Maduración del capitalismo neoliberal en Chile y nuevas dominaciones sociales

por Frank Gaudichaud

Uno de los autores, que a finales de los años noventa, mejor se dedicó a describir críticamente el funcionamiento de la articulación entre transición pactada, adhesión de la centro-izquierda y de los partidos de la Concertación a la utopía neoliberal y sociedad de consumo crediticio es el sociólogo Tomás Moulian. En su “anatomía del mito” democrático chileno, propuso varios conceptos para explicar el “transformismo” político que ha significado la transición, como también el carácter de esa fusión entre autoritarismo político, integración de los símbolos del modernismo de la economía del mercado y anomia individualista neoliberal. Adentrándose en las controvertidas profundidades de la realidad chilena, Moulian desdibuja un país páramo del “ciudadano credit-card”, paraíso del consumidor endeudado, patria de un sistema constitucional autoritario administrado con entusiasmo por la Concertación. Una nación que también olvidó su historia violenta reciente: “En la matriz de una dictadura terrorista devenida dictadura constitucional se formó el Chile actual, obsesionado por el olvido de esos orígenes”. En su prólogo a la tercera edición (2002) de un libro que aún marca de su sello la sociología chilena, Moulian añade que el Chile actual:

“sigue siendo una sociedad donde prima el modelo socioeconó- mico de la “economía libre”, cuyos lineamientos generales fueron definidos durante la dictadura y donde, como es natural, sobreviven sus plagas asociadas. Ellas son: a) una democracia de baja intensidad invadida por la ideología tecnocrática, cuyo formalismo genera una fuerte indiferencia hacia la política institucional y un alto desprestigio de los profesionales de la actividad y b) una cultura en la cual priman los componentes individualistas asociativos y expresivos” (Moulian, 2000: 10).

En textos ulteriores, el sociólogo ha buscado pormenorizar de qué manera la democracia chilena se basa en una política analfabeta y la construcción de una seudopolítica, donde parecen existir conflictos y debates polarizados entre partidos que en realidad representan sólo algunas variantes de la misma sociedad del espectáculo, una “entreten- ción” entre el mismo duopolio en el poder: la Concertación de un lado y, del otro, el bloque de la derecha política (la “Alianza por Chile”), donde encontramos Renovación Nacional (RN – Liberal conservadora) y la Unión Democrática independiente (UDI – gremialista Pinochetista)21.

“La seudopolítica busca generar la imagen de la hiperpoliti- zación, una de cuyas expresiones sintomáticas es una preo- cupación obsesiva por los personajes políticos. La prensa, la televisión y las radios multiplican las noticias políticas, pero sus temas son el chismorreo (generalmente morboso, pero en ocasiones solo frívolo) sobre las vidas privadas de los hombres públicos y los trascendidos sobre los casos de corrupción, tra- tados de manera desigual y sesgada. La seudopolítica busca el “asesinato de imagen” de la política, para convertirla en impo- tente” (Moulian, 2004: 13).

Sin lugar a dudas, las publicaciones de Moulian y su gran difusión re- presentaron una primera ruptura necesaria con la doxa existente sobre la transición democrática, aunque es menester resaltar que sus textos están todavía marcados por cierta denuncia moral de la desigualdad social y alguna añoranza nostálgica de los “buenos tiempos” de la polí- tica popular anterior al golpe de Estado, eso sin tocar detalladamente y de frente la problemática del trabajo y de su subsunción real como condición del proyecto de clase neoliberal.

Hoy, este modo de acumulación capitalista lleva casi 40 años de funcionamiento y perfeccionamiento, sin discontinuidad, con sus consiguientes transformaciones internas, construcción valórica y múltiples efectos contrarios. De hecho, Chile se encuentra en la situación original de ser la nación que presenta a la vez una de las experimentaciones neo- liberales más extremas y de mayor duración, eso tanto en sus figuras cívico-militar (1975-1989) como neoliberal democrática (1990-2015). De allí, el interés de estudiar la literatura que se generó en los últimos años desde las ciencias sociales para intentar analizar el carácter “maduro”, “avanzado” o “triunfante” de este fenómeno, desde diferentes ópticas y con nuevos aportes. Podemos decir que tenemos un corpus de estudios que permite trazar algunas lecturas críticas argumentadas sobre esta realidad. Desgraciadamente, existen pocos debates reales entre discipli- nas, intercambios entre autores y, en la mayoría de los casos, brillan por su ausencia las referencias mutuas entre los escritos que trabajan esta problemática, por lo cual nos pareció interesante presentar los puntos de convergencia y complementariedad entre algunos textos. Si bien los investigadores que citaremos a continuación y en el próximo párrafo han aportado a una reflexión general, quedan por desarrollar más es- tudios desde análisis de casos y temáticas específicas. Un trabajo que afortunadamente ya está en curso, en particular desde una generación de investigadores, más apegados a encuestas de terrenos y desarrollo de problemáticas más acotadas, como lo ha demostrado -entre otros- el coloquio internacional organizado en Francia, en septiembre 2013, sobre “gobernar y resistir en una sociedad neoliberal”22.

