Entrevista a Au Loong Yu: El ascenso de China a potencia mundial

por Ashley Smith

El rápido ascenso de China como nuevo centro de acumulación de capital le ha llevado a entrar en conflicto creciente con EE UU. Ashley Smith, de International Socialist Review, ha entrevistado al activista y estudioso Au Loong Yu sobre la naturaleza de la transformación de China en una nueva potencia imperial y su impacto en el sistema mundial.

Uno de los fenómenos más importantes ocurridos en el sistema mundial en las últimas décadas ha sido el ascenso de China como nueva potencia global. ¿Cómo ha sucedido esto?

El ascenso de China es el resultado de una combinación de factores desde que optó por producir dentro del capitalismo mundial en los años ochenta. En primer lugar, en contraste con el bloque soviético, China encontró una manera de sacar provecho –en un irónico giro de la historia– de su legado colonial. Gran Bretaña controlaba Hong Kong hasta 1997, Portugal controlaba Macao hasta 1999 y EE UU sigue usando a Taiwán como protectorado.

Estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía mundial incluso antes de su pleno ingreso en el sistema mundial. En la era de Mao, Hong Kong proporcionaba aproximadamente un tercio de las divisas extranjeras de China. Sin Hong Kong, China no habría podido importar tanta tecnología. Después del final de la guerra fría, durante el gobierno de Deng Xiaoping, Hong Kong fue muy importante para la modernización de China. Deng utilizó Hong Kong para obtener aún más acceso a divisas extranjeras a fin de importar todo tipo de cosas, incluida la alta tecnología, y aprovechar su mano de obra cualificada, como los profesionales de la gestión empresarial.

China utilizó Macao por primera vez como un lugar ideal para el contrabando de mercancías hacia China continental, aprovechando la notoria relación laxa de la isla con la legalidad. Y luego China usó la Casino City como una plataforma ideal para la importación y exportación de capitales. Taiwán fue muy importante no solo en términos de inversiones de capital, sino que lo más importante a largo plazo fue su transferencia de tecnología, en primer lugar en la industria de semiconductores. Los inversionistas de Hong Kong y Taiwán también fueron una de las razones fundamentales del rápido crecimiento de las provincias chinas de Jiangsu, Fujian y Guangdong.

En segundo lugar, China poseía lo que el revolucionario ruso León Trotsky llamó el “privilegio del atraso histórico”. El Partido Comunista de Mao se aprovechó del pasado precapitalista del país. Heredó un Estado absolutista fuerte que él actualizaría y usaría para su proyecto de desarrollo económico nacional. También se aprovechó de un campesinado precapitalista atomizado, que se había acostumbrado al absolutismo durante dos mil años, para exprimir su trabajo en aras a la llamada acumulación primitiva desde 1949 hasta la década de 1970.

Más tarde, a partir de la década de 1980, el Estado chino reclutó esta fuerza de trabajo del campo y la trasladó a las grandes ciudades para trabajar como mano de obra barata en las zonas de producción para la exportación. Hicieron que casi 300 millones de migrantes rurales trabajaran como esclavos en fábricas en pésimas condiciones. Por lo tanto, el atraso del Estado absolutista de China y las relaciones de clase ofrecieron a la clase dirigente china ventajas para desarrollar tanto el capitalismo estatal como el privado.

El atraso de China también le permitió saltar etapas de desarrollo al reemplazar los medios y métodos de desarrollo arcaicos por otros capitalistas más avanzados. Un buen ejemplo de esto es la adopción por parte de China de alta tecnología en las telecomunicaciones. En lugar de seguir cada paso de las sociedades capitalistas más avanzadas, comenzando primero con el uso de líneas telefónicas para la comunicación en línea, instaló cables de fibra óptica en todo el país casi de una tacada.

La dirección china estaba muy interesada en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas, quería asegurarse de que el país no fuera invadido y colonizado como lo había sido cien años antes. Por otro lado, por razones ofensivas, el Partido Comunista quiere recuperar su condición de gran potencia, reanudando su llamada dinastía celestial. A resultas de todos estos factores, China ha logrado una modernización capitalista que en otros países llevó todo un siglo.

