León Trotsky: el Ejército Rojo

Discurso pronunciado el 22 de abril de 1918 
en la sesión del Comité Central Ejecutivo

1Camaradas: el carácter crítico de la época en que vivimos se refleja de manera especialmente aguda y dolorosa en la vida interna del ejército, que representa una organización colosal, poderosa por la cantidad de hombres y medios materiales con que cuenta, pero al mismo tiempo vulnerable hasta el más alto grado, en razón de los sacudimientos históricos que constituyen la naturaleza misma de la revolución. 


Después de la revolución de octubre, el antiguo ministerio de Guerra fue rebautizado formalmente con el nombre de Comisariato del Pueblo para la Guerra. Pero ese comisariato se apoyaba, y no podía dejar de hacerlo, en el organismo militar heredado de la época anterior. El ejército, que había pasado tres años en las trincheras, había recibido una serie de golpes violentos de adentro y afuera ya antes de la revolución, en los combates bajo el zarismo, luego durante la caducidad interna del régimen en el primer periodo de la revolución, y por último cuando la ofensiva del 18 de junio. Todo eso debía llevarlo, irremediablemente, a un estado de completa disgregación. El Comisariato del Pueblo para la Guerra se apoyó en esta enorme organización, en sus elementos humanos y en su aparato material; y al mismo tiempo, en previsión de su inevitable hundimiento, comenzó a crear un ejército nuevo, que debía reflejar en general la estructura del régimen soviético al que respondía. Dentro del marco del Comisariato del Pueblo para la Guerra, en uno de sus rinconcitos, se creó el Colegio Panruso para la Organización del Ejército Rojo Obrero y Campesino. Hoy en día ese Colegio se ha convertido de hecho en el Comisariato del Pueblo Para la Guerra, pues el antiguo ejército que todavía existía en octubre, noviembre y diciembre de 1917, al menos materialmente como cuerpo, bien que en espíritu hubiera dejado de existir desde hacía mucho, abandonó finalmente la escena como resultado de un proceso doloroso. Así, la tarea del Comisariato consiste ahora en englobar y organizar el enorme aparato militar del pasado, desorganizado y descompuesto, pero poderoso aún por la cantidad de valores que encierra, y en adaptarlo al ejército que deseamos formar. 
Actualmente hemos fusionado en la cumbre de la organización los servicios del Colegio Panruso para la Organización del Ejército Obrero y Campesino con los correspondientes del Comisariato de la Guerra, reflejos de un antiguo ejército hoy desaparecido. Pero ese trabajo sólo se realiza en la cumbre. En las bases, y siempre en el dominio del aparato militar-administrativo, estamos obligados a comprobar que se ha originado una trasformación no menos radical. Después de haber remplazado por la organización soviética la antigua organización del poder, incluida la dirección militar, nos hemos encontrado en un principio sin órganos locales de dirección militar. 
Eran los soviets locales los que con ayuda de sus propios aparatos se encargaban bien o mal de ese trabajo. Hasta que frente a exigencias crecientes comenzaron a desprenderse de los soviets locales, aunque no en todas partes, ni mucho menos, secciones militares. 
Por intermedio del Consejo de Comisarios del Pueblo hemos resuelto el problema de la dirección militar local en los cantones, distritos, provincias y regiones. Hemos establecido en todas partes un tipo uniforme de institución militar-administrativa, a la que denominemos Comisariato para la Guerra y que está constituida de la misma manera que los colegios dirigentes de todas las ramas de la esfera militar. Son colegios de tres miembros, uno de los cuales es un especialistas militar cuyos conocimientos están de acuerdo con los alcances de su actividad; con él trabajan dos comisarios en asuntos militares. 
Los especialistas militares tienen la última palabra en asuntos puramente militares, operativos, y especialmente en los relacionados con el combate en sí. No cabe duda de que este tipo de organización no es el ideal, pero también él ha nacido del carácter crítico de la época. 
La nueva clase que se ha instalado en el poder es una clase que ha tenido que arreglar penosas cuentas con el pasado. Personificado en un ejército que ya no existe, ese pasado le ha legado cierto capital material: cañones, fusiles, municiones de toda clase, y cierto capital intelectual: la suma de conocimientos acumulados, experiencia de combate, prácticas de gestión, etc., todo lo cual se hallaba a disposición de los especialistas en asuntos militares: antiguos generales, coroneles del viejo ejército, y del que carecía la nueva clase revolucionaria. En la época en que esta clase revolucionaria luchaba por el poder, cada vez que encontraba una resistencia en su camino automáticamente la destruía; y en la medida en que, en un sentido general, la clase trabajadora tiene derecho al poder político, lo hacía con razón. Sólo aquellos que niegan al proletariado su derecho al poder político pueden negarle el derecho a destruir la organización de la clase enemiga. 
La clase que se dice llamada por la historia a tomar en sus manos la dirección de toda la vida política, social y económica, y por tanto militar, del país; la clase que estima que, después de haberlo hecho y de haber superado todos los obstáculos y dificultades e incluso su propia falta de preparación técnica, debe resarcir en forma centuplicada a su sociedad, a su pueblo, a su nación, por todo aquello de lo que lo ha privado temporalmente al luchar contra sus implacables enemigos de clase, esa clase tiene derecho al poder, y derecho a destruir todo lo que se opone en su camino. Esto para nosotros, socialistas revolucionarios, es una verdad indiscutible. 
Para el proletariado, vencer la resistencia de la burguesía no es más que la primera parte de su tarea fundamental: adueñarse del poder político. 
La tarea del proletariado, consistente en la destrucción inmediata de los nidos y focos de la contrarrevolución y de los aparatos que por su naturaleza, o por virtud de la inercia histórica, se oponían a la revolución proletaria, solo estará justificada si la clase obrera, en unión con el campesinado pobre, es capaz, después de la toma del poder, de utilizar los valores materiales de la época precedente, así como todo lo que en un sentido moral representa algún valor, alguna partícula del capital nacional acumulado. 
La clase obrera y las masas trabajadoras del campesinado no han dado nuevos coroneles ni nuevos dirigentes técnicos; tampoco podían encontrarlos en seguida en sus propios medios. Todos los teóricos del marxismo ya lo habían previsto. El proletariado está obligado a tomar a su servicio a aquellos que han servido a las otras clases. Esto vale también, y por entero, en cuanto a los especialistas militares. 
Para no volver sobre este asunto agregaré ahora mismo que, desde el punto de vista del gasto de energía humana, sin duda habría sido mucho más sano, racional y económico disponer de toda una serie de personal de mando que respondiera a la naturaleza de las clases que han tomado el poder en sus manos y que no están dispuestas a cederlo, pase lo que pase. Sí, esto habría sido, con mucho, lo mejor. Pero no ha sido así. Los más lúcidos miembros del personal de mando del antiguo régimen, los más perspicaces, o los que poseen tan sólo cierta experiencia histórica, comprenden perfectamente, al igual que nosotros, que la estructura del personal de mando no puede construirse de modo inmediato sobre la base de la dirección única, que estamos obligados a desdoblar la autoridad del mando militar, confiriendo las funciones militares, estratégicas y tácticas a quien las ha estudiado, que mejor las conoce y que debe, por lo tanto, asumir toda la responsabilidad; y la del trabajo de formación político-ideológico al que por su psicología, su conciencia y su origen está ligado a la nueva clase en el poder. De allí la dualidad del personal de mando, que se compone de especialistas militares y de comisarios políticos, habiendo recibido estos últimos, como todos saben, rigurosas instrucciones de no inmiscuirse en las órdenes de tipo operativo, ni diferirlas ni anularlas[1]
Por medio de su firma, el comisario solamente asegura a los soldados y trabajadores que la orden en cuestión ha sido dictada por una necesidad militar y que no se trata de una medida contrarrevolucionaria. Eso es todo lo que el comisario dice al firmar tal o cual orden operativo. La responsabilidad de que, la orden esté bien o mal fundada recae enteramente en el dirigente militar. 