Primer aporte esencial, aunque ¿sorprendentemente? ignorado por los académicos más “connotados”: las propuestas del economista marxis- ta Rafael Agacino que defiende la noción de “neoliberalismo maduro” o de “contrarrevolución madura”, recalcando la conformación en América Latina de procesos neoliberales tempranos, intermedios y tardíos. En el caso chileno, cuando en 1990 se abre la etapa de la administración civil del neoliberalismo, el modelo tiene ya 15 años de operatividad, a diferencia de las políticas de ajustes más tardías efectuados en democracia, como en el Perú de Fujimori y de Toledo, en el Ecuador de Bucarán y Gutiérrez, en la Bolivia de Sánchez de Lozada y en la Argentina de Menem y De la Rúa. Según Agacino, hay que considerar varios elementos para abordar la ori- ginalidad del caso chileno, pero también subrayar que acumula hoy varios de los signos del agotamiento de un sistema ya “maduro”:

“La potencia del modelo chileno y su excepcionalidad, en gran medida sólo puede explicarse a partir de un hecho político clave: la emergencia de una franja de las clases dominantes con visión estratégica que, frente a la crisis de los ochenta, logró anteponer a los intereses fraccionales el interés del ‘ca- pital en general’. Se trata del talento de un bloque dominante que logra simultáneamente construir hegemonía y las bases materiales necesarias cuyo éxito, finalmente, se medirá por la reconversión al neoliberalismo de la propia tecnocracia social- demócrata. En efecto, será una suerte de “neoliberalismo rosa” el que retomará la posta y extenderá el proyecto neoliberal desde los noventa hasta nuestros días. Sin embargo, desde otra perspectiva, la contrarrevolución neoliberal chilena, la más exitosa en América Latina, entrando ya a la cuarta década, permite anticipar los problemas estructurales que resultan de su aplicación completa. En Chile, la tremenda desigualdad del ingreso, la concentración de la riqueza, la sobre explotación de la fuerza de trabajo y los recursos naturales, la precariedad del empleo y el desempleo estructural resultan del propio cre- cimiento y acumulación capitalistas y no del estancamiento o el bajo crecimiento. En realidad, éstas características estruc- turales, incluida una reducción de la pobreza cuya perdura- bilidad nadie asegura por la precariedad del empleo, han sido las condiciones para el logro del crecimiento acelerado. En el largo plazo y más allá de los ciclos cortos, la contra revolución neoliberal chilena muestra como la racionalidad neoliberal avanza agotando y destruyendo sus propias fuentes de creci- miento: el trabajo y los recursos naturales” (Agacino, 2006).

La noción de “madurez” no debe estar considerarse aquí en clave “bio- logista” o como producto de una evolución lineal desde el nacimiento hasta la vejez del sistema, pero enfatizando más en su carácter dual: por una parte, un modelo que acumuló solidez, parsimonia y experien- cia; pero también por otra parte, cada vez menos ágil, que ha perdido flexibilidad hegemónica, credibilidad y capacidad de adaptación con los años (Urrutia, 2002). En la última década, la extraordinaria estabilidad del régimen político y socio-económico chileno parece parcialmente de- bilitado, dominado por un poder real que opera cada vez más por fuera del Estado neoliberal y sus instituciones, para desplazarse esencialmen- te hacia poderes facticos, practicados por grandes corporaciones, think tanks empresariales o social-liberales, y un reducido puñado de medios de comunicación. En 2011-2013:

“todas las reformas estructurales – las pensiones, el traba- jo, la salud, la educación, el sistema de medios, la gestión monetaria, la canasta productiva exportable, etc., han dado ya sus ‘frutos’ y ahora comienzan a desplegarse sus contra- dicciones En estas condiciones, la emergencia de la cuestión social cambió el panorama y mostró la incompletidud de la utopía neoliberal del ‘orden del mercado’. La institución mer- cado se revela insuficiente para procesar todos los conflictos y transformarlos en meras contiendas entre partes privadas” (Agacino, 2013a: 40-44).

