Alejandra Kollontai: tesis sobre la moral comunista en el ámbito de las relaciones familiares

Familia y matrimonio son categorías históricas, fenómenos que se desarrollan de acuerdo a las relaciones económicas que existen en un nivel de producción dado. La forma del matrimonio y de la familia queda así determinada por el sistema económico de la época dada, y cambia a medida que la base económica de la sociedad cambia. La familia -de la misma forma que el gobierno, la religión, la ciencia, la moral, el derecho y las costumbres- es parte de la superestructura que deriva del sistema económico de la sociedad.

Donde las funciones económicas son desempeñadas por la familia en lugar de serlo por la sociedad en su conjunto, las relaciones familiares y matrimoniales son más estables y poseen una capacidad vital: “Cuanto menor sea el desarrollo del trabajo y más limitado su volumen de producción… más preponderantemente el orden social parece estar dominado por lazos de sexo” (Engels, Los orígenes de la familia…). En el período de la economía natural la familia formó una unidad económica cerrada que era necesaria para la humanidad y por lo tanto tenía una capacidad vital. La familia era entonces una unidad de producción y consumo. Fuera de la unidad económico-familiar, el individuo no tenía medios, especialmente en los primeros niveles del desarrollo de la sociedad, de sostener las condiciones necesarias para la vida. En algunas zonas y en algunos países donde el capitalismo está débilmente desarrollado (entre los pueblos de Oriente, por ejemplo), la familia campesina sigue siendo fundamentalmente una unión económico-familiar. Con la transición, sin embargo, de una economía natural a una economía capitalista basada en el comercio y el intercambio, la familia deja de ser necesaria para el funcionamiento de la sociedad y pierde así su fuerza y capacidad vital.

El hecho de que, con la consolidación del sistema capitalista de producción, la unión familia matrimonial se desarrolle desde una unidad de producción hasta convertirse en un acuerdo jurídico sólo relacionado con el consumo, conduce inevitablemente al debilitamiento de los lazos maritales y familiares. En la era de la propiedad privada y del sistema económico burgués-capitalista, el matrimonio y la familia se fundan en (a) consideraciones materiales y financieras, (b) la dependencia económica del sexo femenino en el sostén de la familia -el marido- en lugar del colectivo social, y (c) la necesidad de cuidar a la nueva generación. El capitalismo mantiene un sistema de economías individuales: la familia tiene un papel que desempeñar en la realización de tareas y funciones económicas dentro de la economía capitalista. Así, bajo el capitalismo, la familia no se funde ni se disuelve en la economía social, sino que continúa existiendo como unidad económica independiente, preocupada por la producción en el caso de la familia campesina y por el consumo en el caso de la familia urbana. La economía individual que nace de la propiedad privada es la base de la familia burguesa.

La economía comunista elimina a la familia. En el período de la dictadura del proletariado se produce una transición hacia el plan único de producción y el consumo social colectivo, y la familia pierde su importancia como unidad económica. Las funciones económicas externas de la familia desaparecen y el consumo deja de estar organizado sobre una base familiar individual; se establece una red de cocinas y comedores sociales, y la fabricación, reparación y lavado de ropa y otros aspectos del trabajo doméstico están integrados en la economía nacional. En el período de la dictadura del proletariado, la unidad económica familiar debe ser considerada, desde el punto de vista de la economía nacional, no sólo como inútil sino como perjudicial. La unidad económica familiar implica (a) el gasto no económico de los productos y el combustible por parte de las pequeñas economías domésticas, y (b) el trabajo improductivo, especialmente por parte de las mujeres, en el hogar, por lo que está en conflicto con el interés de la república obrera en un solo plan económico y en el uso más eficiente de la mano de obra (incluidas las mujeres).

Bajo la dictadura del proletariado entonces, dejan de existir las consideraciones materiales y económicas en las que se fundó la familia. También desaparecen la dependencia económica de las mujeres de los hombres y el papel de la familia en el cuidado de la generación más joven, a medida que los elementos comunistas en la república de los trabajadores se fortalecen. Con la introducción de la obligación de todos los ciudadanos de trabajar, la mujer tiene un valor en la economía nacional que es independiente de su familia y de su estado civil. Se suprime la subyugación económica de las mujeres en el matrimonio y en la familia, y la responsabilidad por el cuidado de los niños y su educación física y espiritual es asumida por el colectivo social. La familia enseña e instala el egoísmo, debilitando así los lazos del colectivo y obstaculizando la construcción del comunismo. Sin embargo, en la nueva sociedad las relaciones entre padres e hijos se liberan de cualquier elemento de consideración material y entran en una nueva etapa histórica.

