El atentado fascista en Nueva Zelanda y el rechazo a la presencia en Chile de Bolsonaro y sus gorilas

por Alejandro Valenzuela

La cifra de muertos del atentado terrorista y fascista del viernes pasado en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, fue subida a 50 durante el fin de semana. La victima más joven tenía tres años. Treinta y cuatro personas seguían en el hospital el domingo, con 12 en condición crítica, incluyendo una niña de cuatro años.

Esta masacre racista y a sangre fría ha horrorizado a personas de todo el mundo. Indefensos hombres, mujeres y niños musulmanes fueron el blanco cuando rezaban. Decenas de miles participaron en vigilias durante el fin de semana para mostrar su solidaridad con las víctimas y sus familias y en defensa de los musulmanes, los inmigrantes y refugiados.

La policía neozelandesa ahora dice que Brenton Tarrant, un hombre de 28 años nacido en Australia, era el único atacante y que no recibió asistencia de nadie más. Ya apareció en la corte bajo cargos de homicidio. Las autoridades tanto en Nueva Zelanda como Australia afirman que nunca llamó la atención de las agencias de inteligencia ni la policía y consecuentemente tampoco estaba siendo monitoreado.

Este retrato de Tarrant como un perturbado “lobo solitario” y especialmente la afirmación de que estaba “fuera del radar” no son nada creíbles. El manifiesto de 74 páginas presentado por Tarrant deja en claro que preparó y llevó a cabo una atrocidad terrorista en nombre de una red internacional de fascistas y supremacistas blancos, con quienes colaboró abiertamente por varios años.

El manifiesto de Tarrant es un Mein Kampf contemporáneo. Combina llamados a perpetrar una violencia genocida y una guerra civil para expulsar a los “invasores” no europeos de Europa, EUA, Australia y Nueva Zelanda—incluyendo a todas las personas de origen musulmán, judío, africano, asiático y roma—con un odio patológico hacia el socialismo. Está colmado de las fórmulas racistas blancas y ultranacionalistas de “sangre y tierra” que estimularon el nazismo y otros movimientos fascistas en los años veinte y treinta.

El atacante escribió que había “donado a muchos grupos nacionalistas e interactuado con muchos más”. Desde 2012, ha visitado Bulgaria, Hungría, Serbia, Croacia, Bosnia, Francia, Reino Unido, Turquía, Pakistán e incluso Corea del Norte, y regresó a Australia y viajó a Nueva Zelanda.

Afirma que decidió recurrir al terrorismo durante su viaje de dos meses por Europa en 2017 y después de la derrota del Frente Nacional ultraderechista en las elecciones francesas. Tarrant contactó a los Caballeros templarios, una organización presuntamente vinculada al asesino en masa fascista noruego, Anders Breivik, y afirma que recibió su “bendición” para el atentado en Christchurch. Participaba activamente en redes sociales y blogs ultraderechistas y se unión a un club de armas poco después de llegar a Nueva Zelanda. Declaró que eligió Nueva Zelanda como país para llevar a cabo su ataque para demostrar que “ningún lugar en el mundo es seguro” para los “no blancos”.

Si todo esto de hecho pasó “fuera del radar” de las agencias de seguridad del mundo, el manifiesto de Tarrant da una explicación sobre cómo lo logró. Presumió que los grupos fascistas se encuentran profundamente integrados al aparato estatal, el ejército y la policía. Escribió: “El número total de personas en estas organizaciones son millones… pero desproporcionalmente empleadas en los servicios militares y policiales. No es sorprendente que los etnonacionalistas y nacionalistas busquen trabajos en áreas que sirven a sus naciones y comunidad” [subrayado nuestro]. Tarrant estimó que “cientos de miles” de soldados y policías europeos pertenecen a “grupos nacionalistas”.

El atentado en Christchurch y las concepciones que lo inspiraron deben ser tomadas como una advertencia letal por parte de la clase obrera internacional y las secciones progresistas de la clase media. Son el producto de la cultivación deliberada desde los niveles más altos del Estado capitalista en un país tras otro del nacionalismo derechista más extremo. A medida que la clase obrera internacional se pone de pie como parte de un resurgimiento de masas de la lucha de clases contra los niveles sin precedentes de desigualdad social y el peligro de guerra, la clase gobernante está nuevamente buscando utilizar fuerzas fascistas, como lo hizo en los años veinte y treinta, para dividir, intimidar y suprimir la oposición a la bancarrota del capitalismo y el sistema de Estados nación.

Los partidos políticos e individuos que promueven perspectivas nada lejos de las de Brenton Tarrant integran Gobiernos y Parlamentos de todos los países europeos, Canadá, Australia Nueva Zelanda, el Congreso estadounidense y la Casa Blanca.

