Miguel Enríquez

Miguel Enríquez y el concepto de situación revoucionaria


por José Segundo Leiva

La elaboración teórica y política del MIR constituye una valiosa aportación al marxismo, que no obstante, ha permanecido ignorada por la teoría crítica contemporánea del capitalismo, o bien, suplantada por cómodas etiquetas. Para arrancarla de este silencio y reivindicar su lugar en la corriente revolucionaria del marxismo, no bastan los ejercicios de la memorisa histórica ni la reproducción fetichista de sus posiciones políticas: al contrario, se trata de recuperar, reconstruyéndolo, el concepto de su teoría de la revolución, precisamente para hacer de él un arma para la crítica revolucionaria del sistema de dominación actual. Este es el primer objetivo que se propone este ensayo.

Por otro lado, debemos delimitar con precisión qué ámbito de la teoría marxista de la revolución social constituirá nuestro objeto de análisis. No nos detendremos aquí en el problema del carácter de la revolución en la formación social chilena. Este aspecto ha sido tratado ya en varias monografías sobre la línea política del MIR entre 1965 y 1988, tanto desde una perspectiva teórica como histórica [Desde el enfoque histórico: Leiva y Neghme (2000), Leiva (2007) y Sandoval (2014); para el enfoque biobibliográfico y teórico: Naranjo (1999; 2004) y Hernández (1999; 2003)]. Nuestro objeto será, en cambio, un sector particular del campo de la teoría de la revolución: la periodización de la lucha de clases, y especialmente, la caracterización de las situaciones revolucionarias.

La teoría marxista de las situaciones revolucionarias se distingue de las concepciones de la historiografía tradicional en que no se limita a un abordaje externo de los acontecimientos revolucionarios, sino que se propone abiertamente favorecer las fuerzas del proletariado en el proceso de ruptura revolucionaria con el orden social capitalista. Su campo de estudio –la crisis revolucionaria— es al mismo tiempo sujeto de acción. Para el marxismo la explicación de las crisis sociales y políticas debe buscarse en el sistema de antagonismos y contradicciones que rige el desarrollo histórico de una formación social. La lucha de clases es, en este sentido, el verdadero motor de los acontecimientos revolucionarios. El marxismo hace de los momentos fundamentales de este enfrentamiento objeto de un tratamiento teórico-práctico, político, con el objeto de favorecer la posición de fuerza de las clases explotadas en la revolución social.

Respuesta al Paro Patronal de octubre del 72

La situación revolucionaria, como periodo particular de la lucha de clases, tiene como especificidad estratégica que en ella se plantea directamente el problema de la trasformación global de la formación social. Es lo que Lukács (1921; 1924), siguiendo los planteos de Rosa Luxemburgo en el Congreso Fundacional de la Liga Espartaco (1919), denomina “actualidad de la revolución”. El conjunto específico de las categorías marxistas aplicadas al análisis y caracterización de los periodos históricos pueden incluirse en el campo de la teoría de las situaciones revolucionarias, es decir, en el campo específico de la teoría de la revolución proletaria que se ocupa de los momentos o periodos donde los antagonismos y enfrentamientos de clases adquieren una forma específica que hace posible el asalto y conquista del poder por el proletariado. En definitiva, la teoría de las situaciones revolucionarias incorpora todo un conjunto de categorías de análisis, formulaciones históricas –teóricas y prácticas- y concepciones políticas que permiten determinar la condiciones histórico-materiales en que el enfrentamiento de clases, en un periodo determinado del proceso de una formación social, adquiere una forma específica y distinguible, y simultáneamente, se propone determinar las tareas del proletariado y su vanguardia política que permitirían su desarrollo a formas superiores y más agudas de enfrentamiento. Por eso, la teoría marxista de las situaciones revolucionarias abarca el estudio, análisis y caracterización de la los periodos históricos más determinantes de la lucha de clases –los que afectan el rumbo histórico y estratégico del sistema de relaciones sociales de producción— con la finalidad de establecer las leyes históricas que hacen posible el tránsito de una situación o periodo a otro, hasta la conquista del poder por el proletariado.

No es esta la oportunidad para enumerar las categorías que forman parte de la teoría marxista de la situación revolucionaria. Tampoco se trata de un catálogo. Sólo mencionar que se trata de categorías históricas. A los fundadores del socialismo científico se deben los basamentos de esta teoría y algunas de sus categorías fundamentales (Löwy: 1972; Claudín: 1975). De más está decir que el aporte de Lenin es inmensamente significativo en este campo. Aunque, contrariamente a lo que se sostiene habitualmente, se han realizado otros aportes sustanciales durante el siglo XX. A Trotsky, por ejemplo, se debe la distinción científica rigurosa entre situación prerrevolucionaria y situación revolucionaria, la determinación de los factores que inciden en el estancamiento de una situación prerrevolucionaria y en la apertura de una situación contrarrevolucionaria, etc.; a Gramsci aportes sobre la categoría de sistema de dominación, bloque histórico, crisis orgánica, intelectualidad, etc.; a Poulantzas, elementos sobre el concepto de crisis política, periodización, poder y aparatos de Estado, dirección hegemónica de clase, etc. Incluso, tuvo un gran desarrollo en América Latina durante las décadas del 60’ y 70’, en las figuras de Miguel Enríquez (periodo prerrevolucionario prolongado, contraofensiva revolucionaria, crisis social extendida, etc.), Bautista van Schouwen (periodo de “pre-enfrentamiento”, posibilidad-realidad de la revolución, complejo social dominante, mediatizaciones, etc.) y Mario Roberto Santucho (distinción rigurosa entre situación revolucionaria y situación insurreccional, estrategias de enfrentamiento en sistemas regionales, etc.), para nombrar aquí sólo algunos. Luego de los dudosos aportes del Nahuel Moreno –para no hablar aquí de la izquierda reformista— y su distinción entre situaciones revolucionarias de “Febrero” y “Octubre”, se pierde la punta de la madeja. Aquí no haremos sino cortar arbitrariamente una fibra y comenzar a recoger posiciones y reflexiones, en el empeño de reconstruir este horizonte de problemáticas.

“La izquierda hace su balance”

Con esa frase titulóPunto Finalla publicación del texto completo de las intervenciones en el Foro organizado por el Secretario Nacional del movimiento Cristianos por el Socialismo, durante su Segundo Encuentro Nacional, realizado entre el 24 y el 26 de Noviembre de 1972. Esta “asamblea” contó con la participación de Hernán del Canto, representando al PS, Mireya Bartra a nombre del PC, Bosco Parra de la Izquierda Cristiana, José Antonio Viera Gallo en representación del MAPU, y Miguel Enríquez, por el MIR. Según la nota de presentación de la revista Punto Final “los conceptos allí vertidos son un excelente punto de referencia para considerar las consecuencias derivadas del paro patronal de octubre y el ingreso de las fuerzas armadas al gobierno” (Punto Final, n° 172: 21).

