Víctor Hugo: El Bosque de la Saudraie

En los últimos días de mayo de 1793, uno de los batallones parisienses enviados a Bretaña por Santerre registraba el temible bosque de la Saudraie, en Astillé. El batallón se componía ya solo de unos trescientos hombres, porque había sido diezmado en aquella dura guerra. Era la época en que después de los combates de Argonne, Jemmapes y Valmy, el primer batallón de París, que tenía seiscientos voluntarios, había quedado reducido a veintisiete hombres, el segundo a veintitrés, y el tercero a cincuenta y siete. Tiempo fue aquél de luchas épicas.

Los batallones enviados desde París a la Vendée constaban de novecientos doce hombres. Cada batallón llevaba tres piezas de artillería. Habían sido organizados rápidamente. El 25 de abril, siendo Gohier ministro de Justicia y Bouchotto ministro de la Guerra, la sección de Bon-Conseil propuso enviar batallones de voluntarios a la Vendée. Lubin, miembro de la Municipalidad, presentó su dictamen sobre este asunto, y el 10 de mayo Santerre se hallaba en disposición de enviar doce mil sol da dos, treinta piezas de artillería y un batallón de artilleros. Aun que estos batallones se organizaron apresuradamente, resultaron tan perfectos que sirven aún hoy de modelo, y con arreglo a su organización se han formado las compañías de línea; debido a estos batallones se ha cambiado la antigua proporción entre el número de soldados y el de sub oficiales.

El 28 de abril, el municipio de París le había dado a los voluntarios de Santerre esta consigna: No hay perdón ni cuartel. A fines de mayo, de los doce mil hombres que habían partido de París, ocho mil habían muerto.

El batallón que había penetrado en el bosque de la Saudraie marchaba con gran precaución. Sin precipitarse, miraba al mismo tiempo a derecha e izquierda, delante y detrás. Kléber había dicho: El soldado debe tener un ojo en la espalda.

Hacía largo tiempo que marchaban. ¿Qué hora sería? ¿En qué instante del día estaban? Hubiera sido difícil decirlo, porque siempre hay una especie de crepúsculo en tan silvestres espesuras, y nunca es de día en semejantes bosques.

El bosque de la Saudraie era trágico. Fue en él donde los crímenes de la guerra civil comenzaron, en diciembre de 1792. Mousqueton, el cojo feroz, había salido de aquellas espesuras funestas, y el número de asesinatos cometidos en ellas hacía erizar los cabellos.

Era aquel bosque espantoso, y los soldados se internaban en él con suma cautela. Todo estaba florecido; en torno se veía una temblorosa muralla de ramajes, de los que se derramaba la deliciosa frescura de las hojas. Los rayos del sol penetraban aquí y allá las verdes tinieblas; en el suelo, la correhuela, el junco de los pantanos, el narciso de los prados, la mar garita, que anuncian la primavera, bordaban y festoneaban una tupida alfombra de vegetación, en la que hormigueaban todas las formas del musgo, desde la que asemeja una oruga hasta la que imita a las estrellas. Los soldados se adelantaban paso a paso y en silencio, apartando suavemente la maleza. Los pájaros gorjeaban por encima de las bayonetas.

La Saudraie era uno de esos sotos donde antiguamente, en tiempos más tranquilos, se cazaban pájaros en la noche. Pero ahora solo se cazaban hombres.

El bosque se componía de abedules, hayas y encinas. El terreno era llano, y el musgo y la hierba espesa amortiguaban el ruido de los pasos; no había ningún sendero o, por mejor decirlo, los senderos se borraban al momento; los robles, las citrinas, la maleza y las zarzas imposibilitaban ver a un hombre a diez pasos de distancia.

De cuando en cuando pasaba por entre el ramaje una ardilla o una gallineta de agua, indicando la proximidad del pantano.

Los soldados caminaban a la aventura, inquietos y temerosos de encontrar lo que buscaban.

A veces hallaban señales de campamentos, de un fuego, hierbas pisadas, palos en cruz, ramas ensangrentadas; allá se había cocinado el rancho, aquí se había dicho misa, en aquel lugar se había curado a los heridos. Pero los que habían pasado por esos lugares ya no estaban en ellos. ¿A dónde se habían dirigido? Quizá estaban lejos, o quizá cerca, ocultos con el trabuco en la mano. El bosque parecía estar desierto; pero el batallón redoblaba su prudencia, porque la soledad inspiraba desconfianza.

No ver a nadie era una razón más para temer que hubiese alguien; el bosque tenía mala fama y una emboscada era lo más probable.

