Crítica de las concepciones programáticas del estalinismo y el trotskismo en Chile

por José J. Moro

La permanencia de una fase de transición al capitalismo en Chile, a cuya posibilidad se aferran aún reformistas y centristas, es desmentida por el propio desarrollo histórico de la formación social chilena, en virtud de su carácter desigual y combinado. Esta situación tiene una importancia política y estratégica tremenda: significa que los viejos esquemas interpretativos, que servían de base a las estrategias de la izquierda, se hallan superados por la historia. Es, por lo tanto, deber de los revolucionarios, realizar la crítica radical de estas concepciones, para arribar a unos fundamentos teóricos e históricos que posibiliten la emergencia de una estrategia de poder que permita el triunfo de la revolución proletaria y comunista en Chile. A este objetivo se orientan estas notas.

El stalinismo y la tesis del “semi-feudalismo”

Según el estalinismo, el carácter de la revolución chilena dependía de la existencia de relaciones y formas de producción precapitalistas, “semi-feudales”. La derrota de la oligarquía terrateniente era, para ellos, el enemigo común que tenía el proletariado y la burguesía industrial. Por eso, alentaban y alientan la unidad estratégica entre estas fuerzas, en un bloque de unidad popular y nacional, capaz de asegurar la verdadera liberación de la sociedad chilena y construir las bases de un desarrollo económico y político propiamente capitalista.

Sin embargo, estas formas precapitalistas han sido completamente liquidadas de la formación económica de la sociedad chilena. Desde la aparición del capital comercial como fuerza exógena, durante la colonización española, la extensión de la circulación y producción mercantil, en el contexto del proceso orgiástico de acumulación originaria del capital europeo, dio origen a un fenómeno generalizado de subordinación de enormes masas de productores directos a los dictadores del capital y su sed inagotable de plusvalía. Paulatinamente, entonces, este capital embrionario se apropió de los medios y condiciones del proceso de producción que desarrollaban las comunidades y sociedades indígenas latinoamericanas, socavando las bases objetivas para la existencia y reproducción de clases señoriales con intereses específicos.

Por ello, la tesis sobre el carácter “antifeudal” de la revolución en Chile constituye una completa falsificación histórica, cuya única función es rebajar al proletariado al papel de fuerza auxiliar de la burguesía en un imaginario enfrentamiento contra la oligarquía terrateniente. Con esta perorata, el estalinismo y reformismo fundan su principio colaboracionista y justifica su subordinación a la supuesta burguesía progresista.

El trotskismo y la frustrada revolución democrática-burguesa

Según la concepción del trotskismo, la burguesía criolla, pudiendo desplegar la totalidad del programa democrático-burgués, limitó el proceso de liberación nacional contra el colonialismo español a la independencia política formal. Así, la revolución de la burguesía criolla fue solo “política” y no social: no liquidó las formas precapitalistas de producción, no realizó una reforma agraria ni tampoco impulsó un proceso de industrialización que fortaleciera un mercado nacional; por el contrario, consolidó los rasgos económico-sociales heredados de la Colonia y reforzó su posición dependiente en el mercado mundial como naciones productoras y exportadoras de materias primas.

Este planteamiento se funda en un equívoco histórico. Ningún proceso revolucionario burgués ha reproducido la secuencia ni las mismas tareas históricas de la revolución francesa. El único rasgo específico y común a las revoluciones burguesas reales ha sido su elevación a la dominación política exclusiva, mediante la conquista del poder de Estado. Allí donde se cumple esta tarea histórica, concluye una revolución burguesa. Por otro lado, una revolución burguesa no instaura las relaciones de producción capitalistas, sino que es ya expresión de su predominio en el seno de una formación social. No hay revolución democrático-burguesa que tenga un contenido social genérico.

No existen, por tanto, revoluciones democrático-burguesas frustradas allí donde la burguesía se hace únicamente del poder político. Las “tareas históricas rezagadas”, si algo designan, son las contradicciones económico-sociales específicas de una formación social capitalista dependiente. Su carácter democrático-burgués expresa únicamente la posibilidad que la burguesía las desarrolle también por vías pasivas, verticales y contrarrevolucionarias. Y, para que el proletariado pueda encarnarlas, primero deben existir.

Por lo tanto, la revolución democrático-burguesa en Chile se ha realizado, a su modo, con la expulsión del colonialismo español, la conquista del poder de Estado por la burguesía nacional y la conformación de un mercado nacional, durante las guerras de independencia.

¿Existen tareas democrático-burguesas pendientes en Chile?

Las llamadas “tareas democrático-burguesas” de la revolución en Chile, a saber, la reforma agraria y la liberación o independencia nacional, son inexistentes.

La reforma agraria constituye un instrumento político-estatal para la profundización del capitalismo agrario, y para el proletariado, un medio para forjar una alianza de clases con el campesinado. Sin embargo, como tarea burguesa, ha sido resuelta por la acción estatal de la burguesía y el propio desarrollo capitalista.

En Chile, a mediados de la década del sesenta, la burguesía consensuó la reforma agraria con la finalidad de limitar la concentración de la propiedad de la tierra (expropio, entre 1965 y 1973, el 59% de las tierras agrícolas), incrementar la producción agrícola (superar la baja productividad y elevar la tasa de beneficio en el agro) y conformar una clase de pequeños y medianos propietarios campesinos. Con ello, permitió desarrollar un mercado de tierras que transformó radicalmente las relaciones agrarias de propiedad y desmanteló la estructura hacendal. En 1973, 76.500 trabajadores rurales comprendían el sector reformado. Tras el golpe contrarrevolucionario, se hizo devolución del 32% de las tierras expropiadas y, en 1980, en plena consolidación de la contrarreforma, 46.000 familias campesinas poseían parcelas productivas individuales, equivalentes al 39% de las tierras expropiadas. Finalmente, 29.000 familias campesinas, sin tierra, sin medios de subsistencia, pasaron directamente a engrosar las filas del proletariado agrícola.

