A 100 años del armisticio: lecciones de la 1ª Guerra Mundial

por Nick Beams //

El domingo marcó el centenario del armisticio que acabó con la Primera Guerra Mundial. La historia humana nunca había presenciado tal infierno sangriento, el cual cobró las vidas de más de diez millones de soldados y seis millones de civiles, con millones más quedando mutilados, desfigurados y lesionados.

Pero el acallamiento de las armas, junto a la falsa promesa de haber sido “la guerra para terminar todas las guerras”, no puso fin a la sangría y carnicería. Fue solo la conclusión de la primera fase de lo que sería una guerra internacional de treinta años entre las principales potencias capitalistas —Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Japón y sus aliados— por el control y el dominio del mundo. No fue hasta 1945 que culminó con el lanzamiento de dos bombas atómicas estadounidenses sobre Japón.

En las guerras, se ha dicho frecuentemente, la verdad es la primera baja. Esto también ocurrió en este caso. La guerra de 1914-18 no se libró, como afirmaba el imperialismo británico, el cual controlaba el mayor imperio jamás visto, para defender los derechos de pequeñas naciones contra las depredaciones de Alemania. Tampoco se libró, como argumentaban los imperialistas alemanes, para combatir la barbarie de la Rusia zarista. Francia, aliada con el régimen zarista, aseveraba que la guerra era para defender los ideales republicanos contra la autocracia prusiana, pero eso tampoco era cierto. Y mucho menos fue para “hacer del mundo un lugar más seguro para la democracia”, como dijo fraudulentamente el presidente estadounidense Woodrow Wilson cuando entró en el conflicto en abril de 1917 en busca de un botín de guerra a instancias de un imperialismo estadounidense en ascenso.

La guerra se libró por mercados, ganancias, recursos y esferas de influencia. No obstante, este conflicto no fue simplemente el producto de los puntos de vista políticos de varios políticos imperialistas. Sus raíces eran más profundas y devenían del propio desarrollo de la economía capitalista. Como explicó León Trotsky de una forma aún más relevante en la era actual de la producción globalizada, las guerras están arraigadas en la contradicción objetiva entre el desarrollo de la economía global y la división del mundo en Estados nación capitalistas y potencias imperialistas rivales.

Cada una de las potencias imperialistas buscó resolver esta contradicción por medio de una sangrienta lucha por decidir cuál de ellas se convertiría en el próximo poder hegemónico mundial. El conflicto resultaría, después de tres décadas de barbarie que involucraron una devastación económica, el fascismo, el holocausto del pueblo judío europeo y la matanza masiva de la Segunda Guerra Mundial, en el dominio del imperialismo estadounidense.

Trincheras del XI Regimiento de Cheshire en Ovillers-la-Boisselle, en el Somme, julio de 1916 [Crédito: Imperial War Museum]

 

Sin embargo, las contradicciones del capitalismo mundial no fueron superadas. Tan solo fueron sosegadas temporalmente bajo el dominio de EUA. La enfermedad del sistema capitalista global nunca se curó, solo entró en un periodo de remisión. Ese periodo llegó a su fin.

El desarrollo del capitalismo global desde 1945 ha conllevado el declive relativo y absoluto de Estados Unidos. Enfrentándose al resurgimiento de viejas rivalidades en Europa y Asia y la aparición de un nuevo potencial desafiante en la forma de China, EUA se prepara para otra guerra mundial. Y todas las otras potencias imperialistas siguen la misma trayectoria.

Alemania, dirigiéndose nuevamente hacia un conflicto con su oponente de las dos guerras mundiales, Estados Unidos, se ve obligada a intentar “organizar Europa” bajo su dirección. En sus esfuerzos para rearmarse militarmente como una gran potencia, la élite gobernante alemana persigue el encubrimiento de los crímenes del imperialismo alemán, incluyendo aquellos del régimen nazi. Por todo el continente, la burguesía está promoviendo los movimientos de extrema derecha y tinte fascista a medida que busca crear una base social para sus políticas de militarismo y austeridad.

En EUA, el Gobierno de Trump ha designado a Rusia y a China, dos potencias nucleares, como “competidores estratégicos”, declarando que la “competición entre las grandes potencias”, no el terrorismo, es ahora es centro de atención de la seguridad nacional estadounidense. Ha descartado el tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF, por sus siglas en inglés) a fin de prepararse para una guerra contra Rusia y China mientras que el mandatario francés ha llamado a construir un ejército europeo para enfrentarse tanto con Rusia, China y, de ser necesario, Estados Unidos.

Hay muchas otras graves señales —incluidos los explosivos focos de conflicto en Oriente Medio, Europa del esta, el mar de China Meridional y el noreste y sureste de Asia— del advenimiento de una Tercera Guerra Mundial, la cual asumiría dimensiones nucleares desde el principio.

Este presente y claro peligro se deriva del problema fundamental que encara la humanidad: cómo liberar las vastas fuerzas productivas que han creado los trabajadores del control destructiva de las relaciones sociales capitalistas, las cuales se basan en la propiedad privada de los medios de producción y la división del mundo en Estados nación rivales y potencias imperialistas.