China es ahora la segunda economía más grande del mundo. Pero es un proceso contradictorio: por un lado, muchas multinacionales son responsables de su crecimiento, ya sea directamente o a través de la subcontratación de empresas taiwanesas y chinas, y por otro, China está desarrollando rápidamente sus propias industrias como campeonas nacionales en el sector estatal y privado. ¿Cuáles son sus fortalezas y debilidades?

En mi libro China’s Rise (El ascenso de China) sostengo que China tiene dos dimensiones de desarrollo capitalista. Uno es lo que llamo acumulación dependiente. El capital extranjero avanzado ha invertido enormes sumas de dinero en los últimos treinta años, inicialmente en industrias que requieren mucha mano de obra y, más recientemente, en industrias intensivas en capital. Esto impulsó el desarrollo de China, pero la mantuvo en la parte inferior de la cadena de valor global, incluso en alta tecnología, como la fábrica del mundo. El capital chino recauda la parte más pequeña del beneficio, la mayor parte del cual se va a EE UU, Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo de esto es el teléfono móvil de Apple. China simplemente ensambla todos los componentes, que en su mayoría se diseñan y fabrican fuera del país.

Pero hay una segunda dimensión, la acumulación autónoma. Desde el principio, el Estado ha dirigido muy conscientemente la economía, financiando la investigación y desarrollo y manteniendo un control indirecto sobre el sector privado, que ahora representa más del 50 % del PIB. En las cúpulas dirigentes de la economía, el Estado mantiene el control a través de empresas estatales. Y recurre sistemáticamente a la ingeniería inversa para copiar la tecnología occidental a fin de desarrollar sus propias industrias.

China tiene otras ventajas que otros países no tienen; es enorme, no solo por la extensión de su territorio, sino también por su población. Desde la década de 1990, ha podido practicar la división del trabajo en tres partes del país. Guangdong tiene una zona de producción para la exportación, intensiva en mano de obra. El delta de Zhejiang también está orientado a la exportación, pero es mucho más intensivo en capital. Alrededor de Pekín se ha desarrollado una industria de alta tecnología, comunicaciones y aeronáutica. Esta diversificación forma parte de la estrategia consciente del Estado para desarrollarse como potencia económica.

Al mismo tiempo, China también tiene sus puntos débiles. Si nos fijamos en su PIB, es la segunda economía más grande del mundo. Pero si se mide el PIB per cápita, sigue siendo un país de renta media. Incluso vemos debilidades en sectores en los que está alcanzando a las potencias capitalistas avanzadas. Por ejemplo, el teléfono móvil Huawei, que ahora es una marca mundial, no lo desarrollaron únicamente los propios científicos chinos, sino, sobre todo, 400 científicos japoneses contratados por la empresa. Esto demuestra que China dependía y sigue dependiendo en gran medida de los recursos humanos extranjeros para la investigación y desarrollo.

Otro ejemplo de debilidad se reveló cuando la empresa china de telecomunicaciones ZTE fue acusada por el gobierno de Trump de violar sus sanciones comerciales contra Irán y Corea del Norte. Trump impuso una prohibición comercial a la compañía, negándole el acceso a programas y componentes de alta tecnología diseñados en EE UU, amenazando a la compañía con el colapso de la noche a la mañana. Xi y Trump llegaron finalmente a un acuerdo para salvar la empresa, pero la crisis que sufrió ZTE demuestra que el desarrollo dependiente de China sigue siendo un problema real.

Este es el problema que China está tratando de superar. Pero incluso en alta tecnología, donde su intención es ponerse al día, su tecnología de semiconductores se halla dos o tres generaciones por detrás de la de EE UU. Está tratando de superar este retraso con un aumento espectacular de la inversión en investigación y desarrollo, pero si observamos detenidamente el gran número de patentes chinas, en su mayoría aún no corresponden a la alta tecnología, sino a otros sectores. Por lo tanto, China todavía sufre de debilidad tecnológica indígena. Donde está reduciendo distancias muy rápidamente es en inteligencia artificial, y esta es un área que a EE UU le preocupa mucho, no solo en términos de competencia económica, sino también militar, donde la inteligencia artificial desempeña un papel cada vez más central.