Mandados por un sargento, treinta granaderos, destacados como exploradores, marchaban por delante, a gran distancia del grueso de las fuerzas; la cantinera del batallón los acompañaba. Las cantineras se incorporan de buen grado a la vanguardia; allí se corre peligro, pero se ve algo, y la curiosidad es una de las formas que adopta el valor femenino. De repente, los soldados del pequeño destacamento de vanguardia experimentaron aquella sensación conocida de los cazadores que indica la proximidad de la caza. Se había oído una especie de respiración en el centro de la espesura, y parecía que acababa de verse un movimiento de las hojas. Los soldados se hicieron una señal.

En las tareas confiadas a los exploradores, los jefes no necesitan mezclarse; lo que debe hacerse se hace por uno mismo.

En menos de un minuto, el punto en que se había advertido el movimiento fue cercado. Un círculo de fusiles apuntándolo lo rodeó. De todas partes, y a la vez, se orientaron las bocas de fuego hacia el centro oscuro de la maleza y los soldados con el dedo en el gatillo y la vista sobre el sitio sospechoso solo esperaban para disparar la voz de mando del sargento.

Entretanto, la cantinera se aventuró a mirar por entre las zarzas, y en el instante en que el sargento iba a gritar “¡fuego!”, ella gritó:

—¡Alto! —se volvió después hacia los soldados y les dijo:

—No disparéis, camaradas —y se precipitó a la espesura, seguida de los exploradores.

En efecto, allí había alguien: en lo más intrincado del matorral, junto a una de esas pequeñas explanadas que forman en los bosques los hornos de carbón al quemarse las raíces de los árboles, y en un agujero formado por las ramas, especie de cueva de follaje entreabierta como una alcoba, estaba sentada una mujer sobre el musgo, dando el pecho a un niño, y teniendo en su regazo las cabecitas rubias de otros dos niños dormidos.

Aquella era la emboscada.

—¿Qué hacéis aquí? —gritó la cantinera.

La mujer levantó la cabeza.

La cantinera añadió furiosa:

—¡Estás loca para permanecer aquí! —continuó enfurecida la cantinera—. Un minuto más y todos estaríais muertos.

Luego se dirigió a los soldados.

—Es una mujer.

—¡Pardiez!, ya lo vemos —afirmó un granadero.

—¡Venir al bosque a que os fusilen! —prosiguió la cantinera—. Nunca he visto una idea más estúpida.

La mujer, estupefacta, petrificada, miraba a su alrededor como a través de un sueño, viendo aquellos fusiles, aquellos sables, aquellas bayonetas y aquellas caras feroces.

Los dos niños se despertaron y asustados se echaron a llorar.

—¡Tengo hambre! —dijo uno.

—¡Tengo miedo! —dijo el otro.

El menor continuaba mamando.

La cantinera se dirigió a él.

—Tú sí sabes lo que haces.

La madre estaba muda de espanto.

El sargento se dirigió a ella:

—No tengas miedo, somos del batallón del Gorro Rojo.

La mujer tembló de pies a cabeza. Miró al sargento, en cuyo duro semblante no se veían más que las cejas, las pestañas y los bigotes, aparte de las brasas de sus ojos.

—El batallón de la antigua Cruz Roja —añadió la cantinera.

El sargento continuó:

—¿Quién eres?

La mujer lo contemplaba muda de espanto. Era delgada, joven, pálida e iba vestida de harapos, con el grueso capuchón de las labradoras bretonas y la manta de lana sujeta al cuello con un bramante. Dejaba ver su seno desnudo con la indiferencia de una nodriza. Sus pies, sin medias ni calzado, estaban en sangrentados.

—Es una mendiga —dijo el sargento.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la cantinera con una voz que estaba entre la del soldado y la femenina, pero en cualquier caso dulce.

—Michelle Fléchard —murmuró la mujer tartamudeando.

La cantinera, entre tanto, acariciaba con su ruda mano la cabecita del lactante.

—¿Cuánto tiempo tiene este muñeco? —preguntó.

La madre no comprendió. La cantinera insistió:

—¿Qué edad tiene este?

—¡Ah! Dieciocho meses —dijo la madre.

—Ya es mayor —dijo la cantinera—. No tienes que dar le más de mamar. Será preciso destetarlo. Le daremos de nuestra sopa.

La madre comenzó a tranquilizarse. Los dos niños, ya completamente despiertos, se mostraban más curiosos que asustados.

Admiraban los plumeros de la tropa.

—¡Ah! —exclamó la madre—. Tienen mucha hambre.