Columna mirista, julio 1973

Observando este cuadro intentemos aproximarnos a la significación teórica y política  de la caracterización del periodo que sostuvo el MIR hacia fines de 1972, comparándola con las posiciones de las dos organizaciones más importantes del bloque político de la Unidad Popular: el Partido Socialista y el Partido Comunista. ¿Cómo exponían los representantes de estas organizaciones las características del periodo histórico y la situación política a fines de 1972? Hernán del Canto, a la sazón Secretario General de Gobierno, sostiene a nombre del Comité Central del Partido Socialista la siguiente caracterización:

“Nosotros sostenemos que Chile vive un proceso revolucionario. Que se agudiza la pugna de clases a partir del 4 de septiembre de 1970 en términos superiores y que esta pugna de clases tiene un fundamentación histórica y una fundamentación económica y social. Por un lado, el surgimiento en nuestro país de la clase obrera a finales del siglo pasado y a comienzos de este siglo, que plantea a la sociedad chilena algunos enfrentamientos de intereses contrapuestos, de intereses entre los que poseen las riquezas y los que trabajan los medios de producción fundamental (sic) de la sociedad chilena. En la medida en que ese proceso va creciendo, y va desarrollándose la clase obrera y sus organizaciones naturales. Y esta pugna de clases que tiene historia, digo que se inicia con mayor agudeza a partir del 4 de septiembre de 1970. No es a partir del 4 de septiembre de 1970 que en Chile se inicia un proceso revolucionario, sino que es la prosecución de un largo proceso revolucionario y de aguda lucha de clases que viene dándose en nuestro país desde largos años” (Punto Final, n° 172: 22).

Lo primero que salta a la vista es la identificación de la categoría “proceso revolucionario” con la de “lucha de clases”. Para el dirigente, el “proceso revolucionario” comienza con la emergencia del antagonismo entre el capital y el trabajo hacia fines del siglo XIX, tendencia que va agudizándose progresivamente hasta desembocar en el triunfo electoral de la UP, en la conquista por la clase obrera y el pueblo de una posición dirigente en el aparato de Estado. La idea de un “largo proceso revolucionario”, tan antiguo como la emergencia de enfrentamientos de clases con intereses contrapuestos, en torno a la apropiación de la riqueza y la propiedad sobre los medios de producción social, es una singular tautología. Siguiendo esta argumentación, el proceso histórico de la lucha de clases es, en todo momento y de forma cada vez más aguda, un “proceso revolucionario”. Esto no sólo sugiere la idea de permanencia de la crisis social y económica, sino también de que son las condiciones objetivas inmediatas, los antagonismos y contraposición de intereses de clase directamente expresados en la escena política, su contenido específico. El desarrollo del capitalismo y sus contradicciones es siempre un proceso ascendente, de choques revolucionarios más o menos agudos según el grado de crecimiento de la clase obrera y de su fuerza política. ¿Qué pruebas aporta para validar esta tesis?

“En Chile no es un fenómeno cualquiera la existencia de una clase obrera organizada, la existencia de partidos de la clase obrera con tradición, la existencia de una intelectualidad progresista de sectores de la pequeña burguesía que son aliados desde largos años de la clase obrera; la existencia de un régimen democrático-burgués que con altibajos, ha mantenido como producto de las luchas de la clase obrera también, libertades y derechos políticos y sociales que han sido conquistados en esta aguda pugna de clases sostenida en el país. No es por una casualidad que en nuestro país las fuerzas populares y revolucionarias, la izquierda chilena haya alcanzado parte del poder de la sociedad chilena, el poder ejecutivo, instrumento importante en el desarrollo de la revolución chilena y no es por pura casualidad tampoco que en Chile no se haya instalado una dictadura fascista, no hayan prosperado los golpes militares, porque evidentemente las condiciones históricas de la lucha de clases han permitido todos estos factores sobresalientes en el contexto latinoamericano, que demuestran que Chile evidentemente tiene condiciones políticas, condiciones sociales, estructuras de poder de la clase obrera, estructuras de poder político, como son los Partidos de la clase obrera, que nadie puede desconocer a la luz de un realismo, a la luz de los factores objetivos que deben condicionar todo nuestro análisis político, todo nuestro análisis teórico” (Punto Final, n° 172: 22).

En esta línea de argumentación, son las condiciones objetivas del desarrollo social en Chile durante el siglo XX las que hacen del proceso histórico en Chile un proceso revolucionario permanente. El grado de organización de la clase obrera en poderosos partidos, la existencia de una intelectualidad revolucionaria y de un régimen democrático-burgués que consagrada derechos “conquistados” por los trabajadores en “esta aguda pugna de clases”, son todos rasgos que hablan de la particularidad del proceso chileno: un carácter objetivamente revolucionario, “que nadie puede desconocer a la luz de un realismo”.

Mireya Bartra señala en la segunda parte del Foro, antes de hacer abandono de la asamblea en protesta a la “vulgar calumnia” que a su juicio vertió Miguel Enríquez (“Yo le digo a él, al compañero que lo pruebe, que lo diga de cara a las masas: que Frei propuso el gabinete militar a través de Moreno. No se pueden plantear cosas así con una frivolidad inaceptable. Esto es dañar la imagen del gobierno popular. Esto es dañar la imagen de la revolución. Por eso nosotros los comunistas, no lo aceptamos”, Punto Final, n° 172: 44). Pues bien, minutos antes, la ex Ministra del Trabajo del gobierno de Allende señalaba:

“Nos interesa a nosotros precisar a los comunistas que el éxito del Gobierno popular es el éxito de la revolución. Para nosotros no es una etapa prerrevolucionaria y realmente yo lamento que caiga en contradicciones el compañero del MIR con el compañero Fidel Castro, que analizó y fue categórico en señalar que esta es una etapa revolucionaria y no prerrevolucionaria (…) Lenin dijo: para llegar al socialismo, hay que ganar la batalla del trigo y nosotros, comunistas, planteamos que para afirmar esta situación revolucionaria, esta etapa revolucionaria, debemos ganar la batalla de la producción. Debemos cambiar la mentalidad de nuestro pueblo y Lenin dijo que la fuerza de la costumbre era mucho más poderosa, a veces, que la propia ofensiva del capital imperialista. Y cuesta. (…) Hay que hacer el malo de la película. El malo de la película, el que plantea con madurez, en consecuencia, la necesidad de gestar una conducta de la obrera responsable, que no haya ausentismo, que no haya san lunes, que se cuiden las maquinarias del área social, porque pasaron a la propiedad de esos trabajadores y de todo el pueblo” (Punto Final, n° 172: 43-44).