Repito: los dirigentes militares más perspicaces reconocen esta institución como la más apropiada. Comprenden que en la época en que vivimos no es posible construir de otra manera la organización militar, con otros métodos. En su terreno los jefes militares, en la medida en que cumplan conscientemente con sus obligaciones, gozan de toda la libertad necesaria. Y nosotros sólo trabajamos -he podido comprobarlo- con especialistas militares que, con independencia de sus opiniones y convicciones políticas, comprenden claramente, que si hoy en día quieren tomar parte en la creación de las fuerzas armadas sólo podrán hacerlo por medio del aparato soviético, ya que el ejército que se construye, en la medida en que tiene que corresponder a las clases que están en el poder, no será un nuevo elemento de desorganización y descomposición, sino el órgano de combate de las nuevas clases dirigentes. 
Cualesquiera que sean sus opiniones políticas generales, los especialistas militares serios saben que un ejército tiene que estar de acuerdo con el régimen de la época histórica de que se trata. Entre el régimen de la época y el carácter del ejército no puedes haber contradicción. Es cierto que entre nosotros nadie pretenderá que el Ejército Rojo de los trabajadores y campesinos que se está formando sea, desde el punto de vista de los principios en que se asienta, la última palabra como ejército soviético. Para la formación de este ejército hemos tomado como base el principio del voluntariado. Pero este no es el principio que corresponde a una democracia obrera. Es sólo un compromiso provisional, resultado de todas las condiciones trágicas de la situación material y moral del último período. 
Para construir un ejército que se asiente en el principio de la obligación de todo ciudadano de defender un país que practica una política honesta, que no desea la violencia y solamente, pretende defenderse y afirmarse como estado de las masas laboriosas; para crear ese ejército, que corresponde al régimen soviético, se necesitan muchas condiciones fundamentales que todavía están por crearen todos los demás terrenos de la vida social, económica y política. Es indispensable reanimar las fuerzas productivas del país, reparar y ampliar los trasportes, organizar el suministro, levantar la industria e imponer al país una severa disciplina de trabajo, la disciplina de las masas trabajadoras. He ahí la tarea de educación y autoeducación que se plantea abiertamente a las clases actualmente en el poder. 
¡Ellas la cumplirán, camaradas! Estamos profundamente convencido de ello, y la enorme mayoría de vosotros también lo está. Al final, ellas realizarán esa tarea. Y únicamente en la medida en que lo hagan podrán las actuales clases dirigentes crear un ejército que responda plenamente a su naturaleza, tan poderosa como lo sea nuestra nueva economía comunista. 
Por el momento lo único que con los voluntarios obreros y campesinos estamos creando es un órgano auxiliar, que hasta la creación del verdadero ejército de la república socialista debe llenar las elementales funciones de defensa interior y exterior. Es un órgano débil, lo sabéis tanto como yo, y nuestros enemigos también lo saben. Un órgano débil no con relación a nuestros enemigos de clase internos, lastimosos, sin ideología, incapaces e impotentes, que no son un peligro y que siempre han sido derrotados por nuestros improvisados destacamentos de trabajadores y marineros sin jefes militares. No, si este ejército es demasiado débil, lo es sólo con respecto a los enemigos exteriores, que ponen al servicio de sus crímenes y de sus exterminaciones masivas sus enormes maquinarias centralizadas. Contra ellos necesitamos otro ejército, no un ejército improvisado, un ejército creado para, un momento transitorio, sino un ejército construido, en la medida en que lo permita la situación actual del país, sobre los principios del arte militar, es decir, por medio de especialistas. Los destacamentos compuestos de trabajadores heroicos, bajo las órdenes de estrategos improvisados, que han realizado actos intrépidos en la lucha contra los partidarios de Kornilov, Kaledin, Dutov y otras bandas, esos mismos destacamentos, digo, se han convencido por la experiencia de que su principio de organización no tiene defensa alguna frente a la más pequeña fuerza militar organizada que se apoye sobre los principios del arte militar. Esto es lo que hoy comprende cualquier obrero lúcido, y en esa comprensión de los trabajadores, de los campesinos revolucionarios y de los soldados del Ejército Rojo conscientes encontramos la ayuda psicológica necesaria para iniciar la creación del ejército, en el que alistaremos también todo lo que sea útil de los efectivos del antiguo personal de mando, pues hay allí también elementos que para esta tarea marchan de acuerdo con nosotros. Y como todos comprenderán, ellos de ningún modo son los peores elementos; son los que creen que es imposible esperar traidoramente la caída del régimen actual, con lo que, a no dudarlo, cuenta cierta parte de las clases poseyentes y gran parte de la intelligentsia. Sí, ellos piensan que no deben esperar, pérfidamente, ese momento agazapados en la sombra y dedicados al sabotaje. Son elementos que declaran que no están de acuerdo, ni de lejos, con la política llevada a cabo en estos momentos, pero que como soldados consideran indispensable coadyuvar con sus fuerzas en la formación de un ejército, que no puede dejar de responder al espíritu del régimen soviético. 
Para pasar del régimen del voluntariado al régimen obligatorio, de la milicia; en otros términos, al régimen del servicio militar obligatorio, aun reducido al mínimo indispensable, se necesita un aparato militar administrativo, un aparato que controle los efectivos que deben ser sometidos a la conscripción. Todavía no lo tenemos. El viejo aparato fue destruido al mismo tiempo que todos los de la burocracia; el nuevo se crea solamente ahora con los comisariatos militares de cantones, distritos, provincias y regiones. Esos comisariatos, constituidos por los correspondientes soviets locales, comprenden, como se ha dicho, un colegio de tres miembros: un jefe militar y dos comisarios. Ellos deben hacer un censo de toda la población en edad militar, convocarla, instruirla y movilizarla. Por último dichos comisariatos enviarán directamente las fuerzas a su destino local; en consecuencia, se excluirá de allí a las tropas activas, las que dependerán directamente del poder militar central. 
El decreto relativo a la administración militar que se aplica en la actualidad ha sido ratificado por el Consejo de Comisarios del Pueblo. Constituye la premisa indispensable para todo trabajo de organización metódica en la formación del ejército. 
La tarea siguiente consiste no solo en crear un personal de mando a partir de los antiguos cuadros, sino también en formar desde ahora cuadros nuevos a partir de los elementos surgidos de las clases hoy en el poder: obreros, marineros, soldados, y que han recibido un mínimo de formación general y demostrado temperamento combativo y aptitudes para el combate en los frentes contra los alemanes, así como en la guerra civil. Es indispensable que se les dé la posibilidad de seguir la preparación militar necesaria. 
En las escuelas militares de la república son aún pocos: unos 2.000 jefes que se inician en la ciencia militar. Pero procuramos aumentar su número. 
Para pasar al sistema de milicias, al sistema de servicio militar obligatorio, debemos desde ahora, antes de que todo el aparato del país nos permita crear un ejército poderoso, establecer la instrucción militar obligatoria en los lugares en que se concentran las masas trabajadoras. Y ahora llamamos la atención de todos vosotros acerca de un decreto de considerable importancia principista: «Sobre la instrucción militar obligatoria de trabajadores, y de campesinos que no explotan trabajo ajeno». 
Ante todo una palabra acerca del encabezamiento, o «título», por decir así, de ese decreto, que podría plantear algunas objeciones de principio. 
No hablamos de una instrucción militar obligatoria a corto plazo de todos los ciudadanos. Nos basamos en la diferenciación de clases y la indicamos en el encabezamiento mismo del decreto. ¿Por qué? Porque el ejército que formamos, debe corresponder, como ya se ha dicho, a la naturaleza del régimen soviético, porque vivimos en las condiciones de dictadura de la clase obrera y de los campesinos pobres. Tal es el rasgo esencial de nuestro régimen. No vivimos bajo un régimen de democracia formal, en el cual durante un período de conflictos revolucionarios de clases el sufragio universal puede servir, cuando más, para consultar a la población, pero en el que después de esa consulta el papel principal lo desempeñará la relación de fuerza entre las clases, las materiales. Si en la primera época de la revolución hubiera aparecido, bajo la forma de Asamblea Constituyente, la democracia teórica, habría tenido en el mejor de los casos el papel de consulta preliminar. Pero la última palabra la habría pronunciado el choque efectivo de las fuerzas de clases. Sólo los tristes doctrinarios de la pequeña burguesía no pueden entenderlo. Para quienes comprenden la dinámica interior de la revolución, con su lucha de clases exacerbada, resulta perfectamente claro que cualesquiera que sean sus imperfecciones teóricas, cualesquiera que sean los caminos desviados por los que deberá pasar, el régimen revolucionario tiene que terminar fatalmente en la dictadura abierta de una u otra clase: o de la burguesía, o del proletariado. Entre nosotros ha terminado en la dictadura de la clase obrera y de los campesinos pobres. El ejército apto para el combate que debe crear la capacidad defensiva del país tiene que responder por toda su estructura, sus elementos y su ideología, a la naturaleza de esas clases. Ese ejército no puede dejar de ser un ejército de clase. 
