Septiembre de 1973: el combate en INDUMET, SUMAR y La Legua

por Juan Azócar

Esa mañana, luego de atrincherarse en Indumet, un grupo de combatientes del “Aparato Armado” del Partido Socialista de Chile partió hacia La Legua, donde fueron recibidos con aplausos por los ansiosos pobladores, que requerían armas para resistir el embate que usurpaba el Gobierno de la Unidad Popular.

Esta es la historia heroica, intensa y trágica, que apenas ha comenzado a ganar visibilidad, de un puñado de chilenas y chilenos que cumplieron con su promesa de “jamás desertar”, como proclama el himno del PS, y que en la hora decisiva estuvieron política y materialmente junto al Presidente Salvador Allende y su sueño de construir el socialismo en libertad y democracia.

DEL ELN AL APARATO

La historia se remonta a 1966, cuando el comandante Ernesto “Che” Guevara promovió la creación de la “sección chilena” del Ejército de Liberación Nacional (ELN), en el marco de una estrategia orientada a desarrollar la lucha guerrillera en Bolivia con bases de apoyo en países limítrofes como Perú, Chile y Argentina. Recién habían concluido las elecciones presidenciales en que Salvador Allende fue derrotado por tercera vez, a raíz de una desembozada “campaña del terror”, monitoreada y financiada por la CIA, hecho que en provocó que en las filas del progresismo se extendiera el escepticismo hacia la “vía electoral”. 

Con el propósito de construir la sección chilena del ELN, Guevara envió a Chile a Jaime Barrios Meza, un economista que, luego de ser expulsado del PC, viajó a La Habana en 1960 y trabajó junto con el comandante en el Banco Nacional de Cuba. En la única colectividad que encontró acogida fue en el PS, a través del periodista Elmo Catalán Avilés, quien había sido el jefe de prensa de la campaña presidencial de Allende. 

Catalán era por entonces periodista del vespertino socialista “Noticias de Última Hora” y relacionador público de los sindicatos del cobre. Así, fue el asesor de los mineros de El Salvador en una huelga que terminó, el 11 de marzo de 1966, con 14 obreros asesinados. 

Entre los primeros convocados al proyecto de Guevara se encontraba su amigo Arnoldo Camú Veloso, compañero en las filas del PS y abogado laboralista, que también era asesor de la Confederación de Trabajadores del Cobre, así como en otras organizaciones sindicales. También se sumó a la iniciativa Jaime Sotelo Ojeda, uno de los dirigentes obreros del El Salvador, que fue detenido luego del antes señalado movimiento huelguístico. Así nacían los “elenos”.

El reclutamiento de militantes “elenos” se extendió a la Brigada Universitaria Socialista (BUS), específicamente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, incorporándose Beatriz Allende Bussi, Eduardo Paredes Barrientos y Domingo Blanco Tarrés. 

Luego que Catalán partiera a Bolivia, donde murió en trágicas circunstancias en 1970, Camú asumió el mando del ELN, el cual persistió como una organización clandestina al interior del socialismo chileno.

Tras el fracaso de la experiencia guerrillera en Bolivia y el triunfo de Allende en las elecciones de 1970, la conducción de los “elenos” resolvió hacer suya la “vía chilena al socialismo”, con la decisión de asumir la tarea de defender el proceso. Su primer esfuerzo, en este sentido, fue la creación del Dispositivo de Seguridad Presidencial, conocido como “Grupo de Amigos Personales” (GAP). En enero de 1971, en el XXIII Congreso General efectuado en La Serena, fueron la mayoría y enarbolaron la defensa del proyecto allendista. Sus dirigentes resultaron electos a las principales instancias de dirección y resolvieron su disolución como grupo en la estructura partidaria.

Además, en ese evento partidario se tomó una decisión de enorme significación, pero desconocida entonces por la opinión pública: se formó un “Frente Interno” con una estructura militar, una “Comisión de Defensa” (que será conocida como “Aparato Armado”), en base a cinco componentes:

–,El Dispositivo de Seguridad Presidencial.
–,El Sistema de Inteligencia y Contrainteligencia.
–,Los Grupos Especiales Operativos (GEO).
–,El Equipo de Agitación y Propaganda (AGP)
–,El trabajo hacia las Fuerzas Armadas (EMA: es decir, Ejército, Marina y Aviación).

En la jefatura superior asumió Arnoldo Camú, recién electo integrante de la Comisión Política. Al mando del GAP, destinó a los “elenos” Domingo Blanco y Jaime Sotelo. Como jefe de contrainteligencia quedó Ricardo Pincheira Núñez (“Máximo”), otro hombre del ELN y estudiante de Medicina de la Universidad de Chile. En estas labores debería coordinarse con el nuevo director general de la Policía de Investigaciones, Eduardo Paredes. 

