Venezuela: sólo el proletariado y la mayoría nacional oprimida pueden derrotar la contrarrevolución

de POR-Massas (Brasil)

El imperialismo da por hecho que la crisis venezolana entró en la fase decisiva del desenlace. En Brasil, la prensa se refiere a la «agonía de una dictadura». Un gran cerco fue montado, bajo la dirección de los Estados Unidos. La ofensiva contra el gobierno de Maduro se caracteriza por la intervención imperialista en los asuntos internos del país, apoyándose para ello en el entreguismo y servilismo de la oposición, ahora encabezada por Juan Guaidó. Se combinan medidas militares y diplomáticas desde el exterior, junto al sabotaje económico y a las presiones para dividir a las Fuerzas Armadas y, así, crear las condiciones para una guerra civil. Los Estados Unidos, organismos internacionales y gobiernos latinoamericanos se ponen la máscara diplomática de la «defensa de la democracia» y del «humanitarismo «, como si fueran salvadores del pueblo venezolano. Ocultan el interés de los Estados Unidos y de las petroleras en poner manos sobre las ricas reservas petroleras de Venezuela.

Todo se convierte, en última instancia, en la capacidad del el gobierno norteamericano y la oposición pro-imperialista de arrastrar a una fracción del mando de las Fuerzas Armadas para la acción decisiva. Trump está dispuesto a empujar a los venezolanos a la guerra civil y abrir el camino al intervencionismo. La máscara democratizadora sólo puede tener éxito en la medida en que el golpe militar comparezca como expresión de las necesidades e intereses popular. Lo que exige arrastrar importantes sectores de las masas a las posiciones golpistas. Pero esta estrategia choca con la actitud servil y entreguista de la oposición. Importante parte de la población y en el caso de los opositores como marionetas de los intereses externos. No por casualidad, las movilizaciones contra Maduro de la última semaná no lograron movilizar amplias masas, como lo hicieron en el pasado. Pero, también el chavismo no puede arrastrar las bases sociales que le sirvieron de fortaleza contra la reacción. El imperialismo tendrá que ir a fondo en los medios conspirativos y recrudecer aún más el cerco económico y político.

Los intentos de insurrección del Fuerte Paramacay, en el estado de Carabobo, en 2017, y de un grupo rebelde de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), de 21 de enero de 2019, indican la vía golpista es imperante. Ambos levantamientos fueron orquestados por la oposición, y el imperialismo. Debían servir de base de maniobra al intervencionismo externo. Chocaron con la apatía e indiferencia población. Los llamamientos para que las masas tomar las calles no se regocijaron en grandes movilizaciones populares. En estas condiciones fue que pasó a desempeñar un papel relevante la estrategia de avanzar en el intervenismo exterior.

Lo esencial en la situación está en el hecho de que el chavismo es incapaz de combatir hasta las últimas consecuencias para derrotar en toda la línea a la oposición y al imperialismo. Lo que exigiría romper la espina dorsal del golpismo, expropiando el gran capital, y apoyándose en la iniciativa revolucionaria de las masas. Al mantenerse en el marco de la desfigurada democracia formal, desconocida por la oposición, que llegó al pontificado, a fin de autoproclamarse «gobierno de transición», el chavismo acaba favoreciendo los objetivos del frente golpista pro-imperialista.

En esas condiciones, el Grupo de Lima dio un ultimátum a Maduro para que abandone el poder a Guaidó. Los gobiernos de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, etc. firmaron un documento en que exigieron entregar el poder a la Asamblea Nacional, «hasta nuevas elecciones presidenciales democráticas «. La maniobra fue completada por la declaración de la Organización de los Estados Americanos, (OEA), que, frente a la negativa del gobierno chavista a aceptar, pasó a reconocer a Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, (AN), como «presidente interino y legítimo» del país.

Fueron precisamente los gobiernos latinoamericanos y la oposición pro-imperialista que llamaron a los venezolanos a boicotear las elecciones de 20 de mayo de 2018, por la supuesta falta de «garantías democráticas». El objetivo de esta maniobra vino a la luz a principios de enero, cuando se declaró el gobierno de Maduro «Ilegítimo» y el imperialismo intervino directamente para reconocer a Guaidó el presidente de un supuesto «gobierno de transición», bajo la conducción de la Asamblea Nacional (AN), controlada por la oposición y el imperialismo.

