El intelectual simbólico: notas al margen sobre las Memorias de Daniel Bensaïd

por Gilbert Achcar //

 

Ningún intelectual ha encarnado mejor y tanto tiempo el espíritu (revolucionario) de Mayo de 1968 como Daniel Bensaïd.

Es conocida la categoría gramsciana de intelectuales orgánicos, ya sean los que produce la clase dominante con el fin de asentar su hegemonía ideológico-cultural como los que emergen en el combate contra-hegemónico llevado a cabo por las capas subversivas del orden social establecido. ¿Pero cómo calificar a Daniel, intelectual sesentayochista por excelencia, representante de un espíritu revolucionario que se apoderó del movimiento de masas en el tiempo de algunas mañanas, antes de contraerse como cuero viejo con el paso de los años hasta el punto de que en su décimo aniversario no era ya más que un recuerdo lejano en la conciencia colectiva de la gran mayoría de sus actores

“En 1978 ya había pasado el coche-escoba de la Unión (y de la desunión) de la izquierda […] Duelo por las grandes esperanzas y entierro sin mucha pompa del cambio anunciado.» (p. 93.) Con el paso de una década a otra –1978, 1988, 1998, 2008– el Mayo de los revolucionarios de 1968 se ha visto cada vez más ahogado por la recuperación de la ideología dominante, hasta el punto de tener que resignarse a «admitir que no hay un único “espíritu de Mayo”, sino espíritus en plural, su Mayo y el nuestro, que se opone tanto a su confiscación liberal aí como a su denigración regresiva”. (p. 105.)

Las primeras páginas de las Memorias de Daniel Bensaïd expresan muy bien su indignada protesta frente al ejército de renegados y embaucadores del espíritu original del Mayo francés.

¿Cómo designar por tanto a un intelectual que representa la continuidad minoritaria de un momento fugaz de radicalización, mucho más efímero, superficial e infinitamente menos trágico que la Comuna de París, que produjo sus comunerosconvertidos con los años en antiguos, como el abuelo materno de Daniel, comunero a los catorce años? Dejando asomar un punto de orgullo, el impaciente destaca su vinculación con la tradición revolucionaria francesa por parte de esta línea materna, tanto por la experiencia real del abuelo como por el imaginario de los ascendientes de este último (“me gusta pensar que pudieron participar en aquellos primeros círculos subversivos que Marx y Engels frecuentaron en 1844, durante su estancia parisina”, p. 33).

Propondría llamarlo intelectual simbólico, remitiéndome a uno de los sentidos que los diccionarios dan al término símbolo, sentido tomado, al parecer, de una definición de Alfred de Vigny en 1830: “persona que encarna, personifica de manera ejemplar”. Daniel Bensaïd sin duda ha encarnado, personificado de manera ejemplar el Mayo 1968 francés. Ya por este mismo hecho, se situaba en la continuidad de la larga serie de irrupciones revolucionarias –1789, 1792, 1830, 1848, 1871– que marcó el tiempo largo de la Revolución francesa, como identificó François Furet a la vista de los sobresaltos del ciclo revolucionario inaugurado a finales del siglo 18.

Los actores más jóvenes de la gran revolución fallida de 1968 constituían de forma manifiesta la herencia de estos sobresaltos, mientras la masa de participantes de más edad, encuadrada por los verdaderos intelectuales orgánicos de la clase obrera francesa del momento, creía encontrarse ante un remake de la huelga general de 1936 (en la cual la conmemoración de la Comuna de París constituyó un momento álgido, dicho sea de paso), un remake en que los Acuerdos de Grenelle debían preceder a la victoria electoral de un nuevo Frente Popular en vez de sucederla, como ocurrió con los Acuerdos de Matignon en 1936. Lo cierto es que el resurgimiento de gorros frigios en las grandes mareas humanas de 1968 testimoniaba esta continuidad de la tradición revolucionaria francesa. Más allá del simple espíritu de Mayo, Daniel Bensaïd encarnaba el conjunto de esta herencia, en su punto más alto –hasta el punto de que tomó parte en la batalla del bicentenario en 1989 personificando literalmente a la Revolución, con un libro redactado en primera persona, Yo, la Revolución: Remembranzas de una bicentenaria indigna (haciendo un guiño a La Vieja Dama indigna de René Allio).

