Isaac Deutscher: «1984» El misticismo de la crueldad

Pocas novelas escritas en esta generación han conseguido una popularidad tan grande como 1984 de Orwell. Quizá ninguna otra haya hecho un impacto similar en la política. El título de la obra de Orwell es un término de oprobio político. Palabras acuñadas por él — ”neodecir”, ”viejo­decir”, ”mutabilidad del pasado”, ”ministerio de la Verdad”, ”policía del pensamiento”, ”crimino­pensar”, ”doblepensar”, ”semanade-odio”, etc. — han entrado en el vocabulario político; aparecen en la mayoría de los artículos periodísticos y los discursos antirrusos y anticomunistas. La televisión y el cine han familiarizado a un público de muchos millones de personas, a ambos lados del Atlántico, con la cara amenazadora del ”Gran Hermano”, y la pesadilla de una ”Oceanía” supuestamente comunista. La novela ha servido como una especie de superarma ideológica en la guerra fría. Como en ningún otro libro o documento, el miedo convulsivo al comunismo, que ha barrido al Occidente desde la terminación de la segunda guerra mundial, ha tenido su reflejo y su foco en 1984.

La guerra fría ha producido una ”demanda social” de tales armas ideológicas lo mismo que ha producido la demanda de superarmas físicas. Pero las superarmas son genuinas proezas de la tecnología; y no puede haber discrepancia entre el empleo al que pueden destinarse y la intención de sus productores: están destinadas a extender la muerte, o, al menos, a amenazar con una destrucción total. En cambio, un libro como 1984 puede ser utilizado sin mucha consideración hacia las intenciones de su autor. Algunos de sus aspectos pueden ser arrancados de su contexto, mientras que otros, que no se ajustan al propósito político a cuyo servicio se ha puesto el libro, son ignorados o virtualmente suprimidos. Y un libro como 1984 no necesita ser una obra maestra literaria, ni siquiera una obra importante y original, para producir su impacto. En verdad, una obra de gran valor literario suele ser demasiado rica en su textura y demasiado sutil en forma y pensamiento para prestarse a una explotación adventicia. Por regla general, sus símbolos no pueden ser fácilmente transformados en focos hipnotizantes, ni sus ideas convertidas en eslóganes. Las palabras de un gran poeta, cuando entran en el vocabulario político, lo hacen mediante un proceso de infiltración lento, casi imperceptible, no en una incursión frenética. La obra maestra literaria influye en la mentalidad política mediante su fertilización y enriquecimiento desde dentro, no aturdiéndola.

1984 es la obra de una imaginación intensa y concentrada, pero también atemorizada y restringida. Un crítico hostil la ha despreciado como ”historieta de horror político”, lo cual no es una descripción justa. En la novela de Orwell hay ciertos estratos de pensamiento y sensibilidad que la ponen a un nivel francamente más alto que el que sugiere aquella etiqueta. Pero es verdad que el simbolismo de 1984 es grosero y tosco; que su símbolo principal, el Gran Hermano, se parece al hombre malo de un cuento infantil desprovisto de arte; y que la narración de Orwell desarrolla algo como un argumento de película de ”cienciaficción” de clase vulgar, con horrores mecánicos amontonados sobre horrores mecánicos, hasta tal punto que, en definitiva, las ideas más sutiles de Orwell, su simpatía por sus personajes y su sátira de la sociedad de sus días (no de 1984) pueden no llegar a comunicarse al lector. 1984 no parece justificar el que se llame a Orwell el Swift de nuestro tiempo, título al que Animal Farm da alguna justificación. A Orwell le falta la riqueza y sutilidad de pensamiento, y la imparcialidad filosófica del gran satírico. Su imaginación es feroz y a veces penetrante, pero carece de amplitud, flexibilidad y originalidad.

Podemos ilustrar la falta de originalidad con el hecho de que Orwell tomó la idea de 1984, la trama argumental, los personajes principales, los símbolos y todo el clima de su narración, de un escritor ruso que ha permanecido casi ignorado en el Occidente. Ese escritor es Evgenii Zamiatin, y el título del libro que sirvió de modelo a Orwell es Nosotros. Como 1984, Nosotros es una ”antiutopía”, una visión de pesadilla del futuro y un lamento de Casandra. La obra de Orwell es una variación plenamente inglesa sobre el tema de Zamiatin: y quizás el carácter enteramente inglés de la perspectiva de Orwell es lo que da a 1984 la originalidad que posee.