Este diagnóstico entra en parte (pero en parte solamente) en resonancia con el trabajo de Carlos Ruiz Encina. En su última publicación y en otro libro con el sociólogo Giorgio Bocardo (Ruiz, 2013; Boccardo, Ruiz, 2014), sintetiza varios estudios colectivos desarrollados en el Departa- mento de Sociología de la Universidad de Chile o en la CEPAL, tanto sobre estratificación social y desigualdades, como sobre movilizaciones colectivas23. En su estudio de 2013, propone así un “análisis de clase de la revuelta estudiantil” desvelando las entrañas de lo que denomina “neoliberalismo avanzado”. Utilizando el trabajo sobre las privatiza- ciones de Graciela Moguillansky (Moguillansky, 2001) y de Guillermo Campero sobre los grupos de presión (Campero, 2003), Ruiz y Boccar- do insisten en la importancia de la conformación de un empresariado cohesionado y bloque dominante para explicar la estabilidad del mo- delo chileno. Aprovechando la carencia de oposición social y política en dictadura, la clase empresarial (a diferencia de las pugnas entre in- dustriales y financieros en otros países de la región), en particular tras la crisis de 1982-83, pasa de la acción defensiva a la acción en bloque. Una clase dominante que lidera el proyecto cívico-militar que le otorga unos importantísimos beneficios en un contexto de fuerte crecimiento primo-exportador y apertura de nuevos espacios para el capital: salud, fondo de pensiones, mercado de la educación, sector minero y primario, etc. Con la transición, los patrones sólo tendrán que aproximar su posi- ción hacia la dirigencia de la Concertación, dejando atrás una relación orgánica casi exclusiva con los partidos de derecha y, en el otro sentido, los “technopols”, expertos y burócratas del social-liberalismo concerta- cionista integran cada vez más, al calor de estos años de gestión estatal, los consejos de administración, centros de estudios y fundaciones de las grandes empresas como también las redes de sociabilidades de las elites económicas, universitarias y mediáticas: un fenómeno ya bien estudiado a nivel continental por Dezalay y Bryant (2002).

Empero, sería erróneo pensar que el empresariado, como el conjunto de la fisonomía de las clases sociales en contexto de neo- liberalismo avanzado, no sufrió drásticas evoluciones en este lapso. En este sentido, el trabajo de Tomás Undurraga devela de manera más completa como la transformación del modelo de acumulación y de sus “circuitos culturales” impactaron fuertemente la formación de una nueva burguesía local-global, donde predominan progresivamen- te grandes holdings comerciales-financieros, configurados a partir de los ciclos de privatizaciones, de alianzas externas con los centros del sistema-mundo capitalista y nuevas interacciones entre academia y empresas (Undurraga, 2014). Estos grupos se desarrollaron de manera importante en los años 2000, con las multiplicación de los Tratados de libre-comercio (se firma el TLC con EE. UU. en 2003). La hiper- financiarización de la nueva economía abierta chilena terminó por destruir la industria local y provocar un derrumbe del pequeño y me- diano empresariado productivo, que casi desaparece o es marginado a un estatuto precario de micro-empresas (induciendo un desempleo estructural) cuando algunas fracciones de las PYMEs se adaptan, transformándose en meros prestatarios de servicios de los grandes grupos. La aparente paradoja es que son esas pequeñas y medianas unidades económicas que son las que proveen más de 80% de los em- pleos nacionales. Los sectores tradicionales dominantes del empresa- riado criollo, gestores del golpe de 1973, si bien terminaron como los grandes beneficiarios del nuevo modelo como clase, no siempre su- pieron manejarse dentro del huracán neoliberal y de esta “revolución del empresariado” (Montero, 1997). Pocos fueron los que pudieron realmente hegemonizar este rápido proceso de apertura-concentra- ción-transnacionalización del capital. Hoy la economía chilena está controlada por un puñado oligopólico de muy pocas familias y gru- pos (como los Matte, Lucksic, Paulman, Angelini, Claro) muy cohesio- nados en plano ideológico y cultural (a diferencia de las burguesías argentinas) y con fuerte influencia en la agenda publica. Conforman verdaderos imperios económicos regionales24, de carácter transversal, presentes en los principales sectores comerciales, megaextractivistas, de servicios y exportadores, como bien lo han mostrado los estudios del economista Hugo Fazio (Fazio, 2005; Fazio y Parada, 2010).