En Alemania, el Gobierno de coalición de Merkel ha adoptado las políticas de la fascista Alternativa para Alemania (AfD), la cual ocupa la bancada de oposición del Parlamento alemán. El ministro del Interior, Horst Seehofer, apoyó una manifestación neonazi en Chemnitz en septiembre del año pasado, afirmando que hubiera participado junto a los fascistas si no fuera ministro. El entonces presidente del servicio secreto alemán, Hans-Georg Maassen, defendió de la misma manera a la turba en Chemnitz y negó su carácter abiertamente antiinmigrante y fascista.

Una red terrorista secreta y de derecha fue expuesta dentro de las fuerzas armadas alemanas con cientos de miembros. La red, cuyos miembros han recibido la protección del sistema judicial, tenían planes detallados para asesinar a figuras prominentes en el Gobierno y atacar organizaciones judías y musulmanas.

En Estados Unidos, tanto los demócratas como los republicanos han utilizado a los inmigrantes como chivos expiatorios de la crisis social en el país. Ambos utilizan una política racialista en un esfuerzo para dividir a la clase obrera.

El presidente Trump, a quien Tarrant describió como “un símbolo de identidad blanca renovada” ha buscado cultivar una base de apoyo fascista. En un mensaje de solidaridad a sus simpatizantes fascistas, Trump le dijo a reporteros después del atentado en Christchurch que no consideraba que el “nacionalismo blanco” fuera una amenaza. Dos días antes de la masacre, realizó una amenaza clara de que movilizaría a sus simpatizantes en el ejército la policía y grupos de matones como los “Motoristas por Trump” contra sus oponentes, señalando a Brietbart News que son “más rudos” que la “izquierda”.

Esto ocurrió tras el arresto en febrero del oficial de la Guardia Costera de EUA y simpatizante de Trump, Christopher Paul Hasson, quien planeaba matar a individuos prominentes afroamericanos y judíos y a miembros de los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés).

En las semanas previas al atentado en Christchurch, se desató una campaña de calumnias contra los críticos de izquierda del trato brutal a palestinos por parte del Gobierno israelí. La diputada demócrata en EUA, Ilhan Omar, quien es musulmana, fue calificada de “antisemita” por señalar la influencia de los cabilderos prosionistas sobre ambos partidos. Esta campaña hace eco de la cacería de brujas que acusa al Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, y cientos de miembros laboristas como “antisemitas”, lo que pretende deslegitimar y depurar la oposición izquierdista al imperialismo británico.

En Australia y Nueva Zelanda, donde los políticos están realizando declaraciones hipócritas que condenan el racismo y la violencia, la élite política ha demonizado desde 2001 a los refugiados musulmanes como una amenaza y una potencial quinta columna terrorista y han atribuido todo problema social a la inmigración.

El partido Nueva Zelanda Primero, el cual controla los ministerios de Defensa y Relaciones exteriores dentro del Gobierno de la coalición encabezada por el Partido Laborista, ha exigido una y otra vez medidas para detener “la inmigración masiva” de personas provenientes de países musulmanes y asiáticos—utilizando una retórica poco diferente a la de Tarrant y otros extremistas de derecha—.

El atentado barbárico en Christchurch subraya que el fascismo no es todavía un movimiento de masas, pero está recibiendo el apoyo de secciones de la burguesía, el Estado y la prensa corporativa. Las organizaciones de la extrema derecha, han tenido la libertad de explotar demagógicamente la frustración y el enojo sentidos por amplias capas de la población. Toda experiencia histórica, particularmente los eventos de los años treinta, demuestran que la lucha contra el fascismo solo se puede desarrollar con base en la movilización independiente de la clase obrera contra el capitalismo, arrebatando el discurso radical a la extrema derecha y exponiendo con claridad que la revolución obrera, el Socialismo, es la respuesta y solución a la crisis que atraviesa a la sociedad capitalista.

En Chile, desplegar una auténtica lucha antifascista, significa poner en pie un poderoso movimiento que reivindique unitariamente la lucha en contra de Piñera y el régimen. Un movimiento que rechace la presencia en nuestro país de los representantes en América Latina de la cruzada ultrarreaccionaria y fascista que encarnan Bolsonaro, Duque, Macri y otros paniaguados del imperialismo.

Declararlos «Persona non grata», rechazar la presencia de la derecha gorila y reclamar de todas las organizaciones democráticas la expulsión de estos enemigos del pueblo de nuestro país, será un primer paso en la necesaria movilización y organización independiente de los trabajadores.

El atentando en Nueva Zelanda es sólo una señal, un signo de aquello que se prepara en las alcantarillas del pinochetismo. Más allá de sus declaraciones de buena crianza es el camino que suponen los Kast, Ossandon y otros gorilas que se presentan como críticos del piñerismo. Que los 50 muertos en Christchurch, Nueva Zelanda, a manos de Brenton Tarrant sean nuestra bandera.