Y añadió:

—Y ya no tengo leche.

—Les daremos de comer —dijo el sargento—, y también a ti. Pero antes dime: ¿cuáles son tus opiniones políticas?

La mujer miró al sargento sin responder.

—¿Entiendes mi pregunta?

Ella balbuceó:

—Me encerraron en un convento siendo muy joven, pero me casé, no soy religiosa. Las monjas me enseñaron a hablar francés.

Mi aldea fue incendiada. Nos pusimos a salvo con tan tas prisas que no pude ni ponerme los zapatos.

—Te pregunto cuáles son tus opiniones políticas.

—De eso no entiendo.

—Es que hay espías —prosiguió el sargento—, y a los espías se les fusila. Vamos, habla, ¿no eres gitana?, ¿cuál es tu patria?

Ella continuó mirándolo sin comprender.

—¿Cuál es tu patria? —insistió el sargento.

—No lo sé.

—¡Cómo! ¿No sabes de qué país eres?

—Ah, sí, de mi país.

—¿Y cuál es tu país?

—La alquería de Siscoignard —respondió la mujer—, en la parroquia de Azé.

El sargento se quedó estupefacto.

—¿De dónde has dicho? —inquirió, tras meditar un momento.

—De Siscoignard.

—Eso no es una patria.

—Pero es mi país. Ya entiendo —agregó la mujer, tras reflexionar unos instantes—. Vos sois de Francia y yo de Bretaña.

—¿Y qué?

—Que no es el mismo país.

—¡Pero sí la misma patria! —proclamó el sargento.

—Yo soy de Siscoignard —se limitó a responder la mujer.

—Vaya por Siscoignard —repuso el sargento—. ¿Es de allí tu familia?

—Sí.

—¿Y qué hacen?

—Han muerto todos. Ya no tengo a nadie.

El sargento, al que se le daba bien el parloteo, continuó el interrogatorio.

—¡Diablo! Siempre hay o han habido parientes. ¿Quién eres tú? Habla.

La mujer escuchaba aturdida los sonidos de aquellos acentos que más le parecían los rugidos de una fiera que palabras humanas.

La cantinera comprendió la necesidad de intervenir. Volvió a acariciar al bebé y golpeó cariñosamente las mejillas de sus hermanos.

—¿Cómo se llama la pequeña?, porque ya veo que es una niña.

—Georgette —respondió la madre.

—¿Y el mayor? Porque este bribón ya es un hombre.

—René-Jean.

—¿Y el pequeño, que también es todo un hombre, el mofletudo?

—Gros-Alain —repuso la madre.

—Estos niños son muy guapos —admitió la cantinera—, y ya se dan el aire de personas.

—Bien, ¿tienes casa? —intervino de nuevo el sargento.

—Tenía una.

—¿Dónde?

—En Azé.

—¿Por qué no estás en ella?

—Porque la han quemado.

—¿Quiénes?

—No lo sé. Hubo una batalla.

—¿De dónde vienes?

—De allí.

—¿Adónde vas?

—Lo ignoro.

—Veamos, ¿quién eres?

—No lo sé.

—¿No sabes quién eres?

—Somos fugitivos.

—¿A favor de quién estás?

—No lo sé.

—¿Estás a favor de los azules o de los blancos? ¿Con quién estás?

—Estoy con mis hijos.

Hubo una pausa. La cantinera dijo:

—Yo no he tenido hijos, nunca tuve tiempo.

El sargento prosiguió:

—¿Pero y tus padres? Ponme al corriente de lo que son tus padres. Yo me llamo Radoub, soy sargento, nacido en la calle de Cherche-Midi, y de allí eran también mi padre y mi madre.

Puedo hablar de ellos. Hablemos ahora de los tuyos: ¿quiénes fueron tus padres?

—Eran los Fléchard. Eso es todo.

—Sí, claro, los Fléchard son los Fléchard, como los Radoub son los Radoub. Pero todo el mundo tiene una profesión. ¿Cuál era la de tus padres? ¿Qué hacían o qué hacen? ¿Qué flechardeaban esos Fléchard?

—Eran labradores. Mi padre estaba enfermo y no podía trabajar a causa de los palos que el señor, nuestro señor, le mandó dar; lo cual fue una bondad del amo, porque mi padre atrapó un conejo y estaba condenado a muerte por ello. Pero el amo le perdonó la vida, diciendo: “¡Dadle solo cien palos!”, y mi padre quedó lisiado.

—¿Y qué más?

—El abuelo era hugonote y el señor cura lo envió a galeras. Yo era muy pequeña.