El argumento es redondo como un círculo. El Partido Comunista –recogiendo una práctica muy propia del estalinismo, aunque aquí no se trata del putchismo de los años 20′ y 30’— sostiene que la situación es directamente revolucionaria, es decir, que la situación está definida por la favorable correlación de fuerzas del pueblo en su lucha por la conquista del poder político. Con la victoria de la UP se ha generado la particularidad histórica de que, los explotados conquistan el poder político –sus palancas fundamentales— para impulsar la autotransformación socialista de la economía chilena (un sector estatal monopólico poderoso y en expansión) utilizando la institucionalidad heredada. El triunfo electoral anulaba la actualidad de una crisis revolucionaria, de una guerra civil. Por eso, Bartra se apoya en Fidel Castro para autorizar su caracterización de la situación política chilena. Y enn consecuencia, siguiendo a Lenin –en su periodo como Presidente de Comisarios del Pueblo, en la etapa postrevolucionaria—, la clase obrera y las fuerzas revolucionarias deben abocarse a las tareas de construcción del socialismo: ganar la batalla de la producción y transformar la cultura “productiva” de la clase obrera, la fuerza de la costumbre, para sostener el proceso de transformación socialista de la sociedad chilena, a partir de la ampliación y desarrollo productivo del área social de la economía. ¿Qué nos dice sobre el contenido de esta “etapa revolucionaria”? Algunas pistas se encuentran en su primera intervención:

“La revolución chilena es una revolución insólita, dice Fidel Castro en el Estadio Nacional. Nosotros pensamos que tiene algo de insólito. El único país capitalista del mundo, Chile, tiene una CUT que representa todas las tendencias políticas que se dan en el movimiento sindical (…) Y también se dé (sic) la particularidad en este instante, la particularidad que indicaba el compañero Hernán del Canto, en que en un gobierno revolucionario, en un programa antimperialista (sic), antioligárquico, antifeudal, estén compartiendo la dirección del gobierno las Fuerzas Armadas (…) Como la revolución la hacen millones de seres humanos y el juego de las ideas convulsiona indudablemente la lucha ideológica, podría parecer una nueva particularidad apasionante del proceso chileno cuando las FF.AA. comparten un gabinete con trabajadores, con obreros y con un programa que señalo y repito es antimperialista (sic)” (Punto Final, n° 172: 25).

Nuevamente, se trata de un círculo perfecto. Las particularidades del proceso chileno, de esta “revolución insólita” que reúne rasgos diferentes a cualquier otro “país capitalista”, son la prueba de su carácter revolucionario. La existencia de un “gobierno revolucionario” es la expresión superior, más contundente, del proceso chileno. Prueba que la transformación pacífica de las relaciones de producción capitalista está en marcha, puesto que la conquista del poder político ya se ha realizado. La conquista electoral no borra el hecho sustancial, según este enfoque, de que el poder estatal pertenece a la clase obrera y que la transformación de la base económica del capitalismo está en curso. Bartra muestra la “batalla de la producción” como un avance revolucionario, tanto como la formación de un gabinete cívico-militar. La política económica del “gobierno popular” dio origen a esta nueva “particularidad apasionante”: los militares ingresan a controlar el aparato productivo, conteniendo, normalizando, los choques de intereses en los propios centros de trabajo –la ley de control de armas data de julio de 1972. En otras palabras, una rama “independiente y profesional” del aparato de Estado integra posiciones claves del gobierno popular, cuyo programa es revolucionario, respaldando con ello la posición de la clase obrera en la situación política. El proceso es revolucionario, entonces, en la medida que la transformación económica que impulsa la clase obrera se ve fortalecida por un ascendente peso en el aparato de Estado, que favorece su posición global de fuerzas, que permite avanzar en la construcción del socialismo –aquí entendido como un sistema político, democrático y popular, de propiedad estatal de los medios de producción.

La exigencia de “rigor conceptual”

La primera parte de la intervención de Miguel Enríquez en el foro contiene un pasaje que nos permitirá una primera aproximación para ubicar nuestro objeto de análisis:

“No puede rebajarse la discusión ideológica y no puede pretender exponerse una política y entender lo que ocurre en función de la agitación de juegos de palabras, por simpáticos que sean e, incluso, por apasionados que sean. Se requiere algún rigor. Por lo menos nosotros nos consideramos marxistas-leninistas. El marxismo-leninismo tiene instrumentos conceptuales que permiten entender lo que ocurre. No es necesario acudir a las características insólitas de un proceso. No es necesario buscar las variables secundarias para demostrar que es confuso, que es riquísimo, que evoluciona, que es dinámico. Todos los procesos revolucionarios son así. El problema es definir, bajo instrumentos conceptuales por lo menos relativamente rigurosos, qué es exactamente lo que ocurre” (Enríquez, 1972b: 253-254).

La crítica a los malabarismos de palabras, a la reproducción mecánica de fórmulas y consignas sin examinar la concatenación histórica de los acontecimientos políticos es una de las falencias principales que identifica aquí Miguel Enríquez respecto al uso que hacen las corrientes reformistas del marxismo. Al contrario, para Enríquez el marxismo provee instrumentos conceptuales que permiten entender “lo que ocurre”, las características centrales –y no sólo las “variantes secundarias”— del momento político. La riqueza del proceso histórico no es algo que escape a la consideración marxista de la realidad social. Al contrario, es un principio elemental de su método la consideración histórica de todos los fenómenos sociales, desde el punto de vista de su articulación global. Conviene aquí detenerse en la polémica de Trotsky con Stalin sobre las particularidades nacionales de la revolución, desarrollada en el prólogo a la obra La revolución permanente(Trotsky, 1930). En breve, Stalin sostenía que las particularidades nacionales son el complemento de los rasgos más generales del proceso histórico. Trotsky oponía una concepción de la particularidad, de los rasgos nacionales, como producto o síntesis de la totalidad del desarrollo histórico desigual. Este último enfoque, permite la realidad histórica y política –propia del “momento actual”— en su devenir contradictorio, extrayendo un concepto más concreto de su estructura, y no sólo a partir de una suma aritmética de sus rasgos generales y particulares.

Tanquetazo, junio de 1973

Volviendo al problema de la caracterización del periodo y la situación política, la concepción de Enríquez se desarrolla abiertamente contra las posiciones de las fuerzas principales de la UP. Tanto el enfoque inmanentista del PS –el proceso histórico es, en tanto lucha de clases, de suyo revolucionario— y el enfoque epocal postrevolucionario del PC –la situación es revolucionaria porque las particularidades nacionales del proceso histórico transforman cualitativamente su carácter global: la excepcionalidad del proceso chileno se vuelve garantía de su carácter revolucionario— corresponden a variantes economicistas y mecanicistas donde el sustrato “objetivo” del desarrollo histórico, definido y caracterizado a partir de sus “particularidades”, sirve para sostener el carácter revolucionario global del proceso histórico.

Sin embargo, Enríquez no responde contraponiendo una caracterización de la totalidad histórica, del desarrollo social de la formación chilena; lo que hace es desplazarse hacia el problema específico de la periodización de la lucha de clases. Frente a las posiciones que pretenden validarse en las condiciones objetivas de la lucha de clases, como una totalidad “sobredeterminada” por sus particularidades, opone una consideración de la particularidad como síntesis de la totalidad concreta. Por lo mismo, Enríquez responde: “Y aquí empezamos a entender, no “cómo trabajar a los obreros democratacristianos, existiendo dirigentes que son reaccionarios”, “no distinguiendo adversarios de enemigos” que es ya un fenómeno táctico, pero no político y que no puede definir estrategia” (Punto Final: 35). La falsa categoría de particularidad que utiliza la izquierda reformista –que, en realidad, se refiere a lo singular, y lo singular sustituyendo lo universal sin la mediación y condensación de su polaridad en la concreción de lo particular— no pude constituir el objeto de la práctica revolucionaria, pues en ella no confluyen las múltiples determinaciones de las situación, los aspectos y fenómenos parciales. Esta posición se aviene perfectamente a las consideraciones de Nicos Poulantzas sobre el objeto de la práctica política:

“Tratemos de ver el lugar que corresponde, en ese contexto, a lo político, y más particularmente a la práctica política. El concepto de práctica reviste aquí el sentido de un trabajo de transformación sobre un objeto (materia prima) determinado, cuyo resultado es la producción de algo nuevo (el producto) que constituye, o por lo menos puede constituir, una ruptura con los elementos ya dados del objeto. Pero, ¿cuál es a este respecto la especificidad de la práctica política? Esa práctica tiene por objeto específico el “momento actual”, como decía Lenin, es decir, el punto nodal en que se condensan las contradicciones de los diversos niveles de una formación en las relaciones complejas regidas por la sobredeterminación, por sus diferencias de etapas y su desarrollo desigual. Ese momento actual es, pues, una coyuntura, el punto estratégico en que se fusionan las diversas contradicciones en cuanto reflejan la articulación que especifica una estructura con predominio. El objeto de la práctica política, tal como aparece en el desarrollo del marxismo por Lenin, es el lugar en donde finalmente se fusionan las relaciones de las diversas contradicciones, relaciones que especifican la unidad de la estructura; el lugar a partir del cual puede descifrarse, en una situación concreta, la unidad de la estructura y actuar sobre ella para transformarla. Con esto está dicho que el objeto sobre el cual versa la práctica política depende de los diversos niveles sociales –la práctica política versa a la vez sobre lo económico, sobre lo ideológico, sobre lo teórico y sobre “lo” político en sentido estricto— en su relación, que constituye una coyuntura” (Poulantzas, 1969: 39).

No se abandona con ello, por cierto, la perspectiva histórica de la lucha de clases como proceso de ruptura revolucionaria de las formaciones sociales antagónicas; al contrario, siguiendo a Marx, se podría decir que no disocia la sentencia “la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado[que] sólo constituye la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases” de la tesis “la existencia de las clases está vinculada únicamente a fases particulares, históricas, del desarrollo de la producción” (Marx: 73), sino que al contrario, las concretiza en el problema de las fases y periodos de la lucha de clases en una formación social, como expresión sintética de sus antagonismos y contradicciones de clase.

Karl Korsch advertía el error de confundir el doble carácter de la teoría marxista de la revolución, y separar por lo tanto, el momento objetivo del subjetivo:

“De la determinación precisa del concepto de fuerzas productivas materiales se obtiene la resolución de una cierta ambigüedad o escisión que hasta el momento parecía afectar a la concepción marxiana de la revolución. Esa ambigüedad consiste en que por una parte la revolución se presente como derivada total mente del desarrollo de las fuerzas productivas materiales, y, por otra y no menos resueltamente, como una acción práctica real de los hombres reunidos en una determinada clase social contra otras clases sociales, con todos los azares y todos los riesgos de semejante acción práctica (…) Esas diferencias contienen el reconocimiento teórico de un cambio producido hacia esa época en la situación histórica real y un cambio de acentos, correspondiente a ese cambio objetivo, desde la acción revolucionaria inmediata hacia una forma del movimiento de la clase obrera basado en el desarrollo económico objetivo y sólo mediatamente dirigido al objetivo revolucionario” (Korsch: 227).

Y más adelante afirma:

“Es una inútil chapucería el limar esas aparentes contradicciones de las tesis marxianas con el argumento de que la “articulación social en clases” se reconduce a la economía y que, a la inversa, la lucha de clases “reacciona” o repercute sobre el desarrollo de las relaciones económicas. En realidad se trata de dos formas conceptuales igualmente originarias y no deducibles la una de la otra, que Marx ha elaborado en su doctrina materialista a la vez objetiva y subjetiva sobre las conexiones de la sociedad burguesa y sobre los medios de su derrocamiento, y tanto para el uso teorético cuanto para el práctico, por lo que la clase proletaria, según la situación, tiene que utilizar la una o la otra o ambas a la vez para conseguir la solución más exacta posible de la tarea considerada en cada caso” (Korsch: 251).

En consecuencia, la idea del carácter revolucionario inmanente del proceso histórico, es decir, la concepción del periodo actual y la situación política concreta como un escalón más elevado del proceso acumulativo ascendente de los choques de clases con intereses antagónicos; así como la sobredeterminación de la particularidad, que hace del presente histórico una realidad postrevolucionaria, conducen ambas a una concepción mecánica y metafísica del proceso histórico y de la lucha de clases. Por el contrario, Miguel Enríquez retoma una concepción de la política revolucionaria –y por lo tanto, de la teoría de la revolución social contra el capitalismo, la fase contemporánea del proceso de producción social— que tiene por objeto el presente histórico como campo en el que se condensación las contradicciones de la totalidad social, la particularidad como “campo de movimientos de concretización” –siguiendo con la paráfrasis al Lukács de la Estética—, en definitiva, como unidad de múltiples determinaciones, como síntesis de las tendencias objetivas y subjetivas del proceso histórico. La fundamentación científica de la política revolucionaria pasa pues, en primer lugar, por la clarificación de su objeto:

“El marxismo exige de nosotros el análisis más exacto, objetivamente comprobable, de la correlación de las clases y de las particularidades concretas de cada momento histórico. Nosotros los bolcheviques, hemos procurado siempre ser fieles a esta exigencia, indiscutiblemente obligatoria desde el punto de vista de toda fundamentación científica de la política (…) ‘Nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción’: así decían siempre Marx y Engels, quienes se burlaban, con razón, del aprendizaje mecánico y de la simple repetición de ‘fórmulas’ que, en el mejor de los casos, sólo sirven para trazar las tareas generales, que cambian necesariamente de acuerdo con las condiciones económicas y políticas concretas de cada fase particular del proceso histórico (…) ¿Cuáles son los hechos objetivos, establecidos con exactitud, que deben servir hoy de guía al partido del proletariado revolucionario para determinar las tareas y las formas de su actuación?” (Lenin, 1917: 263).

Las posiciones relativas de las fuerzas sociales y políticas de clase, las particularidades concretas –las que constituyen “unidad de múltiples determinaciones”— de cada momento histórico, forman el presupuesto para intelección teórica de los periodos de la lucha de clases. El dogmatismo epocal, la tesis de que nos encontramos en tal o cual “proceso” o “situación” global, que determina cada una de las expresiones particulares del desarrollo social –aunque, extrañamente, la única fuente de esa generalidad es la propia particularidad—, es completamente ajena al marxismo como instrumento conceptual, como “guía para la acción”, como herramienta conceptual para la fundamentación científica de la política revolucionaria. Las “tareas generales” no pueden sustituir las condiciones concretas de cada momento particular del proceso histórico, afirma Lenin. Los hechos objetivos y comprobables, “establecidos con exactitud”, que expresan la específica correlación de fuerzas de clase y las características singulares de cada momento histórico, son los verdaderos “puntos de apoyo” de la táctica y acción revolucionaria.

