¿Qué ocultan las sombras de «Julio comienza en Julio»?

por Juan García Brun

«Julio comienza en julio» es un filme chileno de 1976, dirigido por Silvio Caiozzi y escrito por Valentín Castillo.En 1979, al exhibirse, resulta Ganadora del premio Colón de Oro del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, posteriormenterecibió el Premio del Círculo de Críticos de Arte de Chile.

Ya en democracia, en 1999, fue elegida la mejor película chilena del siglo mediante votación popular. 

Es considerada por muchos críticos como una de las mejores películas del cine chileno, junto con El Chacal de Nahueltoro de Miguel Littín, Tres tristes tigres de Raúl Ruiz, La batalla de Chile de Patricio Guzmán y Machuca de Andrés Wood.

Es probable, sin embargo, que de un modo quizá inconsciente la crítica ha sido arrastrada a sobrevalorarla seducida por un misterio elocuente que habrá que develar.

Los hechos son así: la película se rodó en Pirque y Calera de Tango en el invierno de 1976, probablemente en el período más horrorosamente oscuro de la Dictadura pinochetista. El país vivía en un severo Estado de Guerra, con toque de queda, campos de concentración y centros de exterminio del tipo Villa Grimaldi, de norte a sur. De noche, las C 10 de la DINA allanaban, secuestraban y fusilaban, como algo cotidiano. En ese sector, la zona rural sur de Santiago, los fascistas –como los Kast en Paine- se enseñoreaban dando caza a los que fueran activistas de la UP y la CORA.

En el centro físico de tamaña carnicería, resulta –por decir lo menos- “inquietante” que un director de cine joven como Caiozzi, que había trabajado ni más ni menos que con Helvio Soto y Raúl Ruiz, connotados cineastas de izquierda y en el exilio, se le permitiera rodar una película de crítica social con un reparto de actores que no podemos sino calificar –para tomar la jerga mercurial- como claramente comunista. Vadell, Alarcón, Sharim y Delfina Guzmán, por mencionar algunos, eran reconocidos militantes de la Unidad Popular de la órbita del Partido Comunista. Luis Advis, el de la Cantata, es el responsable de la música.

Por otro lado, es importante consignar que a la Dictadura no le resultaban indiferentes las expresiones culturales. La quema de libros y discos fue un sello proverbial de la impronta totalitaria, tipo III Reich, de las autoridades militares. 

Dicho esto, resulta inverosímil que la Dictadura, con Willoughby como maestro de ceremonia y el Mamo Contreras haciendo el “trabajo sucio”, no hubiese reparado en la filmación de esta película que para colmo, critica y patetiza la decadencia y miseria moral de la sociedad agraria y latifundista, que la Junta Militar reivindicaba como el non plus ultra de las virtudes patrias, con los Quincheros en cadena de radio y televisión todos los fines de semana.

Vista de esta forma, «Julio comienza en Julio», más que la historia narrada, es el vestigio, la huella de un misterio. Puede ser una audaz expresión de resistencia popular, del tipo Manuel Rodríguez-Marcó del Pont, esto si pensamos que las autoridades de la época fueron sorprendidas e ignoraron su filmación. 

Pero hay otra lectura posible. 

Detrás de esta ingenua película –de seguro con total ignorancia de Caiozzi y los productores del filme- puede ocultarse una sofisticada operación de inteligencia destinada a lavar la cara del régimen gorila, que ese año estaba asfixiado por el bloqueo ocasionado por la enmienda Kennedy.  

Tal bloqueo hubiese podido morigerarse siguiendo los pasos de la Dictadura argentina, estrechando los lazos comerciales con la URSS. Esto último explicaba que el Partido Comunista argentino calificara a la Dictadura trasandina como “Dictablanda”, lo que no impidió que los aparatos represivos (grupos de tareas) los masacraran, al igual que en Chile.

Esta segunda hipótesis es una mera conjetura. Sobre la producción esta película, hasta donde pude revisar, no hay mayores antecedentes. La concurrencia de hechos y de circunstancias tan elocuentes y extremas no parecen haber sido objeto de análisis. La única película filmada y producida en Chile durante la Dictadura sólo ha merecido comentarios “cinematográficos”, la crítica se ha limitado a referirla como un objeto “en sí”.

Se le atribuye a Artaud haber invertido la idea –de cuño platónico- de que el arte representa a la realidad, afirmando que la realidad es una representación del arte.

El blanco y negro, las velas en la cena, pero sobre todo las extensas sombras y el sonido asordinado de Julio comienza en Julio, parecen invitarnos a develar su oculto misterio final.