Ortega y Gasset: sobre el socialismo

P

No somos sólo enemigos de nuestros enemigos: seria convertir al mundo en una negación. De esto es de lo que protesto; socialismo, la palabra más grave y noble, la palabra divina del vocabulario moral moderno, no puede significar solo una negación. Perdonad si entro en un fervor excesivo, pero es que para mí no es un vocablo aprendido, como suelen serlo los términos científicos, no es algo externo a mí y que pueda yo poner o quitar de mi espíritu. Para mí, socialismo es la palabra nueva, la palabra de comunión y de comunidad, la palabra eucarística que simboliza todas las virtudes novísimas y fecundas, todas las afirmaciones y todas las construcciones. Para mi socialismo y humanidad son dos voces sinónimas, son dos gritos varios para una misma y suprema idea, y cuando se pronuncian con vigor y convicción, el Dios se hace carne y habita entre los hombres.

Para mi socialismo es cultura. Y cultura es cultivo, construcción. Y cultivo, construcción son paz. El socialismo es el constructor de la gran paz sobre la tierra. ¿Cómo no he de trabajar para que el socialismo deje de significar principalmente enemistad, negación, lucha? No, no; los socialistas no somos solo enemigos de nuestros enemigos, no somos un principio de enemistar. Somos, antes que esto y más que esto, amigos de nuestros amigos; tenemos un ideal de ubres inagotables en torno al cual se agrupan, se aúnan comulgan, comunican y se socializan los hombres; antes que nada y más que nada, somos un principio de amistad.

Yo no sé si esto os extraña: a vosotros se os ha enseñado que la formula central del socialismo es la lucha de clases. Por ello yo no estoy afiliado a vuestro partido, aun siendo mi corazón hermano del vuestro. Solo un adjetivo nos separa: vosotros sois socialistas marxistas; yo, no soy marxista.

Para vosotros socialismo equivale a marxismo. ¿En que seremos diferentes? ¿Es que vendré yo a ser, a la postre un anti-vosotros? Dentro de mis misérrimas fuerzas he estado siempre a vuestro lado desde que comenzó mi vida de modesto publicista; verdad es que de poco os puedo servir: yo no soy más que un pobre español mozo que lleva al hombro el inútil lanzón de su entusiasmo.

¿En qué consiste el marxismo? En la base de toda variación histórica hay una variación de las relaciones económicas: cada época se caracteriza por un tipo de producción, por una manera especial de obtener el producto, es decir, la cosa económica, el género o mercancía, cuya esencia se reduce a servir como medio para la vida. Fijaos bien: lo económico es siempre y exclusivamente un medio, un medio para sustentar la vida por ejemplo, pero la vida no es ya una cosa económica; en este caso es el fin al que sirven de medios las cosas económicas.

Carlos Marx, el gigante judío de cabellera enorme que recuerda las imágenes con que los antiguos representaban las divinidades fluviales, no dijo jamás que la historia humana se compusiera solo de realidades económicas: ¿Cómo iba a decirlo si para él lo económico era solo el reino de los medios? Cierto que él se interesó únicamente por el reino de los medios, pero no negó nunca el reino de los fines. ¿Qué sentido tiene sino hablar de medios? ¿Puede haber medios que no sean medios para algo? La economía toda es un puro medio para algo que no es economía.

Lo que interesaba a Carlos Marx era dejar para siempre determinado que todo lo demás que compone la historia social humana, religión, política, moral son siempre formas de la realidad económica, que no tienen sentido sino referidas a lo económico.

Pues bien el sentido sino las palabras de la obra toda de Carlos Marx, consiste en afirmar que la religión, la política, la moral, el derecho no son sino formas diversas de una y única materia; la historia humana se compone, pues, de una materia que va pasando sucesivamente por aquellas formas: la materia es lo económico, la producción. Por esto, cometiendo un quid pro quo, se ha llamado materialismo a la idea de Marx.

La época actual se caracteriza porque la materia económica, es decir, la producción, el producto, se verifica merced a la conjunción de dos factores que cada vez se hacen más independientes el uno del otro. En la Edad Media el artesano producía la pieza con instrumentos propios. Hoy los dos factores del producto se van diferenciando en terrible progresión: el artesano solo puede dar su trabajo, y de artesano pasa a ser obrero. Los instrumentos de elaboración han huido de manos de quien los manejaba y hacinados en gigantescos acervos se llaman capital. Carlos Marx ha referido este éxodo de los instrumentos de producción de manos del artesano al almacén del propietario y ha llamado a esta época era del capitalismo.