—¿Qué más?

—El padre de mi marido era contrabandista de sal y el rey lo mandó ahorcar.

—¿Y tu marido?

—En estos días combatía.

—¿Por quién?

—Por el rey.

—¿Y qué mas?

—Y por el amo.

—¿Y qué más?

—Por el señor cura.

—¡Voto al diablo! ¡Cuántas barbaridades! —gritó un granadero.

La mujer se sobresaltó y empezó a temblar.

—Nosotros somos de París —dijo con simpatía la cantinera.

La mujer cruzó las manos.

—¡Oh, Dios, Señor Jesús! —exclamó.

—¡Nada de supersticiones! —le advirtió el sargento.

La cantinera se sentó junto a la mujer y puso en su regazo al mayor de los niños, que se dejó hacer. Los niños se tranquilizan con la misma facilidad con que se irritan, sin que se sepa por qué; tal vez tengan alguna clase de reflejo interior.

—Mi pobre buena mujer de estas tierras —dijo la cantinera—, tus hijos son muy guapos; adivino su edad. El mayor tiene ya cuatro años y su hermanito tres, y la muñequita traga glotonamente. ¡Ah, monstruo! ¿Piensas comerte a tu madre? Vamos, buena mujer, no temas nada. Deberías entrar en el batallón como yo. Me llaman La Húsar. Es un mote. Pero prefiero llamarme La Húsar a que me llamen señorita Bicorneau, como a mi madre. Soy la cantinera, la que da de beber a los hombres cuando se llenan de metralla o asesinan. El diablo y su cola.

Tú y yo tenemos más o menos el mismo pie. Te daré zapatos míos. Yo estaba en París el 10 de agosto y di de beber a Westermann. Todo fue bien. Vi cortar la cabeza de Luis XVI, Luis Capeto, como lo llamaban. No quería. ¡Y pensar que el 13 de enero hacía asar castañas y se reía con su familia! Cuando le pusieron a la fuerza en la guillotina no llevaba ni casaca ni zapatos; solo vestía una camisa, de piqué, unos calzones de paño gris y medias de seda grises. Yo vi todo esto. El carruaje en que lo llevaban estaba pintado de verde. Con que vente con nosotros; hay buenos muchachos en el batallón; serás la cantinera número dos y yo te enseñaré el oficio. Es sencillo: no hay más que tomar la cubeta y la campanilla y acudir donde hay ruido, donde hace fuego el pelotón, donde se disparan cañonazos, y gritar: “¿Quién quiere beber un trago, muchachos?”

A eso se reduce todo. Yo doy de beber a todo el mundo, a los blancos y a los azules, aunque por mi parte soy azul, y de las buenas. Pero les doy de beber a todos. Los heridos siempre tienen sed. Se mueren sean cuales sean sus opiniones.

Los que mueren, deberían estrecharse la mano. ¡Qué estúpido es combatir! Ven con nosotros. Si me matan tendrás mi herencia. Ya ves, no tengo buen aspecto, pero en el fon do soy buena y tan valiente como un hombre. No temas nada.

Cuando concluyó de hablar la cantinera, la mujer murmuró:

—Nuestra vecina se llamaba Marie-Jeanne, y nuestra criada Marie-Claude.

Entretanto el sargento Radoub reñía al granadero.

—¡Cállate, has asustado a esta mujer! ¡No se jura delante de señoras!

—Es que, mi sargento, no me cabe en la cabeza, ni en la de ningún hombre honrado —replicó el granadero—, ver iroqueses de la China, como éstos, que después de haber tenido a su suegro lisiado por el amo, al abuelo en galeras y al padre ahorcado por el rey, se estén batiendo, se subleven y se dejen descuartizar por el amo, por el cura y por el rey.

—¡Silencio en las filas! —gritó el sargento.

—Ya me callo, mi sargento, pero esto no me impide pensar

que es una lástima que una joven hermosa como ésta se exponga a que le partan la cara por un curilla.

—Granadero —le recordó el sargento—, aquí no estamos en el Club de las Picas. Basta de elocuencia.

Se volvió hacia la mujer:

— ¿Qué fue de tu marido? ¿Qué hizo?

—Murió.

—¿Dónde?

—En el soto.

—¿Cuándo?

—Hace tres días.

—¿Quién lo mató?

—No lo sé.

—¡Vaya! ¿No sabes quién mató a tu marido?

—No.

—¿Fue un blanco o un azul?

—Fue un tiro.

—¿Y hace tres días?

—Sí.

—¿Hacia qué parte?