La Fuerza GEO, que sería la “fuerza militar del socialismo”, nunca llegaron a ser más de 130 militantes socialistas. El EMA, por otra parte, era un equipo de altos funcionarios del PS relacionado, o más bien pretendidamente relacionado, con redes de oficiales de las Fuerzas Armadas. 

El AGP se dedicaba, por último, a la instrucción masiva de las organizaciones de base en el ámbito de las comunicaciones, defensa de locales y vigilancia de las tareas de producción en las industrias.

Camú asumió directamente el mando del “Aparato”, trabajando con Exequiel Ponce Vicencio, el jefe del Frente Interno del PS. Lo conocerían en la tarea como “Agustín”.

HORA DE RESISTIR

A las 09:45 horas, los militantes del “Aparato” se congregaron en el Estadio de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU), en las proximidades de Lo Valledor. Hasta este lugar llegó Carlos Altamirano, entonces secretario general del PS, quien se reunió en las oficinas con Camú y otros dirigentes del Aparato, y les dio la orden de combatir. Estuvo solamente unos minutos. 

Apenas contaban con unos 120 AK–47 y cuatro lanzacohetes RPG–7. Y era sólo un centenar de combatientes. Es decir, en ningún caso una fuerza con capacidad de alterar el fatal curso de los acontecimientos.

El plan era reunir fuerzas en la zona sur de Santiago, en San Miguel, con bases en los cordones industriales Vicuña Mackenna y San Joaquín. Luego, marchar al centro para apoyar la defensa armada de La Moneda y, eventualmente, rescatar al Presidente para iniciar la resistencia. 

Una caravana de vehículos partió hacia la industria metalúrgica Indumet. Allí los esperaban 86 obreros, dispuestos a resistir, encabezados por el interventor Sócrates Ponce Pacheco, un abogado socialista de origen ecuatoriano. 

Luego del bombardeo a La Moneda, mientras los hombres del Aparato instruían a los obreros en el uso de AK–47, recibieron el refuerzo de un equipo del GAP y un automóvil cargado de 100 metralletas Walter desde Investigaciones. Cerca de las 14:00 horas, al lugar llegaron dirigentes del Partido Comunista, el MAPU–OC y el MIR, para una reunión de coordinación de la izquierda. El subsecretario general del PC, Víctor Díaz, les anunció su resolución de iniciar un “retroceso ordenado”. 

Desde la sede de Gobierno, Eduardo Paredes logró comunicarse: “Comandante Agustín, La Moneda sigue resistiendo, pero la situación es muy difícil. ¿Cuándo van a venir a sacar al Presidente?”.

Camú aceptó de inmediato la propuesta. “No tiene la menor duda, como no la tienen los hombres del GAP: estar con Allende es la primera prioridad en este momento decisivo”, describen Margarita Serrano y Ascanio Cavallo en su libro “Golpe”. Agregan que Camú preguntó entonces a Miguel Enríquez, el secretario general del MIR, cuánto podrían aportar al “intento desesperado”. La respuesta fue “poco alentadora”. Aún así, Camú trazó rápidamente un plan. 

“Enríquez admira la asertividad de Camú, su serenidad y precisión (…) Parece que la desesperación estuviera fuera de su repertorio de emociones. Cada vez que toma una decisión, se puede tener la seguridad de que la ha pensado cuidadosamente, y siempre desde la lógica revolucionaria”. Enríquez pensó: “Si tuviese hombres como él”, cuentan Serrano y Cavallo… 

Antes de alcanzar siquiera a implementar el plan, fueron cercados en Indumet por unos cien carabineros en cuatro buses de la Prefectura Sur. Llegó la hora del “duelo de fuego”. Luego apareció el refuerzo de un bus de la Segunda Sección del Primer Escuadrón del Centro de Perfeccionamiento de Suboficiales, bajo el mando del subteniente Sergio Jiménez Albornoz. Se encontraban en el sector de Alameda con Jotabeche cuando “se les encomendó desalojar la fábrica Indumet, que servía de guarida a numerosos extremistas, los que durante una operación realizada por efectivos de la Prefectura Sur, un par de horas antes, habían dado muerte al carabinero Manuel Cifuentes Cifuentes”, señaló un reporte divulgado por los golpistas en 1973, titulado “Los Cien Combates de una Batalla”.