Pero lo esencial del capitalismo no es la existencia del capital: capital siempre ha habido y habrá siempre, pues siempre ha habido y siempre habrá instrumentos de producción; lo característico del capitalismo no es el capital, sino los capitales. Una multiplicidad de capitales poseen hoy los medios de elaboración y por el mismo hecho de ser muchos son forzados a la concurrencia. Esta concurrencia produce dos efectos: uno la depauperación progresiva del obrero; otro, lo que se ha llamado acumulación y concentración de los capitales. En aquella concurrencia, en efecto, los capitales menos fuertes son absorbidos unos por otros y los propietarios de estos capitales asimilados van a engrosar las densas filas proletarias.

Los dos factores que componen el producto económico tienen, pues, intereses contradictorios; y esta terrible hostilidad de estos conceptos metafísicos que llamamos capital y trabajo desciende a la realidad terrestre y, como una espada, taja la casta maligna de los hombres en dos porciones antagónicas; de un lado los que trabajan, de otro los que poseen. La unidad del hombre no existe: hay dos clases de hombres, hay dos clases que luchan entre si precisamente porque tienen que vivir en conjunción para producir. Mejor que yo conocéis todos, esta institución marxista denominada lucha de clases. Carlos Marx ha visto que esa lucha era la realidad histórica, y que lo más discreto era organizar científicamente esa lucha: así nació el partido socialista, el arma política del cuarto estado.

Pero en verdad señores, que este socialismo es muy viejo: hace veinticuatro siglos que Platón, allá en Atenas, escribió estas palabras: “¿A qué hablamos de la ciudad? ¿No es por ventura cada ciudad dos ciudades que viven juntas en perpetua lucha, la ciudad de los pobres y la ciudad de los ricos?”

La lucha de clases como medio para socializar la producción constituye el marxismo. Esto se os ha enseñado y yo no tengo ni un acento que corregir en ello. Todo ese marxismo –aparte ciertas teorías particulares económicas sustentadas en la obra de Marx y que son técnicamente erróneas-todo ese marxismo, lo admito y lo defiendo. No hay, pues, cuidado de que aparezca como un antimarxista, como un anti-vosotros.

Pero… todo ese marxismo, señores, es como si dijéramos el último capítulo de mi socialismo, de mi credo socialismo.

Ya habéis visto que el socialismo empieza mucho antes que Marx. Yo protesto enérgicamente contra esa falsificación de la verdad que pretende reducir al marxismo todo el socialismo. Es el socialismo harto grande cosa para que hayan podido traerlo al mundo solos dos hombres, aun cuando ellos fueran tan recios como los del gigante judío de la cabellera abundosa. Marx, señores, es, no más, un socialista; Marx, señores, no es un marxista; como Jesús de Nazareth no fue un católico, apostólico, romano.

Es falso que los triunfos del socialismo se deban solo a la lucha de clases y a la fatalidad de la evolución económica. El sentido del magnífico triunfo socialista, su fuerza, aparecen claros si recordáis como empezó en la Edad Contemporánea la nueva idea de la sociedad. (Saint-Simon y el pouvoir spirituel. Lo mismo, Lassalle.)

La vida social se compone, como decía antes refiriéndome a Marx, de una materia y de las formas que toma esa materia. La materia social, como ha determinado Stammler, es el problema económico. La vida social no es solo economía: la forma es la organización del problema económico. La vida social no es solo economía, en cada instante está sometida a una serie de leyes, al derecho. Y el derecho es la organización.

Con admirable claridad vio esto Saint-Simon cuando afirmaba que para organizar debidamente lo que el llama el mundo industrial era menester un nuevo poder espiritual. ¿Pero cuál era el viejo? ¿Las organizaciones anteriores, de donde procedían? ¿Cuál era el poder espiritual del antiguo régimen?

Señores, analicemos un poco lo que quería significar Saint-Simon con estas palabras; poder espiritual. No es una fuerza, una imposición física, pues, la llama espiritual. Es algo que hace fuerza al espíritu; aun cuando nuestro intelecto se ve forzado a algo decimos que está convencido. Poder espiritual será aquello que tenga fuerza para convencernos. ¿Y cuál era la fuente de convicciones del antiguo régimen?