En mayo de 1968, sin embargo, Daniel se reconocía sobre todo en la figura de Ernesto Che Guevara, a media distancia de las figuras de Mao y de Trotsky que constituían con la del Che la tríada legendaria de la radicalización estudiantil – sin olvidar la tendencia libertaria que se encarnó más bien en la figura de proa de esta radicalización representada por otro Daniel, sobre el que hicieron hincapié el poder y los medios de comunicación. Resulta que los dos Daniel, Bensaïd y Cohn-Bendit, fueron los principales animadores del Movimiento del 22 de Marzo, que partiendo de Nanterre iba a encender el fuego en el llano universitario. El Judío alemán de 1968 se ha impuesto históricamente como el intelectual orgánico por excelencia de la generación real de estudiantes sesentayochistas, pasados en su gran mayoría de una erupción revolucionaria, que resultó pubertaria, al estado de bobos, cuyo horizonte insuperable se ha vuelto la mejora de las condiciones ecológicas –una generación pasada, en suma, del rojo y negro al verde pálido, cruzado con rosa claro. Por su parte, el hijo de judío argelino, de nombre árabe, el episodio glorioso de 1968 expresaba sobre todo la persistencia del espíritu revolucionario, a contra-corriente de la evolución de la masa realmente existente de sus actores; de ahí su calificación de intelectual simbólico.

Todo revolucionario que piense que su deber es hacer la revolución, según la famosa fórmula del Che, es forzosamente voluntarista, la propia expresión lo es de manera suprema, al igual que lo es, si no más, la fórmula leninista del revolucionario profesional. Daniel estuvo eminentemente impregnado de este “voluntarismo político, galvanizado por la iluminación todavía activa del acontecimiento” (p. 117). Sus años más voluntaristas cubren básicamente la primera década que va de 1968 –del Mayo francés de aspecto festivo, ocurrido justo tras la ofensiva vietnamita que inauguró este annus horribilis para el sistema capitalista mundial– al final amargo de las ilusiones, con el telón de fondo del aborto del proceso revolucionario en Portugal y, en Indochina, el paso de la imagen de un Vietnam heroico a la de una Camboya de pesadilla, que el primero no tardó en invadir. El reflujo de la gran ola de 1968 se caracterizó por la reconversión de un puñado de intelectuales sesentayochistas en profesionales del marketing de un pensamiento nulo, en palabras de Deleuze.

Los “vuelos líricos” de los futuros “nuevos filósofos” en el inmediato post-1968 fueron sin embargo mucho más “delirantes” (p. 93) que la exageración voluntarista del alcance del acontecimiento que traducía la obra redactada en caliente en 1968 por Daniel Bensaïd y Henri Weber, Mayo 68: un ensayo general, una obra cuyo título constituye por sí mismo todo un programa. De estos años de hiper-voluntarismo, Daniel habla en dos capítulos de sus Memorias, con títulos evocadores: “La historia nos mordisqueaba la nuca” –se puede apreciar la desencantada atenuación de la expresión original lanzada por Daniel, cuando la historia mordía con buenos dientes, expresión que constituyó la “máxima de nuestra impaciencia revolucionaria” (p. 126); “El tiempo del leninismo apresurado”, cuyas raíces se sumergen en la elaboración teórica de un “(ultra) leninismo, obnubilado por el momento paroxístico de la toma del poder” (p. 127), inspirado por el Lenin de Lukacs muy articulado en torno a la actualidad de la revolución.