Describió: “Apoyados por una Sección Mowag, iniciaron el avance bajo nutrido fuego enemigo, proveniente de distintas direcciones. Los carros blindados eran sus escudos protectores. Así llegaron hasta el portón de la industria, que fue derribado por los Mowag, detrás de los cuales penetró el personal. Una vez en el interior, los carabineros Ramón Gutiérrez Romero y Fabriciano González Urzúa, dando muestras de gran valentía, se adelantaron para abrir la puerta de un galpón, momento en que desde adentro recibieron una descarga cerrada”.

Ambos quedaron heridos por ráfagas de ametralladora, mientras “se cruzaban las balas de ambos bandos, en medio de estrepitoso tableteo”. En la madrugada del 14 de septiembre, Gutiérrez murió en el Hospital de Carabineros.

OBREROS DE SUMAR

Camú resolvió evacuar Indumet, rumbo a Sumar, donde esperaban cerca de mil obreros. Cerca de las 10:30 horas la fábrica ya había sido visitada por “Agustín”, quien les dejó unas 20 metralletas y unas cuantas armas cortas.

El grupo llegó hasta La Legua Emergencia. Los pobladores estaban en las calles, expectantes. Los aplaudieron. Les ofrecieron te, agua, refrescos y sus hogares… Continuaron su marcha hacia Sumar. Reunidos en la plaza Guacolda, Camú y Renato Moreaux, “El Tata”, que había cubierto la última retirada de Indumet, decidieron usar el carro de bomberos de la población, pues habían perdido sus vehículos en la fábrica. Aún mantenían la esperanza de lograr fuerza suficiente en las industrias para luego salir hacia La Moneda. 

Rigoberto Quezada era un dirigente del Departamento Pedro Aguirre Cerda de la Central Única de Trabajadores (CUT) y además administrador de la Planta Poliéster de Manufacturas SUMAR. Años después nos contó: “Desde temprano sobrevolaba un helicóptero, a unos 150 metros de altura, que iba y venía sobre nosotros. Nos escondimos bajo una marquesina de cemento y esperamos a que pasara de nuevo. Cuando volvía, salimos a campo abierto y lo recibimos con una ráfaga de por lo menos diez armas. La nave dio media vuelta y escapó casi en picada en dirección al poniente, dejando una estela de humo negro en el aire”. 

El piloto del helicóptero “Puma” del Ejército relató en el libro golpista “Los Cien Combates de una Batalla” que “nos encontrábamos sobre la industria Sumar”, donde había “elementos insurgentes”, los cuales se encontraban “atrincherados y fáciles de identificar” por sus “cascos amarillos”. Indicó que se encontraban “empeñados en obstaculizar las vías de acceso”.

“El repiquetear de los proyectiles obligaba al enemigo a buscar refugio (…), pero éste seguía en su acción de poner barricadas y elementos combustibles como maderas y neumáticos. Nuestra máquina trazaba cada vez círculos más amplios. En uno de estos virajes, y cuando se volaba en sentido Weste–Oeste para luego virar en sentido Norte–Sur, tomando velocidad y apuntando nuestras armas hacia el edificio, más o menos a mitad de cuadra se sintieron disparos”, indicó.

Y describió: “La gran nave de acero basculó casi hasta perder estabilidad y con ello haciendo perder el ángulo de tiro, sin poder encontrar los artilleros método alguno para repeler el ataque, sumándose a todo esto un fuerte olor a sustancia quemada, a raíz de impactos que recibieron las palas del rotor principal. Un proyectil había perforado el plexo superior a pocos centímetros de la frente del copiloto, quien hacía esfuerzos sobrehumanos para controlar los sistemas”.

“El piloto estaba herido; otro proyectil había penetrado el plexo inferior, bajo el asiento de éste, alcanzándole en el pie derecho, rasguñando en su trayectoria el pantalón de la pierna izquierda del ingeniero de vuelo (…) En ese momento medimos la magnitud de la situación y un aterrizaje de emergencia se nos venía encima. El copiloto dio la alarma: ‘Piloto herido, ¡emergencia!’, y por la radio comunicó que el punto de arribo sería el Grupo Nº 10 de la Fuerza Aérea y que una acción de rescate sería necesaria”, consignó. 

Un total de 18 proyectiles había atravesado el helicóptero. 