El concepto de periodo prerrevolucionario: la herencia del bolchevismo

Pero, ¿qué es exactamente lo que ocurre?, ¿cómo determinar el carácter de la situación política? Sigamos la intervención de Miguel Enríquez:

“Hay un instrumento conceptual levantado hace muchas décadas por el marxismo-leninismo y se llama caracterizar los periodos. Y este es un periodo que al entendimiento de lo que es un instrumento conceptual de algún rigor, nosotros lo denominamos como un periodo pre-revolucionario. ¿Qué entendemos como un periodo (en realidad lo que entendía Lenin), por un periodo pre-revolucionario? (…) En primer lugar, en esencia, para Lenin un período pre-revolucionario es un período en el cual coinciden en el tiempo dos fenómenos. Por un lado una crisis profunda de la clase dominante, tanto de la clase como tal como de sus representantes políticos, y por el otro, un aumento de la actividad del pueblo, una mayor conciencia y organización de los sectores de vanguardia de la clase. Eso es sustancialmente lo que existía desde antes del 4 de septiembre y que cristaliza en un momento de este período, en el gobierno de la Unidad Popular” (Enríquez, 1972b: 254).

Enríquez recoge aquí la célebre definición leninista de “situación revolucionaria” en el debate contra la actitud chovinista y defensista de la socialdemocracia europea después del estallido de la “Gran Guerra”. En La bancarrota de la II Internacional, folleto escrito en 1915, Lenin señalaba:

“Para un marxista es indudable que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; además, no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los signos distintivos de una situación revolucionaria? Seguramente no cometeremos un error si señalamos estos tres signos principales: 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas” una crisis en la política de la clase dominante, que origina una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no suele bastar con que “los de abajo no quieran”, sino que hace falta además que “los de arriba no puedan” seguir viviendo como hasta entonces. 2) Una agravación, superior a la habitual, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de “paz” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los mismos “de arriba”, a una acción histórica independiente” (Lenin, 1915: 11).

Se trata pues, en primer lugar, de un cambio en la correlación global de fuerzas de clase. La clase dominante no puede imponer los términos del enfrentamiento, contenerlo en los límites del sistema de dominación. La “crisis de las alturas” abre una fisura por la cual “irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas”, es decir, una brecha que potencia la movilización de masas. En segundo lugar, se trata de un empeoramiento de las condiciones de vida de las masas, es decir, del desarrollo de un proceso de retroceso o deterioro de la acumulación de capital y de contradicciones en los procesos de reproducción de los fundamentos materiales e ideológicos del orden social capitalista. En tercer lugar, como consecuencia de ambos procesos, de un aumento de la actividad de las masas que son volcadas ahora “a una acción histórica independiente”.

“Un periodo pre-revolucionario estaba germinando. El movimiento de masas, las capas aliadas, los pobres, los campesinos, los obreros, los pobladores, estaban aumentando su actividad. Por otro lado, la clase motriz, la clase obrera, no sólo aumentaba su actividad, también elevaba notoriamente su capacidad de organización y su nivel de conciencia. Al mismo tiempo, entre la década del 60 y 70, tanto por estancamiento económico, por distintos modelos que sería muy largo exponer acá (si hubiera tiempo lo haría), entró en crisis la clase dominante como tal y dos fracciones de la clase dominante, no sólo de los partidos que representan fundamentalmente los intereses de las clases pero no mecánicamente, entraron en crisis. Eso es lo que explica que hayan habido dos candidaturas el 4 de septiembre No es sólo la fortaleza del pueblo la que lleva al gobierno de la UP. Es una parte del problema, importante y fundamental; pero otra es la crisis de la clase dominante” (Enríquez, 1972c: 255).

El encadenamiento de los fenómenos no tiene aquí un orden causal preestablecido. La crisis de la clase dominante o el ascenso del movimiento de masas no son, pues, una condición, sino un rasgo propio de la situación. Se trata, como señalaba Enríquez en la cita anterior, de una “cristalización” de los rasgos prerrevolucionarios, no de un proceso mecánico de causación. Los cambios que determinan la cristalización de la situación revolucionaria, según Lenin, son “independientes de la voluntad de las diferentes clases”, y sin ellos “la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria” (Lenin, 1915: 11).

Ahora bien, más arriba hablábamos de un cambio en la correlación global de fuerzas de clase con la finalidad de graficar la idea de ruptura entre clases dominantes y clases dominadas. Este cambio de la relación de fuerzas no es, en realidad, otra cosa que la cristalización global de una crisis socio-política general:

“La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas ellas, y en particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan consciencia de la imposibilidad de vivir como antes y reclamen cambios; para la revolución es necesario que los explotadores no puedan vivir ni gobernar como antes. Sólo cuando las “capas bajas” no quieren lo viejo y las “capas altas” no pueden sostenerlo al modo antiguo, sólo entonces puede triunfar la revolución. En otros téminos, esta verdad se expresa del modo siguiente: la revolución es imposible sin una crisis nacional general (que afecte a explotados y explotadores)” (Lenin, 1920: 393).

Cuando Nicos Poulantzas se interroga por el problema del “periodo de los fascismos” sostiene que éste debe entenderse como cristalización de una crisis política, es decir, de una forma particular, de las características específicas, de la lucha de clases. Por eso, plantear la cuestión de la caracterización del periodo

“es ya plantear el problema de la crisis política, porque es precisamente a una crisis política a la que corresponde el advenimiento del fascismo. Se podría así aclarar nuestras proposiciones consignadas más arriba precisando que la crisis política consiste en una serie de características particulares de la lucha de clases: el problema aquí planteado es, por lo demás, análogo al que plantea la situación revolucionaria” (Poulantzas, 1971: 58).

En consecuencia, un periodo prerrevolucionario corresponde a una determinada forma de crisis social y política, a una forma particular de la lucha de clases en una formación social, a una “situación de condensación de las contradicciones, que rompe con un ritmo “gradual” de desarrollo” (Poulantzas, 1971: 59). Más adelante nos volveremos a enfrentar al problema del periodo como “forma específica” de la lucha de clases. Por ahora, continuemos con la intervención de Enríquez en el Foro de noviembre de 1972:

“Períodos pre-revolucionarios ha habido en distintas oportunidades en la historia. Se caracterizan, como decíamos, por un lado por la crisis de la clase dominante, por el otro por el aumento de la actividad del pueblo y por algunas connotaciones especiales en cuanto a la clase motriz. ¿Qué más tiene que incorporar un período pre-revolucionario? La crisis, la vacilación y la división al interior de la pequeña burguesía; eso es lo que vimos del 4 de septiembre en adelante” (Enríquez, 1972c: 255).

La cuestión del papel de la pequeña burguesía en las crisis sociales y políticas prerrevolucionarias no fue objeto de un tratamiento detallado por Lenin. A Trotsky se deben las primeras aproximaciones rigurosas a este problema. En sus estudios sobre Francia durante el periodo del “Frente Popular”, Trotsky señala:

“Los procesos que se desarrollan en las masas de la pequeña burguesía tienen una importancia excepcional para apreciar la situación política. La crisis política del país es, ante todo, la crisis de confianza de las masas pequeñoburguesas en sus partidos y en sus dirigentes tradicionales. El descontento, el nerviosismo, la inestabilidad, el arrebato fácil de la pequeña burguesía son signos extremadamente importantes de una situación prerrevolucionaria. Así, Así, como el enfermo que arde de fiebre se acuesta sobre el lado derecho o sobre el izquierdo, la pequeña burguesía febril puede volverse a la derecha o a la izquierda, según el lado al que se vuelvan en el período próximo los millones de campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, pequeños funcionarios franceses. La situación prerrevolucionaria puede volverse tanto una situación revolucionaria como contrarrevolucionaria” (Trotsky, 1935: 70).