El gusto a plomo que dejaron estos años locos –sobre todo en la experiencia edificante que fueron las incursiones de Daniel en América Latina, en particular en Argentina, al ritmo de la ola guevarista que acabó por reproducir el fracaso boliviano del Che, sin lograr extraer las lecciones adecuadas– se vislumbra en este comentario sorprendente, casi enigmático, que cierra el capítulo titulado “La violencia domesticada”. Daniel, revolucionario impenitente, decididamente alérgico a todo legalismo, se resigna mal al abandono de la violencia revolucionaria programada: quiere más bien

“esforzarse por disciplinarla y domesticarla, lo que supone desarrollar una nueva cultura jurídica y una cultura de la propia violencia. […] Algunos códigos militares y algunas artes marciales han esbozado pasos en esta dirección” (p.232).

Durante la segunda década post-sesentayochista, Daniel partirá bajo otros cielos en busca del Graal revolucionario– sobre todo Brasil, y también México. Nuevas decepciones, con un PT brasileño que confirmó su acelerado aprendizaje de la trayectoria histórica de la social-democracia europea, pasando en pocos años del socialismo radical al reformismo electoralista, esperando insertarse en la mutación social-liberal de la era de la mundialización. Y con un dirigente campesino trotskysta mexicano que parece inspirado en la filmografía de Elia Kazan, pasando del ¡Viva Zapata! a La ley del silencio, o dicho de otra manera de dirigente campesino revolucionario a dirigente social corrupto (para completar el escenario, fue asesinado ametrallado junto a otras catorce personas en 2007). La corrupción gangrenó al México que, con la LCR francesa, fue la joya de la Cuarta Internacional, ese “bonsai de Komintern” (p.361). (La joya brasileña, organizada en forma de tendencia en el seno del PT, que le sucedió como la portadora de las esperanzas de la Internacional en América Latina, degeneró a su vez una quincena de años más tarde).

Una gran melancolía caracterizó el vigésimo aniversario de Mayo 1968, con un embalsamamiento mediático de primera clase del recuerdo de la gran rebelión, y una fiesta de la LCR con una desesperante escasa asistencia. Como por desafío, rechazo a claudicar, Daniel y Alain Krivine firmaban un Mayo sí!, con el subtítulo de Rebeldes y arrepentidos. Desafío renovado por Daniel en esas otras exequias que fueron las ceremonias del bicentenario de la Revolución francesa, que ya se ha citado antes. Pero el desafío simbólico al espíritu de los tiempos no basta para conjurarlo. El hundimiento de la URSS fue vivido por Daniel como una derrota histórica, aún estando por encima de cualquier sospecha de simpatía por el estalinismo. Lo que tenía para él un gusto a derrota era más bien el final de una época marcada por la creencia en la actualidad de la revolución en sintonía con el Octubre 1917 ruso, cuyo espíritu, se quería creer, seguía incubando como cenizas bajo el estiércol estaliniano.

“Había llegado la hora del cierre de los posibles”, escribe Daniel citando a Deleuze (p. 370), cierre aún más desmoralizador porque la uniporalidad imperial hacia la que se inclinaba el mundo tenía acentos triunfalistas, aunque hacía agua por todas partes. Este gran giro histórico es objeto de un capítulo que Daniel tituló “Vientos de torbellino”, en contra de la glorificación de los “Vientos del Este” por una minoría de la LCR y de la Internacional, dirigida por Gérard Filoche, que no tardaría en abandonar la Liga, de la que había sido uno de sus muy primeros fundadores, para unirse a la izquierda del Partido socialista. Nada expresó mejor esta divergencias de juicios sobre la caída del Muro que el intercambio de exclamaciones entre los dos protagonistas de este debate: “¡Champagne!” exclamó Filoche, en un congreso internacional reunido en 1991; “¡Champagne y Alka-Seltzer!” replicó Bensaïd, que cita esta expresión sin mencionar el intercambio en que surgió inicialmente (p.370).