POBLACION LA LEGUA

Rigoberto Quezada rememoró: “No alcanzamos todavía a cerrar el portón de la fábrica cuando escuchamos la sirena de un carro de bomberos. Ingresó al patio y Camú ordenó subir a los que habíamos recibido armas. Fuimos 12 compañeros, agarrados a las barandas. Camú dio orden de ir a La Legua, donde se registraba un intenso tiroteo. Al llegar, nos bajamos y con el cuerpo pegado a los muros, nos acercamos al sitio donde partían los tiros. Vi a cuatro carabineros que hacían fuego contra un joven que, parapetado en un poste, ofrecía resistencia a los golpistas. En ese momento vimos un bus de Carabineros que se acercaba lentamente. Salté a la calle y disparé una ráfaga”. 

En efecto, la 22ª Comisaría de La Cisterna había enviado un bus, bajo el mando de dos oficiales y con 25 carabineros, y un auto con otro oficial y tres policías. Se cruzaron con una camioneta del GAP, que recién había llegado con una carga de armas desde la residencia presidencial de Tomás Moro, arribando a la esquina de Los Copihues con Estrella Polar (hoy Alcalde Pedro Alarcón).

Los hombres del GAP dispararon de inmediato a los carabineros, sumándose luego los trabajadores de Sumar y jóvenes comunistas de La Legua, los que de inmediato se hicieron cargo de las armas recién traídas desde Tomás Moro.

El mayor Mario Enrique Salazar Silva, comisario de la 22ª Comisaría, recordó que “alrededor de las 15 horas, el prefecto de la Prefectura Pedro Aguirre Cerda llamó por teléfono. Estaba en la oficina y atendí personalmente el llamado. En el sector de la 12ª Comisaría, los retenes periféricos estaban siendo asaltados por turbas armadas y se necesitaban refuerzos. ¿Podíamos nosotros concurrir?”.

Allanamiento en La Legua, Santiago, 11 septiembre 1973

Indica: “El bus marchaba adelante seguido por mí en el auto, cuando de pronto, mientras íbamos por una calle, que me parece que se llama Los Copihues, el primer vehículo se detuvo bruscamente. Pude percatarme de que en la esquina se hallaba detenida una camioneta y unos ocho individuos se bajaban de ella armados con fusiles automáticos o ametralladoras, con los que de inmediato comenzaron a hacer fuego contra nosotros”…

En entrevista reproducida por “El Mercurio” el 8 de octubre de 1973, los policías recordaron: “Nos disparaban con toda clase de armas. Desde las esquinas, grupos de tres y cuatro extremistas tiraban con metralletas. De varias casas, por las ventanas y hasta por las aberturas de los entretechos, con fusiles. Un grupo atrincherado manejaba una bazuca. Un ‘bazucazo’ dio de lleno en nuestro bus. Por milagro, el proyectil no estalló”.

En el fragor de esta batalla, un poblador, Benito Rojas Miranda, fue alcanzado por las balas de los carabineros, mientras intentaba salvar un niño herido. Su caso fue consignado sólo en 1996, en el Informe de la Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación.

Los informes policiales divulgados por los golpistas en 1973 mostraban a los carabineros resistiendo heroicamente. El relato de Quezada es diferente.

“No hubo respuesta, mis compañeros siguieron tirando, hasta que di la orden de detener el fuego. Rodeamos el bus y le exigimos la rendición a los policías. Se abrieron las puertas y bajaron los carabineros con brazos en alto. A los rendidos los pusimos contra un muro. Ordenamos a dos de ellos que llevaran a los heridos hasta el cuartel de bomberos, para que los trasladaran al hospital. A los restantes los amarramos con un cordel. Algunos se pusieron a llorar, nos pedían que los matáramos. Les dije que nosotros no matábamos a nuestros prisioneros, como lo hacían ellos”, consignó Quezada.

En la refriega, murió el carabinero Martín Vega Antequera. Otros siete policías quedaron heridos.

“Tres de los nuestros repartieron las armas. Al reiniciar la marcha, sentimos un fuerte tiroteo como a dos cuadras hacia el norte. Entonces vimos dos tanquetas policiales disparando contra algunos compañeros. Les empezamos a disparar y al minuto las tanquetas emprendieron la fuga. Con mis hombres seguimos hacia el interior de La Legua. Seguimos caminando una media hora y llegamos hasta Ureta Cox, cerca del local sindical de MADEMSA, donde Camú había informado que, de acuerdo a sus planes, se reunirían todos los grupos de los sindicatos de la zona. No encontramos a nadie. Camú dio orden de volver a Sumar”, describió Quezada.