Encima de estas debilidades económicas, China tiene puntos débiles políticos. China no tiene un sistema de gobierno que garantice la sucesión pacífica del poder de un gobernante a otro. Deng Xiaoping había establecido un sistema de limitación de mandatos de la dirección colectiva que comenzó a resolver este problema sucesorio. Xi ha abolido este sistema y ha restablecido la regla de la autocracia sin limitación de mandatos. Esto podría dar pie a más luchas entre facciones por la sucesión, desestabilizando el régimen y comprometiendo potencialmente su ascenso económico.

Xi ha cambiado radicalmente de estrategia de China dentro del sistema mundial, prescindiendo del enfoque prudente defendido por Deng Xiaoping y sus sucesores. ¿Por qué procede Xi de esta manera y cuál es su programa para afirmar a China como gran potencia?

Lo primero que hay que entender es la tensión existente en el seno del Partido Comunista Chino (PCC) en torno a su proyecto en el mundo. El PCC es una gran contradicción. Por un lado, es una fuerza favorable a la modernización económica. Por otro lado, ha heredado un componente muy fuerte de la cultura política premoderna. Esto ha sentado las bases de los conflictos entre camarillas dentro del régimen.

A principios de la década de 1990 hubo un debate en la cúpula de la burocracia sobre qué camarilla de gobernantes debería tener el poder. Una de ellas es la que llaman los de sangre azul, los hijos de los burócratas que gobernaron el Estado después de 1949: la segunda generación roja de burócratas. Son fundamentalmente reaccionarios. Desde que Xi llegó al poder, la prensa habla del regreso a “nuestra sangre”, lo que significa que la sangre de la antigua dirección se ha reencarnado en la segunda generación.

La otra camarilla es la de los nuevos mandarines. Sus padres y madres no fueron dirigentes revolucionarios. Eran intelectuales o personas que culminaron una buena educación y que ascendieron en la jerarquía. Por lo general, su ascenso pasa a través de la Liga de Jóvenes Comunistas. No es casual que el liderazgo del partido de Xi haya humillado repetida y públicamente a la Liga en los últimos años. El conflicto entre los nobles de sangre azul y los mandarines es una nueva versión de un viejo patrón; estas dos camarillas han estado en tensión durante dos mil años de absolutismo y gobierno burocrático.

Entre los mandarines hay algunos que provienen de orígenes más humildes –como Wen Jiabao, que gobernó China de 2003 a 2013– y que son un poco más liberales. Al final de su mandato, Wen dijo que China debería aprender de la democracia representativa de Occidente, argumentando que ideas occidentales como los derechos humanos encerraban algún tipo de universalidad. Por supuesto, esto tenía sobre todo un carácter retórico, pero es muy diferente de Xi, que trata la democracia y los llamados valores occidentales con desprecio. Acabó ganando en esta lucha contra los mandarines, consolidó su poder y ahora promete que los nobles de sangre azul gobernarán para siempre. Su programa es fortalecer la naturaleza autocrática del Estado en el país, convertir China en una gran potencia en el extranjero y afirmar su poder en el mundo, a veces desafiando a EE UU.

Sin embargo, después de la crisis de ZTE, Xi llevó a cabo cierta retirada táctica porque esa crisis expuso las debilidades persistentes de China y el peligro de presentarse demasiado pronto como una gran potencia. De hecho, hubo un alud de críticas a uno de los asesores de Xi, un economista llamado Hu Angang, que había argumentado que China ya era un rival económico y militar de EE UU y que, por lo tanto, podía desafiar a Washington por el liderazgo en el mundo. ZTE demostró que simplemente no es cierto que China esté al mismo nivel que EE UU. Desde entonces, muchos liberales salieron a criticar a Hu. A otro erudito liberal conocido, Zhang Weiying, cuyos escritos fueron vetados el año pasado, se le permitió publicar oficialmente su discurso en línea.