Pueden no estar fuera de lugar aquí algunas palabras sobre Zamiatin. En la vida de los dos escritores hay algunos puntos semejantes. Zamiatin pertenece a una generación anterior: nació en 1884 y murió en 1937. Sus primeros escritos, como algunos de los de Orwell, fueron descripciones realistas de la clase media baja. En su experiencia de la revolución rusa de 1905, Zamiatin desempeñó aproximadamente el mismo papel que Orwell desempeñó en la guerra civil de España. Participó en el movimiento revolucionario, fue miembro del partido socialdemócrata ruso (al que todavía pertenecían bolcheviques y mencheviques) y fue perseguido por la policía zarista. Cuando bajó la marea de la revolución, sucumbió a un talante de ”pesimismo cósmico”; y rompió con el partido socialista, cosa que Orwell, menos consecuente, e influido hasta el final por una prolongada lealtad al socialismo, no hizo. En 1917, Zamiatin veía la nueva revolución con ojos fríos y desilusionados, convencido de que nada bueno saldría de ella. Tras un breve encarcelamiento, el gobierno bolchevique le permitió marchar al extranjero; y fue en París, emigrado, donde escribió, al empezar la década de los veinte, su Nosotros.

La afirmación de que Orwell ha tomado de Zamiatin los principales elementos de 1984 no es la adivinación de un crítico con habilidad para rastrear influencias literarias. Orwell conoció la novela de Zamiatin y quedó fascinado por ella. A propósito de la misma escribió un ensayo, que apareció en una publicación socialista de izquierda, Tribune, de la que Orwell era director literario, el 4 de enero de 1946, recién editada Animal Farm, y antes de que el propio Orwell comenzase a escribir 1984. El ensayo es notable, no solamente como un testimonio concluyente, proporcionado por Orwell mismo, sobre el origen de 1984, sino también como comentario a la idea que subyace tanto a Nosotros como a 1984.

Orwell inicia su ensayo con la declaración de que, después de haber buscado en vano durante años la novela de Zamiatin, había finalmente conseguido una edición francesa (titulada Nous autres), y que le había sorprendido que no hubiera sido publicada en Inglaterra, aunque en los Estados Unidos había aparecido una edición, que no había suscitado gran interés. ”Hasta donde yo soy capaz de juzgar — continúa Orwell — no se trata de un libro de primer orden, pero es, ciertamente, desacostumbrado, y resulta sorprendente que ningún editor inglés haya sido lo bastante emprendedor para reeditarlo.” (El ensayo concluía con estas palabras: ”Es un libro que habrá que buscar cuando aparezca una edición inglesa”.)

Orwell advirtió que Un mundo feliz, de Huxley, ”tiene que derivar en parte” de la novela de Zamiatin, y se preguntaba por qué ”eso no ha sido nunca advertido”. El libro de Zamiatin era, en su opinión, muy superior y más ”pertinente a nuestra propia situación” que el de Huxley. Trata de ”la rebelión del espíritu humano primitivo contra un mundo racionalizado, mecanizado y sin dolor”.

”Sin dolor” no es la expresión adecuada: el mundo de la visión de Zamiatin está tan lleno de horrores como el de 1984. El propio Orwell presentaba en su ensayo un sucinto catálogo de aquellos horrores, de modo que el ensayo parece ofrecer una sinopsis de 1984. Los miembros de la sociedad descrita por Zamiatin, dice Orwell, ”han perdido de una manera tan completa su individualidad que se les conoce solamente por números. Viven en casas de vidrio … que permiten a los policías políticos, como los guardianes, supervisarles con mayor facilidad. Todos visten uniformes idénticos, y el modo común de hacer referencia a un ser humano es `un número’, o `un unif’ (uniforme)”. Orwell observa entre paréntesis que Zamiatin escribió ”antes de que se inventase la televisión. En 1984 se introduce ese refinamiento tecnológico, así como los helicópteros, desde los cuales la policía supervisa los hogares de los ciudadanos de ”Oceanía” en los pasajes iniciales de la novela. En la sociedad futura de Zamiatin, como en 1984, el amor está prohibido: el trato sexual está estrictamente racionado, y sólo se permite como un acto no emocional. El Estado único es gobernado por una persona conocida por ”el Benefactor”, precedente obvio del Gran Hermano.

