El patriarcado nació con la propiedad privada y morirá con ella

de POR- Argentina

Podría creerse que patriarcado y capitalismo son dos cosas distintas, en la medida en que el patriarcado tiene miles de años de antigüedad y el capitalismo es relativamente “reciente”. La realidad es que los une un nexo indisoluble, no pudiendo existir el uno sin el otro. 

El patriarcado es un producto de la propiedad privada de los medios de producción, es la forma de organización económica, sexual y familiar que permite la acumulación de la propiedad en pocas manos a lo largo de generaciones. La antropología descubrió hace tiempo ya que en aquellas tribus donde no existe la explotación del trabajo, subsiste, en diferentes grados, un derecho materno que podemos suponer previo al surgimiento del patriarcado. 

El derecho materno significa que las personas y las cosas pertenecen al clan (o la “familia”) de la madre. Existen innumerables estudios que indican que las mujeres no siempre estuvimos en una posición de opresión respecto a los hombres. En los comienzos de la humanidad, previo a la existencia de la propiedad privada y la explotación del trabajo, que Engels denomina “comunismo primitivo”, las mujeres gozábamos de todos los derechos y no existía opresión. No era posible tal cosa porque no existían las condiciones materiales para que un grupo de la sociedad se separara del resto y viviera del trabajo ajeno.

A medida que se fueron desarrollando los medios de producción, particularmente la agricultura y la cría de animales, fue posible producir un excedente, es decir, la posibilidad de que algunos individuos se apropien de éste y puedan vivir del trabajo ajeno, dando nacimiento a la división de la sociedad en clases antagónicas y del Estado como monopolio de la represión para defender los privilegios de la clase dominante.

Los hombres se convirtieron en dueños del ganado y de los instrumentos de trabajo, pero la acumulación, el aumento de la propiedad privada, encontró como obstáculo el derecho materno: los hijos pertenecían al clan de la madre, no del padre, y por lo tanto, no heredaban de él. 

Estos cambios económicos trastocaron todo el ordenamiento familiar y sexual. Con el objetivo de que la propiedad permaneciera en la misma familia del padre se impuso la monogamia para las mujeres (pero no así para los hombres o para el jefe de la tribu), y finalmente las mujeres fuimos reducidas a la esclavitud doméstica. Como señala Engels: “La abolición del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó las riendas también en la casa y la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción”.

Así nació el patriarcado, como la forma de organización social (y por tanto sexual y familiar) que mejor se correspondía con la existencia de la propiedad privada, su acumulación y la explotación del trabajo. El patriarcado nació junto a la propiedad privada, y el capitalismo es la forma moderna de la propiedad privada, su expresión última y máselevada.

A determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas, y relaciones de producción le corresponde determinado tipo de familia. En nuestro continente el patriarcado como lo conocemos hoy y la explotación capitalista fueron impuestos por el colonialismo de España y Portugal, que se apoyó en las estructuras de dominación previas que encontraron. Mediante la intervención de la Iglesia Católica, se impuso su cultura estructurando a la fuerza la familia monogámica, que se fue consolidando a lo largo de los siglos, arrojando a las mujeres a la servidumbre del hogar.

El desarrollo de la gran industria por el capitalismo sentó las bases materiales para acabar con la propiedad privada y el patriarcado. Así como la producción se ha vuelto cada vez más colectiva, volviendo supérflua la existencia del patrón, la incorporación de las mujeres a las fábricas, los oficios y profesiones, ha herido de muerte al patriarcado. Buena parte de los trabajos que realizábamos las mujeres en el ámbito doméstico, como la confección de ropa, ahora es realizada en fábricas, de un modo mucho más eficiente. 

Sin embargo si aún existe la opresión sobre las mujeres es porque el capitalismo es incapaz de desarrollar esta tendencia hasta el final. La desocupación crónica que deja a millones sin trabajo es un obstáculo para la incorporación de todas las mujeres al trabajo y con ello a su independencia económica. Las mujeres seguimos estando a cargo de las tareas domésticas y del cuidado de los niños porque a la clase dominante y a su Estado les resulta más barato que poner jardines para todos. Los capitalistas se aprovechan de la histórica opresión que sufrimos para pagarnos salarios inferiores por el mismo trabajo. Cada vez que nos reducen el salario nos están obligando a intensificar el trabajo doméstico para poder sobrevivir.

Hay quienes creen que esto podría resolverse “repartiendo mejor” el trabajo doméstico con los hombres, pero esta respuesta no solo es individualista y utópica, sino que sencillamente deja por fuera a las millones de mujeres que nos hacemos cargo solas de la casa y de los chicos. ¿Y qué hacer si el hombre trabaja 10, 12 o 14 horas? Nuestra lucha no es contra los hombres, sino contra los capitalistas, contra los que están interesados en la existencia de la explotación del trabajo y la opresión sobre las mujeres.

Aun si lográramos la plena igualdad legal con respecto a los hombres, para las mujeres proletarias y oprimidas seguirá existiendo una desigualdad real. Solo la lucha de clases, por la revolución y dictadura proletarias, por el socialismo, puede acabar con este estado de cosas, acabando con la desocupación, incorporando a todas las mujeres al trabajo, socializando las tareas domésticas y el cuidado de los niños, garantizando la independencia económica por medio del salario mínimo igual a lo que cuesta vivir.

Para acabar con el patriarcado es necesario acabar con el capitalismo, destruyendo aquello que le dio origen: la propiedad privada. Transformarla en propiedad colectiva para poner los grandes medios de producción al servicio de las necesidades de las grandes mayorías.