Por entonces ya había un encendido debate entre los expertos en diplomacia. Los partidarios de la línea dura abogaban por una posición más dura en relación con EE UU. Los liberales, sin embargo, argumentaron que el orden internacional es un templo y que mientras pueda acomodar el ascenso de China, Pekín debería ayudar a construir este templo en lugar de demolerlo y construir uno nuevo. Esta ala diplomática fue marginada cuando Xi optó por apoyar la línea dura, pero recientemente vuelve a escucharse su voz. Desde el conflicto en torno a ZTE y la guerra comercial, Xi ha hecho algunos ajustes tácticos y se ha distanciado un poco de su anterior declaración descarada sobre la condición de gran potencia de China.

¿Hasta qué punto se trata de una retirada temporal? Asimismo, ¿cómo encajan los proyectos China 2025 y Nueva Ruta de la Seda en la perspectiva a más largo plazo de Xi de alcanzar la condición de gran potencia?

Permíteme decir claramente que Xi es un sangre azul reaccionario. Él y el resto de su camarilla están decididos a restaurar la hegemonía del pasado imperial de China y reconstruir la llamada dinastía celestial. El Estado de Xi, la academia china y los medios de comunicación han producido una gran cantidad de ensayos, disertaciones y artículos que glorifican este pasado imperial para justificar su proyecto de convertirse en una gran potencia. No renunciarán fácilmente a su estrategia a largo plazo.

La camarilla de Xi también es consciente de que, antes de que China pueda alcanzar su ambición imperial, tiene que eliminar su legado colonial, es decir, apoderarse de Taiwán y cumplir primero la tarea histórica del PCC de la unificación nacional. Pero esto le enfrentará necesariamente a EE UU, tarde o temprano. Por lo tanto, el problema de Taiwán contiene al mismo tiempo la dimensión de autodefensa de China (incluso EE UU reconoce que Taiwán es parte de China) y una rivalidad interimperialista. Para unificarse con Taiwán, por no hablar de una ambición global, Pekín tiene que superar primero las debilidades persistentes de China, especialmente en su tecnología, su economía y su falta de aliados internacionales.

Ahí es donde entran en juego los proyectos China 2025 y Nueva Ruta de la Seda. A través de China 2025 pretenden desarrollar su capacidad tecnológica independiente y ascender en la cadena de valor global. Quieren usar la Nueva Ruta de la Seda para construir infraestructuras en toda Eurasia en línea con los intereses chinos. Al mismo tiempo, debemos dejar claro que la Nueva Ruta de la Seda también es un síntoma de los problemas de sobreproducción y sobrecapacidad de China. Están utilizándola para absorber todo este excedente de capacidad. Pero de todos modos, ambos proyectos son centrales en el proyecto imperialista chino.

Ha habido un gran debate en la izquierda internacional sobre cómo entender el ascenso de China. Algunos han argumentado que es un modelo y un aliado para el desarrollo del tercer mundo. Otros ven a China como un Estado subordinado dentro de un imperio informal estadounidense que gobierna el capitalismo neoliberal mundial. Otros lo ven como un poder imperial en ascenso. ¿Cuál es tu punto de vista?

China no puede ser un modelo para los países en desarrollo. Su ascenso es el resultado de factores muy singulares que he mencionado antes y que otros países del tercer mundo no poseen. No creo que sea incorrecto decir que China forma parte del neoliberalismo mundial, especialmente cuando vemos que da un paso al frente y dice que está dispuesta a reemplazar a EE UU como guardiana de la globalización del libre comercio.

Pero decir que China forma parte del capitalismo neoliberal no refleja el cuadro completo. China es una potencia singular de capitalismo de Estado y expansionista que no está dispuesta a ser un socio de segunda clase de EE UU. Forma parte, por lo tanto, del neoliberalismo global y es también una potencia capitalista de Estado que ocupa un lugar propio. Esta combinación peculiar significa que se beneficia del orden neoliberal y al mismo tiempo representa un desafío para él y para el Estado norteamericano que lo supervisa.

Irónicamente, el capital occidental es responsable de esta situación. Sus Estados y sus capitales entendieron demasiado tarde el desafío que suponía China. Afluyeron masivamente para invertir en el sector privado o en empresas conjuntas con las empresas estatales chinas. Pero no se dieron cuenta del todo de que el Estado chino siempre está detrás de empresas aparentemente privadas. En China, incluso si una empresa es realmente privada, debe rendirse a las exigencias que le impone el Estado.