”El principio-guía del estado es que felicidad y libertad son incompatibles… El Estado único ha restablecido la felicidad del hombre, suprimiendo la libertad.” Orwell describe al personaje principal de Zamiatin como ”una especie de utópico Billy Brown de la ciudad de Londres”, que está ”constantemente horrorizado por los impulsos atávicos que se apoderan de él”. En la novela de Orwel, ese utópico Billy Brown lleva por nombre Winston Smith, y su problema es el mismo.

También por lo que respecta al principal motif de su argumento está Orwell en deuda con el escritor ruso. Veamos la definición del propio Orwell: ”A pesar de la educación y de la vigilancia de los guardianes, muchos de los antiguos instintos humanos están aún presentes”. El personaje principal de la obra de Zamiatin ”se enamora (lo cual es, desde luego, un crimen) de I-330”, lo mismo que Winston Smith comete el crimen de enamorarse de Julia. En la novela de Zamiatin, como en la de Orwell, el asunto amoroso se mezcla con la participación del héroe en un ”movimiento de resistencia clandestino”. Los rebeldes de Zamiatin ”aparte de conspirar para derrocar el estado, se entregan también, cuando bajan las cortinas, a vicios tales como fumar cigarrillos y beber alcohol”; Winston Smith y Julia se permiten beber ”verdadero café con verdadero azúcar” en su escondrijo sobre la tienda de Charrington. En ambas novelas el crimen y la conspiración son, desde luego, descubiertos por los guardianes, o la policía de pensamiento; y en ambas el héroe es ”finalmente salvado de las consecuencias de su propia locura”.

La combinación de ”curación” y tortura, por la que los rebeldes de Zamiatin y de Orwell son ”liberados” de sus impulsos atávicos, hasta que empiezan a amar al Benefactor, o al Gran Hermano, son sumamente parecidas. En Zamiatin:

”Las autoridades anuncian que han descubierto la causa de los recientes desórdenes: es que algunos seres humanos sufren de una enfermedad llamada imaginación. El centro nervioso responsable de la imaginación ha sido localizado, y la enfermedad puede ser curada mediante un tratamiento de rayos X. D-503 sufre la operación, después de lo cual le es fácil hacer lo que siempre ha sabido que debería hacer: delatar a la policía a sus camaradas de conspiración”.

En ambas novelas el acto de la confesión y la traición de la mujer a la que el héroe ama son los shocks curativos.

Orwell cita la siguiente escena de tortura de la obra de Zamiatin:

”Ella me miraba, con las manos apretadas en los brazos del sillón, hasta que los ojos se le cerraron por completo. Se la llevaron de allí, la volvieron en sí por medio de un electroshock y volvieron a colocarla bajo la campana. La operación se repitió durante tres veces, y ni una sola palabra salió de sus labios”.

En las escenas de tortura de Orwell se dan abundantemente los electroshocks y los brazos de sillón, pero Orwell es mucho más intenso y sadomasoquista en sus descripciones de la crueldad y el dolor. Por ejemplo:

”Sin ninguna advertencia, a no ser un ligero movimiento de las manos de O’Brien, una onda de dolor salió de su cuerpo. Era un dolor espantoso, porque él no podía ver lo que sucedía, y tenía la sensación de que se le estaba haciendo algún daño mortal. No sabía si la cosa estaba ocurriendo realmente o si el efecto se producía eléctricamente; pero su cuerpo había sido violentamente retorcido hasta quedar deformado, sus articulaciones estaban siendo lentamente desgarradas. Aunque el dolor le cubría la frente de sudor, lo peor de todo era el miedo de que su espinazo estaba a punto de estallar. Apretaba los dientes y respiraba con dificultad por la nariz, tratando de guardar silencio el mayor tiempo posible.”

La lista de los puntos en que Orwell copia a Zamiatin está lejos de ser completa; pero dejemos ahora la trama de las dos novelas para ocuparnos de su idea de fondo. Al comparar a Zamiatin con Huxley, Orwell dice:

”Es su captación intuitiva del lado irracional del totalitarismo (el sacrificio humano, la crueldad como un fin en sí, el culto a un jefe al que se conceden atributos divinos) lo que hace al libro de Zamiatin superior al de Huxley”.