Una vez que la familia ha sido despojada de sus funciones económicas y de sus responsabilidades hacia la generación más joven, y ya no es fundamental para la existencia material de la mujer, ha dejado de ser una familia. La unidad familiar se reduce a una unión de dos personas basada en un acuerdo mutuo.

En el período de la dictadura del proletariado, el Estado obrero no tiene que preocuparse de la unidad económica y social de la familia, ya que esta unidad muere a medida que los lazos del comunismo se consolidan, pero con las formas cambiantes de las relaciones matrimoniales. La familia como unidad económica y como una unión de padres e hijos basada en la necesidad de proveer el bienestar material de estos últimos está condenada a desaparecer. Por lo que el colectivo de los trabajadores tiene que establecer su actitud no hacia las relaciones económicas, sino hacia la forma de las relaciones entre los sexos. ¿Qué tipo de relaciones entre los sexos son mejores para el interés del colectivo de los trabajadores? ¿Qué forma de relación fortalecería el colectivo en la etapa de transición entre el capitalismo y el comunismo y ayudaría así a la construcción de la nueva sociedad? Las leyes y la moralidad que el sistema obrero están generando han comenzado a dar respuestas a estas preguntas.

Una vez que las relaciones entre los sexos dejen de desempeñar la función económica y social de la antigua familia, ya no serán la preocupación del colectivo obrero. No son las relaciones entre los sexos sino el resultado -el niño- lo que concierne al colectivo. El Estado obrero reconoce su responsabilidad de proveer económicamente para la maternidad, es decir, de garantizar el bienestar de la mujer y del niño, pero no reconoce a la pareja como una de unidad jurídica separada del colectivo de los trabajadores. Los decretos sobre el matrimonio emitidos por la república obrera que establecen los derechos recíprocos de la pareja casada (el derecho a exigir el apoyo material del ex-cónyuge para la mujer o los hijos), y así dan un estímulo legal a la separación de esta unidad y sus intereses de los intereses generales del colectivo social de los trabajadores (el derecho de las esposas a ser trasladadas a la ciudad o aldea donde trabajan sus maridos) son residuos del pasado; contradicen los intereses del colectivo y debilitan sus vínculos, por lo que deben revisarse y modificarse.

La ley debe enfatizar el interés del colectivo de trabajadores en la maternidad y eliminar la situación en la que el niño depende de la relación entre sus padres. La ley del colectivo obrero reemplaza el derecho de los padres, y el colectivo de los trabajadores vigila de cerca los intereses de la economía unificada y de los recursos laborales presentes y futuros. En el período de la dictadura del proletariado debe existir, en lugar del derecho matrimonial, la regulación de la relación del gobierno con la maternidad, de la relación madre / hijo y de la relación entre la madre y el colectivo de los trabajadores (es decir, las normas jurídicas deben regular la protección del trabajo femenino, el bienestar de las madres embarazadas y lactantes, el bienestar de los niños y su educación social). Las normas legales deben regular la relación entre la madre y el niño educado socialmente, y entre el padre y el niño. La paternidad no debe establecerse a través del matrimonio o de una relación de naturaleza material. El hombre debería ser capaz de elegir si acepta o no el papel del padre (es decir, el derecho que comparte por igual con la madre para decidir sobre un sistema social de educación para el niño y el derecho, cuando esto no entra en conflicto con el interés del colectivo, del contacto intelectual con el niño y la oportunidad de influir en su desarrollo).

Hay dos razones por las que, en interés del colectivo de los trabajadores, las relaciones entre los sexos deben estar sujetas a reglamentaciones legislativas: a) la salud y la higiene de la nación y la raza, y b) el aumento o disminución de la población requerida por el colectivo económico nacional. En el período de la dictadura del proletariado, la regulación de las relaciones entra en una nueva fase. En lugar de las leyes y la amenaza de un proceso judicial, el colectivo de trabajadores debe basarse en la influencia de la agitación y de la educación y en medidas sociales para mejorar las relaciones entre los sexos y garantizar la salud de los hijos nacidos de estas relaciones. Por ejemplo, los Comisariados de Salud y Educación deben llevar a cabo una amplia campaña sobre la cuestión de las enfermedades venéreas y otras enfermedades infecciosas, reduciendo así el peligro de propagación de estas enfermedades a través de las relaciones sexuales y la vida cotidiana. Una persona es culpable ante la ley no por haber tenido relaciones sexuales sino por haber guardado conscientemente silencio y ocultado el hecho de que tiene una enfermedad ante aquellos con quienes vive y trabaja, y por lo tanto por no observar la regla de las precauciones a tomar para reducir la probabilidad de infección.

En el período de la dictadura del proletariado, la moral comunista -y no la ley- regula las relaciones sexuales en interés del colectivo obrero y de las generaciones futuras.

