Cuento de Juan García Brun: James Dexter

James Dexter camina de madrugada por un suburbio londinense. Las calles están congeladas y parcialmente nevadas, lo que ha generado accidentes de todo tipo. Cuadrillas de municipales tratan de limpiar el lodo que se amontona en las esquinas, para garantizar el transporte público. Desde que se retiró del box, a los 41 años, en 1927, ha trabajado como conserje y cuidador de edificios en Paddington.

Vive solo en un condominio de ladrillos junto a un parque y una línea férrea. Habitualmente hay cortes de suministro de electricidad. La habitación en la que vive cuenta con un baño. La única ventana da a un callejón que tiene como fondo una estructura ferroviaria.

Habitualmente llueve sobre las ruinas de la guerra: restos de una batería antiaérea y un baldío donde se acumularon vehículos siniestrados. La zona está rodeada por cráteres de bombas alemanas que nunca cayeron sobre el edificio.

Junto a su camastro hay una ampolleta instalada en la pared. Hay restos de un papel tapiz en las paredes, cuyo motivo es una escena de fox-hunting. Sobre el lavamanos, que hace de lavaplatos, hay un único espejo de marco metálico y pilas de revistas. La última vez que se vio en el espejo, antes de la tempestad, su rostro negro y nariz fracturada inspiraban una soledad magnífica.

Hay unas botellas oscuras con las que compra cerveza por litro. Al llegar a la casa desayuna tocino y tomates fritos. Luego duerme hasta mediodía. Buscando unos cables para colgar la ropa en el patio del condominio en el que vive -la última noche- escuchó un susurro desde las sombras. Parecía escucharse el nombre “George”, que era como lo conocían de niño. Cayó deslumbrado ante tal visión.