No hablo únicamente desde un punto de vista político que, como se comprende, tiene importancia para el régimen soviético. Una vez que la clase obrera ha tomado el poder en sus manos, es evidente que debe crear su ejército, su órgano armado, que la protegerá de los peligros. Pero también desde un punto de vista puramente militar no hay más que una posibilidad: CONSTRUIR EL EJERCITO SOBRE PRINCIPIOS DE CLASE. 
En tanto que este régimen no sea reemplazado por el régimen comunista, en el que la clase privilegiada perderá su existencia privilegiada y en el que será obligación de cada ciudadano, en este terreno, defender la república comunista contra todo peligro exterior, el ejército no podrá tener más que un carácter de clase. 
Se dice que al proceder así imponemos a la clase obrera todo el peso, todo el fardo de la defensa militar, descargando de él a la burguesía. No hay duda de que formalmente es así, pero esperamos que el poder soviético adoptará todas las medidas necesarias para hacer recaer sobre la burguesía una parte del peso de la defensa del país, parte que no le dará la posibilidad de armarse contra la clase obrera. En último término la cuestión se resume así: en esta época de transición histórica, el proletariado hace del poder del estado y de su aparato militar el monopolio de su propia clase. Nosotros afirmamos y proclamamos ese hecho. 
Mientras el proletariado no haya desacostumbrado a las clases poseyentes de sus esperanzas y tentativas, de sus aspiraciones y sus complots para volver a tomar el poder del estado; mientras la burguesía no se disuelva en el régimen comunista del país, la clase trabajadora en el poder debe hacer -y lo hará- del armamento el monopolio de su propia clase, el medio de su defensa contra los enemigos interiores, que en el momento en que el país está en peligro tienden la mano a los enemigos exteriores. Por eso establecemos la instrucción militar obligatoria para los obreros y los campesinos que no explotan el trabajo ajeno. 
El decreto sobre instrucción militar obligatoria que os presentamos -y esperamos con impaciencia su ratificación, pues ello nos dará la posibilidad de emprender inmediatamente la parte más importante de nuestro trabajo para la creación del ejército- tiene una importancia de principio considerable. 
Ante todo coloca sobre nuevas bases el principio de la OBLIGACIÓN y con eso mismo nos ayuda a superar el principio del VOLUNTARIADO, aceptado por nosotros por un breve período de transición y que liquidaremos tanto más rápido cuanto mejor realicemos todas las otras tareas de nuestra vida nacional. Si lo aprobáis, ese decreto establecerá la obligación, para todos los ciudadanos de las clases que retienen el poder, de pagar al estado y al régimen soviético el precio más elevado: el impuesto de su sangre y el sacrificio de su vida. Es esto lo que debéis ratificar y volver a imponer así el servicio militar obligatorio para todos cuantos están entre los 18 y los 40 años. 
Aquel que estudia el arte de la guerra, que se declara en buenas condiciones para dar al estado ocho semanas por año, a razón de doce horas por semana, es decir, noventa y seis horas durante el primer año y cierto número de otras en las convocatorias sucesivas, debe partir, cuando sea llamado por el poder soviético bajo bandera, a rechazar a los enemigos exteriores. Tal es la idea fundamental del decreto en cuestión que os invitamos a ratificar. No creamos todavía el sistema armonioso de la milicia; estamos lejos de ello. Sólo tomamos a los trabajadores y campesinos en los lugares naturales de su trabajo: fábricas, talleres, explotaciones agrícolas, aldeas; los hacemos reunir por los comisarios soviéticos y los sometemos en esos lugares naturales al aprendizaje militar según los principios elementales del programa general establecido para todo el país por el Comisariato del Pueblo para la Guerra. Tal es la idea fundamental de ese decreto. Si lo aprobáis, significará que desde mañana daremos la orden en todo el país a los soviets locales, por medio de sus comisarios militares y los comités de fábricas, de emprender esa tarea. Significará que vosotros, en vuestra condición de Comité Ejecutivo Central, nos apoyaréis en ese trabajo colosal con toda vuestra fuerza ideológica, con toda vuestra autoridad y todos vuestros nexos organizativos. Sólo así podremos volcar rápidamente en el Ejército Rojo, en su carácter de formación provisional, a las generaciones auténticamente aptas para el combate, de la clase obrera y del campesinado mientras no hayan ellas reorganizado toda la estructura del país. 
Paralelamente propongo que ratifiquéis el decreto relacionado con el sistema de nombramientos en el ejército obrero y campesino. En realidad ese decreto ya está en práctica por vía de nuestras disposiciones administrativas; y hemos procedido así, claro está, porque nos era imposible desenvolvernos sin ninguna línea de conducta a ese respecto. 
Ahora depende de vosotros, y esperamos que lo hagáis, ratificarlo con vuestra autoridad, con vuestro poder legislativo, a fin de, poder ponerlo en práctica aun con más vigor. El problema consiste en crear para el Ejército Rojo de obreros y campesinos un personal de mando, elegido y reclutado por las organizaciones soviéticas como tales. Traducido a nuestra terminología corriente, eso significa que hemos limitado enormemente y muchas veces reducido a nada el principio de la elección. 
Se podría pensar que ese punto será una fuente de oposición, pero al ponerlo en práctica encontramos pocas dificultades. Esto se explica muy simplemente. Mientras el poder estaba en manos de la clase hostil a las clases en las que se reclutaba la masa de soldados y el personal de mando era nombrado por la burguesía, resultaba perfectamente natural que la masa obrera y campesina, que luchaba por su liberación política, exigiese elegir sus jefes, sus capitanes. Era el método mediante el cual satisfacía su instinto de conservación política. Nadie creía ni podía creer que los improvisados jefes que dirigían ejércitos o cuerpos de ejércitos, que se han distinguido en el frente después de la revolución de octubre, podían realmente llenar la función de comandantes en jefe en tiempos de guerra; pero la revolución le planteó a la clase obrera la tarea de tomar el poder, y los trabajadores, incluso en el ejército, no podían depositar su confianza en un aparato de mando que había sido creado por la clase enemiga, ni podían elegir en su propio medio a aquellos que en principio les inspiraban confianza. 
Se trataba allí, no de un método para el nombramiento de jefes, sino de un método para la lucha de clases. Hay que entenderlo bien. 
Cuando tenemos que encarar la formación de un efectivo que en todo sentido pertenece a una sola y misma clase, los problemas de elección y de nombramiento tienen una importancia técnica secundaria. Los soviets son elegidos por los obreros y campesinos, y esto presupone dentro de la relación de clase que son los soviets los que nombran en los puestos de gran responsabilidad a los comisarios, jueces, comandantes, jefes, etc. Del mismo modo, la dirección de un sindicato nombra en su seno una serie de funcionarios en cargos de alta responsabilidad. Una vez elegida la dirección, se le confía, a título de atribución técnica, la elección del personal apropiado. 
Queremos decir que el Ejército Rojo que existe actualmente no es un organismo que se baste a sí mismo, que exista por sí y promulgue leyes por su propia cuenta. Es sólo un órgano de la clase obrera, su brazo armado. Marchará de acuerdo con la clase obrera y el campesinado unido a esta última. En consecuencia, los órganos a los que, la clase obrera y los campesinos pobres han confiado la formación del Ejército Rojo deben estar investidos del poder de elegir el personal de mando en los lugares y en el centro. El decreto referente a los nombramientos en el ejército obrero y campesino tiene por objeto garantizar esta posibilidad. 
