Guillermo Lora: El trotskismo en defensa de la revolución cubana

Queremos subrayar que la significación de los acontecimientos del Caribe arranca no solamente de su carácter antiimperialista, sino de la confirmación que hace de la teoría de la revolución permanente, como ley de las revoluciones contemporáneas que estallan en países atrasados. Es explicable que los dirigentes de Cuba limiten sus observaciones al primer aspecto de la cuestión: “Todos sabemos ahora que “para conseguir nuestra soberanía económica debemos arrebatársela a aquello que se llama monopolio, que no tiene patria, pero lazos muy de cerca con Estados Unidos. Nuestra guerra, por lo tanto, es contra la gran potencia del Norte y debemos triunfar sobre los monopolios norteamericanos” (Ernesto Guevara, marzo de 1960). Acerca de las verdaderas proyecciones de la revolución nada nos han dicho y seguramente tampoco nos digan nada en el futuro, desde el momento que se limitan a teorizar alrededor de hechos cumplidos.

Para el revolucionario latinoamericano, Cuba es el laboratorio donde se está poniendo en evidencia el verdadero papel de las clases sociales dentro de las revoluciones de nuestra época y se está confirmando -desgraciadamente de una manera por demás brutal- el carácter contrarrevolucionario del stalinismo.

En último término hemos vuelto a la discusión de 1927 acerca del porvenir de los movimientos antiimperialistas no dirigidos por el proletariado y de la naturaleza reaccionaria del “socialismo en un solo país”.

Veremos más adelante que no pasan de ser falacias las “teorías” que pretendieron demostrar que Cuba enseñaba que se imponía la inmediata revisión del marxismo, se sostenía la inevitabilidad de “revoluciones campesinas”, al estilo cubano y hasta chino (pese a todo lo que ha escrito Mao); la inoperancia de la vanguardia obrera, a partir del 1o. de enero de 1959 y, en fin, que estaba demostrado que un puñado de valientes podía desencadenar la revolución en cualquier momento

Tenemos que lamentar sinceramente que esté ausente la asimilación teórica, es decir, crítica de la enseñanza cubana. Cuba nos ofrece generosamente su rica experiencia, nos corresponde a nosotros aprovecharla y enriquecer con ella la teoría de la revolución, único faro que puede iluminar el camino de liberación de los explotados.

Porque la revolución cubana es nuestra, porque deseamos vivamente que no sea derrotada, hemos salido en su defensa desde el primer momento. Pero, entiéndase bien: defendemos esa revolución como luchadores marxistas y no como lacayos que hablan y chillan porque les pagan. Nuestra actividad es inconcebible sin una amplia libertad de crítica y ésta es la suficiente independencia que permite llamar a las cosas por su verdadero nombre. Toda vez que hemos observado un error o hemos presentido un peligro hemos alertado en su oportunidad, sin que nos importe en absoluto el mordisco de los chacales. Hemos luchado contra las tendencias, que desde el seno mismo del gobierno cubano, pugnaban por aislar la revolución cubana del movimiento marxista internacional, por no correr el riesgo de perder sus canonjías. Así se ha dañado seriamente a Cuba y a todo el proceso revolucionario mundial. La historia no conoce el caso de una revolución hecha por lacayos.

Por ahí se nos ha tildado de enemigos de la revolución cubana, a nosotros que somos en Bolivia el sostén básico del proceso de transformación social. Nuestra crítica a los errores cometidos por el régimen de Fidel Castro se la ha pretendido confundir maliciosamente con la postura de las fuerzas reaccionarias.

Nuestra crítica tiene la intención de contribuir a la victoria final del proceso revolucionario. Las fuerzas contrarrevolucionarias están. interesadas en retornar al viejo estado de cosas, ambición por demás utópica. Los trotskystas pugnamos por eliminar todos los obstáculos que entraban la marcha hacia adelante de la revolución cubana.

El imperialismo norteamericano inspira sus actos en un odio cerval al gobierno de Fidel Castro. Por muy belicoso que sea este odio no es más que una apariencia que oculta un otro fenómeno mucho más importante.

No debe olvidarse que en los primeros momentos Estados Unidos apoyó y hasta alabó a Castro y Guevara:

“El gobierno revolucionario de Cuba llegó al poder con los aplausos y mejores votos sinceros del pueblo de los Estados Unidos y de otros países amigos, impresionados por el valor de los revolucionarios y por los nobles objetivos profesados por el Movimiento 26 de Julio. El reconocimiento casi inmediato del nuevo gobierno fue prueba del deseo sincero de los otros gobiernos del hemisferio de darle toda clase de apoyo amistoso” (Del documento presentado por el gobierno norteamericano a la OEA).

