El potencial revolucionario del movimiento feminista en Chile

por José J. Moro

La fuerza histórica desencadenada por el movimiento feminista cosechará sus frutos en marzo, durante la huelga general, y nada le será ajeno. Afianza sus raíces en el pueblo, que la constituye, abrazando sus causas y azares. Al mismo tiempo que multiplica su rebeldía y extiende sus redes de organización, afianza generosamente su horizonte de combate. No le es indiferente la opresión colonial sobre Wallmapu ni la violencia patronal contra el movimiento huelguístico; al contrario, solidariza activamente con estos sectores, no para imponerles un punto de vista extraño,ajeno, sino para profundizar su propia práctica del cambio revolucionario, nutriéndose de todas aquellas manifestaciones de opresión y explotación, y por lo mismo, poniendo en marcha fuerzas históricas inauditas. Este hecho marcha un rasgo esencial del potencial táctico y estratégico del feminismo. Es el único movimiento social que se construye creciendo, corriendo cercos, quebrando imaginarios y aboliendo límites; resistiendo inniterrumpidamente el orden social, sus estructuras y prácticas históricas, tanto en la escena política como en el claroscuro de lo cotidiano.

No sólo por su posición de avanzada en las luchas actuales del pueblo, el feminismo es la vanguardia social de este nuevo ciclo de la lucha social y política en Chile. Su irrupción significa un cambio del eje de las contradicciones y antagonismos que operan en la sociedad capitalista chilena. Su actividad revolucionaria se afianza en un terreno diferente al de los movimientos sociales tradicionales, por cuanto la crítica no se ubica ya en el terreno de las instituciones sino en el campo de las relaciones sociales entre los individuos; las mismas que, en virtud de choques de fuerza, dominación y resistencias, sostienen o derriban esas instituciones. En este sentido, a diferencia de la esfera educativa o laboral, que se orientan a una determina institución o ámbito de la actividad humana, el feminismo busca abolir y extirpar todas las prácticas de explotación y dominación que someten, en la arena de los hechos vitales, al género humano. Su teatro de operaciones es, por extensión, la sociedad en su conjunto, histórica y socialmente determinada; y no tal o cual nicho gubernamental, legislativo o cultural.

La rebelión directa, sin intermediarios, del feminismo contra las relaciones de dominación y explotación, permite ampliar la mirada sobre la lucha de clases, mostrando rasgos que permanecen ocultos e invisibilizados desde la óptica patriarcal hegemónica. El antagonismo entre el patriarcado y el movimiento feminista tiene como centro la violencia sexual y simbólica permanente, que impregna la totalidad de las estructuras y prácticas sociales de la sociedad chilena; pero este antagonismo no adopta una forma “pura”, sino que se alimenta del conjunto de contradicciones sociales y, por ello, adopta multiplicidad de formas, tan variadas como extensa y diversa es la barbarie del capitalismo. 

Por eso, el movimiento feminista es una fuerza de destrucción y construcción poderosa. Introduce cambios radicales en la institución simbólica del orden social y en diversos ámbitos de la actividad humana, yendo más allá de la constatación la mercantilización de la vida social, y en cambio, asediando los mecanismos de encubrimiento de las relaciones de clase e interpelando directamente a los agentes de la sociedad burguesa. Señala que las relaciones de fuerza entre los géneros, constituyen a la vez el soporte y la coronación de las relaciones de clase. Que la reproducción de las relaciones fetichizadas entre los seres humanos es una de las condiciones para la existencia del capitalismo, y en este conjunto de relaciones cosificadas, la organización de la identidad y la sexualidad, cumplen un rol central, en la medida que influyen en la reproducción de las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales, así como condicionan la expresión vital de cada ser humano. 

La saeta del feminismo persigue los problemas que están al fondo, en la matriz de la sociedad burguesa, y cuyos efectos cotidianos, regulares  y típicos, amenazan y acaban diariamente con la existencia de miles de compañeras, de manera organizada y sistemática. La cuestión que plantea la resistencia feminista es la necesidad de una revolución inmediata en las relaciones sociales capitalistas, y no solamente de tal o cual institución estatal o ideológica. Arrancar el lastre de las viejas estructuras de dominación y proyectar un nuevo ideario de relaciones sociales, esa es su tarea histórica.

Este rasgo favorece, por lo pronto, el desarrollo táctico del movimiento. Las reformas que sean resultado de esta movilización serán simplemente el prólogo de otros oleajes más poderosos contra el patriarcado, pues a diferencia de otros movimientos, la disposición de lucha y organización se estructura, como decíamos, no en función de una institución, en la que una cuerpa puede “residir”, durante un tiempo y con suerte variada —se puede ser estudiante, proletaria y pobladora, y dejar de serlo—; sino que acoge como centro aglutinador una condición histórica transcendental, que, como ninguna otra de nuestro tiempo, concentra las contradicciones del capitalismo. De la unidad entre consciencia generalizada de la opresión y disposición directa de resistencia y organización, surgen perspectivas estratégicas inéditas, que auguran redefinir las formas de organización y lucha popular en Chile. 