El Estado chino ha utilizado esta inversión privada para desarrollar su propia capacidad estatal y privada y comenzar a desafiar al capital estadounidense, japonés y europeo. Por lo tanto, es ingenuo acusar al Estado chino y al capital privado de robar propiedad intelectual. Eso es lo que planeaban hacer desde el principio. De este modo, los Estados capitalistas avanzados y las empresas multinacionales facilitaron la aparición de China como una potencia imperial en ascenso. Su peculiar naturaleza capitalista de Estado hace que sea particularmente agresiva y trate de reducir distancias y desafiar a las potencias que invirtieron en ella.

En EE UU, ambos partidos capitalistas están cada vez más de acuerdo en que China es una amenaza para el poder imperial estadounidense. Y tanto EE UU como China están agitando el nacionalismo contra el adversario. ¿Cómo caracterizarías la rivalidad entre EE UU y China?

Hace algunos años, muchos comentaristas dijeron que había un debate entre dos bandos sobre si colaborar con China o enfrentarse a ella. Lo llamaron una lucha entre “acariciadores de pandas contra cazadores de dragones”. Hoy, los cazadores de dragones ocupan el sillón del piloto de la diplomacia estadounidense. Es cierto que existe un consenso creciente entre Demócratas y Republicanos en contra de China. Incluso destacados liberales estadounidenses atacan a China en estos días. Pero antes que nada, muchos de estos políticos liberales tienen la culpa de que se haya llegado a esta situación. Recuerda que después de la masacre de Tiananmen en 1989, políticos liberales como Bill Clinton en EE UU y Tony Blair en Gran Bretaña perdonaron al Partido Comunista Chino, restablecieron las relaciones comerciales y alentaron inversiones masivas en el país.

Por supuesto, se trataba de llenar los libros de contabilidad de las multinacionales occidentales, que obtuvieron grandes beneficios gracias a la explotación de la mano de obra barata en las fábricas chinas. Pero también creyeron de veras, aunque ingenuamente, que una mayor inversión llevaría a China a aceptar la condición de Estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal mundial, y que se democratizaría a imagen de Occidente. Esta estrategia ha fracasado, permitiendo el ascenso de China como rival.

Los dos bandos de acariciadores de pandas y cazadores de dragones también cuentan con sus teóricos en la academia. Hay tres escuelas principales en el ámbitgo de la política exterior. Además, las tres escuelas tienen sus propios acariciadores de pandas y cazadores de dragones, que también podrían llamarse optimistas y pesimistas. Dentro del campo optimista, diferentes escuelas argumentan diferentes perspectivas. Mientras que los internacionalistas liberales pensaban que el comercio democratizaría a China, en cambio, los realistas creían que por mucho que China tuviera sus propias ambiciones estatales para desafiar a EE UU, todavía era demasiado débil para hacerlo. La tercera escuela es el constructivismo social; creen que las relaciones internacionales son el resultado de ideas y valores y de la interacción social, y al igual que los liberales, opinan que la participación económica y social transformaría a China.

En el pasado, la mayoría de la clase política estadounidense profesaba la visión de los liberales optimistas. Los liberales estaban cegados por su creencia de que el comercio podría convertir a China en un país democrático. El ascenso de China ha hecho que todas las visiones optimistas entraran en crisis debido a que sus predicciones han resultado ser erróneas. China se ha convertido en una potencia creciente que ha comenzado a reducir distancias y desafiar a EE UU.

Ahora es el bando pesimista de estas tres escuelas el que está ganando terreno. Los liberales pesimistas creen ahora que el nacionalismo chino es mucho más fuerte que la influencia positiva del comercio y la inversión. Los realistas pesimistas creen que China se está fortaleciendo rápidamente y que nunca aceptará un compromiso con respecto a Taiwán. Los constructivistas sociales pesimistas creen que China es inflexible con sus propios valores y se negará a cambiar.

Sin embargo, si bien la escuela pesimista ha demostrado que tenía razón, también adolece de una gran debilidad: asume que la hegemonía de EE UU está justificada y es correcta, no se da cuenta del hecho de que EE UU es en realidad cómplice del gobierno autoritario de China y su régimen de explotación y, por supuesto, nunca analiza cómo la colaboración y rivalidad entre EE UU y China ocurren dentro de una forma profundamente contradictoria y volátil del capitalismo mundial y, en relación con esto, dentro de todo un conjunto de relaciones de clase globales. Esto no debería sorprendernos; los pesimistas son ideólogos de la clase dominante estadounidense y su imperialismo.