Se nota que el boicot a las elecciones y el rompimiento de la democracia formal sirvieron al reconocimiento diplomático de un gobierno paralelo, bajo la indicación de los Estados Unidos. Por eso la AN se transformó en órgano político volcado al golpe de Estado. La bandera de la legitimidad no es más que una farsa, que sirve al intervencionismo extranjero. Si bien desde hace mucho tiempo el imperialismo trabaja para la remoción del nacional – reformismo chavista del poder, las condiciones sociales y políticas internas le impidieron avanzar en ese objetivo. El golpe contra Chávez, en 1992, proyectó la irrupción de las masas y encontró en la unidad del ejército un obstáculo. Se colocó entonces para el imperialismo la vía del fortalecimiento electoral de la oposición. El cambio de táctica permitió la conquista de la mayoría parlamentaria. Parecía que se daban las condiciones para una transición «pacífica», bajo la máscara democratizadora de las instituciones. El contragolpe del chavismo, con la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), planteó un obstáculo a ese desarrollo. La reanudación de las movilizaciones callejeras de la oposición reascendió la perspectiva del golpismo. Pero, chocó una vez más con el apoyo de las Fuerzas Armadas a Maduro, y concluyó con la desagregación de la oposición, que compareció dividida y aislada ante las masas.

El recorrido de la crisis mundial y los cambios políticos en América Latina permitiría un giro a una nueva ofensiva golpista, esta vez amparada directamente en los movimientos intervencionistas de Trump. El agotamiento del ciclo de los gobiernos nacional-reformistas en el continente, y el ascenso de los gobiernos abiertamente pro-imperialistas abrieron una nueva etapa del plan para la remoción del chavismo. Los golpes de Estado en Honduras, Paraguay y Brasil, así como la caída electoral del kirchnerismo, en Argentina, y del correismo, en Ecuador, crearon las condiciones para que el frente golpista internacional pudiera avanzar. Trump, finalmente, logró alinear a todos estos gobiernos en las decisiones del Grupo de Lima y de la OEA.

El agravamiento de la ofensiva intervencionista y la subordinación directa de los movimientos internos a las maniobras externas del imperialismo se derivan del agravamiento de la guerra comercial y la profundización de los choques mundiales. El intervencionismo imperialista está fundamentalmente dirigido a romper los vínculos económicos que Rusia y China vienen firmando en Venezuela, así como en América Latina. El control sobre las fuentes de materias primas está en el centro del objetivo norteamericano de derrocar al gobierno nacionalista venezolano.

Para Rusia, la caída del chavismo en el poder significaría la perdida de sus posiciones en la explotación de los yacimientos de la Cuenca del Orinoco, la mayor y más rica en petróleo de alta calidad del mundo. De hecho, la estatal rusa Rosneft participa en cinco proyectos de petróleo y gas de la estatal venezolana PDVSA (del 26% al 40% de control en los emprendimientos de explotación). La misma empresa es acreedora en el orden de 6.000 millones de dólares del Estado venezolano. Esta suma que, sumada a 11 mil millones de dólares en préstamos, en los últimos 20 años, compone el cuadro de intereses ruso en el país.

Lo mismo ocurre con China, que prestó a Venezuela 62.000 millones de dólares (40% del total de préstamos de ese país en América Latina), de los cuales el chavismo pagó un tercio en especie, entregando petróleo (el 5% de las importaciones chinas). China también importa minerales, oro y otras materias primas. Todo indica que Venezuela también es poseedora de importantes yacimientos de uranio. Es considerable, en ese contexto, el hecho de que China se haya convertido en el principal exportador para Venezuela de manufacturas.

El imperialismo no puede permitir que esas relaciones políticas y económicas continúen vigentes. El derrocamiento del chavismo es una vía para romper esos lazos de interdependencia. En otras palabras: el intervencionismo servirá para poner en manos de los monopolios y del capital financiero norteamericano el control de la producción de los gigantescos recursos naturales del país y de todo el continente. En ese estricto sentido, el país no es más que un eslabón en la lucha mundial del imperialismo norteamericano en torno a un nuevo reparto del mundo.

Esta constatación explica por qué, tan pronto como anunciada la formación del «gobierno paralelo», Trump ordenó el bloqueo de los fondos financieros de la estatal PDVSA en el extranjero, poniéndolos al servicio de la oposición contrarrevolucionaria. Tal medida demuestra que Guaidó no es más que el agente político de la transferencia de la explotación de los recursos naturales de la nación oprimida de manos de Rusia y China hacia la de Estados Unidos. No por casualidad, ya comenzaron a negociar los futuros contratos de explotación del petróleo venezolano por los monopolios norteamericanos. De hecho, la Asamblea Nacional ya designó a representantes comerciales y diplomáticos para acercar con los países extranjeros los futuros acuerdos comerciales.