Y eso mismo es, podemos añadir nosotros, lo que le hace modelo del de Orwell. Al criticar a Huxley, Orwell escribe que no sabía encontrar ninguna razón clara para que la sociedad de Un mundo feliz estuviese tan rígida y elaboradamente estratificada:

”La finalidad no es la explotación económica … no hay hambre de poder, ni sadismo, ni ninguna clase de dureza. Los que están arriba no tienen ningún motivo fuerte para estar arriba, y, aunque todo el mundo es feliz, de una manera vacía, la vida se ha hecho tan insustancial que es difícil que tal sociedad pudiera mantenerse” (el subrayado es mío).

En contraste, la sociedad de anti-utopía de Zamiatin podría durar, según la opinión de Orwell, porque en ella el supremo motivo de acción y la razón de la estratificación social no es la explotación económica, para la que no hay necesidad, sino precisamente ”el hambre de poder, sadismo y dureza” de los que ”están arriba”. Es fácil reconocer en eso el leitmotiv de 1984.

En ”Oceanía” el desarrollo tecnológico ha alcanzado un nivel tan alto que la sociedad podría satisfacer perfectamente todas sus necesidades materiales y establecer la igualdad. Pero la desigualdad y la pobreza se mantienen para conservar en el poder al Gran Hermano. En el pasado, dice Orwell, la dictadura salvaguardaba la desigualdad; ahora la desigualdad salvaguarda la dictadura. Pero ¿a qué propósito sirve, a su vez, la dictadura?

”El partido quiere el poder simplemente por el poder … el poder no es un medio, es un fin. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura. El objeto de la persecución es la persecución … El objeto del poder es el poder.”

Orwell se preguntaba si Zamiatin ”pretendía que el régimen soviético fuese el objetivo especial de su sátira”. No estaba seguro de eso.

”A lo que Zamiatin parece apuntar no es a una nación particular, sino a los objetivos implícitos de la civilización industrial … Nosotros evidencia que Zamiatin tenía una fuerte inclinación al primitivismo … Nosotros es, en efecto, un estudio de la Máquina, el genio al que el hombre, irreflexivamente, ha hecho salir de su botella, y al que no puede volver a encerrar en ésta.”

También en 1984 es patente esa ambigüedad en las intenciones del autor.

La conjetura de Orwell sobre Zamiatin era correcta. Aunque Zamiatin se oponía al régimen soviético, lo que él satirizaba no era, ni exclusiva ni principalmente, dicho régimen. Como observó acertadamente Orwell, la Rusia soviética de los primeros años tenía pocos rasgos en común con el supermecanizado estado de la anti-utopía de Zamiatin. La inclinación de éste hacia el primitivismo estaba en línea con una tradición rusa, con la eslavofilia y la hostilidad hacia el Occidente burgués, con la glorificación del mujik y de la vieja Rusia patriarcal, con Tolstoi y Dostoyevski. Hasta en su condición de emigrado, Zamiatin estaba desilusionado del Occidente, a la manera rusa. A veces pareció medio reconciliado con el régimen soviético, cuando éste estaba ya produciendo su Benefactor, en la persona de Stalin. En la medida en que dirigía los dardos de su sátira contra el bolchevismo, lo hacía sobre la base de que éste estaba empeñado en reemplazar la vieja Rusia primitiva por la sociedad moderna, mecanizada. De un modo bastante curioso, Zamiatin situó su historia en el año 2600; y parecía decir a los bolcheviques: ése será el aspecto de Rusia, si conseguís dar a vuestro régimen el fondo de la tecnología occidental. En Zamiatin, como en algunos otros intelectuales rusos desilusionados del socialismo, el anhelo añorante de los modos primitivos de pensamiento y vida era natural, por cuanto el primitivismo estaba todavía muy vivo en el trasfondo ruso.

En Orwell no había ni podía haber esa auténtica nostalgia de la sociedad pre-industrial. El primitivismo no tenía parte alguna en su experiencia, a no ser durante su estancia en Birmania, donde le atrajo fuertemente. Pero Orwell estaba aterrorizado por los usos que podrían dar a la tecnología hombres dispuestos a esclavizar a la sociedad; y, así, también él llegó a poner en cuestión y satirizar ”los objetivos implícitos de la civilización industrial”.