China está siguiendo una trayectoria imperialista. Estoy en contra de la dictadura del PCC, de su aspiración a convertirse en una gran potencia y sus demandas en el mar del Sur de China. Pero no creo que sea correcto pensar que China y EE UU se hallan en el mismo plano. China es un caso especial en este momento; su ascenso tiene dos caras. Una es lo que tienen en común ambos países: son capitalistas e imperialistas.

La otra cara es que China es el primer país imperialista que previamente había sido un país semicolonial. Eso es muy diferente de EE UU o cualquier otro país imperialista. Conviene tener esto en cuenta en nuestro análisis para comprender cómo funciona China en el mundo. Para China siempre existen dos niveles de cuestiones. Uno de ellos es la legítima defensa de un antiguo país colonial según el Derecho internacional. No debemos olvidar que en los años noventa unos aviones de combate estadounidenses sobrevolaron la frontera meridional del país y se estrellaron contra un avión chino, matando a su piloto. Este tipo de sucesos recuerdan lógicamente a los chinos su doloroso pasado colonial.

Hasta hace poco, el Reino Unido controlaba Hong Kong, y el capital internacional todavía ejerce una enorme influencia allí. Recientemente salió a la luz un ejemplo de la influencia imperialista occidental: un informe reveló que justo antes de que el Reino Unido se retirara de Hong Kong, disolvieron su policía secreta y reasignaron a sus miembros a la Comisión Independiente contra la Corrupción (ICAC). La ICAC goza de gran popularidad aquí, ya que hace de Hong Kong un lugar menos corrupto. Pero es el jefe del gobierno de Hong Kong, anteriormente nombrado desde Londres y ahora elegido desde Pekín, quien nombra al comisionado, mientras que la gente no tiene absolutamente ninguna influencia sobre él.

Pekín estaba muy preocupada de que la ICAC también pudiera servir para disciplinar al Estado chino y sus capitales. Por ejemplo, en 2005 el ICAC procesó a Liu Jinbao, el jefe del Banco de China en Hong Kong. Parece que Beijing está tratando de tomar el control de la ICAC, pero esta lucha de poder no trasciende al público. Por supuesto, deberíamos estar contentos de que la ICAC persiga a personas como Liu Jinbao, pero también debemos reconocer que el imperialismo occidental puede utilizarlo para implementar sus planes. Al mismo tiempo, la consolidación del control de Pekín beneficiará al Estado y a los capitalistas chinos, pero no servirá a los intereses de las masas trabajadoras chinas.

Existen otros remanentes del pasado colonial. EE UU básicamente mantiene a Taiwán como un protectorado. Por supuesto, deberíamos oponernos a la amenaza de China de invadir Taiwán; debemos defender el derecho de autodeterminación de Taiwán. Pero también debemos ver que EE UU usará Taiwán como herramienta para promover sus intereses. Esta es la desventaja del legado colonial que hace que el PCC se comporte a la defensiva ante el imperialismo estadounidense.

China es un país imperialista emergente, pero tiene debilidades fundamentales. Diría que el PCC tiene que superar obstáculos fundamentales antes de que China pueda convertirse en un país imperialista estable y sostenible. Es muy importante ver no solo los puntos en común entre EE UU y China como países imperialistas, sino también las particularidades de esta última.

Está claro que para los socialistas estadounidenses, nuestro principal deber es oponernos al imperialismo de EE UU y construir solidaridad con los trabajadores chinos. Eso significa que debemos oponernos a la implacable represión del Estado chino, no solo contra la derecha, sino también contra los progresistas e incluso el movimiento obrero. No debemos caer en la trampa campista de dar apoyo político al régimen chino, sino a los trabajadores del país. ¿Cómo contemplas esta situación?