Viene en seguida la cuestión que en este momento y en todas partes tratamos prácticamente de resolver con éxito relativo: crear en el Ejército Rojo sólidos cuadros permanentes. Lo que en las primeras semanas y primeros meses distinguía al Ejército Rojo era la fluidez, característica del conjunto de nuestra vida económica y política y, de manera más general, reflejo del profundo trastrocamiento social; cuando nada todavía es estable, cuando todo desborda, cuando las enormes masas populares se desplazan de un lugar a otro, cuando la industria está desorganizada, los trasportes no funcionan bien, el abastecimiento se halla cortado, quien sufre todo esto es la población y en primer lugar la clase que ha tomado el poder del estado en sus manos. Y no tan sólo en el terreno militar, sino en todo lo demás, en todos los terrenos, la tarea esencial actual, la tarea de la nueva época posterior a octubre, es lograr mediante un trabajo serio en el centro y en los propios lugares un régimen determinado, estable, concreto; ligar los hombres al trabajo, conseguir un trabajo estable, pues la guerra, si ha despertado la conciencia revolucionaria, ha privado al mismo tiempo al país de los últimos restos de método y de estabilidad económica, política, civil. 
Así, tomando como base las nuevas tareas de la revolución, hay que ponerse al trabajo con encarnizamiento, regularidad y método. Como se comprende, todo esto debe reflejarse ante todo en el ejército, pues los fenómenos que todavía se ven allí no pueden conciliarse con la existencia de ejército alguno. Recordemos esos fenómenos. ¿Qué hemos observado en las primeras semanas? La extraordinaria fluidez del ejército. Esto significaba que muchos entraban y salían, cruzándolo como se cruza un pasaje; se aseguraban provisiones por algunos días, o se hacían de un capote, sin que por esto se sintieran ligados; algunos recibían un adelanto de la paga, tras lo cual pasaban a otras unidades o simplemente sallan de las filas del ejército. Es cierto, esos elementos representaban una minoría, pero desmoralizaban a las unidades, desorganizaban al ejército en su- estructura. El decreto sometido a vuestra atención debe poner término a ese caos, a esa falta de sentido de responsabilidad; ata a cada voluntario por seis meses a la unidad en la que ha entrado. El voluntario se obliga a no dejar su unidad antes de ese término; si quebranta esa obligación, incurre en responsabilidad penal[2]
Por último os pedirnos aceptar y ratificar la fórmula del solemne juramento que todo soldado del Ejército Rojo presta en signo de fidelidad al régimen que lo acepta en su ejército. La fórmula de ese Juramento Rojo expresa el sentido mismo de la creación de nuestro ejército. 
De acuerdo con nuestra idea, cada soldado del ejército revolucionario debe prestar ese solemne juramento ante la clase obrera, ante la parte revolucionaria del campesinado de Rusia y ante el mundo entero, el primero de mayo. Aunque a primera vista parezca paradójico, no hay ninguna contradicción en que el primero de mayo, que para nosotros siempre ha sido la fecha recordatorio de nuestra lucha y de nuestra protesta contra el militarismo, el de este año sea en la Rusia soviética y revolucionaria el día en que la clase obrera debe manifestar su voluntad de armarse, de defenderse, de crear en el país una fuerza militar sólida que responda al carácter del régimen soviético y sea capaz de defender y proteger al régimen. Pero también esa es la razón por la que en Rusia la recordación del primero de mayo tendrá lugar en un ambiente muy diferente del de otros países de Europa, donde, aún continúa la guerra imperialista y las clases imperialistas están en el poder. Y precisamente en razón de esta última circunstancia el primero de mayo debe ser en esos países, ahora más que nunca, el día de una protesta violenta contra la maquinaria del imperialismo Capitalista; por el contrario, entre nosotros debe ser el de la manifestación en favor del ejército proletario, y proponemos que ese día nuestros soldados rojos presten un solemne juramento, un juramento socialista, si queréis así, el de servir a la causa en nombre de la cual han sido incorporados a las filas del Ejército Rojo de obreros y campesinos. 
Para nosotros es indispensable que todos los decretos presentados sean ratificados por el Comité Central Ejecutivo. Vosotros podréis modificarlos, pero no rechazarlos por completo, pues esto significaría que reprobáis la esencia misma de la causa que defendéis. El Comité Central Ejecutivo no puede rechazar la tarea que le encomienda la revolución. 
Esta tarea consiste en decir con autoridad al obrero y al campesino trabajador que ahora la Revolución de Octubre se ha fijado como misión esencial reconstruir sobre la base soviética un ejército fuerte y poderoso, que se convertirá en la palanca de la revolución obrera y campesina y en un decisivo factor de la revolución internacional. 
No entraré en el terreno de la política internacional. Para cada uno de nosotros es claro y evidente que nuestra revolución no está amenazada por la burguesía rusa ni por sus ayudantes voluntarios o involuntarios del interior del país, sino por los militaristas extranjeros. De todos los rincones de la Europa capitalista y de Asia nos amenazan enemigos. 
Y si queremos resistir hasta que ellos reciban en su propia casa el golpe decisivo, debemos crear el máximo de condiciones que nos sea favorable. En materia militar, sobre todo, podemos lograrlo creando una disciplina interna revolucionaria, aunque no sea más que en el embrión de ejército que existe en la actualidad. 
Pero de una manera más general debemos crear un ejército obrero y campesino formando reserva en las fábricas y talleres, dando instrucción militar a los obreros, a fin de que, si en los próximos meses nos amenaza algún peligro, el esqueleto del ejército obrero y campesino actual pueda cubrirse con la carne de esas reservas preparadas para el combate. Al mismo tiempo, y en la medida de nuestras fuerzas, vamos a formar nuevos cuadros y con los cursos de los instructores y la ayuda de elementos del antiguo personal de mando que han trabajado y continuarán trabajando honestamente mejoraremos la capacidad de defensa del país. 
 Camaradas: al aprobar nuestro trabajo militar, que dá sus primeros pasos, nos daréis también la posibilidad de aplicar en el lugar, reforzar y garantizar todas las medidas que os hemos propuesto. Si lo hacéis, espero entonces que elevaremos la capacidad defensiva del país tanto como todo su poderío económico y político. 
Modificaréis lo que consideréis necesario modificar, rechazaréis lo que os parezca erróneo, pero tendréis que reconocer que la Rusia soviética necesita un ejército que sea órgano de la defensa soviética, es decir, de la Rusia obrera. Ese ejército no puede ser diletante ni improvisado. Por eso tiene que reclutar todos los especialistas de valor. 
Pero, naturalmente, llegados aquí se comienza a pensar que algunos individuos aislados pueden utilizar ese ejército con fines hostiles a la clase obrera, valiéndose de él como de una herramienta para complots contrarrevolucionarios. Tales peligros surgen en nuestro propio medio; se los encuentra de cuando en cuando, y por eso es preciso minar sus fundamentos. 
Los que alimentan esos temores afirman que los representantes del antiguo personal de mando intentan, y con éxito, crear focos contrarrevolucionarios en el nuevo ejército. Camaradas, si las cosas hubieran llegado hasta allí, eso significaría que todo nuestro trabajo está condenado a un fracaso inevitable. Querría decir que al nombrar un ingeniero en el cargo de administrador, o a un técnico en una fábrica, al dejarle un gran campo de creación o conferirle responsabilidades, los trabajadores corren el riesgo de restablecer el régimen capitalista, de volver a la servidumbre, a la opresión. ¡Pero no es así! 
Todos los teóricos del socialismo previeron, predijeron y escribieron que cuando la clase obrera llegara al poder estaría obligada a hacer trabajar a todos los elementos útiles y calificados que hubiesen estado antes al servicio de las clases dominantes y poseedoras También los teóricos del socialismo han escrito a menudo que la clase obrera pagaría a esos mismos especialistas para retenerlos junto a ella dos o tres veces más que lo que recibían bajo el régimen burgués. Y cuando se piensa en los beneficios que resultarán de la racionalización en el campo de la revolución socialista, aun eso resultaría «barato». Hay que decir lo mismo respecto del ejército en su condición de órgano de defensa del país. Los gastos de la clase obrera y los desembolsos consentidos por el campesinado en un ejército bien construido se rescatarán centuplicados. 
