2019, urgente: unirse para derrotar a Piñera

por Gustavo Burgos

El 2018 lo iniciamos con el triunfo electoral de Piñera y el desconcierto en las filas de la izquierda, por aquello que machaconamente subrayaban los medios oficiales de la burguesía, como un triunfo “macizo”, “contundente” e “histórico de Piñera sobre Guillier. Se hablaba de una nueva época en la política chilena del regreso de la Derecha para -como mínimo- los próximos ocho años. La única duda era el candidato para la próxima elección presidencial.

Tan sólo un año después, que en política es un instante, todas esas afirmaciones suenan ridículas. Piñera, encabezando un gobierno que no ha logrado cerrar la crisis del régimen, tambalea frente a un abismo y -citamos a Pinochet- debe dar un paso adelante.

No resulta necesario hacer la lista de las instituciones que han profundizado su crisis durante este año. Suficientes listados se han hecho en estos días en la prensa, la radio y aún en la alicaída televisión. Los partidos políticos no logran recomponerse; la Iglesia Católica se cae a pedazos y sus dirigentes salen de las sombras sólo para ser objeto de acusaciones y en casos benévolos, de la mofa ciudadana; el Ejército y Carabineros acumulan gravísimos escándalos de represión ilegal, corrupción, ligazones con el narcotráfico y vínculos orgánicos con el hampa; la Justicia ha hecho noticia por dar la libertad a los genocidas de Punta Peuco, liberar de responsabilidad penal al grupo Penta y a los políticos imputados por corrupción, aplicando mano de hierro para validar la represión sobre el pueblo mapuche y el activismo; la institucionalidad ambiental ha quedado desnudada en su naturaleza frente a la crisis ambiental de Quintero Puchuncaví.

En fin, el cúmulo de antecedentes que demuestran que el régimen está en crisis y que el Gobierno piñerista es incapaz de resolver tal crisis, es de tal magnitud, que sobran los argumentos para sostener tal afirmación. Piñera ha sido derrotado de forma inapelable y epilépticamente, lo único a lo que apuesta en este estadio, es a aumentar el ataque a los trabajadores como única forma de mantener cohesionado a su sector. Derrotado en su capacidad de formar una mayoría política que le permita gobernar apuesta al premio de consuelo: la unidad de la derecha contra los explotados, los inmigrantes, mapuches, minorías sexuales, etc.

Pero el 2018, nos gusta la idea que en una emanación del cincuentenario de 2018 y un tardío reflejo a los 100 años de la Revolución Rusa, lo realmente distintivo ha sido el ingreso del accionar de las masas y particularmente del movimiento obrero. Primero fue el llamado “Mayo Feminista”, un movimiento que llevó a miles en las principales ciudades del país a reivindicar la liberación femenina tomando como propios los métodos de la clase obrera; luego el levantamiento y Cabildo de Quintero Puchuncaví como respuesta a la crisis ambiental (intoxicaciones masivas) de la zona de castigo industrial, movimiento que apenas resultó contenido mediando la muerte del dirigente de los pescadores, Alejandro Castro. Este último hecho terminó de hacer de este movimiento una simple acumulación de luchas y transformó a las mismas, de conjunto, en un alza de conjunto que recompuso la correlación de fuerzas entre las clases en beneficio de los explotados.

Este cambio en la situación, la pradera seca que espera una chispa incendiaria, preconstituyó el escenario en que se desarrollaron las movilizaciones en protesta por el asesinato del weichafe Camilo Catrillanca y luego, la huelga portuaria de los eventuales contra TPS de Von Appen, en Valparaíso. Ambos hechos, de naturaleza diversa, en otro contexto político, no habrían tenido la capacidad de poner en entredicho al gobierno y al régimen en su conjunto. Sin embargo en este contexto el Gobierno resultó golpeado, se abrieron fisuras en Carabineros y en el gran empresariado: los de arriba cada vez pueden menos y los de abajo, crecientemente, no quieren. La dinámica de polarización que hemos venido analizando en otras coyunturas, ha madurado fortaleciendo las políticas de enfrentamiento social en detrimento de aquellas que pregonan la conciliación de clases.

Es esta dinámica la que puso a una figura clave del Frente Amplio, el alcalde Jorge Sharp, en la completa irrelevancia ante el conflicto portuario. Su tardío llamado, en conjunto al Concejo Municipal, al diálogo, a la conciliación entre portuarios y Von Appen, por más que se haya realizado en apoyo a los trabajadores se ubicó -objetivamente- en línea con lo planteado por Piñera cuando dijo que había que terminar con las posturas intransigentes de “ambas partes”. Esta intrascendencia política de Sharp ya venía expresándose desde los días de invierno en que al alcalde no le quedó otra cosa que posar a desgano junto a Piñera con su remolino, en momentos en que el propio Presidente de la República hacía propio el proyecto de llenar Av. Argentina y el Muelle Barón, de jardines, juegos infantiles y ojos de agua. Un proyecto babilónico, cuando no faraónico, enteramente impertinente para una ciudad que socialmente se cae a pedazos.

Nos detenemos en la figura de Sharp, porque él, más que cualquier otro dirigente frenteamplista, explicita el “fuera de juego” de la dirigencia del Frente Amplio. Con una bancada parlamentaria preocupada de promover acusaciones constitucionales y comisiones investigadoras, la dirigencia frenteamplista cuyo único objetivo es el accionar institucional, se prepara para nuevas elecciones y acumular fuerza en las esferas del poder, ignorando del todo el despertar movilizador que ha emergido este año y que ha pasado por el costado de la izquierda “multicolor”. Que Pamela Jiles y Florcita Motuda hayan sido los que mayor atención política han concitado, es expresivo de este aserto.

Hoy necesitamos unidad en la izquierda, la más amplia posible. Pero necesitamos una unidad que apunte a la movilización y que se apoye en las conquistas políticas del período. Una unidad que se haga cargo de la necesidad de organizarse desde las bases para enfrentar la ofensiva patronal que encabeza Piñera, Von Appen, Luksic y la piara de piratas que, atrincherados en el poder, aspiran a seguir con el saqueo del país y a asestar nuevas derrotas a los trabajadores.

Piñera y cía no están jugando, pretenden arrasar con los derechos laborales, destruir los sindicatos y acabar con las indemnizaciones por años de servicio; quieren darle más dinero a las AFP y a eso llaman “reforma” previsional; quieren gobernar por decreto y hacerlo desde el Tribunal Constitucional. Piñera sólo puede aplicar sus planes mediante una dictadura civil, sin que resulte necesaria la intervención de las FFAA. Piñera y la Derecha efectivamente creen haber vencido y pretenden esclavizar a la mayoría trabajadora. Piñera no tiene oposición y aquella que pretende hacer ese papel sólo aspira a derrotarlo con maquinaciones institucionales, desde el poder y sin tenerlo. Por eso la oposición burguesa, institucional a Piñera (dirigencia del Frente Amplio y Nueva Mayoría) resulta impotente para asumir las tareas que el momento demanda. La Derecha quiere barrer con los trabajadores y esta oposición de papel en lo único que piensa es en ponerse de rodillas.

Este 2019 debe ser de los trabajadores. La izquierda revolucionaria, que se reclama del socialismo y la clase obrera, está obligada a estrechar lazos en la movilización y a dar respuestas a las demandas que día a día plantea la lucha de clases. La izquierda está obligada a estructurarse como partido, para salir a la lucha. El proceso se ha iniciado, ha sonado la campana y como se dice en el box “fuera los second”.