Los diferentes estudios de la Universidad de Chile que se realiza- ron sobre estratificación social tanto desde el Centro de Investigación de la Estructura Social (CIES) como a través del Proyecto Desigualdades25(dirigido por Emmanuelle Barozet) muestran, en base a datos estadís- ticos y encuestas empíricas, los desplazamientos que se generaron en la conformación social desde los años ochenta, de arriba a abajo de la pirámide de las clases sociales. Las cifras sobre empleo muestran las evoluciones numéricas relativas, siguientes (ver Anexo 1): en la estruc- tura de una población económicamente activa (PEA) que supera los 8 millones 450 mil personas (2012), aparece una baja continua de la presencia de empleos agrícolas y grupos sociales en el mundo rural (con sólo 10,6% de la PEA en 2009), una disminución relativa de la clase obrera minera (0.5% de la PEA), se mantiene -con una leve reduc- ción- el peso de los obreros industriales y de la construcción (10,1%), y se nota un notable crecimiento de la clase obrera de comercio y servi- cios (15,9%), como de los asalariados “medios” (29,7%). Más allá de la diferencias de cifras, a veces notorias, que podemos constatar según las distintas investigaciones (Espinoza, Barozet, Méndez, 2013; Ruiz, Boccardo, 2011; Aguiar, 2010), el rápido crecimiento de los servicios, en la administración privada y el comercio es una de las característi- cas de la estructura ocupacional chilena, a tal punto que -siguiendo el esquema de Goldthorpe, Erikson y Portocarrero (Erikson, Goldthorpe 1992)- algunos autores proponen hablar de la “formación de una clase de servicio”26. Es indudable que se puede discutir la performatividad de tal concepto y su denominación como “clase”, pero merece destacar que este proceso de tercerización de fracciones del asalariado, muy heterogéneo en su composición, está en el centro de la fisonomía del neoliberalismo maduro. Para Carlos Ruiz, esta “clase de servicio” y las “nuevas clases medias” son un elemento central:

“El sostenido proceso de mesocratización se erige como una de las principales marcas de la sociedad chilena actual, al punto que los expandidos niveles de consumo y calificación profesio- nal y técnico que cobija la distinguen en el panorama regional” (Ruiz, 2013: 9-10).

El sociólogo le dedica, con Giorgio Boccardo, una gran atención a estos segmentos intermedios, efectivamente importantes, “hijos del neolibe- ralismo”, en gran parte urbanos, e integrados a estratos superiores de los asalariados del sector privado a través del mercado de la educación y del acceso a diplomas (Ruiz, Boccardo, 2014: 111-142). Los dos auto- res, tanto en sus escritos como en las publicaciones de la fundación NodoXXI27 que dirigen, ubican ahí cierto potencial político y conflictivo marcado por la “crisis de expectativas” de estos grupos y por la frustra- ción de promesas de movilidad social ascendente de la última década. Un “malestar mesocrático” que despuntó con grandes movilizaciones estudiantiles (volveremos sobre este tema), aunque subrayan que, en la mayoría de los casos, estos sectores son más bien individualistas, con- servadores del orden social neoliberal, con “un interés sustancial en elstatus quo” y “poca evidencia estructural a favor de una posible alianza con la clase obrera” (Ruiz, 2013: 78). Creemos que hay en estos aspectos mucho que debatir, pues dice relación con las alianzas estratégicas posibles entre el campo popular y grupos medios – en particular los grupos medios precarizados – en torno a fracciones organizadas de los y las trabajadores, potencial explosivo descartado como poco probable por Ruiz y Boccardo. Pero conviene, primero, relativizar fuertemente el mentado lema de la sociedad chilena como sociedad “clasemediera”, con el riesgo de sobre-representar así el espacio cuantitativo y político de la “mesocratización” (Barozet, Espinoza, 2009):

“Con sólo un tercio de la población ocupada en actividades de servicio, la sociedad chilena se encuentra lejos de una “eco- nomía moderna de servicio”. Más aún, el grupo de trabaja- dores manuales, que representa otro tercio de la estructura socio-ocupacional chilena está compuesto mayoritariamente por trabajadores manuales sin calificación (cerca de 20%). El contraste entre los trabajadores en actividades de servicio y los trabajadores manuales muestra el alto contraste en las ocupaciones no agrícolas. (…) Finalmente, las clases popula- res, compuestas por trabajadores manuales calificados y sin calificación, pequeños propietarios y trabajadores agrícolas, comprenden 47% de la población. Esta pirámide social se ase- meja a la de otros países de la región, en los cuales los sectores populares representan gran parte de la población, con una clase media exigua y una elite aún más reducida” (Espinoza, Barozet, Méndez, 2013).