El régimen soviético es demasiado fuerte frente a sus enemigos interiores para que temamos lo que se califica de peligro «de los generales». Camaradas, si un especialista se sintiera realmente tentado de valerse del ejército contra los trabajadores y campesinos en interés de los complots contrarrevolucionarios, está de más decir que a esa clase de conspiradores les refrescaríamos la memoria, recordándoles de manera concreta los días de octubre y los otros. ¡Y ellos lo saben perfectamente! 
Por otra parte, camaradas, aun entre los especialistas militares, y hasta donde los he llegado a conocer personalmente, he encontrado mucho más elementos de valor que los que habíamos imaginado. Para un gran número de ellos la experiencia de la guerra y la revolución no ha sido en vano. Muchos han comprendido que un nuevo espíritu sopla sobre Rusia; han comprendido la nueva psicología de la clase obrera despertada, que es preciso conducirse de manera diferente con ella, hablarle de otro modo, crear el ejército por vías distintas. Esa clase de, especialistas militares existe. 
Existe, y esperamos que de las generaciones jóvenes de los cuerpos de oficiales del antiguo ejército podamos extraer muchos cuadros y que nuestro trabajo para formar el ejército estará fecundado por sus conocimientos y sus experiencias. 
Solo debemos afirmar con energía y autoridad que, amenazada de muerte, Rusia necesita hoy de un ejército fuerte. Es necesario que el trabajo que realizamos se beneficie con vuestro apoyo. Lo necesitamos, nos lo daréis, camaradas del Comité Central Ejecutivo.

2

¡Camaradas! El primer contradictor ha dicho que creamos el ejército, no para defender el país, sino para hacer lo que él ha llamado «experiencias». Ya he dicho en mi informe que, si los peligros que nos amenazan se limitaran a una revolución interna contrarrevolucionaria, no tendríamos en general necesidad de un ejército. Los obreros de las fábricas de Petrogrado y de Moscú podrían en cualquier momento formar destacamentos de combate, suficientes para aplastar de manera radical cualquier tentativa de levantamiento armado con el objeto de devolver el poder a la burguesía. Nuestros enemigos interiores son demasiado insignificantes y lamentables para que sea necesario, en la lucha contra ellos, crear un aparato militar sobre bases científicas y poner en movimiento toda la fuerza armada de la población. 
Sí esa fuerza armada no es hoy necesaria, es porque el régimen soviético y el país soviético están, precisamente, amenazados por un inmenso peligro exterior y porque nuestros enemigos interiores sólo son fuertes por la fuerza de cohesión de clase, que los une a los enemigos de clase del exterior. Y en ese sentido -vivimos hoy justamente un momento en el que la lucha por el régimen que estamos creando depende directa e inmediatamente de llegar a la plena capacidad defensiva del país. Sólo protegeremos al régimen soviético con una resistencia directa y enérgica frente al capital extranjero que marcha contra nuestro país, únicamente porque es el país donde gobiernan los obreros y los campesinos. En ese simple hecho está el nudo que la historia ha anudado. 
Justamente porque entre nosotros reina la clase obrera somos ahora objeto del odio y de los designios hostiles de la burguesía imperialista mundial. He ahí por qué todo obrero consciente y todo campesino revolucionario deben sostener al ejército si quieren de veras lo que en Rusia se hace en estos momentos, todavía mal y torpemente, lo sé tan bien como cualquiera de nuestros detractores; pero a pesar de eso lo que construimos no es infinitamente caro, pues promete una nueva época en la historia y representa para nosotros la conquista más preciosa en la historia de la evolución humana. 
Cuando se nos dice que hacemos experiencia ignoro qué se entiende por la palabra «experiencia». Toda la historia pasada no ha sido otra cosa que la historia de experiencias con las masas trabajadoras; hubo en el pasado la época de las experiencias de la nobleza sobre los cuerpos y las almas de las masas campesinas; también conozco otra, en que la burguesía hacía sufrir a los trabajadores experiencias sobre sus cuerpos y sus almas. Desde hace algunos años observamos en el mundo entero ese género de experiencia en la forma de una espantosa carnicería imperialista. 
Sin embargo, hay personas que pretenden ser socialistas y que ante las fulminantes experiencias de cuatro años de guerra mundial dicen que la heroica tentativa de las masas trabajadoras de Rusia por liberarse y reconstruir la vida sobre bases nuevas es una «experiencia» que no merece apoyo, que creamos un ejército, no para defender las conquistas revolucionarias de los trabajadores, sino con propósitos particulares de algunos grupos o partidos. 
Pero yo diría que, si hubo alguna época que hizo necesaria la creación de un ejército con objetivos loables porque son legítimos, esa es nuestra época. Y si hay un régimen que, obligado a defenderse, tenga derecho a exigir esa defensa a las masas trabajadoras, no puede ser otro que el régimen de dominio de esas mismas masas trabajadoras. A pesar de los errores de estas últimas, a pesar de la rudeza de su régimen, demasiado áspero para la piel de ciertos señores intelectuales, a pesar de todo eso, el régimen soviético tiene derecho a florecer. Y se va a afirmar, pero para ello tiene necesidad de un ejército. Y vamos a crearlo. 
Se nos señala después que en el ejército proyectado hay una ambigüedad, que aparece como el vicio principal del ejército y del régimen que lo crea. Es cierto, hay una ambigüedad que resulta del hecho de encontrarnos en una época de transición entre el dominio de la burguesía y el régimen socialista; ambigüedad que proviene del hecho de que la clase obrera se ha apoderado del poder político, pero con ello no solo no ha cumplido toda su misión, sino que, por el contrario, apenas acaba de comenzar sus tareas fundamentales: el reacomodamiento de toda la economía, de todos los aspectos de la vida, sobre nuevos principios; ambigüedad, en f in, que tiene como causa el hecho de, que la clase obrera solo en Rusia esté en el poder y tenga que rechazar con todas sus fuerzas la ofensiva del capital de otros países, de aquellos en donde la clase trabajadora aún no se ha levantado para la lucha decisiva ni se ha apoderado del poder del estado. 
Es una ambigüedad o contradicción ligada a la naturaleza misma de nuestra revolución. No es el régimen lo que está en discusión; tampoco su forma política o el principio de reorganización de su ejército. Es el choque de dos formaciones: la burguesía-capitalista y la socialista-proletaria. Podemos superar esta contradicción mediante un largo combate. Tratamos tan sólo de crear un ejército para ese combate y nos esforzamos por que el ejército responda a las exigencias y a las obligaciones del régimen que estamos llamados a defender. 
Se nos dice, además, que al dedicar sólo noventa y seis horas por año a las tareas militares no buscamos seriamente iniciar a los obreros y campesinos en esas cuestiones. Ante todo debo recordar que entre las masas obreras y campesinas se encuentran dispersos una enorme cantidad de elementos que ya han hecho su aprendizaje de combate y que necesitamos reunirlos en los centros naturales que son las fábricas, las explotaciones agrícolas y todos los lugares de trabajo en general. 
Debo decir que personalmente no me considero competente para estimar con exactitud cuántas horas y semanas por año se necesitan ahora para permitir a nuestro futuro ejército popular asimilar los principios del arte militar. 
Es posible que ese lapso sea, efectivamente, demasiado corto. Si lo es, lo aumentaremos, una vez que la experiencia pruebe claramente que noventa y seis horas no son suficientes para los obreros y campesinos. Pero suponer que el tiempo propuesto lleva la intención de nuestra parte de no proporcionar a los trabajadores y campesinos un aprendizaje completo, no es más, a mi entender, que una maniobra chicanera y demagógica. 
El sector de derecha ha protestado a menudo contra la disposición de cumplimiento sin apelación de las órdenes. ¿Y si esas órdenes son, se dice, contrarrevolucionarlas? 
Si lo que se quiere es introducir aquí, en la constitución de nuestro ejército, el derecho de no obedecer órdenes contrarrevolucionarias, me gustaría hacer notar que el texto íntegro del solemne juramento que he hecho conocer está ya dirigido contra la contrarrevolución, y que todo el ejército se forma para hacer pedazos a la contrarrevolución rusa y la mundial. He ahí el pivote moral del ejército… [Una voz: «¿La obediencia absoluta al comandante?»] 
