Carlos Altamirano y el síndrome de Cotard

por Juan García Brun

Aunque la mayoría de nosotros sabe que los muertos vivientes -también conocidos como “zombis”- no existen más que en series como The Walking Dead o en películas de ficción, existe una extraña enfermedad mental que hace que las personas crean ser como una de estas criaturas. Se trata del Síndrome de Cotard -también conocido como delirio de negación-  el cual consiste en que un individuo tiene la convicción de que ya no existe o volvió de la muerte y que su cuerpo se encuentra en estado de putrefacción.

La izquierda chilena tiene un connotado infecto de tal síndrome, su nombre es el del impronunciable Carlos Altamirano. Denostarlo es un lugar común: el pituquito radical que habría arrancado después del golpe en un submarino soviético, vestido de mujer, en el maletero de un auto diplomático camino a Mendoza. En fin, son tantas las figuraciones que ha construido la imaginación popular para conjurar la ignominia con que Altamirano, ofendió a la revolución chilena. ¿Qué hay de real tras esta visión?.

Mucho de real, en el libro-entrevista que editó Gabriel Salazar el 2010, queda claro que Altamirano no pierde oportunidad de destacar su vinculación orgánica con la aristocracia y la burguesía (se atribuye descender de una de las familias fundadoras de nuestro país), de la misma penosa forma que lo hace –o hizo- Jorge Edwards en “Persona Non Grata”. Es una forma vicaria, en un país hundido en el atraso como el nuestro, de obtener autoridad o respetabilidad. Que un roto sea de izquierda, en el mejor de los casos lo ubica como un resentido. Que un pije lo sea, da cuenta de su idealismo, porque “no lo necesita”. Hidalguía de cuño feudal en estado puro.

Al margen de esta consideración, que permite ubicar en su clase al personaje en cuestión, no deja de resultar interesante que Altamirano sostenga su crítica a los renovados –a quienes acusa de neoliberales- que actualmente dirigen el Partido Socialista y lo han llevado a transformarse en un partido de la burguesía. Su crítica es consistente y no deja lugar a dudas, Altamirano sigue reivindicando su rol dentro de la Unidad Popular y refiere haber discutido con Allende el problema militar, la necesidad de armarse, armar a los trabajadores y ganarse a las fuerzas armadas para defender el orden institucional ante la amenaza fascista.

En definitiva, Altamirano fue –qué duda cabe- el dirigente máximo de la extrema izquierda del reformismo socialdemócrata chileno. Luego de la derrota de 1973 ese reformismo retomó su curso histórico, hacia la derecha, y Altamirano quedó parado sobre una columna de aire. El crimen de Altamirano es haber sobrevivido, como individuo, a la Dictadura pinochetista. Si hubiese sido asesinado, su nombre estaría junto al de Allende o Carlos Lorca.

Como en el episodio bíblico de las estatuas de sal de Sodoma y Gomorra, Altamirano vio a la revolución cara a cara y terminó momificado. Impetuoso y desvergonzado, pretendió llevar a la vanguardia revolucionaria de los Cordones Industriales al circuito controlado de la institucionalidad burguesa y fracasó en ese intento. Tal cretinismo político y demencial irresponsabilidad, llevó a la revolución chilena al despeñadero, a toda una generación a la masacre y al proletariado chileno a su más profunda derrota histórica.

El Mercurio le atribuye a Altamirano haber dicho, lo que habría decidido el Golpe, de que no quedaría en Chile “piedra sobre piedra”. El propio Altamirano niega ese discurso ¿quiénes somos nosotros para contradecirlo?. Altamirano niega haber conspirado con la marinería de Las Salinas, en Viña del Mar, y anuncia acciones judiciales en contra de la oficialidad golpista. Atrapado en las redes de su concepción democratizante y burguesa del proceso histórico, el decrépito impostor cree morir de asfixia, pero ni siquiera tendrá ese premio. 

Altamirano ha de observar, en la absoluta impotencia, como el Partido Socialista que un día fue un hervidero de trabajadores, se transforma en una organización patronal como una más de las corrientes políticas putrefactas del régimen que día a día, sirven a los intereses de los explotadores. Verse reflejado en ese proceso es su castigo, la historia no perdona.