Junto a la apertura de un mercado de tierras, se ha desarrollado una agricultura de exportación integrada al mercado mundial. Grupos capitalistas han consolidado explotaciones de tamaño mediano y exportan productos agrícolas; empresas forestales se han hecho de grandes extensiones de tierra para la producción de madera y celulosa de exportación. La relación dominante en el campo chileno se da hoy entre la nueva burguesía agraria y el proletariado agrícola. La forma de producción capitalismo, centrada en la extracción de plusvalía y recubierta por la forma salarial, es ahora dominante en el campo chileno.

Consecuentemente, la distribución anacrónica y reaccionaria de la tierra, es decir, la eternización de la pequeña propiedad privada, no se corresponde con el programa del proletariado. La tarea revolucionaria consiste en convertir la agro-industria capitalista en propiedad social y sumar al resto de pequeños propietarios campesinos a la lucha encabezada por el proletariado, incorporándolos posteriormente bajo común acuerdo a la construcción del comunismo, demostrando las ventajas prácticas, materiales, de la producción colectiva.

Para diversas corrientes trotskistas, el carácter incompleto de la revolución democrático-burguesa en Chile y su conjunto de tareas inconclusas, contribuyeron a mantener el carácter dependiente de la economía nacional al mercado mundial y, consecuentemente, abrieron la posibilidad para una penetración sin precedentes del capital monopólico-financiero, el cual, como forma fundamental del capital en la nueva fase imperialista del capitalismo, transformó a Chile en una semicolonia del imperialismo británico, primero, y luego norteamericano. La liberación nacional real, y no “formal”, supone la ruptura de los lazos económicos y políticos que determinan la opresión y explotación de unas naciones por otras, de las naciones imperialistas sobre las naciones coloniales y semicoloniales. Esta tarea, esencialmente democrático-burguesa, no fue resuelta por la burguesía nacional; es más: permite determinar su carácter contrarrevolucionario, por su condición de mero apéndice, títere, de la burguesía y el imperialismo mundial. Corresponde al proletariado, según este punto de vista, levantar las banderas de la liberación nacional, de su “segunda independencia”, e impulsar, por ejemplo, tácticas como el Frente Único Antiimperialista.

Una formación social colonial se ve sojuzgada por vías político-militares que determinan la forma de extracción del excedente económico. La explotación, en estos casos, se ejerce mediante la imposición de un gobierno por la potencia colonizadora. Esta situación impide la conformación de la formación social como unidad estatal autónoma, la acumulación interna y la reproducción ampliada de capital necesaria para el sostenimiento y expansión de las relaciones capitalistas de producción, la diferenciación de estructuras productivas, la homogeneización de los intereses de las fracciones de la clase dominante y la construcción de un sistema de dominación de estructura nacional. Precisamente, para desarrollar estas tareas del desarrollo capitalista es que la burguesía, en un país colonial, lucha por su independencia y autodeterminación nacional. La burguesía chilena cumplió cabalmente esta tarea democrático-burguesa.

La inserción de una formación social al mercado capitalista mundial es una tendencia inherente a su propio carácter capitalista. La reproducción ampliada y la acumulación de capital sólo pueden realizarse en el marco de una economía y mercado mundial. Pretender romper este vínculo, mientras exista el capitalismo mundial, es una utopía reaccionaria, al igual que mantener un desarrollo capitalista cerrado en las fronteras nacionales. La dependencia económica, como tipo particular de inserción de una formación social al mercado mundial, existe sólo en relación a los niveles de desarrollo tecnológico y productivos alcanzados por otras, en el marco del mercado mundial capitalista. De este modo, según la lógica de valorización del capital, a diferencia del trabajo complejo que se concentra en los países avanzados, los países atrasados o dependientes e insertan en el mercado mundial sobre la base de una producción centrada en el trabajo simple, produciendo en promedio menos valor por unidad de tiempo. Esto deteriora tendencialmente los términos de intercambio —cada unidad de trabajo en un país adelantado equivale, por ejemplo, a diez unidades de uno atrasado—, generando una relación de inferioridad económica que tiende a perpetuarse y ampliarse, predominando los capitales y Estados de los países centrales. Por ello, ningún proceso de liberación nacional puede romper este vínculo con el mercado mundial ni anular, con una medida política, el nivel de atraso tecnológico y productivo de una formación social. La dependencia está asociada a la existencia del modo de producción capitalista mundial y al desarrollo internacional y desigual de las fuerzas productivas; son, pues, rasgos ineludibles de una sociedad capitalista dependiente, mientras exista la propiedad privada y el mercado mundial.

La dependencia económica no hace de Chile una nación “explotada” u “oprimida” por los países imperialistas, no tiene un carácter semicolonial ni hay lucha de “liberación nacional” que emprender. La burguesía nativa ya ha constituido su propio Estado soberano, explota al proletariado en tierra chilena, junto a capitales de diversas banderas nacionales, e incluso, invierte en el extranjero explotando a hermanos proletarios de otros países. Por lo tanto, no combatiremos a la burguesía en Chile por su supuesto carácter “vende patria”, “yanacona”, sino que lucharemos contra la clase capitalista en cuanto clase explotadora y opresora. El único camino consecuente para avanzar en la resolución del atraso y la dependencia económica de un país como Chile, es mediante la cooperación y planificación económica con el proletariado de países adelantados y de todo el orbe, como resultado de revoluciones proletarias triunfantes.