Lógicamente, si el régimen soviético entero y su ejército se convierten en víctima de los generales contrarrevolucionarios, eso significará que la historia nos ha abandonado y que por lo tanto todo este régimen está condenado a perecer. 
Sin embargo, las perspectivas son diferentes y no es así como se plantean en realidad las cuestiones en litigio. Se puede su poner que en el momento actual los generales contrarrevolucionarios mandan como dueños entre nosotros y que debemos incitar a las masas a criticarlos. En todo caso, cada soldado del Ejército Rojo tiene un sentido crítico tan desarrollado como el de todos los críticos y consejeros que, como se sabe, nos han impedido inculcar a los soldados, obreros y campesinos una saludable desconfianza para con todos sus enemigos de clase. 
Pero en virtud de una reacción psicológica natural a la desconfianza de antes de octubre para con el poder y sus mandamientos hace que entre nosotros todo el mundo trate de hacer pasar cada orden, cada ordenanza, por el aparato de su propia crítica, de su desconfianza y de su juicio, lo que retrasa la ejecución de la orden, arruina el trabajo y resulta contrario a los intereses de los trabajadores mismos. 
Así, por ejemplo, la reacción contra el centralismo zarista condujo a cada provincia, a cada distrito, a crear su propio consejo de comisarios del pueblo, su república de Kaluga, de Tula, etc. 
En el fondo, es el comienzo de una reacción creadora y viva contra el antiguo absolutismo, pero debe realizarse dentro de límites severamente definidos. Hay que crear un aparato de estado centralizado. Se comprende que todos los soldados, obreros y campesinos deben, con nosotros, asegurarse un aparato que controle a todo el personal de mando a través del Comité Central Ejecutivo, a través de los comisarios. Tenemos ese aparato de verificación, de control. Si por el momento es malo, ya se lo perfeccionará en el futuro. 
Pero al mismo tiempo es preciso insistir en que una orden es una orden, que un soldado del Ejército Rojo es un soldado, que el ejército de obreros y campesinos es un ejército, un ejército que recibe órdenes militares que deben ser cumplidas sin discusión. Si están refrendadas por el comisario, es éste quien carga con la responsabilidad, y los soldados rojos están obligados a ejecutar esas órdenes. Es evidente que, si no se aplica este reglamento, ningún ejército puede existir. ¿Qué es lo que mantiene unido a un ejército? La confianza en un régimen determinado, en un poder que él crea y controla en determinadas circunstancias. 
Si mantenemos esta confianza general, y pensamos mantenerla, el régimen soviético, el régimen de la clase revolucionaria, tiene el derecho de exigir de sus órganos, de sus unidades militares, sumisión y obediencia a las órdenes que provienen del poder central y son controladas por el Comité Central Ejecutivo. 
Y a aquellos de nuestros especialistas militares que de buena fe se preguntan si llegaremos a hacer reinar la disciplina, les contestamos que si ella era posible bajo el dominio del zarismo, de la burocracia y de la burguesía, si entonces era posible crear una sumisión dirigida contra la masa obrera y campesina, si era posible en general crear un poder de estado contra la clase obrera, nosotros tenemos entonces diez o cien veces más la posibilidad psicológica e histórica de mantener una disciplina de hierro en un ejército que se ha creado en todas sus piezas para defender a las masas trabajadoras. 
Se quiere, observad, defendernos y protegernos de designios contrarrevolucionarios. Veamos ante todo quiénes nos quieren preservar. Son los colaboradores de Dujonin, son los colaboradores de Kerenski. 
El ciudadano Dan nos contaba aquí cómo «nacen los Napoleones», cómo sucede que haya comisarios que no saben ser lo bastante vigilantes. Pero se da el caso de que el kornilovismo nació bajo el régimen de Kerenski y no bajo el régimen soviético. [Martov: «Habrá un nuevo kornilovismo.»] Todavía no hay otro, y entretanto hablemos del antiguo, de aquel que hubo y que ha dejado para siempre una marca ardiente en la frente de alguno. [Aplausos.] 
Para ilustración de Dan, recuerdo, camaradas, que nuestros camaradas de entonces del soviet de Petrogrado, supieron distinguir las órdenes de combate y de operaciones de las intenciones contrarrevolucionarias. 
Cuando Dujonin, a pedido de Kerenski, quiso hacer salir, contra su voluntad, a la guarnición de Petrogrado para debilitar la capital revolucionaria, adujo como pretexto la necesidad estratégica. Nuestros comisarios soviéticos de Petrogrado dijeron: «Sin duda es una nueva experiencia.» Y fue llevada a cabo por el gobierno de coalición de entonces, del que formaban parte los mencheviques, bajo la égida moral de Kerenski. Los documentos, firmados por Kerenski y Dujonin, que hemos hallado confirmaron plenamente la sospecha. 
Recuerdo que en esa época Dan y sus partidarios subieron a la tribuna del soviet de Petrogrado y declararon: «No queréis cumplir la orden de operaciones de las autoridades militares y del gobierno respecto de la guarnición de Petrogrado. No os atrevéis siquiera a someterla a discusión.» Esa orden era, ahora bien, por su naturaleza, un proyecto contrarrevolucionario para estrangular a Petrogrado. Nosotros lo habíamos adivinado, pero vosotros [volviéndose hacia los mencheviques] estabais ciegos. Por eso derribamos vuestro antiguo poder y tomamos el poder en nuestras manos. Históricamente teníamos razón. 
No oigo, por desgracia, la réplica del ciudadano Martov, y no recuerdo exactamente si entonces él estaba con nosotros o con Dan y Kerenski… [Una voz: «Es infame, Trotsky, que os hayáis olvidado del papel que desempeñaba Martov.»] 
La posición del ciudadano Martov tiene siempre en sí algo delicado, algo casi inasible para el grosero análisis de clase, algo que obligaba al ciudadano Martov a ser en esa época el hombre frente al culpable ciudadano Dan. El ciudadano Dan estaba en esa época con Kerenski. Por lo tanto, el ciudadano Martov era «la oposición personal de Dan. Pero ahora que la clase obrera con todas sus faltas, su «ignorancia», su «incultura», se encuentra en el poder, usted está con Dan en un solo y mismo sector, el de la oposición a la clase obrera. 
Pero la historia, que generalmente toma los hechos en su escala histórica, en sus dimensiones de clase, dirá que la clase obrera, en una hora de condiciones muy difíciles, se hallaba en el poder cometiendo errores y corrigiéndolos, pero que vosotros estabais fuera de ella, separados de ella, contra ella, y las reelecciones al soviet de Moscú lo han nuevamente demostrado. [Una voz: «¡Con cifras adulteradas!»] Yo sé que cuando algún otro estaba en el poder, cuando estaban Kerenski y Dan… [Dan: «Yo no estuve en el poder.»] Perdón… Cuando estaba en el poder el adversario bien conocido de Dan, Tsereteli [risas], hubo efectivamente algunas tentativas para falsificar las elecciones a los soviets y ellas culminaron con la acusación a todo el partido según el artículo 108.[3][Aplausos.] 
Recuerdo, sin embargo, que después de esa falsificación tuvimos a pesar de todo mayoría en todos los soviets. 
Cuando el II Congreso de los Soviets se reunió, los Dan lo hicieron fracasar; falsificaron en el Comité Central Ejecutivo y en la Conferencia Democrática la voluntad de los trabajadores, y desnaturalizaron en todas partes la voluntad de la democracia revolucionaria con la participación directa de mis contradictores de hoy. Y en contra de toda esa falsificación nos encontramos en mayoría en el poder; por consiguiente, nuestro partido es viable y sano. La falsificación, real o ficticia, no puede dañar a un partido así; pero el que se refiere a la falsificación para explicar su fracaso, ese es un partido muerto. 
Para volver a los problemas relacionados con el ejército, hay que señalar, y esto se explica por sí solo, que no cerramos los ojos ante ninguno de los peligros que nos enfrentan, que nosotros no hemos provocado, sino que hemos heredado de toda la evolución anterior. Al mismo tiempo, sólo nuestros métodos sirven para luchar contra esos peligros. 