Se podrían encontrar otras tantas definiciones como ésta en los estudios de Trotsky sobre la revolución española o la contrarrevolución fascista en Alemania. Como señala Enríquez en la intervención en el ampliado del Comité Regional Santiago, el 30 de octubre de 1972, producto del carácter acelerado de la crisis revolucionaria en Octubre de 1917, surge en el bolchevismo

“la hipótesis de que “las capas intermedias” son capas “partibles” y que en períodos de agudización de la lucha de clase, tiende un sector de ella a cobijarse bajo el alero de la burguesía, otro sector a estrechar su alianza con el proletariado y otros sectores a neutralizarse. (Lo que siendo correcto en su esencia, no es suficiente para explicar su comportamiento en todos los periodos)” (Enríquez, 1972b: 237).

Periodo prerrevolucionario y situación revolucionaria

Existe el riesgo de confundir el alcance del concepto de periodo y dotarlo de la misma rigidez que el concepto de “proceso” o “etapa”, tal como vimos era utilizado por los ideólogos del PS y PC. En tal caso, un periodo prerrevolucionario, como síntesis de los rasgos globales de lucha de clases en el intervalo de la crisis social, sería un bloque cerrado de rasgos específicos que aplican, indistintamente, a cada ciclo particular de la lucha de clases. Es necesario, por lo mismo, precisar un poco estas diferencias.

Por otro lado, si se considera la producción teórica y política de Miguel Enríquez, la llamada “crisis de agosto” de 1972 induce un salto cualitativo en sus concepciones. Tanto el Informe de la Comisión Política al Comité Central restringido, del 8 de Septiembre de 1972, como la exposición al ampliado del Comité Regional Santiago del 30 de Octubre de 1972, constituyen aproximaciones sucesivas al problema de la caracterización del periodo y de la situación política, tal como se expuso en el Foro de Noviembre de 1972. La cuestión de la precisión conceptual y terminológica se hace cada vez más determinante. Revisemos el comienzo de la segunda exposición mencionada arriba:

“Sobre el caracter del periodo nosotros hemos dicho que el periodo abierto desde el 4 de Septiembre, lo caracterizamos como un “periodo prerrevolucionario”. Periodo pre-revolucionario lo caracterizó Lenin fundamentalmente como periodos en los cuales la agudización de la lucha de clases adopta formas específicas y esas formas sin definidas con precisión por Lenin, como también lo son las que permiten hacer “madurar” una situación de tipo “pre-revolucionario” a “revolucionaria”. Entendiendo por “situación revolucionaria” aquella que posibilita “el asalto al poder” (Enríquez, 1972b: 233, cursivas nuestras).

Las cuestiones de sintaxis no deben preocuparnos aquí, pues se trata de la transcripción de una intervención oral. Vamos pues al contenido. En primer lugar, la definición del periodo prerrevolucionario como periodos en los cuales la “agudización de la lucha de clases” adopta o toma determinadas “formas específicas” permite la siguiente generalización: los periodos históricos se caracterizan, esencialmente, por la forma específica que adoptan los enfrentamientos de clases; o a la inversa: los periodos pre-revolucionarios son periodos que, al menos, suponen la agudización de la lucha de clases (bajo una forma específica). De esto se extraen otras dos proposiciones: existen factores, rasgos o elementos que permiten la “maduración” de la situación prerrevolucionaria en situación revolucionaria, considerando esta última como “aquella que posibilita el ‘asalto al poder’”. Entonces, la forma específica que adquiere la agudización de la lucha de clases es un periodo pre-revolucionario contiene los elementos que permiten su desarrollo en situación revolucionaria, es decir, esa forma específica presenta los factores (aunque inmaduros) que posibilitar el asalto al poder.

La situación prerrevolucionaria no es sólo, pues, el conjunto de rasgos particulares de la lucha de clases durante un periodo de crisis social y política más o menos profunda y aguda. Es el preludio del asalto al poder. En este sentido, en el propio planteo del problema existe una diferencia de términos respecto a la definición canónica de Lenin, quien decía en 1915:

“No toda situación revolucionaria origina una revolución, sino tan sólo la situación en que a los cambios objetivos arriba enumerados se agrega un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes para romper (o quebrantar) el viejo gobierno, que nunca, ni siquiera en las épocas de crisis “caerá” si no se le “hace caer” (Lenin, 1915: 11-12).

Aquí, la dialéctica entre los cambios objetivos y subjetivos de la situación política determina la cristalización de los periodos: situación revolucionaria, como complejo de cambios en las condiciones objetivas de las clases sociales y de la dominación política; revolución, ruptura del viejo orden social por la acción revolucionaria de masas. Sin embargo, la distinción entre periodo prerrevolucionario y situación revolucionaria, que desarrolla Enríquez, no proviene directamente de la anterior aportación de Lenin, sino de la distinción entre condiciones y situación revolucionaria desarrollada por Trotsky a lo largo de la década de 1930:

1. Para analizar una situación desde un punto de vista revolucionario, es necesario distinguir entre las condiciones económicas y sociales de una situación revolucionaria y la situación revolucionaria misma.

2. Las condiciones económicas y sociales de una situación revolucionaria se dan, hablando en general, cuando las fuerzas productivas de un país están en decadencia; cuando disminuye sistemáticamente el peso del país capitalista en el mercado mundial y los ingresos de las clases también se reducen sistemáticamente; cuando el desempleo ya no es simplemente la consecuencia de una fluctuación coyuntural, sino un mal social permanente con tendencia a incrementarse. Estas son las características de la situación de Inglaterra; podemos decir que allí se dan y se profundizan diariamente las condiciones económicas y sociales de una situación revolucionaria. Pero no debemos olvidar que a la situación revolucionaria la definimos políticamente, no sólo sociológicamente, y aquí entra el factor subjetivo, el cual no consiste solamente en el problema del partido del proletariado, sino que es una cuestión de conciencia de todas las clases, por supuesto fundamentalmente del proletariado y su partido” (Trotsky: 1931a).

Tal como vimos arriba, en la cita sobre la situación de Francia durante el Frente Popular en 1935, la emergencia de la categoría de periodo o situación prerrevolucionaria en Trotsky surge de una profundización del sentido cronológico que daba le daba Lenin en La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, y pasa a denominar aquello que éste entendía por “situación revolucionaria” en oposición a “revolución”:

“La revolución española ha creado las premisas políticas generales para la lucha directa del proletariado por el poder (…) [Pero] el retraso extraordinario de la vanguardia proletaria con respecto al desarrollo de los acontecimientos, la dispersión en el nivel político de las luchas heroicas de las masas obreras, la asistencia mutua que se prestan de hecho el anarcosindicalismo y la socialdemocracia, son los principales factores políticos que han permitido a la burguesía republicana aliada a la socialdemocracia poner en pie un aparato represivo y, golpeando sucesivamente a las masas sublevadas, concentrar un poder político importante en las manos del gobierno. (…) Es inútil decir que la revolución española no ha terminado aún. (…) La revolución burguesa no podrá dar nada más de lo que ha dado hasta el presente. Desde el punto de vista de la revolución proletaria, la situación actual de España puede ser calificada de prerrevolucionaria.” (Trotsky: 1931 b).