Aunque su sátira está más claramente dirigida contra la Unión Soviética que la de Zamiatin, Orwell veía también elementos de su ”Oceanía” en la Inglaterra de su propio tiempo, para no hablar de-los Estados Unidos. En realidad, la sociedad de 1984 encarna todo lo que él odiaba, todo lo que le disgustaba en su propia circunstancia: la gris monotonía del suburbio industrial inglés, la ”mugrienta, tiznada y hedionda” fealdad de lo que trataba de recoger en su estilo naturalista, reiterativo, opresivo: el racionamiento de la comida y los controles gubernativos que conoció en la Gran Bretaña en guerra; la ”basura de periódicos que apenas contienen otra cosa que deportes, crímenes, astrología, sensacionales noveluchas baratas, películas encenagadas en el sexo”. Orwell sabía bien que en la Rusia stalinista no existían periódicos de ese tipo, y que los defectos de la prensa stalinista eran de una especie enteramente diferente. El ”neodecir”, mucho más que una sátira del lenguaje stalinista, lo es de la jerga estereotipada del periodismo anglo-norteamericano, que él detestaba, y con el que, como periodista en activo, estaba familiarizado.

Es fácil señalar los rasgos del partido de 1984 que satirizan al partido laborista británico más que al partido comunista soviético. El Gran Hermano y sus secuaces no hacen intento alguno de adoctrinar a la clase obrera, una omisión que Orwell habría sido el último en referir al stalinismo. Sus proletarios ”vegetan”: ”mucho trabajo, disgustos mezquinos, películas, juego … llenan su horizonte mental”. Como los periódicos-basura y las películas encenagadas en el sexo, el juego, el nuevo opio del pueblo, pesa poco en la escena rusa. El ministerio de la Verdad es una transparente caricatura del ministerio de Información de Londres durante la guerra. El monstruo de la visión de Orwell, como toda pesadilla, está hecho de toda clase de rostros, rasgos y formas, familiares y no familiares. El talento y la originalidad de Orwell se hacen patentes en los aspectos domésticos de su sátira. Pero en la boga alcanzada por 1984 esos aspectos apenas han sido notados.

1984 es un documento de oscura desilusión, no sólo por el stalinismo, sino por todas las formas y esquemas de socialismo. Es un grito salido del abismo de la desesperación. ¿Qué es lo que sumergió a Orwell en tal abismo? Fue, sin ninguna duda, el espectáculo de las grandes purgas stalinistas de 1936-38, cuyas repercusiones experimentó él en Cataluña. Como hombre sensible e íntegro no podía reaccionar ante aquellas purgas más que con ira y horror. Su conciencia no podía ser calmada por las justificaciones y sofismas stalinistas, que por entonces calmaron la conciencia de, por ejemplo, Arthur Koestler, escritor de gran brillantez y complejidad, pero inferior en resolución moral. Las justificaciones y sofismas stalinistas estaban al mismo tiempo por debajo y por encima del nivel de razonamiento de Orwell: estaban por debajo y por encima del sentido común y el empirismo obstinado del Billy Brown de la ciudad de Londres, con el que Orwell se identificaba incluso en sus momentos más rebeldes o revolucionarios. Estaba ultrajado, conmocionado, sacudido en sus creencias. Nunca había sido miembro del partido comunista. Pero, como adicto al semi-trotskista P.O.U.M., había aceptado tácitamente, a pesar de todas sus reservas, una cierta comunidad de propósitos y una solidaridad con el régimen soviético; a través de todas sus vicisitudes y transformaciones, que eran para él algo oscuras y exóticas.

Las purgas y sus repercusiones en España no solamente destruyeron aquella comunidad de propósitos, no solamente le hicieron ver la brecha entre stalinistas y anti-stalinistas, que se abría súbitamente en el interior de la España republicana en guerra. Ese efecto inmediato de las purgas era poca cosa al lado del ”lado irracional del totalitarismo: sacrificios humanos, crueldad como un fin en sí, el culto de un jefe” y ”el color de las siniestras civilizaciones esclavistas del mundo antiguo” que se extendía sobre la sociedad contemporánea.