Sabéis que las ciencias son las soluciones que damos a los problemas que el mundo nos ofrece.

Lo que llamamos astros nos ofrecen un problema que vamos resolviendo en una solución que llamamos astronomía. Ahora bien, para resolver un problema buscamos un principio que nos lo vaya explicando. Lo importante en toda ciencia es, pues, el principio en que se funda.

Pero las ciencias forman una admirable arquitectura apoyándose unas en otras, hasta llegar a una última en que se apoyan todas las demás. De la fuerza de convicción que esta tenga depende todo el resto.

La economía es organizada por el derecho; la ciencia del derecho se apoya en la moral, etc.

El antiguo régimen se fundó en la Edad Media: en ella había supuestas ciencias; todas se apoyaban en la teología o religión; del vigor de esta dependía el vigor de toda la organización del antiguo régimen.

No puedo detenerme en describiros lo que es la religión: era el conjunto de los principios más generales de explicación del universo y de los principios fundamentales de la moral. Dios como creador y legislador moral; es decir, social: “Siempre que estéis juntos me hallareis entre vosotros.” Las palabras divinas fueron los últimos apoyos de la organización social mientras los hombres vivían convencidos de la religión. La religión, durante siglos innumerables, constituyó el poder espiritual: Dios fue el gran socializador, constructor de comunidad, de sociedad; los hombres se aunaban, comulgaban, se socializaban en la fe. Eran hijos de Dios y súbditos del Rey, su representante en la tierra. Los derechos y obligaciones que constituyen el tejido social se basan en última instancia sobre la enorme columna mística del Dios.

La convicción religiosa es una convicción primitiva, torpe, sentimental. Cuando Saint-Simon vino al mundo hallo que ya no existía, y la sociedad comenzaba a descomunicarse, a disgregarse. Pero una nueva forma de convicción había ido ganando terreno, la convicción por razones y no por sentimientos; la convicción científica, la cultura. Este es para Saint-Simon el nuevo poder espiritual que ha de organizar a los hombres. Mas como para nosotros la palabra espíritu tiene un sabor mitológico, llamémosle, si queréis, poder ideal. Cultura no es una palabra vaga: cultura es cultivo científico del entendimiento en cada hombre, de su moralidad, de sus sentimientos. Es, pues, preciso para que la cultura sea verdaderamente el poder espiritual, reconstruir la sociedad, que todos los hombres participen de ella y que las instituciones se transformen de manera que todos puedan ser cultos.

Un poeta burlesco francés decía:

Cuando se tiene con qué pagar la casa

Se puede pensar en practicar la virtud.

Por eso, lo primero que hay que procurar es hacer más justa la economía social.

El hombre es hombre en tanto en cuanto es capaz de ciencia y de virtud, de cultura. Este es el sentido grandioso del socialismo iniciado por Saint-Simon; este es contenido inagotable de la idea de democracia: es preciso que se coloque a todos los hombres en condiciones de ser plenamente hombres. Hombre no es el que come mejor; hombre es el que piensa y se comporta con rígida moralidad. El comer, el vestir, todo lo económico no es ms que un medio para la cultura.

La cultura se va imponiendo: es el poder espiritual moderno. Gracias a que las gentes, educadas por la ciencia, se han convencido de que es un deber hacer participar a todos los hombres en la cultura, han apoyado directa o indirectamente a los partidos socialistas.

El derecho al producto íntegro del trabajo que pide vuestro partido no es sino un medio para que conquistéis otro derecho: el derecho a la cultura integral humana.

Es preciso que junto a la jornada mínima pidáis, con la misma energía, la escuela única.

El socialismo de Marx es, como veis, solo el medio para conquistar el socialismo cultural. La socialización de los instrumentos de producción es el medio para conquistar el socialismo cultural. La socialización de los instrumentos de producción es el medio para socializar la ciencia, la virtud. La cultura viene a sustituir la idea mitológica de Dios con su función de socializador.

Es tal la conexión indisoluble entre socialismo y cultura que la fuerza de aquel depende de la cultura de cada pueblo. Y los clericales son los representantes de la incultura, los que pretenden oponer al nuevo poder espiritual aquel viejo poder impotente.

Aparte de su misión general humana e internacional, tiene el socialismo en España esta ilustrísima tarea que cumplir: imponer la cultura; es decir, la seriedad científica, la justicia social. El partido socialista tiene que ser el partido europeizador de España.