Cada época histórica (y por lo tanto económica) en el desarrollo de la sociedad tiene su propio ideal de matrimonio y su propia moral sexual. Bajo el sistema tribal, con sus lazos de parentesco, la moral era diferente a la que se desarrolló con el establecimiento de la propiedad privada y del gobierno del marido y el padre (el patriarcado). Los diferentes sistemas económicos tienen diferentes códigos morales. No sólo cada etapa del desarrollo de la sociedad, sino cada clase tiene su correspondiente moral sexual (basta con comparar la moral de la clase terrateniente feudal y de la burguesía en una misma época para ver que esto es cierto). Cuanto más firmemente se establecen los principios de la propiedad privada, más estricto es el código moral. La importancia de la virginidad antes del matrimonio legal nació del principio de la propiedad privada y la renuencia de los hombres a pagar por los hijos de otros.

La hipocresía (la observancia externa del decoro y la práctica actual de la depravación) y el doble código (un código de conducta para el hombre y otro para la mujer) son los dos pilares de la moral burguesa. La moral comunista debe, ante todo, rechazar resueltamente toda la hipocresía heredada de la sociedad burguesa en las relaciones entre los sexos, y rechazar el doble estándar de moralidad.

En el período de la dictadura del proletariado las relaciones entre los sexos deben ser evaluadas sólo de acuerdo con los criterios mencionados anteriormente: la salud de la población trabajadora y el desarrollo de los lazos internos de solidaridad dentro del colectivo. El acto sexual no debe ser visto como algo vergonzoso y pecaminoso, sino como algo tan natural como las otras necesidades de un organismo sano, como el hambre y la sed. Tales fenómenos no pueden ser juzgados como morales o inmorales. La satisfacción de los instintos sanos y naturales sólo deja de ser normal cuando se superan los límites de la higiene. En tales casos, se amenaza no sólo la salud de la persona en cuestión, sino también los intereses del colectivo de trabajo, que necesita la fuerza, la energía y la salud de sus miembros. La moral comunista, al reconocer abiertamente la normalidad del interés por el sexo, condena el interés insano y antinatural por el sexo (excesos, por ejemplo, o relaciones sexuales antes de la madurez, que agotan el organismo y reducen la capacidad de los hombres y las mujeres para el trabajo).

Como la moral comunista se preocupa por la salud de la población, también critica la moderación sexual. La preservación de la salud incluye la plena y correcta satisfacción de todas las necesidades del hombre; las normas de higiene deben funcionar con este fin, y no suprimir artificialmente una función tan importante del organismo como el deseo sexual (Bebel, La mujer y el socialismo). Así, tanto la experiencia sexual temprana (antes de que el cuerpo se haya desarrollado y fortalecido) como la restricción sexual deben considerarse igualmente perjudiciales. Esta preocupación por la salud de la raza humana no establece ni la monogamia ni la poligamia como la forma obligatoria de las relaciones entre los sexos, porque los excesos pueden ser cometidos en los límites de la primera, y un cambio frecuente de compañeros no significa en modo alguno la intemperancia sexual. La ciencia ha descubierto que cuando una mujer tiene relaciones con muchos hombres al mismo tiempo, su capacidad para tener hijos está deteriorada; y las relaciones con un número de mujeres drenan al hombre y afectan la salud de sus niños negativamente. Dado que el colectivo de trabajadores necesita hombres y mujeres fuertes y saludables, tales formas de organización de la vida sexual no son de su interés.

Es aceptado que el estado psicológico de los padres en el momento de la concepción influye sobre la salud y la capacidad de vida del niño. Así, en interés de la salud humana, la moral comunista critica las relaciones sexuales que se basan en la atracción física por sí solas y no son acompañadas por amor o pasión fugaz. En interés de la colectividad, la moral comunista también critica a las personas cuyas relaciones sexuales se construyen no sobre la base de la atracción física, sino del cálculo, hábito o incluso afinidad intelectual.

En vista de la necesidad de fomentar el desarrollo y el crecimiento de los sentimientos de solidaridad y de fortalecer los lazos del colectivo de trabajadores, debe establecerse sobre todo que el aislamiento de la “pareja” como unidad especial no responde a los intereses del comunismo. La moral comunista requiere la educación de la clase obrera en la camaradería y la fusión de los corazones y las mentes de los miembros separados de este colectivo. Las necesidades e intereses del individuo deben estar subordinados a los intereses y fines del colectivo. Por una parte, los lazos familiares y matrimoniales deben ser debilitados y, por otra, los hombres y las mujeres deben ser educados en la solidaridad y la subordinación de la voluntad del individuo a la voluntad del colectivo. Incluso en esta etapa presente, la república obrera exige que las madres aprendan a ser madres no sólo de su propio hijo, sino de todos los hijos de los trabajadores; no se reconoce a la pareja como una unidad autosuficiente, y por lo tanto no se aprueba que las esposas abandonen el trabajo por el bien de esta unidad.