Como la mayoría de los socialistas británicos, Orwell no había sido nunca marxista. La filosofía del materialismo dialéctico le había parecido siempre demasiado abstrusa. De un modo más instintivo que consciente, había sido un firme racionalista. La distinción entre marxista y racionalista es de alguna importancia. Contrariamente a una opinión muy extendida entre los países anglosajones, la filosofía marxista no es racionalista: el marxismo no supone que los seres humanos estén guiados, por regla general, por motivos racionales, ni que se les pueda persuadir por medio de la razón a que se hagan socialistas. El mismo Marx comienza El Capital con su elaborada investigación filosófica e histórica de los modos de conducta y pensamiento ”fetichista” arraigados en la ”producción de mercancías”, es decir, en el trabajo del hombre para un mercado y en dependencia de éste. La lucha de clases, según Marx la describe, es cualquier cosa antes que un proceso racional. Eso no impide que los racionalistas del socialismo se definan a sí mismos, a veces, como marxistas. Pero el auténtico marxista puede pretender estar mejor preparado que el racionalista para las manifestaciones de la irracionalidad en los asuntos humanos, incluso para manifestaciones tales como las grandes purgas de Stalin. El marxista puede sentirse trastornado o mortificado por ellas, pero no necesita sentirse sacudido en su Weltanschauung, mientras que el racionalista está perdido y desamparado cuando la irracionalidad de la existencia humana le mira súbitamente a la cara. Si se aferra a su racionalismo, la realidad le escapa. Si persigue la realidad y trata de agarrarla, tiene que separarse de su racionalismo.

Orwell persiguió la realidad y se encontró a sí mismo despojado de sus supuestos conscientes e inconscientes sobre la vida. A partir de entonces, su pensamiento no podía apartarse de las purgas. Directa e indirectamente, éstas le proporcionaron los temas de casi todo lo que escribió después de su experiencia en España. Era una obsesión honorable, la obsesión de una mente no inclinada a defraudarse cómodamente a sí misma y a dejar de luchar con un alarmante problema moral. Pero en la lucha con las purgas, la mente de Orwell quedó infectada de la irracionalidad de aquéllas. Se encontró incapaz de explicar lo que había sucedido en términos que le fueran familiares, los términos del sentido común empirista. Al abandonar el racionalismo, fue viendo cada vez más la realidad a través de las gafas oscuras de un pesimismo casi místico.

Se ha dicho que 1984 es la invención de la imaginación de un hombre moribundo. Hay en eso algo de verdad, pero no toda la verdad. Fue, ciertamente, en la última llamarada agonizante y febril de su vida cuando Orwell escribió ese libro. De ahí la extraordinaria, la deslumbradora intensidad de su visión y de su lenguaje, y la casi física inmediatez con que sufría las torturas que su imaginación creadora hacía padecer a su protagonista. Identificaba su propia tambaleante existencia física con el cuerpo decaído y encogido de Winston Smith, al que comunicaba, por así decirlo, su propia agonía. Proyectó los últimos espasmos de su propio sufrimiento en las páginas finales de su último libro. Pero la explicación principal de la lógica interna de la desilusión y el pesimismo de Orwell no se encuentra en la agonía mortal del escritor, sino en la experiencia y el pensamiento del hombre vivo, y en su reacción convulsiva de su racionalismo derrotado.

”Entiendo cómo; no entiendo POR QUÉ”, es el estribillo de 1984. Winston Smith sabe cómo funciona ”Oceanía” y cómo funciona su elaborado mecanismo de tiranía, pero no sabe cuál es su última causa ni su última finalidad. Se dirige en busca de respuesta a las páginas de ”el libro”, el misterioso clásico de ”criminopensar”, que se atribuye a Emmanuel Goldstein, el inspirador de la hermandad conspiratoria. Pero solamente consigue leer aquellos capítulos de ”el libro” que tratan del cómo. La policía de pensamiento cae sobre él justamente cuando está a punto de empezar a leer los capítulos que prometen explicar el PORQUÉ; y la pregunta queda sin respuesta.

Ése fue el problema del propio Orwell. Preguntaba el porqué, no tanto a propósito de la ”Oceania” de su visión cuanto a propósito del stalinismo y las grandes purgas. En un determinado momento buscó la respuesta en Trotski: de Trotski-Bronstein tomó los pocos datos biográficos, e incluso la fisonomía y el nombre judío para Emmanuel Goldstein; y los fragmentos de ”el libro”, que ocupan tantas páginas de 1984, son una paráfrasis patente, aunque no muy lograda, de La revolución traicionada. A Orwell le impresionó la grandeza moral de Trotski, pero al mismo tiempo en parte desconfiaba de éste, y en parte dudaba de su autenticidad. La ambivalencia de su imagen de Trotski encuentra su contrapartida en la actitud de Winston Smith hacia Goldstein. Al final, Smith no puede poner en claro si Goldstein y la hermandad existieron alguna vez en realidad, o si ”el libro” no habría sido una falsificación ideada por la propia policía de pensamiento. La barrera entre el pensamiento de Trotski y él mismo, una barrera que Orwell nunca pudo llegar a romper, era el marxismo y el materialismo dialéctico. Orwell encontró en Trotski la respuesta al cómo, no al porqué.

