogos a la salida de su ruta actual. Sin embargo, hubo indicios: la negativa a tomar una posición en contra de Malthus y su Principio de la Población, la opción de no transmitir los trabajos científicos que pulverizan las oscuras elucubraciones de Jared Diamond 21/, sus vinculaciones con el ex-ministro verde Green Yves Cochet, por no mencionar la tendencia a enterrar al lector en una avalancha de referencias científicas seleccionadas por los autores… en función, a menudo, de su intuición colapsista.

En términos de intuición, el método de los colapsólogos merece ser abordado. Para advertir sobre la gravedad de la situación, se puede, como lo hacen, «apoyarse en los dos modos cognitivos de la razón y la intuición». Pero con una condición: que la razón trate de abarcar tanto la destrucción antrópica del medio ambiente como la responsabilidad precisa de la forma social histórica responsable hoy de esta destrucción. Sin articular estos dos aspectos de la realidad, cuanto más se acumulan los datos relacionados con la destrucción, la pregunta que planteada al público: «¿Adónde os dice vuestra intuición que esto nos lleva?»- más le lleva, sin escapatoria, a la respuesta deseada: «Todo va a colapsar». Sin conciencia social, la intuición se deforma, el razonamiento es circular y se hace pseudociencia. Este es el significado de la cita de Bloch de este artículo.

Más allá del método, la esencia del problema es la noción misma de colapso. Este concepto absoluto, que absorbe todo, esconde mal su pretensión hegemónica. Pero tiene una trampa que dos personas atentas han destacado.

«La catástrofe –escriben- no tiene más sentido que ser conjurable, inserta en un relato en el que podemos encontrar capturas que no estén cerradas a sí mismas y sin asperezas. De lo contrario, perdemos los pedales, nos deslizamos, se derrapa, patinamos, intentando desesperadamente ascender por la curva de todas estas asíntotas, que son el motivo del Antropoceno. La consecuencia práctica es un sentimiento de desaliento persistente que conduce directamente al cinismo, al nihilismo o al fatalismo” 22/.

En su crítica de la colapsología, Elisabeth Lagasse ha destacado el papel de la naturalización de las relaciones sociales en la formación de este superconcepto:

«Detrás de esta idea de colapso hay una visión del mundo que enfatiza el sistema en lugar de las y los actores y las relaciones sociales de poder. El colapso vendría ante todo de los límites de un sistema que ya no funciona, en lugar de las injusticias sociales. Para probar este colapso, los colapsólogos generalmente se refieren a datos cuantitativos, provenientes de las ciencias naturales. Al hacerlo, se deslizan entre las ciencias naturales y sociales, estudian la sociedad como un ecosistema y deducen, de los datos físicos, un colapso social. La idea de que existen determinismos sociales derivados de las leyes de la naturaleza tiene un nombre: positivismo. Esta epistemología ha sido ampliamente criticada por las corrientes teóricas que afirman que la sociedad no es un objeto observable desde el exterior y que, por lo tanto, no es posible estudiar la sociedad de manera neutral, sin juicios de valor” 23/.

Incapaces de «encontrar raíces» para apoyar su propio relato positivista, los colapsólogos han perdido los pedales, se han deslizado y patinado. Para escapar, podrían haberse abierto a las críticas de la sociedad capitalista y elegir su campo social. Pero en este camino, Marx es ineludible. Sin embargo, los colapsólogos no lo quieren, esa es otra de sus características. Se aferran a Jung y sus arquetipos. Paradójicamente, esta puerta de salida irracional es compatible con su afirmación cientifista a la hiperracionalidad. Sólo que ésta conduce directamente a las tinieblas. No insinuaremos que aquellos y aquellas que se reclaman del psiquiatra suizo caen inevitablemente en la extrema derecha, sería estúpido. Pero se trata de constar y advertir: para Jung, el futuro de la humanidad reside en su prehistoria. Como se basa en el mito del inconsciente colectivo, este pensamiento adquiere casi inmediatamente una dimensión política (mucho más que la de Freud) 24/. Sin embargo, esta política es regresiva, reaccionaria en el sentido literal del término. Cuando se pone el dedo sobre ella, se corre el riesgo de que atraviese todo el cuerpo.

Para concluir

Hablar con los árboles y bailar alrededor de un fuego en el bosque es enriquecedor, pero la extraordinaria cosmo visión de los pueblos indígenas 25/ es una inspiración, no un producto de exportación. Es imposible copiarla para pegarla como un esparadrapo en el «desgarramiento extremo» que constituyó (¡en términos de Marx!) la expulsión capitalista de la población del campo de la tierra nutricia, este importante momento histórico de la separación entre la humanidad y el resto de la naturaleza. A nivel de la sociedad, la conciencia de una conexión con el conjunto de lo vivo necesita ser reinventada, reconstruida a partir de movimientos sociales. Ningún un atajo permite economizar el arduo trabajo de convergencia de las luchas de los explotados y explotadas y oprimidas en torno a un proyecto de sociedad que garantice una buena vida para todos mediante la satisfacción de las necesidades humanas reales y democráticamente determinadas en el respeto de los ecosistemas.

«Asegurando a todas y todos»: estas pequeñas palabras son decisivas aquí. De hecho, Une autre fin du monde termina con esta frase: «No hay nada incompatible entre vivir un apocalipsis y un colapso feliz’«. Pero en ninguna parte de su trilogía los autores han respondido a la pregunta clave del impacto de este apocalipsis en la población mundial, en los pobres, especialmente en los pobres de los países pobres… Pero ellos conocen, sin embargo, el problema. Su buen amigo Yves Cochet profetiza que el colapso de la «sociedad termoindustrial» conducirá inevitablemente a la desaparición de la mitad del género humano durante los años treinta de este siglo 26/. ¿»Feliz colapso»?