La distinción rigurosa, cara a Trotsky, entre periodo o situación prerrevolucionaria y situación revolucionaria, constituye el marco general de la caracterización del periodo que ofrece Miguel Enríquez en 1972 (y que, en realidad, no abandonará tampoco en su caracterización del “periodo contrarrevolucionario” abierto en Septiembre de 1973). Ahora bien, Enríquez se sirve de esta distinción con la finalidad de acentuar la importancia de los “cambios subjetivos”, es decir, del conjunto de fenómenos sociales y políticos que permiten la “maduración” del periodo prerrevolucionario –en que el asalto del poder se hace posible— a situación revolucionaria –en que la conquista del poder aparece como necesidad—:

“De lo que se trata, según Lenin -y todavía no aportamos nada nosotros, más que tratar de aplicar un instrumento conceptual a la realidad-, de lo que se trata en un período pre-revolucionario (para los revolucionarios por lo menos) es hacer madurar el período pre-revolucionario a una situación revolucionaria que permita el asalto al poder. Y entendemos que aquí podemos hablar con claridad; no “de una revolución fuera de la ley”, no es problema de “con las armas o sin las armas”, no es problema de “mostrar los pistolones” o “no mostrarlos”, es el problema de la conquista del poder, de un nuevo gobierno revolucionario de obreros y campesinos, que la dictadura del proletariado se instaure en una sociedad concreta, ese es el objetivo que tiene que buscarse a partir de un período pre-revolucionario (…) Que se consiga o no, no depende de la evolución pasiva de los factores. Depende fundamentalmente de la conducción que se dé, del papel que asuman las vanguardias políticas. Quienes quieran ser vanguardia tienen que tener como objetivo hacer madurar esta situación. Ese es el problema planteado desde el 4 de septiembre y con particularidades durante 1971” (Enríquez, 1972c: 255).

El problema que se comienza a plantear al interior del MIR, desde el triunfo electoral de la UP, es el de la relación entre la lucha armada (concebida según el modelo estratégico de la guerra popular prolongada de Mao) y la lucha de masas (según las condiciones de la situación política y el carácter del periodo prerrevolucionario). Por un lado, existía una corriente que ponía el acento en las tareas antigolpistas y de fortalecimientos de las alianzas políticas con el reformismo y el centrismo con el fin de utilizar la situación para el desarrollo de las capacidades militares del MIR. Pero no se trataba, por lo demás, de una visión puramente conspirativa. Se trataba, frente a la inevitabilidad de la ofensiva patronal y su interés por derrocar el gobierno de la UP de la forma más “superestructural” posible, de ensanchar, de dar un carácter de masas al enfrentamiento. Y de acuerdo con la lectura de la correlación de fuerzas de clase (debilidad táctica de la UP frente a las clases dominantes, progresiva capitulación y ausencia de una real movilización de masas promovida por este gobierno) se proponía levantar un programa y una alianza política que tienda a la dirección del proceso y al desarrollo de nuevas formas de movilización y organización de masas, es decir, imponer una alternativa política revolucionaria a partir de una presión de masas suficiente y de alianzas con los sectores revolucionarios al interior de la UP, con el fin de revertir la correlación global de fuerzas, en la etapa anterior al inminente enfrentamiento entre las clases dominantes, en proceso de fortalecimiento y las masas debilitadas por la conducción reformista. La ofensiva de la burguesía, con o sin apoyo de masas, con o sin fundamento “legal”, con o sin fractura institucional, según la lectura del momento político, hacía poco probable obtener un triunfo en la primera batalla y más bien hacía previsible y necesario el desarrollo de la lucha prolongada como continuidad de esta etapa inicial de enfrentamiento. Este era, a grandes rasgos, el modelo estratégico y táctico del MIR para el periodo, hasta bien entrado 1971.

Sin embargo, se abre otra línea que surge directamente de la experiencia de los sectores estrechamente vinculados al trabajo de masas, que se desarrolló vertiginosamente en el periodo, y de las movilizaciones que conduce el MIR en numerosos sectores del movimiento de masas. Se comienza a considerar que la agudización de las contradicciones y enfrentamientos de clase en el periodo abren nuevas posibilidades para el desarrollo y expansión de las posiciones revolucionarias en el seno de las masas. Esta perspectiva puede resumirse del siguiente modo: todo proceso de lucha armada supone la participación activa y fundamental de las masas; pero, pese a que el inicio de la lucha armada permitiría generar las condiciones para la incorporación progresivas de las masas, no resuelve por sí mismo el problema de la vinculación con la lucha de masas en un periodo prerrevolucionario. El ascenso de la lucha de masas, la activación de diversas capas y sectores del pueblo, y principalmente, de la fuerza motriz; la agudización de la crisis política en el seno de las clases dominantes, y la división de las capas medias, plantean las condiciones para sostener como tarea central del momento histórico el asalto al poder, sin que se haya iniciado todavía la lucha armada; en definitiva, las características del periodo plantean efectivamente la tarea de la conquista del poder político. Los periodos prerrevolucionarios son, entonces, momentos de brusco viraje en la actividad de las masas y de acelerado desarrollo de los enfrentamientos de clase, de resolución y explosión de las contradicciones acumuladas en los periodos de “desarrollo pacífico” de la lucha de clases, de normalidad de la dominación política burguesa.

La caracterización del periodo abierto después del 4 de septiembre de 1970 como prerrevolucionario abre al MIR un horizonte renovado. De una parte, la agudización de la lucha de clases, con un ascenso del movimiento de masas, de aumento de la actividad general del pueblo y, en especial, de elevación de los niveles de conciencia y organización de la clase motriz, abre a la vanguardia política las posibilidades objetivas de ganar la conducción de, por lo menos, la clase motriz (mediante la multiplicación de los enfrentamientos reivindicativos, saltos cualitativos en las formas de organización y lucha de masas, radicalización de las formas de combate, generación de instancias superiores de articulación y coordinación de la fuerza social revolucionaria, elevación de los niveles de conciencia política, choque permanente y desborde de la legalidad burguesa, desplazamiento del foco de la actividad de las masas desde el terreno de la institucionalidad burguesa hacia la construcción de embriones de “poder popular”, etc.). De otra parte, la situación anterior se diferencia de otras situaciones de ascenso del movimiento de masas por la crisis de la clase dominante. Esta situación de las fuerzas patronales se expresa en múltiples niveles, pero en general surge cuando ninguna fracción de la clase dominante es capaz de imponer su hegemonía sobre las restantes. Esto repercute sobre el sistema de dominación (quiebres y fisuras en la superestructura, acentuación de la autonomía relativa de los aparatos del Estado burgués, quiebre de los mecanismos de representación político-estatales y partidarios, desplazamiento de las clases apoyo del bloque dominante, agudización de la lucha interburguesa, debilitamiento de la hegemonía de las clases dominantes sobre el conjunto de los explotados, etc.) y lo hace entrar en crisis. Coincidiendo con ambos fenómenos, tanto el ascenso de la alianza revolucionaria de clases como la crisis de la clase dominante, hacen surgir el desconcierto y división de la pequeña burguesía, tanto de su fracción propietaria como no-propietaria (explicada por cambios bruscos en su posición respecto a las clases fundamentales, respecto al Estado burgués, autonomización y radicalización, etc.). Pues bien, hasta aquí, tenemos el cuadro de una situación prerrevolucionaria y de sus posibilidades estratégicas y tácticas.