Pero Orwell no habría podido satisfacerse con un agnosticismo histórico. El era todo menos un escéptico. Su constitución mental era más bien la del fanático, determinado a hallar una respuesta a su pregunta, una respuesta rápida y clara. Le tenían en una tensión llena de desconfianza y sospechas las oscuras conspiraciones maquinadas por ellos contra las buenas costumbres de Billy Brown, de la ciudad de Londres. Ellos, eran los nazis, y los stalinistas … y Churchill, y Roosevelt, y, en definitiva, todos los que tuvieran alguna raison d’état que defender, porque, en el fondo, Orwell era un candoroso anarquista, y, a sus ojos, cualquier movimiento político perdía su ”razón de ser” desde el momento en que adquiría una ”razón de estado”. El analizar un complicado telón de fondo social, el verificar y desenredar marañas de motivos políticos, cálculos, miedos y sospechas, y discernir la condicionante presión de las circunstancias detrás de la acción de aquéllos, eran cosas que estaban fuera de su alcance. Las generalizaciones sobre fuerzas y tendencias sociales, e inevitabilidades históricas, le hacían erizarse de suspicacia. No obstante, sin algunas generalizaciones de ese tipo, adecuada y parcamente empleadas, no es posible dar una respuesta realista a la pregunta que preocupaba a Orwell. Su mirada estaba fija en los árboles, o, mejor dicho, en un solo árbol, puesto ante sus ojos, y estaba casi ciego para ver el bosque. A pesar de lo cual, su desconfianza ante las generalizaciones históricas le condujo finalmente a adoptar y abrazar la más vieja, la más trivial, la más abstracta, la más metafísica y la más infecunda de todas las generalizaciones: todas las conspiraciones, todos los complots, y las purgas, y las componendas diplomáticas de ellos, tenían una fuente, y tan sólo una fuente: ”hambre sádica de poder”. De ese modo, Orwell saltó desde el sentido común racionalista y cotidiano al misticismo de la crueldad que inspira 1984.2

2. Esa opinión se basa tanto en recuerdos personales como en el análisis de la obra de Orwell. Durante la última guerra, Orwell pareció atraído por el tono crítico, entonces algo poco usual, de mis comentarios sobre Rusia, aparecidos en The Economist, The Observer y Tribune. (Más tarde, ambos fuimos corresponsales de The Observer en Alemania, y ocasionalmente compartimos una habitación en un campamento de prensa.) Sin embargo, me costó poco tiempo darme cuenta de las diferencias de perspectiva, por debajo de nuestra aparente coincidencia. Recuerdo que me desconcertaba la testarudez con que Orwell hacía hincapié en ”conspiraciones”, y que su modo de razonar en cuestiones políticas me dio la impresión de una sublimación freudiana de manía persecutoria. Orwell estaba, por ejemplo, inconmoviblemente convencido de que Stalin, Churchill y Roosevelt conspiraban conscientemente para dividirse el mundo, definitivamente, entre ellos, y subyugarlo en común. (Podemos ver en ese momento de la biografía de Orwell el origen de su idea de Oceanía, Asia oriental y Eurasia.) ”Todos ellos están sedientos de poder”, solía repetir. Cuando en una ocasión le indiqué que por debajo de la solidaridad aparente de los tres Grandes se podía discernir claramente el conflicto entre ellos, que ya entonces asomaba a la superficie, Orwell quedó tan sorprendido e incrédulo que inmediatamente llevó nuestra conversación a su columna del Tribune, y añadió que él no veía señal alguna de la proximidad del conflicto de que yo hablaba. Aquello era en los días de la conferencia de Yalta, o poco después, cuando no era necesaria una gran capacidad de previsión para ver lo que iba a ocurrir. Lo que me chocaba en Orwell era su falta de sentido histórico y de penetración psicológica en la vida política, combinada con una aguda, aunque estrecha, perspicacia para algunos aspectos de la política, y con una incorruptible firmeza de convicciones.