Aquél fue el momento melancólico de Daniel, durante el cual redactó en tres años, “llevado por [un] impulso grafomaníaco”, lo que califica de “trilogía sobre la historia y la memoria” (p. 380): la obra sobre la Revolución, seguida de otra sobre Walter Benjamin y por fin la obra sobre Juana de Arco. Las obras de la trilogía de 1989-1991, admite Daniel, “parecen alejadas de Marx”. Se trataba, afirma, “de un recorrido paralelo, para volver mejor a la cuestión del comunismo, por el enmarañado camino de las herejías, por el desvío de la racionalidad mesiánica, por el sendero escarpado de una lógica del acontecimiento” (p. 412.) Ese momento melancólico no tardó en transformarse en apuesta melancólica, según el título de la obra que Daniel publicó en 1997 y en la que el desafío volvía a la carga. “La apuesta se vuelve melancólica cuando lo necesario y lo posible divergen” (p. 454.) Pero entonces la apuesta no es otra que la manifestación renovada, una vez más, del optimismo voluntarista que se burla del pesimismo intelectualista.

Entre tanto, Daniel había fundado en 1992 una Sociedad para resistir al espíritu de los tiempos –tema que presidirá su reflexión y sus actividades desde entonces: en 1998 publicó un breve Elogio de la resistencia al espíritu de los tiempos, en 2001 Los Irreductibles. Teoremas de la resistencia al espíritu de los tiempos, y el mismo año Resistencias. Ensayo de topología general, a la vez que lanzaba, todavía en 2001, la revista ContreTemps [Contra-Tiempo]. Esta misma noción inspira los títulos del opus magnum de Daniel, publicado en 1995 en dos volúmenes complementarios, Marx el intempestivo y La Discordancia de los tiempos – una obra que se sitúa en contra de toda visión lineal de la temporalidad y de cualquier determinismo positivista, en nombre de la pluralidad de los posibles y del papel de los imponderables. El opus magnum de 1995 es la culminación de una larga acumulación teórica en la que trabajo universitario, trabajo de formación teórica (sobre todo en la escuela internacional militante de Amsterdam) y debates internos se conjugan para producir una suma que constituye innegablemente un marxismo original y de los más ricos, según esta visión pluralista del marxismo expresada en el nombre de una colección editorial que Daniel contribuyó a lanzar: “Mil marxismos”.

El mismo año en que apareció este trabajo considerable reapareció con ímpetu el viejo topo de la lucha de clases en la superficie de esta Francia que creía haberlo enterrado definitivamente después de 1968. El otoño caliente de 1995 fue el pico más elevado de las lucha sociales hexagonales desde el Mayo francés. Precedidas por la rebelión zapatista en 1994, las huelgas de 1995 anunciaban un nuevo ciclo de luchas que la manifestación de Seattle en 1999 daría un fuerte impulso en vísperas del nuevo siglo. “El comienzo de los años ochenta fue crepuscular, es cierto. Pero las señales de la renovación aparecieron antes de lo que se imaginaba, dibujando poco a poco la forma fluctuante de un movimiento por llegar, que no tiene nombre” (p. 461).

Estos “años de renacimiento”, escribe Daniel, fueron aquellos en que “tuteó directamente a la muerte” (p. 448). Cuando estalló el otoño caliente en Francia, era considerado un cadáver andante, el año siguiente se encontró verdaderamente in articulo mortis, antes de que las triterapias vinieran a darle un nuevo plazo que no habría podido imaginar que iba a renovarse durante quince años. En esta doble recuperación imprevista e inesperada, histórica y personal, Daniel sacó una inmensa energía de resistencia, a la vez que extraía de la experiencia concreta de la mortalidad –natural e inevitablemente– una filosofía de la existencia personal definida por el carpe diem del verdadero epicurismo (y no de su caricatura vulgar). Físicamente disminuido, volcó su energía en la escritura: “A falta de poder actuar y viajar a mi manera, escribir se ha convertido en la expresión privilegiada de esta condición espectral” (p. 449); – condición de un espectro que no por ello sonríe menos (cf. La Sonrisa del espectro, aparecido en 2000).