Para esto iremos juntos a la campaña, pero no de un modo puramente negativo: no la lucha por la lucha, sino la guerra para implantar e imponer una paz más fuerte sobre la tierra; no para enemistar, separar, disgregar, sino para construir sociedad, comunidad, fraternidad; para lograr la gran amistad: vayamos a la guerra con ideas de paz.

Ahora bien, otra de las afirmaciones fundamentales del socialismo, es que esa amistad, esa sociedad, esa comunidad, solo es posible si nos hacemos todos trabajadores: no hay comunidad más firme que la comunidad del trabajo. Fuera de la comunidad el hombre no es hombre, es a lo sumo un orangután. La comunidad verdadera es la comunidad del trabajo. He aquí, pues, que el deber primario del hombre es ser un trabajador. Trabajador es el nombre del hombre moderno decía Michelet.

No solo oponemos a los clericales, frente a sus dogmas, nuestra ciencia, sino frente a su moral una moral mas rígida, una moral que no admite los compromisos ni los perdones ni las indulgencias, una moral que no se limita a vivir dentro de los individuos, sino que nos lleva a reformar y hacer más justas las ciudades. El socialismo, antes y más que una necesidad económica, es un deber, una virtud, una moral: es la veracidad científica, es la justicia. ¿Qué es la justicia, sino la caridad científica superando la caridad sentimental del Evangelio?

Ved aquí la otra misión capital del socialismo: hacer laica la virtud. Ya las gentes van sabiendo que cuando son elegidos para los ayuntamientos concejales socialistas, el barómetro de la honorabilidad municipal asciende y marca buen tiempo. Esto es, señores, mi socialismo: el socialismo idealista expuesto en un rudo esquema.

Socialización de la cultura, comunidad del trabajo, resurrección de la moral: esto significa para mi democracia.

Recuerdo los versos a la democracia de Walt Whitman, el gran poeta norteamericano que fue por el mundo vagabundeando y cantando en mangas de camisa todas las cosas nobles.

Ven, quiero hacer indisoluble el Continente.

Quiero prepara la generación más poderosa que ha 

alumbrado el sol

divinas, magnéticas tierras quiero preparar

con el amor de compañeros,

compañerismo quiero plantar, como arboles espesos,

junto a todos los ríos de américa y a lo largo de las riberas,

de los grandes mares, y sobre todas las praderas.

Inseparables ciudades quiero preparar,

Que entrelacen sus brazos unas a otras sobre sus hombros,

Con el amor de compañeros.

Con el noble amor de compañeros

Esto te prometo, oh, democracia.

“ma femme”: para servirte,

Para ti, para ti canto yo estas canciones.

No, el socialismo no puede contentarse con hablar mal de los curas, con fustigar sus torpes costumbres y su gótica barbarie, con hacer estadísticas de los millones de pesetas que heredan anualmente estos buenos padres jesuitas, mis antiguos e inverecundos maestros; si esto tiene que hacerlo el socialismo, ha de hacerlo con tristeza, como conviene a tan grosera labor: Hércules al limpiar los establos de Augias debió apretarse las narices. Pero no, el ser anticlericales no puede significar para nosotros eso. ¿Quién se atreverá a reducir esta nueva emergencia humana del socialismo a menesteres policíacos y de maledicencia? No, no; nuestra manera de ser anticlericales ha de ser decirles: Henos aquí, torvos y estériles señores, henos aquí que suscitamos sobre la tierra una nueva idealidad más fecunda y enérgica que la vuestra; henos aquí en perpetuo uso y ejercicio de las rígidas virtudes modernas, virtudes dotadas de plena vitalidad y no muertas o paraliticas o comprometidas y blandas como las vuestras caducas. 

Vosotros os llamáis representantes del espíritu; pero el espíritu es no más que una forma más sutil de la materia, y así vuestro espiritualismo es, al cabo, materialismo. Frente a vuestro espíritu que es en verdad materia evaporada, materia volatilizada, nosotros traemos y afirmamos la única cosa que no es materia: la idea. Aportamos una concepción científica de la naturaleza y de la política, una visión más precisa y vigorosa de la moral, un sentimiento de mayor densidad estética. Traemos, señores, a España la justicia y la seriedad. Traemos una nueva religión; traemos la sublime eucaristía: traemos la cultura.