De esta manera, la estructura social del “neoliberalismo maduro” permite detectar la formación de nuevas configuraciones de clase; y por ende de nuevos agentes, como también la fuerte presencia de las clases populares que sustentan con su trabajo el edificio neoliberal. Este proceso está articulado con la extensión del asalariado, inclu- yendo a grupos intermedios urbanos diplomados pero incluyendo a mucho jóvenes a menudo precarizados y desafiliados, que configuran -como en otros países de la región- un “nuevo proletariado en el siglo XXI”, más que directamente una soñada nueva clase media “emer- gente” (Therborn, 2012). De hecho, es lo que demuestran los estudios estadísticos del sociólogo Pablo Pérez que también van en sentido con- trario a lo sugerido por Ruiz y Boccardo. Pérez recuerda que, desde una perspectiva marxista contemporánea, se entiende el concepto de “clase media” como el conjunto de asalariados que se diferencia de las posiciones de la clase trabajadora por calificaciones de alto nivel (por ejemplo, profesionales y expertos) y/o cargos de autoridad dentro de la jerarquía de las empresas (por ejemplo, supervisores y gerentes). Con esta definición más precisa, los datos oficiales demuestran que –al contrario de la idea de la creciente mesocratización-, entre 2001 y 2010, la clase media disminuyó en Chile, pasando de 23,2% a 16,4%, mientras que los profesionales “expertos”, muchas veces resaltados como el parangón de la “nueva clase media chilena”, no representan más del 7% de la estructura de clases (Pérez, 2015a).

Por otra parte, comprender la irrupción de los diversos acto- res movilizados en años recientes es también entender las dinámicas en curso tanto en términos de movilidad, nuevas subjetividades o de “economía moral” y politicidad, más allá de su estricta ubicación en la estructura social. Como lo han enfatizado los trabajos de Erik Olin Wright es indispensable tener un análisis combinado de las clases socia- les, integrando una mirada sobre estratificación social, pero sin opacar el hecho que, en el sistema capitalista, las clases se construyen como relaciones sociales de explotación y dominación, es decir como dinámi- ca de conflicto (Olin Wright, 2009). El caso chileno lo evidencia dramá- ticamente. La pérdida de poder y de referentes sociopolíticos por parte de las clases populares, la transformación de los imaginarios colectivos o de asociatividad clasista en el seno de los “de abajo” después de 1973, nos dan claves para entender la precariedad de la situación de sujetos históricos como el movimiento obrero y sindical, como también el por qué del surgimiento del movimiento por la educación del 2011. La socio- génesis neoliberal avanzada es ante todo fruto directo de las luchas de clases y de un rumbo político que ha experimentado el país desde el golpe de Estado hasta la fecha. La dictadura cívico-militar no fue sólo un proyecto económico, se preocupó de destruir las formas más visibles del protagonismo histórico del movimiento popular: los partidos de izquierda, los sindicatos, las organizaciones armadas. Pero nunca pudo impedir el resurgir de las grandes protestas de los años 80, las múltiples huelgas obreras y jornadas de luchas callejeras en poblacio- nes o las diferentes estrategias de resistencia político-militar (Salazar, 2006). Todas estas formas de violencia y movilización popular afloraron y crecieron hasta la transición pactada. No obstante:

“Lo que nunca pudo lograr la dictadura militar, sí lo hizo la Concertación (la ‘clase política civil’) al poder operar en la subjetividad de aquellos que formaron parte de un movimiento de ciudadanos de carne y hueso que estuvo dispuesto a dar la vida no sólo por la salida del dictador, sino que también por la construcción de un orden radicalmente distinto al que, finalmente, triunfó. Esta fue tal vez la derrota más dura y pa- radojalmente la menos sangrienta que ha vivido el movimiento popular chileno. Este perdió vigor y su proyecto que aún es- taba por hacerse se vio truncado. Sólo así puede entenderse la actual ‘estabilidad’ y ‘legitimidad’ del Estado Neoliberal, una estabilidad de derrotados que pasivamente acatan el or- den impuesto. Sin embargo, el mundo popular parece haber sufrido transmutaciones que hoy lo llevan a distanciarse de la clase política civil, la misma que los instrumentalizó es ahora cuestionada, el descontento con el orden establecido y las pro- testas han vuelto (no con el grado de intensidad y masividad de los años 80). Con ello quizás la historicidad (esa capacidad de construir la historia) esté de regreso” (Carrillo Ramos, 2009).

(Tomado de Las fisuras del neoliberalismo maduro chileno)