Sin embargo, como se extrae de los planteos de Miguel Enríquez que vimos más arriba, el factor fundamental para la maduración, para el paso de una situación prerrevolucionaria a una situación revolucionaria, es el grado de desarrollo de la vanguardia ideológica y política del proletariado, de la dirección revolucionaria. Es decir, en una situación en la que se abre la posibilidad del asalto al poder, con independencia del tipo de formas y fases que asuma la guerra de clases, el papel catalizador de la dirección, de la vanguardia, en el seno de la clase motriz y del movimiento de masas, es fundamental para llevar al proletariado y las masas a la conquista del poder. Se trata pues de

“concentrar todas las fuerzas, toda la atención, en la acción inmediata, que parece ser y es realmente, hasta cierto punto, menos fundamental, pero que, en cambio, está prácticamente más cerca de la solución efectiva del problema, a saber: el descubrimiento de las formas de abordar la revolución proletaria o de pasar a la misma” (Lenin, 1920: 401).

La organización revolucionaria de vanguardia, cuando supera la etapa de agitación y propaganda de círculos y logra enraizarse en el movimiento de masas, se sirve de la caracterización del periodo para sopesar el momento oportuno, preciso, para desplegar la lucha directa para el poder. ¿Qué debe hacer la vanguardia cuando se apresta a dar el giro ofensivo para el asalto al poder burgués?:

“En este caso tenéis que preguntaros no sólo si habéis convencido a la vanguardia de la clase revolucionaria, sino también si están dispuestas las fuerzas históricamente activas de todas las clases, obligatoriamente de todas las clases de la sociedad sin excepción, de manera que la batalla decisiva se halle completamente en sazón, de manera que 1) todas las fuerzas de clase que nos son adversas estén suficientemente sumidas en la confusión, suficientemente enfrentadas entre sí, suficientemente debilitadas por una lucha superior a sus fuerzas; 2) que todos los elementos vacilantes, versátiles, inconsistentes, intermedios –es decir, la pequeña burguesía, la democracia pequeñoburguesa, a diferencia de la burguesía—, se hayan puesto bastante al desnudo ante el pueblo, se hayan cubierto de ignominia por su bancarrota práctica; 3) que en el proletariado empiece a formarse y a extenderse con poderoso impulso un estado de espíritu de masas favorable a apoyar las acciones revolucionarias más resueltas, más valientes y abnegadas contra la burguesía. He aquí en qué momento está madura la revolución, he aquí en qué momento nuestra victoria está segura, si hemos calculado bien todas las condiciones indicadas y esbozadas brevemente más arriba y hemos elegido acertadamente el momento” (Lenin, 1920: 403).

A la inversa, ¿qué causas podrían impedir la conformación de la organización de vanguardia como dirección revolucionaria del movimiento de masas? Pasado el golpe militar y ya abierto el periodo contrarrevolucionario, Enríquez vuelve a Trotsky para explicar la disolución de las condiciones prerrevolucionarias:

“En realidad fue el mismo Trotsky quien al analizar la revolución española de 1936 establece diversas causas para que una revolución no triunfe: por correlación de fuerzas (un período prerrevolucionario que no alcanza a madurar a situación revolucionaria), por errores y desviaciones de la vanguardia (reformismo, centrismo, ultraizquierdismo), por juventud de la vanguardia al momento de abrirse la crisis; Trotsky exige que la vanguardia esté constituida como vanguardia política real de las masas antes de que la crisis comience, como condición para que pueda cumplir el rol histórico de vanguardia durante el curso de la crisis y pueda así llevar a la victoria a la clase obrera y al pueblo, esto implica: madurez ideológica, política y orgánica, enraizamiento real fundamentalmente en la clase obrera y también en las capas aliadas” (Enríquez, 1974: 496).

¿Qué explica, en consecuencia, la derrota de las fuerzas revolucionarias en 1973?

“Ya en 1972 establecimos, en informe de la CP publicado en el interior del partido, que entonces tomábamos conciencia que en 1970 distábamos de haber constituido una vanguardia política real, que en 1971 y durante la mitad de 1972 no tuvimos conciencia de esto y sobrevaloramos nuestro verdadero carácter, que en 1970 en realidad éramos sólo un grupo revolucionario, una vanguardia en potencia, y así a mediados de 1972 recién llamamos al partido a tomar conciencia de esto y a enfrentar el enorme desafío que constituía el tener que construirnos como vanguardia en el curso de la crisis misma y en los meses que eventualmente restaban de ella. No lo logramos, y en esto está la explicación fundamental del resultado del enfrentamiento de septiembre de 1973: no tuvimos el peso suficiente en el movimiento de masas, el desarrollo político ideológico necesario para haber arrebatado la conducción del movimiento de masas al reformismo, no fuimos capaces por tanto de evitar el reflujo que comenzó en agosto de 1973. Más aún, no sólo no éramos vanguardia en septiembre de 1970 sino que, además de no tener conciencia de ello y por ello infundir un optimismo exagerado al partido, como lo reiteramos en nuestro documento de diciembre de 1973, “La dictadura gorila y la táctica de los revolucionarios”, perdimos un año y medio de los tres que duró la crisis antes de tener una concepción cabal del período que Chile atravesaba y, por tanto, una táctica correcta” (Enríquez, 1974: 496-497).

Quizás este sea el intento de autocrítica, desde la perspectiva marxista, más crudo que hayan elaborado los ideólogos de las organizaciones políticas del periodo. Y, como se aprecia en las afirmaciones anteriores, la caracterización del periodo pasa a ser una cuestión central en la explicación de la derrota de Septiembre de 1973. ¿Qué elementos de la caracterización del periodo y la situación política, entre agosto de 1972 y julio de 1974, permiten a Miguel Enríquez llegar a esta conclusión? Este problema constituye ya materia de otra aproximación teórica al modo en que el MIR y sus principales cuadros, como Enríquez y Bautista van Schouwen, se enfrentaron a la necesidad de definir, con las herramientas del marxismo, las condiciones y perspectivas de la lucha de clases en ese periodo. En este ensayo sólo hemos podido ubicar algunos de estos elementos, rastrear sus antecedentes en las corrientes del marxismo –principalmente, del bolchevismo— y reconstruir algunos de los momentos del proceso de elaboración de una política revolucionaria para el triunfo de la revolución social en el chile de los 70’. La tarea de profundizar esta aproximación está, pues, abierta y, si hemos tenido éxito, clarificada en algunos aspectos generales. La labor “sísifica” –si se nos permite el neologismo— de la política revolucionaria marxista sigue ahí, esperando ser encarada nuevamente. Contamos, no obstante, con hombros suficientemente fuertes en los cuales apoyarnos para seguir empujando esa pesada roca.

José Segundo Leiva Tapia.

Chile, diciembre de 2016.

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