—Hacia Ernée; allí cayó muerto. Eso es todo.

—Y desde que murió tu marido, ¿qué haces?

—Cuidar de mis hijos.

—¿Adónde los llevas?

—Conmigo.

—¿Dónde duermes?

—En el suelo.

—¿Qué comes?

—Nada.

El sargento estiró los labios hasta tocarse la nariz con el bigote.

—¿Nada?

—Endrinas, moras de las que quedaron del año pasado y hojitas tiernas de helecho.

—O sea, nada.

—Tengo hambre —gritó el mayor de los niños, que parecía seguir la conversación.

El sargento sacó de su morral un pedazo de pan y se lo ofreció a la madre, la cual lo dividió en dos porciones que entregó a sus hijos, quienes las devoraron ávidamente.

—No ha guardado nada para ella —murmuró el sargento.

—Porque no tendrá hambre —dijo un soldado.

—Porque es madre —dijo el sargento.

—¡Agua! —interrumpió uno de los niños.

—¡Agua! —repitió el otro.

—¿No hay ningún arroyo en este bosque de los demonios?

—dijo el sargento.

La cantinera cogió el vaso de cobre que pendía de su cintura al lado de la campanilla; dio vueltas al grifo de la cubeta que llevaba suspendida de la banderola, vertió unas gotas en el vaso y lo acercó a los labios de los niños. El primero bebió e hizo una mueca; el segundo bebió y escupió.

—Y eso que es bueno —objetó la cantinera.

—¿Es levantamuertos? —inquirió el sargento.

—Sí, del mejor, pero éstos son de campo —la cantinera enjugó el vaso.

—¿Entonces, huyes? —prosiguió el interrogatorio el sargento.

—Tengo que hacerlo.

—¿A través de los campos, por donde te he encontrado?

—Corro con todas mis fuerzas, camino y me caigo.

—¡Pobre infeliz! —dijo la cantinera.

—Por todas partes hay combates —balbuceó la mujer—.

Estoy rodeada de tiros. No sé qué quieren unos y otros. Lo único que comprendo es que han matado a mi marido.

El sargento golpeó el suelo con la culata del fusil, gritando:

—¡Diablo de guerra! ¡Qué barbaridad!

La mujer continuó:

—La noche pasada nos acostamos en el hueco de un árbol.

—¿Los cuatro?

—Los cuatro.

—¿Acostado?

—Acostado.

—Acostados de pie —dijo el sargento—. Camaradas —añadió, tras una pausa, dirigiéndose a los soldados—, estos salvajes llaman acostarse a meterse en el hueco del tronco de un árbol grande y viejo. ¡Cómo son! No todos pueden ser de París.

—¡Acostarse en el hueco de un árbol y con tres niños! —dijo la cantinera.

—Y para los que pasaran por allí sería chocante que un árbol gritara Papá, mamá, si a los niños les daba por llorar —agregó el sargento.

—Por suerte estamos en verano —suspiró la mujer.

Bajó los ojos mirando al suelo, resignada, con el asombro de las grandes catástrofes reflejado en ellos.

Los soldados, silenciosos, formaban un círculo alrededor de aquella miseria.

Una viuda y tres huérfanos, obligados a la fuga, el abandono y la soledad, la guerra rondando por todo el horizonte, el hambre y la sed, sin otro techo que el cielo.

El sargento se aproximó a la mujer y fijó su vista en la niña, que aún mamaba. En aquel momento, la niña volvió dulcemente la cabeza, miró con sus hermosos ojos azules el temible y velludo rostro que se inclinaba sobre ella, y sonrió.

El sargento se irguió y una lágrima rodó por su mejilla, deteniéndose como una perla en el extremo del bigote. Alzó la voz, y dijo:

—¡Camaradas!, de todo esto deduzco que el batallón va a ser padre. ¿Os parece bien? ¿Adoptamos a estos tres niños?

—¡Viva la República! —gritaron los granaderos.

—Está dicho —añadió el sargento, y extendiendo las dos manos sobre las cabezas de la madre y los niños dijo:

—¡He aquí a los hijos del batallón del Gorro Rojo!

La cantinera dio un salto de alegría.

—¡Tres cabezas en un gorro! —exclamó.

Después, sollozando, abrazó cariñosamente a la pobre viuda y le dijo:

—¡Qué aspecto tan pícaro tiene ya la niñita!

—¡Viva la República! —repitieron los soldados.

—Ven ciudadana, ven —le dijo el sargento a la madre.

Capítulo Primero del libro de Víctor Hugo El noventa y tres
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