Se observa que se repiten en Venezuela las maniobras y medidas ya practicadas en gran escala por el imperialismo en Libia. Trump puso a la luz del día la vigencia de esas medidas en la campaña electoral en 2012, cuando dijo que estaba «interesado en Libia si tomamos el petróleo. Si no tomamos el petróleo, no hay interés». Recientemente, el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Bolton, reconoció explícitamente que Trump planea acabar con el control estatal del petróleo, y que EEUU «produzca el petróleo en Venezuela”

Se nota que el imperialismo empuja a Venezuela a una guerrera civil. Esta vía tiene su lógica y sus métodos. La ruptura de las relaciones diplomáticas, las amenazas militares, la confiscación de las riquezas y de los fondos nacionales por el imperialismo constituyen diferentes medios dirigidos a un mismo fin: imponer un gobierno títere del imperialismo. Por eso la declaración de «ilegitimidad» del gobierno maduro no tiene que ver con el proceso electoral. Se trata sólo de encubrir el golpismo e intervencionismo extranjeros. Las corrientes que se reivindican del marxismo que repiten la misma consigna sirven, en última instancia, a la política trazada por EEUU. Colocándose de ese modo en el campo de la reacción. Esto es, sirven objetivamente al programa y a los métodos imperialistas de derrocamiento del chavismo.

Lo esencial para las masas venezolanas y latinoamericanas está en comprender que, si el imperialismo avanza en sus objetivos, impondrá el saqueo al país, como lo hace en todas partes, y reforzará la opresión nacional en toda América Latina. El chavismo se demuestra incapaz de imponer la independencia nacional de Venezuela. Lo que exigía la revolución agraria, expropiación de la gran propiedad, estatización de capital financiero, e implantación del monopolio estatal del comercio exterior. La búsqueda de equilibrarse en el poder, superponiéndose a las presiones del imperialismo y de la oposición burguesa interna, inevitablemente llevaría a Venezuela al caos económico y a la imposición de severas condiciones de existencias de la mayoría oprimida. El régimen chavista acabó por servir a la camarilla de militares que tienen intereses propios, y no pueden romper con el imperialismo, aunque estuvieran y están en choque con Estados Unidos. Las Fuerzas Armadas, por constituir uno de los pilares del Estado burgués, volverá a servir al imperialismo. Acabarán como instrumento de la contrarrevolución. Sólo el armamento de la población, bajo la política y el programa del proletariado, puede evitar el golpe de Estado, y apartar la posibilidad de la guerra civil. El gobierno chavista debe ceder paso a la revolución y a la constitución de un gobierno obrero y campesino. En caso contrario, no resistirá por mucho tiempo a las poderosas presiones mundiales del imperialismo y de la burguesía latinoamericana. Las masas que lo apoyan se muestran cansadas, y no ven cómo el gobierno resolverá la crisis que puso en el orden del día la revolución y la contrarrevolución.

Ciertamente, la balanza pesa a favor del derrocamiento de Maduro y de la vuelta de la fracción burguesa proimperialista al poder. Los Estados Unidos están listos para apoderarse del mando económico de Venezuela y utiliza la victoria para disciplinar a los gobiernos latinoamericanos detrás de las directrices de Trump. A pesar de la situación desfavorable, es posible un giro, ya que las capas más politizadas de los explotados todavía tienen esperanza en derrotar a los vende patria. Es urgente el armamento del pueblo, creación de organismos de la democracia obrera y expropiación de la burguesía y del imperialismo. La industria, la reserva de petróleo y toda fuente de materia prima deben ser inmediatamente colocadas bajo el control obrero y popular. Hay que levantar un poderoso frente único antiimperialista, bajo la bandera de independencia nacional y autodeterminación de la nación oprimida.

El Comité de Enlace por la Reconstrucción de la IV Internacional combate la intervención del imperialismo, y se sitúa por el incondicional derecho de Venezuela a la autodeterminación. Defiende que la vía de la derrota de la contrarrevolución depende de la superación del nacionalismo burgués y de la constitución de un gobierno obrero y campesino que encarne la dictadura del proletariado.