Unas pocas horas después, a las 17:30 horas, el Bus Nº 12 de la Prefectura Móvil de Carabineros llegó hasta el lugar del enfrentamiento con los policías de la 22ª Comisaría. Cuando se encontraron con un grupo de combatientes socialistas del “Aparato” y jóvenes comunistas de La Legua, se lanzaron de inmediato a abrir fuego. El laboratorista dental Francisco Cattani Ortega fue alcanzado por los proyectiles, mientras preparaba un RPG–7. El primer caído del grupo socialista durante ese día. 

Otro socialista tomó su lugar, disparó el lanzacohetes y el proyectil entró al bus policial por el parabrisas, poniendo fin a la vida del conductor, José Apablaza Brevis. El fuego de la fusilería pulverizó el bus. Los carabineros se mantuvieron inmovilizados, sometidos a duro ataque. Cayeron los policías José Maldonado Inostroza y Juan Herrera Urrutia. A una corta distancia, un tercer bus también era atacado: apenas logró salir del lugar.

LA DERROTA

Sin embargo, ya todo estaba perdido. Los obreros de Sumar y otras fábricas de la zona se habían marchado mayoritariamente a sus casas. No había indicios de resistencia de envergadura en otros lugares de Santiago y el país. El Presidente Allende estaba muerto y la Junta de Gobierno tomaba el control del país.

Quezada recordó: “Seguimos marcando entre la penumbra del atardecer, en medio de una llovizna. Camú, que iba a la cabeza, se internó por una calle, se detuvo frente a una casa y tocó el timbre. Salió un hombre joven que, al vernos, palideció. Camú, cortésmente, le preguntó si era suya una camioneta detenida frente a su casa. El tipo asintió. Entonces Arnoldo le dijo: ‘Présteme las llaves, le prometo que mañana se la devolvemos’. Nos pidió que guardáramos lar armas en la camioneta y ordenó que fuéramos a nuestras casas, prometiendo que al día siguiente nos veríamos. Nos abrazó a todos, y nos dijo que pronto deberíamos librar otra batalla”…

“Con mucha pena y rabia echamos nuestras armas a la camioneta. Volvimos a La Legua, sin más armas que nuestros instintos de supervivencia. Éramos una cuadrilla de 15 compañeros. Ya era de noche, llovía intensamente y a lo lejos se oían tiros. Nos refugiamos bajo una ramada de totora, encendimos un discreto fuego y fumamos en silencio. Todos esperaban que alguien dijera algo. Yo me decidí a hablar: compañeros, no nos amarguemos, cumplimos con la palabra empeñada, hemos peleado, nuestra conciencia debe estar tranquila”.

En el Palacio de La Moneda, Domingo Blanco, Jaime Sotelo, Ricardo Pincheira, Eduardo Paredes y otros combatientes, caían en manos de los golpistas. 

La represalia contra quienes resistieron en La Legua y las fábricas cercanas fue brutal. La población fue allanada “casa por casa y detuvieron a un gran número de personas, alrededor de unas 400, las cuales fueron trasladadas a la Base del Bosque de la Fuerza Aérea y luego al Estadio Nacional”, según consignaron los historiadores Mario Garcés y Sebastián Leiva en “El Golpe en La Legua”. En el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación hay un registro de 43 ejecutados y nueve detenidos desaparecidos: es decir, un total de 52 víctimas. 

En Indumet fue detenida la esposa de Camú, la enfermera Celsa Parrau Tejos, que había estado a cargo de los heridos. También fue capturado Sócrates Ponce, hoy detenido–desaparecido. El joven ingeniero Manuel Ojeda Disselkoen, que integraba el MIR y perteneció al GAP, fue atrapado herido por los carabineros, siendo asesinado tras horribles torturas por sus propios captores. En Sumar, hubo reiterados allanamientos en las semanas y los meses posteriores, y existe constancia de tres víctimas: los trabajadores Ofelia Villarroel, Adrián Sepúlveda Farías y Donato Quispe Choque, los que fueron sacados de la fábrica el 23 de septiembre y luego ejecutados.

El 24 de septiembre, mientras acudía a un encuentro en la calle Santiaguillo en el marco de sus afanes de reconstruir la dirección socialista en la clandestinidad, Arnoldo Camú fue detenido por civiles. Lo subieron a un automóvil y asesinaron a mansalva. Su cuerpo permaneció con paradero desconocido durante 15 días y fue rescatado por su hermano David y su suegro Oscar Parrau del Patio 29 del Cementerio General. 

En los años siguientes, en el marco de la cacería de la DINA contra la dirección clandestina del PC, encabezada por Exequiel Ponce, uno de los fundamentos del furor represivo en su contra fueron, precisamente, los hechos de La Legua.

(Tomado de Crónica Digital)