Se nos pregunta, por cierto: «Pero en esa evolución anterior, ¿todo era históricamente inevitable? El derrumbe del antiguo ejército, el desamparo del frente, ¿eran indispensables?» También yo pregunto: ¿Era indispensable? Lo que se puede reconocer que era inevitable era lo que con certeza se podía predecir. 
Pero si volvéis a nuestros discursos en el Congreso de junio de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos; si echáis una ojeada a las actas del congreso y leéis las trascripciones de nuestra intervención, observaréis que decíamos a los señores mencheviques y socialistas revolucionarios (éstos entonces todavía estaban unidos): «Si deseáis perder nuestro ejército, entonces lanzad la ofensiva. Si deseáis darle un golpe mortal, minar su fe en la revolución, lanzad la ofensiva.» Esta declaración la hicimos el 4 de junio, pero el 18 de junio el gobierno de Kerenski y Dan lanzaba el ejército a la ofensiva. 
¡He ahí lo que asestó al ejército el golpe fatal! Entonces, el bíais conducido a la desorganización definitiva. Yo decía: entrecomo resultado el desbande pánico del ejército mortalmente enfermo. [Martov: «Pero vosotros lo habíais corrompido, lo habíais conducido a la desorganización definitiva. Yo decía: entregad el ejército a los bolcheviques; ellos lo depravarán.»] El ciudadano Martov predecía, escuchad, que después que sus partidarios políticos hubieron asestado al ejército un golpe mortal, además los bolcheviques lo depravaron. ¿Por qué en ese momento la historia fue tan poco magnánima como para no hallar para el ciudadano Martov un lugar entre los ciudadanos Dan y Kerenski, que habían dado un golpe mortal al ejército, y los bolcheviques que envenenaban a ese ejército herido de muerte, a fin de que lo salvara? 
Por supuesto, no tengo duda alguna de que cuando llegue el régimen socialista un futuro aficionado a los aforismos escribirá lo que decía el ciudadano Martov. 
Pero mientras tanto no hablemos de aforismos, sino de la revolución, de la que se hace ahora, de la clase obrera que se bate ahora, que quiere conservar el poder del estado después de haber hecho de él el instrumento de su liberación, y decimos a este respecto: si nos hemos equivocado junto con ella, con ella también hemos aprendido a rectificarnos, y con ella venceremos. He ahí también en qué nos diferenciamos del grupo del ciudadano Martov. 
Al emprender la instrucción del ejército no nos limitamos, en absoluto, a las noventa y seis horas, según trata de insinuar el ciudadano Martov al describir como una ficción el servicio obligatorio. Sabemos que por suerte la clase obrera está imbuida de tina enorme reserva de crítica. Tal vez le falten muchas cosas, pero no esa. Todavía tiene poco de organización, práctica, capacidad para un trabajo sistemático, o disciplina; pero está impregnada hasta los huesos de desconfianza, e impelida a la verificación. 
Esa inclinación es una gran conquista; debe ser completada con la disciplina, el método y otras cualidades necesarias para dirigir y combatir. Si el obrero no tiene suficiente con noventa y seis horas, se podrá fijar el doble, el triple. Si los generales no le agradan, los hará a un lado. Pero en este momento cumplimos con la tarea de crear el ejército, en total acuerdo con la clase obrera, dirigiéndola contra vosotros, y en ello vemos la fuente de nuestro orgullo. 
Por otra parte nos decís que no permitimos la instrucción militar a la burguesía. Tenéis dos argumentos: «Se lo impedís a la burguesía y creéis que con eso preservaréis al ejército de la contrarrevolución». ¿Pero qué es la burguesía? El cinco por ciento de los efectivos. ¿Es posible creer que con un medio tan infantil se pueda preservar de la contrarrevolución al ejército? 
Al mismo tiempo decís que condenamos al fracaso todo el arte militar al prohibirlo a la burguesía. Si la burguesía es tan insignificante, ¿para qué chicanear entonces con el cinco por ciento a fin de saber si es necesario integrarla o no? En un momento en que todos los cálculos son tan inexactos, un error del cinco por ciento es insignificante. Y el centro de gravedad no se encuentra en el cinco por ciento de la burguesía. 
La burguesía tiene muchos agentes: la pequeña burguesía poco consciente, ignorante; los pequeños explotadores, los elementos turbios de la pequeña burguesía. Dada la actual situación de cosas, no podríamos incorporarlos, porque su incorporación al ejército soviético sólo es posible ahora con el añadido de una gran represión. Todos esos elementos petrificados, atrasados, odian al proletariado y a la revolución. Se encuentran no sólo en el frente del Don, sino también en Orenburgo, y para atraerlos a nuestro lado es indispensable lograr las primeras conquistas más importantes en el terreno de la organización. En realidad, debemos demostrar a esos elementos ignorantes, aterrorizados y engañados, que el régimen soviético, el poder obrero, puede construir la economía agrícola sobre nuevas bases, implantar fábricas en beneficio del pueblo y crear un ejército con el mismo fin. 
Entonces verán con sus propios ojos que el nuevo régimen trabaja en beneficio de ellos, y ya no habrá el peligro de que, al incorporarlos al ejército, incorporemos al mismo tiempo la guerra civil. 
Sin duda, estas concepciones no tienen valor ante los ojos de quienes no creen en la victoria de la clase obrera. Pero entonces, ¿en qué creen? ¿Qué esperan los señores mencheviques? Cuando la historia se desencadene, no se detendrá en la redacción de Adelante[4]; rodará hasta más abajo. Sabéis perfectamente que después de nosotros no ofreceréis ningún apoyo a la revolución. 
Nosotros somos el único baluarte de, la revolución obrera. Con todas nuestras actuales lagunas, debemos cumplir y cumpliremos con nuestra obra: corregir las faltas, afirmar el poder soviético, reunir a las masas a nuestro alrededor. Pero la historia no nos permite hacer experiencias. En la lucha actual, nada nos permite actuar como en el juego de ajedrez: hemos perdido una partida. ¿Pero qué importa? Ganaremos otra. Si fracasamos, por descontado que vosotros no arreglaréis las cosas. El carro de la contrarrevolución pasará también sobre vuestros cráneos. 
Pero ahora, en las circunstancias actuales, con las dificultades y los peligros que existen, es preciso que consolidemos y perfeccionemos nuestro carro, que le hagamos subir las pendientes e impidamos que se desbarranque. Para esto, como ya he dicho, necesitamos un ejército. Se dice que sólo ahora lo hemos comprendido. ¡No es verdad! Pero una cosa es comprenderlo en un artículo y otra preparar la posibilidad de construir un ejército. 
En un país arruinado, donde el viejo ejército enfermo hace agua por todos lados y se dispersa, desorganizando los trasportes y destruyendo todo a su paso, en un país así no podemos construir un nuevo ejército sin liquidar definitivamente el antiguo. 
Sólo ahora comenzamos a censar de nuevo a la población. 
El Ejército Rojo no es más que el esqueleto del futuro ejército. Es indudable que el Ejército Rojo no puede servir más que de marco, que deben llenar los elementos obreros iniciados provenientes de los talleres y las fábricas. 
Aquí responderé a las observaciones del primer contradictor, que se resumen diciendo que nos excluimos del ejército a causa de concepciones partidarias, a los mencheviques y socialrevolucionarios de derecha. Es verdad que se ha dicho entre nosotros que los obreros y los campesinos que no explotan trabajo ajeno harán, todos, sin excepción, su aprendizaje militar. Si en esa observación es preciso entender que entre los trabajadores a quienes enseñamos el arte militar no hay mencheviques y que entre los campesinos que no explotan trabajo ajeno no hay socialrevolucionarios de derecha, la contestación podría haber sido de peso. Pero en este punto no cometemos errores. Hacemos las cosas sobre principios de clase sólidos y sanos y mostramos con eso que no tememos al obrero, aunque sea menchevique, no más que al campesino que no explota el trabajo de otro, aun si él mismo se dice socialrevolucionario. 