El imperialismo combate en Cuba al movimiento de liberación nacional, que diariamente asesta rudos golpes a sus intereses materiales y a su predominio secante sobre los países atrasados. Por el momento, gracias a una serie de circunstancias, para el Departamento de Estado Fidel Castro es sinónimo de la revolución cubana. Con todo, la lucha contra el primero encubre ¡a lucha contra la última, objetivo vital de los Estados Unidos de Norte América.

Los trotskystas estamos empeñados en que el movimiento de liberación concluya aplastando al mismo capital financiero y no solamente tales o cuales manifestaciones “perversas” de su política, cual parece ser la finalidad del revisionismo stalinista. Por otro lado, fácil es comprender que para nosotros una cosa es la revolución, es decir, las fuerzas sociales que se encaminan a llevarla hasta sus últimas consecuencias y otra muy distinta el gobierno que ocasionalmente se ha colocado como su dirección.

Desde el punto de vista del proletariado, que coincide con los objetivos históricos del movimiento antiimperialista internacional, somos los únicos que realmente defendemos la revolución cubana, porque coadyuvamos a que se dé la condición indispensable para su victoria final: la dirección de la clase obrera. Momentáneamente nuestra defensa llega al extremo de perderse en medio de la ola de adulonería al Señor Castro que alimenta el stalinismo y otra gentuza asalariada de la misma especie.

Se justifica que el stalinismo circunscriba su encarnizada defensa a Fidel Castro y otros elementos, sin interesarse en lo mínimo del porvenir de la revolución. El control de las cumbres dirigentes le permiten estrangular el proceso revolucionario, embridar a las fuerzas sociales que pueden romper efectivamente las cadenas de la opresión imperialista y, en fin, apoderarse de una obra, a cuya realización, lejos de contribuir, se han opuesto

El stalinismo ha usurpado la revolución cubana, no para llevarla adelante, no para entroncarla con la revolución latinoamericana e internacional, sino para convertirla en un peón de la diplomacia contrarrevolucionaria de la burocaracia moscovita del Kremlin.

Hemos denunciado enérgicamente que el mayor de los peligros para la revolución cubana radica en su estrangulamiento por el stalinismo. Cuando esta amenaza se perfilaba en el horizonte dejamos establecido que la marcha de la revolución detrás del carro stalinista la tornaría en sumamente vulnerable ante el imperialismo norteamericano y la contrarrevolución por él alimentada.

Esta conclusión a muchos se les antojó totalmente contradictoria y producto de lo que ellos denominan odio inoportuno a un stalinismo que ha dejado de existir después del XX congreso del Partido Comunista Ruso.

Partíamos de la certidumbre de que la línea llena de zig-zags de la diplomacia soviética – prisionera de esa tontería pequeño burguesa que se ha dado en llamar “coexistencia pacífica”- llevaba implícita la posibilidad de desmoralizar a las fuerzas revolucionarias

Al mismo tiempo, la stalinización del gobierno cubano no podría menos que aislar a Cuba frente a las fuerzas revolucionarias. La burocracia, saliendo en defensa de sus intereses, no podía menos que oponerse, por todos los medios, al surgimiento político de las capas más avanzadas de la clase obrera, porque este proceso sólo puede realizarse partiendo de un examen crítico de lo logrado por la revolución y de sus perspectivas. Stalinismo y crítica revolucionaria son términos excluyentes. Lo que en el pasado no era más que pronóstico es ahora verdad corroborada por los acontecimientos.

El debilitamiento de la revolución cubana ocasionada por el stalinismo, debilitamiento de su potencialidad revolucionaria y no de su aspecto diplomático y económico, no puede ser neutralizado por medio de componendas burocráticas, de acuerdos comerciales entre gobiernos y ni siquiera por una generosa e incondicionada ayuda económica. No puede concebirse en tales condiciones la “ayuda” de la burocracia moscovita.

Contrariando el pensamiento de todos los críticos de “izquierda” fuimos los primeros en señalar que la infiltración stalinista en el gobierno de Castro (los “izquierdistas” veían en ella la puerta de salvación de Cuba) concluiría perjudicando seriamente a la revolución.