En 1984 la pericia mecánica del hombre ha alcanzado un nivel tan alto que la sociedad está en disposición de producir en abundancia para todo el mundo, y acabar con la desigualdad. Pero la pobreza y la desigualdad son mantenidas, sin otro objeto que satisfacer los impulsos sádicos del Gran Hermano. Sin embargo, ni siquiera sabemos si el Gran Hermano existe realmente; puede ser solamente un mito. Es la crueldad colectiva del partido (no necesariamente la de sus miembros individuales, que pueden ser personas inteligentes y bien intencionadas) lo que atormenta a Oceanía. La sociedad totalitaria está gobernada por un sadismo impersonal, desencarnado. Orwell creyó haber ”trascendido” los conceptos familiares, y, en su opinión, cada vez menos significativos, de clase social e interés de clase. Pero en esas generalizaciones marxistas, el interés de una clase social tiene al menos alguna relación especifica con los intereses individuales y la posición social de sus miembros, aunque el interés de clase no represente una simple suma de los intereses individuales; mientras que en el partido de Orwell no hay relación entre el todo y las partes. El partido no es un cuerpo social movido por un interés o propósito; es una emanación fantasmal de todo lo que hay de pérfido en la naturaleza humana. Es el fantasma del mal metafísico, loco y triunfante.

Orwell pretendió, sin duda, que su 1984 fuese una advertencia. Pero es una advertencia que se anula a sí misma por el ilimitado desespero que subyace en ella. Orwell veía al totalitarismo paralizando la historia. El Gran Hermano es invencible. ”Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota pateando un rostro humano … para siempre.” Orwell proyectó hacia el futuro el espectáculo de las grandes purgas, y lo vio fijo para siempre, porque no era capaz de captar los acontecimientos de una manera realista, en su complejo contexto histórico. No cabe dudar que los acontecimientos fueron muy ”irracionales”; pero quien, por esa razón, los trata de una manera irracional se parece extraordinariamente al psiquiatra cuya mente se trastorna al acercarse demasiado a la locura. 1984 es en realidad, más que una advertencia, un chillido penetrante que anuncia el advenimiento del milenio negro, del milenio de la condenación.

El chillido, ampliado por todos los medios de comunicación de masas de nuestro tiempo, ha aterrorizado a millones de personas. Pero no les ha ayudado a ver con más claridad los temas con los que el mundo se está enfrentando; no ha hecho progresar su comprensión. Solamente ha aumentado e intensificado las olas de pánico y odio que recorren el mundo y ofuscan mentes inocentes. 1984 ha enseñado a millones de personas a ver el conflicto entre Oriente y Occidente en términos de blanco y negro, y, para todos los males que apestan a la humanidad, les ha mostrado un demonio y una víctima propiciatoria monstruosos.

En el umbral de la era atómica el mundo vive en un estado de terror apocalíptico, y por eso millones de personas responden de modo tan apasionado a la visión apocalíptica de un novelista. Pero el Gran Hermano no ha desencadenado los monstruos apocalípticos de la bomba A y la bomba H. La principal dificultad de la sociedad contemporánea está en que todavía no ha conseguido ajustar su modo de vida y sus instituciones sociales y políticas al prodigioso progreso de su conocimiento tecnológico. No sabemos cuál ha sido el impacto de las bombas atómicas y de hidrógeno en el pensamiento de millones de hombres en Oriente, donde la angustia y el miedo pueden estar ocultos tras la fachada de un fácil (¿o embarazado?) optimismo oficial. Pero sería peligroso cegarnos al hecho de que en Occidente millones de personas pueden sentirse inclinadas, en su angustia y su miedo, a huir de su propia responsabilidad por el destino de la humanidad, y a desahogar su ira y su desesperación en el gigantesco demonio-víctima propiciatoria que 1984 ha hecho tanto por poner ante sus ojos.

* * *

”¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. ¡Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la bomba atómica sobre los bolcheviques!” Con esas palabras, un miserable ciego vendedor de periódicos me recomendó en Nueva York 1984, pocas semanas antes de la muerte de Orwell.

¡Pobre Orwell! ¿Podría haber imaginado alguna vez que su propio libro llegaría a ser un artículo tan importante en el programa de la semana-de-odio?

(escrito en 1954, tomado de Marxists Archive)