Debemos combatir la mentira utilizada por la derecha estadounidense de que los trabajadores chinos han robado los puestos de trabajo a los trabajadores de EE UU. Esto no es verdad. Las personas que realmente tienen el poder de decidir no son los trabajadores chinos, sino los capitalistas estadounidenses, como Apple, que hace que sus teléfonos se ensamblen en China. Los trabajadores chinos no tienen absolutamente nada que decir sobre tales decisiones. En realidad, son víctimas, no personas a las que se deba culpar por la pérdida de empleos en EE UU.

Y como ya he dicho, Clinton, no los gobernantes ni los trabajadores chinos, fue el culpable de la exportación de esos puestos de trabajo. Fue el gobierno de Clinton el que colaboró con el régimen asesino de China después de los sucesos de la plaza de Tiananmen para permitir que las grandes empresas estadounidenses invirtieran en China a escala masiva. Y cuando se perdieron los empleos en EE UU, los que surgieron en China en realidad no eran en absoluto el mismo tipo de empleos. Los puestos de trabajo estadounidenses que se perdieron en el sector del automóvil y el acero estaban sindicados y tenían buenos salarios y prestaciones, mientras que los creados en China no son más que trabajos duros y mal pagados. Independientemente de sus conflictos actuales, los principales líderes de EE UU y China, no los trabajadores de ninguno de los dos países, pusieron en práctica el miserable orden mundial neoliberal.

Una cosa que hemos hecho aquí en EE UU es ayudar a organizar visitas a los trabajadores chinos en huelga para que podamos construir solidaridad entre los trabajadores estadounidenses y chinos. ¿Hay otras ideas e iniciativas que podamos tomar? Existe un peligro real de que el nacionalismo sirva en ambos países para enfrentar a los trabajadores de uno y otro país. Parece que evitar esto es muy importante. ¿Qué piensas?

Es importante que la izquierda en el resto del mundo reconozca que el capitalismo chino tiene un legado colonial que todavía existe en la actualidad. Entonces, cuando analizamos las relaciones entre China y EE UU, debemos distinguir aquellas partes legítimas del patriotismo de las que agita el PCC. Hay un elemento de patriotismo de sentido común entre la gente que es fruto del último siglo de intervención imperial por parte de Japón, las potencias europeas y EE UU.

Esto no significa que nos acomodemos a este patriotismo, sino que debemos distinguirlo del nacionalismo reaccionario del PCC. Y, sin duda, Xi está tratando de alentar el nacionalismo en apoyo de sus aspiraciones de gran potencia, al igual que los gobernantes estadounidenses están haciendo lo mismo para cultivar el apoyo popular al objetivo de su régimen de contener a China.

Entre la gente corriente, el nacionalismo ha estado declinando en lugar de aumentar, porque la gente desprecia al PCC, y son más quienes ahora no confían en su nacionalismo y odian su gobierno autocrático. Un ejemplo divertido de esto es un reciente sondeo de opinión que preguntó si la gente apoyaría a China en una guerra con EE UU. La respuesta de los internautas en línea fue muy interesante. Uno de ellos dijo: “Sí, apoyo la guerra de China contra EE UU, pero primero apoyamos que se envíe a luchar a los miembros del Buró Político, luego a los del Comité Central y después a todo el PCC. Y cuando ganen o pierdan, al menos seremos libres.” Los censores, por supuesto, eliminaron inmediatamente estos comentarios, pero es una indicación de la profunda insatisfacción con el régimen.

Eso significa que existe una base entre los trabajadores chinos para construir la solidaridad internacional con los trabajadores estadounidenses. Pero eso requiere que los trabajadores estadounidenses se opongan al imperialismo de su propio gobierno. Solo esa posición creará confianza entre los trabajadores chinos.

Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China. La marina de EE UU acaba de enviar dos buques de guerra a través del Estrecho de Taiwán en una clara provocación a China. La izquierda estadounidense debe oponerse a este militarismo para que el pueblo chino entienda que os oponéis al proyecto imperialista de EE UU con respecto a Taiwán, aunque también se debe reconocer el derecho de Taiwán a comprar armas a EE UU. Si el pueblo chino percibe una sólida posición antiimperialista de la izquierda estadounidense, podrá comprender nuestros intereses internacionales comunes contra el imperialismo estadounidense y chino.

(Tomado de International Socialist Review)