El feminismo está del lado de los explotados y oprimidos por el capital,no sólo en el mundo de las ideas, sino en el terreno más inmediato de la lucha de clases. Pese a la heterogeneidad de sus diferentes expresiones conscientes, de los distintos “feminismos”, el mensaje objetivo que entrega este movimiento social es uno y el mismo: para la victoria de las clases oprimidas y explotadas, no sirven las relaciones sociales ni las instituciones existentes, que perpetúan esa dominación, la naturalizan y reproducen; la violencia patriarcal y capitalista debe ser extirpadas en lo inmediato, pero a partir de un proceso de crítica radical y creación de nuevas y más altasformas de relaciones sociales, realizando cambios revolucionarios efectivos en favor de la vida y dignidad humana, en este preciso momento histórico. La línea divisorioa que traza el feminismo sobre el campo de la lucha de clases, esa tremenda distancia que abre entre lo viejo y lo nuevo, favorece enormemente la actividad política de las clases trabajadoras. Avanzar despojándose de los modelos tradicionales, que nos hacen partícipes de la misma tiranía que soportamos, recreando nuestras formas de pensar y hacer la historia, es el camino que propone el feminismo al movimiento popular en Chile, como una estrategia concreta para caminar hacia la revolución social y política contra el capital.

La izquierda revolucionaria frente al feminismo

Aunque parezca extraño, al interior de la izquierda revolucionaria —para no hablar aquí de la reformista— se sigue cuestionando el “potencial” del movimiento feminista, insistiendo en que posee una mirada pequeño-burguesa sobre los problemas sociales y se aleja de las exigencias de la lucha contra el capital. Incluso, se agrega que sólo un enfoque clasista, sobrepuesto a las demandas de autodeterminación sexual y lucha contra la violencia patriarcal, asegurán la victoria del movimiento.

Sin embargo, esta izquierda que se reclama revolucionaria, al mismo tiempo que cuestiona sin pudor su “carácter de clase”, no ofrece al movimiento otra perspectiva que una añosa estrategia de emancipación, que releva el papel revolucionario de las luchas feministas hacia la fase más tardía del cambio social. Se dice que, durante un régimen de transición socialista, la tarea prioritaria es defender las conquistas de la revolución contra la amenaza de restauración capitalista; el cambio “ideológico”, “cultural”, será obra de otras generaciones, que deberán transformar la familia, el amor y la propiedad privada, cumpliendo con lo más profundo del programa comunista. Así, la revolución es realizada por hombres y mujeres para redimir a la humanidad de todos los males del pasado. Pero, problemas como la tiranía del patriarcado, sólo desaparecerán, de manera efectiva, cuando las condiciones de la sociedad transicional permitan desnaturalizar las relaciones fetichistas del capitalismo y avanzar en la reconstrucción comunista de la vida social.

Este horizonte estratégico ha entrado en abierta contradicción con los hechos del presente. Pensar que el desarrollo de las movilizaciones feministas responderá al calendario estudiantil u obrero, es equivocarse en cuanto a la potencia y alcace de este movimiento, aquí en Chile y el mundo. La demandas, que a juicio de viejas estrategias socialistas sólo se obtendrán en la etapa “comunista” de la sociedad, son en la actualidad, exigencias prácticas, en torno a las cuales se organizan y luchan millones de mujeres, todos los días, en diversos frentes y sectores, en todos los lugares del mundo.

La negativa de la izquierda revolucionaria frente a la crítica feminista, se explica precisamente por el temor a realizar un cambio radical en sus concepciones y perspectivas políticas, así como a la teoría y práctica de la organización y la militancia, que no sólo naturalizan el orden social patriarcal sino que operan —mayoritariamente— como órganos de reproducción de sus prácticas de violencia sexual y simbólica. Estos sectores prefieren cuestinar el potencial político del movimiento feminista —que como todo movimiento social tiene contradicciones ideológicas y se haya tensionado por fuerzas sociales antagónicas, y por lo mismo, no es “puro” en su composición y dirección política de clase—, pero ignoran su profunda indiferencia frente a los fenómenos actuales de la lucha de clases que, como este movimiento, no se enmarcan en las categorías teóricas tradicionales ni en los viejos esquemas estratégicos que, mecánicamente, han reproducido por décadas. La manera de salir de este atolladero teórico y político, es, por lo pronto, tratar de comprender el fenómeno, asimilando sus rasgos centrales, y abrir un debate fraterno sobre el papel de las luchas feministas en el periodo. Aquí sólo hemos tentado una aportación en esa línea.