Cuando en la época de la revolución de octubre nos batimos por el poder, los obreros y los campesinos de aquellos partidos nos apoyaron. Nos apoyaron después del levantamiento de octubre contra sus jefes, lo que habla en honor de los trabajadores y en deshonor de los jefes. 
Para coronarlo todo, se nos dice que los puestos de mando deben ser renovados mediante elección. ¿Elegidos por las masas populares, o elegidos por los soldados tan sólo? 
El peligro indudable de la elección es que permite que tendencias, que podríamos llamar sindicalistas, se infiltren en el ejército; es decir, que el ejército se vigile a sí mismo como un todo independiente que se da sus propias leyes. Nosotros afirmamos que el ejército es el instrumento de los soviets que lo han crea do, que confeccionan las listas y eligen los candidatos a los puestos de mando. Las listas que se ponen en conocimiento de la opinión pública, no lo olvidéis, han sido confeccionadas por las autoridades soviéticas. Todos los nombramientos pasan por el filtro del régimen soviético. 
Los soviets dirigen el ejército y lo educan; le proveen, por lo tanto, de un personal de mando definido. No puede ser de otro modo. Nada distinto podéis proponer. 
Si el principio de elección de arriba abajo de la escala es irrealizable, como es evidente en lo que respecta a un ejército en general como órgano especifico, ello lo es mucho más cuando se trata de un ejército que apenas comienza a formarse. 
¿Cómo podría designar, por medio de elección, de sus propias filas un personal de mando, responsable ante el ejército, seguro y apto para el combate, cuando las unidades apenas se están formando? Es absolutamente inconcebible. ¿Y si ese ejército no tuviera confianza en los soviets que lo están construyendo? Estaríamos ante una contradicción interna. Semejante ejército no es viable. Por lo tanto, camaradas, no hay aquí alteración ninguna de lo que se llama principio democrático; por el contrario, se asienta sobre una base soviética más amplia. 
El ciudadano Dan ha dicho, muy justamente, que la viabilidad del ejército democrático no está garantizada por tales o cuales medidas de agitación contra los generales, sino por el carácter general del régimen. Es completamente justo. Pero también por eso niega radicalmente al mismo régimen, niega al régimen soviético de los obreros y campesinos pobres. [Dan protesta.] ¡Oh!, yo sé que el ciudadano Dan reconoce al régimen de los soviets, pero no al de los soviets que existen, los soviets terrestres, sino al de los soviets celestiales, donde ubica al arcángel. Esos son los soviets que reconoce el ciudadano Dan. 
Pero yo hablo de los soviets terrestres, en los que los ciudadanos Dan y Martov están en minoría y en los que nosotros constituimos la mayoría aplastante. El régimen de esos soviets no se desmiente. Existe y quiere existir. 
En boca de nuestros adversarios, la crítica al Ejército Rojo en vías de creación está ligada a la crítica al régimen de los soviets en su conjunto. Y tiene razón. Pero eso significa que, si el ejército que estamos construyendo marcha bien, todo el régimen andará bien. E inversamente, si el régimen es estable, también lo será el ejército. Si perece, el ejército también perecerá. 
Quien de buena fe observe lo que hoy pasa en el país nos reconocerá que nuestros principales esfuerzos tienen que tender a restablecer todo el aparato económico de la nación, de los trasportes y del suministro, y a la creación del ejército para asegurar la protección del régimen soviético contra el peligro exterior. 
Para que eso sea posible, para que tenga éxito, ¡un poco menos de crítica mezquina, de estéril escepticismo, que solo produce artículos difamatorios, y un poco más de fe en la clase que está llamada por la historia a salvar al país! Esta clase, el proletariado, sobrevivirá y superará no solo la lamentable critica de la derecha, sino también todas las enormes dificultades que la historia le ha cargado en las espaldas. 
Y después de habernos arremangado pasaremos a crear el ejército. Para ello es necesario que con un voto unánime aprobéis la necesidad de ese ejército, para que se nos apoye en la organización de los abastecimientos y los trasportes, y en la lucha contra la piratería, las bribonadas el desorden y la incuria. 
Dadnos ese voto de confianza y nos esforzaremos, con nuestro trabajo y por las vías que nos señaléis y prescribáis, en continuar mereciéndolo.


[1]La primera orden que fijó las obligaciones de los comisarios y de los miembros de los consejos militares se publicó el 6 de abril de 1918, y decía: «A propósito de los comisarios militares, de los miembros de los consejos militares. El comisario militar es el órgano político directo del poder soviético junto al ejército. Su cargo tiene un significado extraordinario. Los comisarios que se nombren deben ser revolucionarios irreprochables, capaces de continuar siendo la encarnación del deber revolucionario aun en las condiciones más difíciles. La persona del comisario es intocable. Una ofensa hecha a un comisario durante el cumplimiento de sus deberes, y con más razón un acto de violencia contra él, es idéntica al crimen más grave contra el poder soviético. El comisario militar vigila para que el ejército no se separe del conjunto del régimen soviético y para que las administraciones militares aisladas no se conviertan en focos de insurrección o en armas dirigidas contra los obreros y campesinos. El comisario participa en la actividad de los dirigentes militares, recibe con ellos los informes y las rendiciones de cuenta y ratifica las órdenes. Sólo las órdenes de los consejos militares que, estén firmadas, a más de los dirigentes militares, por un comisario al menos tienen fuerza de ejecución. Todo el trabajo se realiza a la vista del comisario, pero la dirección en el terreno específicamente militar no pertenece al comisario, sino al especialista militar, que trabaja en estrecha cooperación con él. 
El comisario no responde por el acierto de las órdenes puramente militares, operativas o de combate. La responsabilidad por éstas recae íntegramente en el dirigente militar. La firma del comisario al pie de una orden de operación significa que ella ha sido dictada por consideraciones de índole operativo y no por otras, de tipo diferente (contrarrevolucionarias). En el caso de que una disposición puramente militar no cuente con su aprobación, el comisario no podrá detenerla, sino tan sólo informar al consejo militar superior. La única orden operativo que puede ser detenida es la que a juicio del comisario ha sido dictada por motivos contrarrevolucionarios. Si la orden está firmada por él tiene valor legal y debe ser ejecutada a cualquier precio. El comisario debe cuidar que la orden sea cumplida de manera cabalmente correcta y para ello dispone de toda la autoridad y los medios del poder soviético. El comisario político que tolere el incumplimiento de órdenes debe ser inmediatamente destituido y denunciado al tribunal. Los comisarios aseguran el vínculo entre las administraciones del Ejército Rojo y las administraciones centrales y locales del poder soviético, así como la colaboración de estos últimos con el Ejército Rojo. 
«El comisario vigila para que los trabajadores del Ejército Rojo, desde los grados superiores hasta los inferiores, cumplan su labor de una manera concienzuda y enérgica; cuida que los gastos se realicen con economía y bajo el más severo control, y que los bienes militares sean bien conservados. Los comisarios del Consejo Superior de Guerra son designados por el Consejo de Comisarios del Pueblo. Los de los distritos o regiones, por el Consejo Superior de Guerra, de acuerdo con los dirigentes del soviet de la región o distrito respectivo. 
«Junto a los comisarios del Consejo Superior de Guerra se ha organizado una oficina de comisarios militares, la que coordina la actividad de los comisarios, responde a sus consultas, elabora las instrucciones que se les da y, en caso de necesidad, convoca al congreso de comisarios». 
Firmado por el Comisario de Guerra y presidente del Consejo Superior de Guerra, Trotsky. 
[2]El decreto acerca de la duración del servicio fue el primero que señaló el paso del voluntariado a la obligación de servir en el Ejército Rojo durante un plazo fijo. La pena fijada para quienes violaran su compromiso era de uno a dos años de prisión y la pérdida de todos los derechos de ciudadano de la República Soviética. 
[3]El artículo 108 del Código Penal de 1903 se refería a los casos de traición y espionaje. Los condenados por él eran privados de sus derechos electorales. El gobierno provisional lo utilizó contra los bolcheviques, a los que acusó de espionaje en favor do Alemania, privándolos así de sus derechos electorales a los soviets. 
[4]Adelante, órgano del Comité Central y del comité de Moscú del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia (menchevique). Lo dirigían Martov, Dan y Martinov.