En los quince años de vida que obtuvo de propina, para mayor felicidad de Sophie, su compañera, de sus amigos y de sus camaradas, un Daniel tanto más entrañable porque la enfermedad le había liberado “de las vanidades cotidianas, de las preocupaciones ridículas y de los cálculos de interés” y vuelto más sensible aún “a los nuevos encuentros, a las amistades, que se hacen y se deshacen” (p. 451), llegó a publicar una quincena de obras de diversa talla, todas ellas obras de combate político y filosófico, el más importante de los cuales es su Elogio de la política profana, aparecido en 2008 y dedicado a cuatro camaradas de su generación, muertos prematuramente antes que él.

Su autobiografía, Una lenta impaciencia, es una obra magnífica, en que la belleza de la escritura alumbra la confesión, poco creíble a primera vista, que hace Daniel, animal político donde los haya, cuando dice que ha llegado “a preguntarme si la política era verdaderamente mi tipo, y si no me he equivocado de vocación” (p. 451). Una aclaración confirmada por el frecuente recurso de Daniel a los préstamos literarios, poéticos y paraliterarios a lo largo de sus Memorias, hasta la conclusión tomada de André Breton justificándose por esa afirmación: “El ojo de la poesía ve en ocasiones mucho más lejos que el de la política” (p. 468). Toda la obra de Daniel Bensaïd deja transparentar esta tensión entre una vocación literaria frustrada y una vocación política abrazada en detrimento de la primera, una tensión que se encuentra en Trotsky, el revolucionario cuyo nombre llevó (y a veces sufrió) como etiqueta hasta el fin de sus días.

Sin embargo, entre los grandes revolucionarios, Daniel profesaba la admiración más tierna por Blanqui. Sentía con toda razón una gran afinidad con el Encerrado, la afinidad del intelectual simbólico portador de una tradición revolucionaria francesa que va de los Jacobinos a Mayo 1968 con quien fue uno de los principales intelectuales orgánicos de la encarnación social real de esta tradición durante seis décadas cruciales del siglo 19: Louis Auguste Blanqui, medio-poeta medio-político, que comenzó también su carera revolucionaria participando en manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino; Blanqui, continuador del ala izquierda babouvistea del jacobinismo y precursor del leninismo, ese otro heredero del jacobinismo.

Cualquiera que esté familiarizado con la obra de Daniel Bensaïd reconocerá hasta qué punto fue influido por la recopilación publicada en 1972 por Miguel Abensour y Valentin Pélosse, que reagrupaba obras de Blanqui enmarcadas por otros textos. Entre otras, se encontraba la Instrucción para tomar las armas, escrito de Blanqui redactado con ese espíritu hiper-voluntarista como se denomina al blanquismo, y publicado en un cara a cara con extractos de la obra de Charles Fourier; pensamientos de Blanqui publicados bajo el título de Contra el positivismo, un ataque virulento a Auguste Comte; La Eternidad por los astros, obra del tiempo de la melancolía posterior al sangriento aplastamiento de la Comuna de París (“En el fondo, esta eternidad del hombre por los astros es melancólica”, escribe el propio Blanqui al final de la obra); y también las tesis “Sobre el concepto de historia” de Walter Benjamin, vueltas a publicar entonces por primera vez en francés desde 1947, en un momento –1972– en que Benjamin no se había convertido todavía en el objeto de una moda intelectual.

Este libro de 230 páginas contenía algunos de los temas e ingredientes fundamentales que caracterizarán el pensamiento futuro de Daniel Bensaïd, un pensamiento inscrito en la eternidad real –la que profieren las obras de largo alcance, mucho más seguramente de la que profieren los astros. Y la presencia político-intelectual de Daniel no está cerca de eclipsarse. Ha salido del presente para situarse de forma duradera en la posteridad revolucionaria: ese porvenir dura largo tiempo.

(tomado de Contretemps)