En cuanto a las relaciones sexuales, la moral comunista exige en primer lugar el fin de todas las relaciones basadas en consideraciones financieras o económicas. La compra y venta de caricias destruye el sentido de la igualdad entre los sexos, y socava así la base de la solidaridad sin la cual la sociedad comunista no puede existir. Por consiguiente, la censura moral se dirige a la prostitución en todas sus formas y a todo tipo de matrimonio de conveniencia, incluso cuando es reconocido por la ley soviética. La preservación de la reglamentación del matrimonio crea la ilusión de que el colectivo obrero puede aceptar a la “pareja” con sus intereses especiales y exclusivos. Cuanto más fuertes sean los lazos entre los miembros del colectivo, en su conjunto, menor será la necesidad de reforzar las relaciones maritales. En segundo lugar, la moral comunista exige educar a la generación más joven en responsabilidad ante el colectivo y en la conciencia de que el amor no es lo único en la vida (esto es especialmente importante en el caso de las mujeres, porque se les ha enseñado lo contrario durante siglos). El amor es sólo un aspecto de la vida, y no se debe permitir que eclipsen las otras facetas de las relaciones entre lo individual y lo colectivo. El ideal de la burguesía era la pareja casada, cuyos miembros se complementaban tan completamente que no tenían necesidad de contacto con la sociedad. La moral comunista exige, por el contrario, que la generación más joven sea educada de tal manera que la personalidad del individuo se desarrolle al máximo, y el individuo con sus muchos intereses tenga contacto con una gama de personas de ambos sexos. La moral comunista alienta el desarrollo de muchos y variados lazos de amor y amistad entre las personas. El viejo ideal era “todo para el ser querido”; la moral comunista exige todo para el colectivo.

Aunque las relaciones sexuales es visto en el contexto de los intereses de la colectividad, la moralidad comunista exige que las personas sean educadas en la sensibilidad y la comprensión y sean psicológicamente exigentes tanto para con ellos como para con sus parejas. La actitud burguesa hacia las relaciones sexuales como una simple cuestión de sexo debe ser criticada y reemplazada por una comprensión de toda la gama de la experiencia amorosa gozosa que enriquece la vida y da lugar a una mayor felicidad. Cuanto mayor sea el desarrollo intelectual y emocional del individuo, menos lugar habrá en su relación para el lado fisiológico del amor, y más satisfactoria será la experiencia del amor.

En el período de transición, las relaciones entre hombres y mujeres deben, a fin de satisfacer los intereses del colectivo de trabajadores, basarse en las siguientes consideraciones:

(1) Todas las relaciones sexuales deben basarse en la inclinación mutua, el amor, enamoramiento o pasión, y en ningún caso en motivaciones financieras o materiales. Todos los cálculos en las relaciones deben estar sujetos a condena sin piedad.

(2) La forma y duración de las relaciones no están reguladas, pero la higiene de la raza y la moral comunista exigen que las relaciones no se basen solamente en el acto sexual y que no vayan acompañadas de excesos que amenacen la salud.

(3) Aquellos con enfermedades, etc., que podrían ser heredadas, no deben tener hijos.

(4) Una actitud celosa y propietaria hacia la persona amada debe ser reemplazada por una comprensión camaraderil y una aceptación de su libertad; los celos son una fuerza destructiva que la moral comunista no puede aprobar.

(5) Los lazos entre los miembros del colectivo deben fortalecerse. El estímulo de los intereses intelectuales y políticos de la generación más joven ayuda al desarrollo de emociones sanas y satisfactorias en el amor.

Cuanto más fuerte es el colectivo, más firmemente se establece el modo de vida comunista. Cuanto más estrechos sean los lazos afectivos entre los miembros de la comunidad, menor será la necesidad de buscar un refugio de la soledad en el matrimonio. Bajo el comunismo, la fuerza ciega de la materia es subyugada a la voluntad del colectivo de trabajadores, fuertemente unido, y por incomparablemente poderoso. El individuo tiene la oportunidad de desarrollarse intelectual y emocionalmente como nunca antes; en este colectivo, nuevas formas de relaciones están madurando y el concepto de amor se extiende y se amplía.

Publicado por vez primera en:Kommunistka № 10-11. 1921 (Александра Коллонтай: “Тезисы о коммунистической морали в области брачных отношений”, Коммунистка; 1921, № 10-11.)
Fuente de la presente versión: Juan Candal, 2017.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero 2018.