Traducción: viento sur

1/ Pierre Kropotkin, L’Entraide, un facteur de l’évolution, París, Editions du Sextant, 2010. Bernard Naccache, Marx critique de Darwin,VRIN, 1980.

2/ Pablo Servigne, entrevista en Moins!-Journal Romand of Political Ecology, marzo de 2018.

3/ Ernst Bloch, El principio esperanza, Trotta, 2007.

4/ Naomi Klein, Esto lo cambia todo. Capitalismo contra el clima, Paidós, 2015.

5/ Bruno Latour, Où aterrir? Comment s’orienter en politique, La Découverte, París, 2017.

6/ Se encuentran a la vez Frédéric Laloux (especialista de moda en la reorganización de la gestión capitalista), Paul Hawken (campeón tecnócrata del capitalismo verde), Isabelle Stengers (filósofa anticapitalista de tendencia constructivista), Arne Naess (fundador de la corriente de «la ecología profunda»), Sylvia Federici (teórica feminista del vínculo entre capitalismo, patriarcado y destrucción de la naturaleza), Yuval Noah Hariri (historiadora vegana que considera la invención de la agricultura como el mayor desastre de la historia), Joanna Macy (ecofilósofa budista) y muchos, muchos otros, de varios plumajes.

7/ El filósofo italiano de extrema derecha Julius Evola, el racista francés Arthur de Gobineau y el ideólogo nazi Alfred Rosenberg.

8/ Daniel Dubuisson, Impostures et pseudoscience, l’oeuvre de Mircea Eliade, Presses universitaires du Septentrion, 2005.

9/ Notablemente a través de su libro Demain la décroissance! Penser l’écologie jusqu’au bout.

10/ Como presidente de la Sociedad Internacional de Psicoterapia creada por el régimen hitleriano, Jung trabajó estrechamente con el presidente de la rama alemana, el psiquiatra nazi Matthias Goering (primo de Herman). Este Goering hizo un elogio vibrante de Mein Kampf en un congreso internacional, en presencia de Jung. Sus textos nauseabundos se publicaban regularmente en la revista de la Sociedad Internacional, bajo la responsabilidad de Jung.

11/ Jean-Loïc Le Quellec, Jung et les archétypes. Un myhe contemporain, Sciences humaines, 2013.

12/ Citado por Jean-Loïc Le Quellec. op. cit.

13/ Leer, por ejemplo, A Conversation with Bill Kauth, https://mankindprojectjournal.org/2010/09/bill-klauth/, 2010.

14/ Tom Mitchelson, My (very) weird weekend with the naked woodland warriors who travel to remote England to ‘reclaim their masculinity’, Daily Mail, 13/3/2019. David Le Bailly, Ca y est j’ai des couilles Laurence, j’ai testé un camp de masculinité, https://www.nouvelobs.com/societe/ 4/8/2018

15/ A Conversation with Bill Kauth, op.cit.

16/ Miriam Gablier, Des hommes autentiques, https://www.inrees.com/articles/housest-people/ 29/6/2015

17/ Attention, dange:Masculinisme! 31/10/2011 https://rebellyon.info/Danger-Masculinism

18/ Para Libération, el libro Une autre fin du monde es «el elogio de la acción racional frente al deterioro ecológico». El sitio web de Radio Télévision Suisse estima que «devuelve coraje». Le carnet et les instants (revista de las Lettres belgas y francófona) «elogia a los autores por apostar por la implementación de las felices pasiones de Spinoza». Etc… No hemos debido leer el mismo libro…

19/ Jared Diamond, Effondremente: Comment les sociétés décident de leur disparition ou de leur survie, 2004, Viking PressMis artículos sobre el tema: L’inquiétant pensé du mentor écologiste de Nicolas SarkozyLe Monde Diplomatique, diciembre de 2007; el debate sobre este artículo https://blog.mondediplo.net/La fausse métaphore de l’île de Pâques,http://www.europe-solidaire.org/Questioning Collapse: des historiens et des anthropologues réfutent la thèse de l’écocide, https://entreleslignesentrelesmots.blog/La réhabilitation du peuple Rapa Nui, martyr du colonialismehttps://www.gaucheanticapitaliste.org/

20/ Ver Daniel Tanuro, Pablo Servigne et Rafael Stevens, ou l’effondrement dans la joie, http://www.lcr-lagauche.org/ et C’est la lutte qui est à l’ordre du jour, pas la résignation endeuillée, en Moins!, Marzo 2018. http://www.contretemps.eu/

21/ En particular, hay dos libros: McAnany Patricia y Norman Yoffee (ed), Questioning colapse. Human resilience, ecological vulnerability, and the aftermach of empire, Cambridge University Press, Cambridge, 2010; Terry Hunt y Carl Lipo, The Statues that walked: Unraveling the mystery of Easter Island, Free Press, 2011.

22/ François Thorau y Benedikte Zikouni, Contre l’effondrement, agir pour des milieux vivaces https://lundi.am/Un-recit-hegemonique

23/ Elisabeth Lagasse, Contre l’effondrement, pour une pensée radicale des monde posible, Contretemps, 18/7/2018.

24/ Para Freud, el inconsciente es el pasado reprimido del individuo, no el de la nación, la raza o el género.

25/ Se aconseja especialmente la obra de Edouard Kohn, Comment Comment les forêts. Pour une anthropologie au-delà de l’humain, Zones sensibles.

26/ Yves Cochet, Les trente-trois prochaines années surTerre, Tribuna libre en Libération, 23/8/2017

(Tomado de Contretemps)