En realidad, el tremendo sacudimiento social del Caribe dejó de apoyarse en el movimiento revolucionario internacional, vale decir, proletario (es aquí donde radica su posibilidad de fortalecimiento e invencibilidad) para abandonarse totalmente en brazos de la camarílla stalinista del Kremlin (causa principal de su debilitamiento).

Nuestra capacidad crítica -condición indispensable para el apoyo revolucionario a Cuba- tiene como fundamento la ideología marxleninista-trotskysta y una indiscutida independencia tanto frente a la burocracia stalinista (al aparato gubernamental de la Habana) como a todas las tendencias reaccionarias.

Los stalinistas utilizan la revolución cubana como un medio de vida y hasta de lucro. Han cercado a las embajadas de Cuba en el exterior y monopolizado los movimientos “pro castristas”. Las alabanzas del dúo Castro-Guevara se cotizan bien y por eso caen, de manera natural en la exageración. Como no podía ser de otra manera, la burocracia ha agotado todos los recursos para mantenernos alejados de las embajadas del gobierno cubano.

Allí donde ha sido posible, la militancia porista ha expresado públicamente su adhesión a la revolución cubana, lo que no es lo mismo que decir adhesión a la persona del Sr. Castro. Sería difícil que el lector encuentre un mejor ejemplo de desinterés que el demostrado por nosotros en lo que respecta a la defensa de Cuba.

Es lógico que defendamos a la revolución cubana utilizando nuestros propios métodos, es decir, los métodos revolucionarios y en ellos no tienen cabida ni la adulonería ni las alabanzas pagadas a tanto la palabra.

En la cuestión que nos ocupa nuestra preocupación central radica en movilizar profundamente a las masas bolivianas en apoyo a Cuba, es decir, en emplear un método típico de la revolución proletaria. Cuando tenemos que actuar frente a la política internacional de nuestro propio gobierno, por su misma naturaleza proimperialista y contraria a la revolución cubana, nos cuidamos mucho de sembrar falsas esperanzas en medio de las masas o de ceder nuestras posiciones o nuestros principios a cambio de tal o cual postura de dudoso neutralismo del señor Paz, sino que levantamos a todo el pueblo contra la diplomacia entreguista del Movimiento Nacionalista Revolucionario. El stalinismo observa una otra conducta: paga con su incondicional adhesión al régimen toda promesa de neutralismo.

La defensa de la revolución cubana forma parte indivisible de nuestra lucha persistente contra el régimen imperante en nuestro país y por la victoria final de la revolución boliviana. El proletariado dueño del poder en Bolivia fortalecerá de manera insospechada a Cuba y le ayudará a marchar decididamente hacia el socialismo, la concepción de las revoluciones cubana y boliviana como partes integrantes de un proceso único: la lucha antiimperialista internacional, nos diferencia de las tendencias que se reclaman abusivamente del marxismo.

El stalinismo ha sustituido la lucha por la revolución boliviana por el canto a la figura apolínea de Castro. El Partido Comunista de Bolivia ha dejado de tener bandera propia de lucha en el país y solamente vive porque puede medrar con los trabajos que le encarga la embajada cubana.

Las organizaciones que dicen defender a la revolución cubana sirven en la medida en que pueden transformarse en canales de movilización masiva, y no, precisamente, en la medida en que cuenten con la confianza y con los favores del gobierno de la Habana.

El stalinismo ha desprestigiado y comprometido definitivamente al movimiento “pro-castrista”, porque le ha privado de toda orientación revolucionaria y lo ha convertido en un grupúsculo de incondicionales asalariados. Lo más grave radica en que por este camino la causa de Cuba ha quedado aislada de las masas bolivianas y ha sido monopolizada por un grupículo de stalinistas ineptos y prostituidos. Sería absurdo cruzarse de brazos ante este espectáculo calamitoso; al contrario, es nuestro deber enseñar al grueso de los trabajadores a defender la revolución cubana y a considerarla como propia de ellos.

De lo expuesto se desprende que nuestras críticas al régimen de Castro nada tienen que ver con los despropósitos que a diario lanzan los sectores reaccionarios, la burguesía y el Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norte América.

Nuestra defensa de Cuba nada tiene que ver con la obsecuencia asalariada del stalinismo.

Creemos que cumplimos nuestro deber al dejar claramente establecidas estas diferencias y lo hacemos sumamente complacidos.

Hasta ahora el Partido Obrero. Revolucionario ha presentado públicamente sus discrepancias con el castrismo y particularmente con el método foquista, que nada tiene que ver con la evolución de la conciencia de clase del proletariado.


(Tomado de Archivos Marxistas)