Pero como lo explicó Marx, ningún problema de alcance histórico surge jamás sin dar origen también a las condiciones materiales que le darán solución. Y al desatarse la devastación de la Primera Guerra Mundial, la solución emergió en la forma de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, la primera conquista exitosa de poder por parte de la clase trabajadora. La perspectiva avanzada por Lenin y Trotsky, los líderes de la revolución, fue que el derrocamiento del zarismo en Rusia sería la escena inicial de la revolución socialista mundial.

Insistieron en que la guerra surgió del colapso del sistema capitalista, reflejado en el inicio de una nueva época del desarrollo de la raza humana: una época de guerras y revoluciones. “La revolución permanente contra las matanzas permanentes: esa es la lucha en la que depende el futuro del hombre”, escribió Trotsky.

La perspectiva de los bolcheviques, que la orden del día era luchar por el programa de la revolución socialista mundial como una necesidad inmediata, ha sido desechada como utópica e irrelevante respecto al curso de acontecimientos por los historiadores, incluso aquellos de opinión “izquierdista” y favorable de la Revolución Rusa.

De hecho, los bolcheviques se basaron en una evaluación complemente realista y objetiva de la situación en todos los principales países europeos, determinando que la oposición a la carnicería masiva y las depredaciones de la conflagración asumirían dimensiones revolucionarias, particularmente en el país con la clase obrera más grande y políticamente decisiva, Alemania.

No fue hasta que temía ser derrocado que el alto mando gobernante de Alemania pidió un armisticio bajo el programa de catorce puntos presentado por Wilson, un documento en sí desarrollado en enero de 1918 en respuesta a la Revolución Rusa que ocurrió dos meses antes y al llamado del nuevo Gobierno soviético a la clase obrera europeo a poner fin a la guerra por medio de la revolución socialista.

Al publicar los tratados secretos que se encontraban entre los archivos del régimen zarista, el Gobierno bolchevique destrozó las mentiras sobre las cuales se basaba la guerra, demostrando que su única razón era el lucro y los saqueos imperialistas. Los líderes de las potencias europeas estaban preparados para seguir desangrando el continente europeo hasta que quedase pálido y no hubieran aceptado un armisticio si no fuera por el efecto de la Revolución Rusa.

Cuando comenzó la llamada Conferencia de la Paz en París, convocada con base en el armisticio, la líder fabiana del Partido Laborista británico, Beatrice Webb, resumió la situación que enfrentaban los líderes de las potencias europeas: “Estaremos ante otra Rusia en Austria, posiblemente, incluso en Alemania, un continente en revolución desenfrenada”.

El periodista estadounidense, Ray Stannard Baker, estrechamente relacionado a la comitiva de Wilson, indicó que, para los participantes en el Congreso de Viena de 1815 que pusieron fin a las Guerras Napoleónicas, la revolución era cosa del pasado mientras que “en Paris siempre los acechaba”.

La amenaza de la revolución fue repelida y la burguesía se mantuvo en el poder principalmente por el hecho de que los líderes de los partidos de la clase obrera traicionaron el levantamiento revolucionario. En Alemania, la socialdemocracia formó una alianza contrarrevolucionaria con el Alto Mando del Ejército y los principales magnates industriales para descabezar la revolución del 9 de noviembre de 1918.

Las clases gobernantes capitalistas se aferraron a las riendas, pero, como lo advirtieron los bolcheviques, ellas no traerían ni paz ni democracia. Por el contrario, el armisticio fue inmediatamente seguido por el inicio de una contrarrevolución contra la clase obrera. Tanto el movimiento fascista de Mussolini en Italia como del movimiento nazi en Alemania tienen su origen en esto. La enorme dislocación causada por la guerra y exacerbada por el Tratado de Paz de Versalles firmado en junio de 1919 constituyó el factor clave del recrudecimiento del colapso económico que daría lugar a la Gran Depresión en 1929. Esto produjo una década de devastación económica seguida por el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

En su análisis de la situación geopolítica contemporánea, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha avanzado el concepto del “siglo veinte inconcluso”. Las luchas con las que empezó el siglo veinte siguen siendo vigentes en formas aún más agudas. Esta época sigue siendo una de guerra y revolución.

Por ello el presidente francés Macron, embrollado en un conflicto cada vez más amplio en torno a la agenda de “EUA ante todo” del Gobierno de Trump, critica el “nacionalismo” de Trump al mismo tiempo en que elogia al mariscal Pétain, el líder del régimen militar de Vichy en Francia que respaldaban los nazis.

El Financial Times, la voz del capital financiero británico, ha emprendido contra Alemania sobre los términos de la salida británica de la Unión Europea, repitiendo la misma mentira de que la Primera Guerra Mundial fue simplemente sobre el afán alemán de dominar el continente, como si la lucha del imperialismo británico por mantener su vasto imperio fuera irrelevante.

Las lecciones que la clase obrera internacional tiene que comprender son las mismas que las del movimiento socialista revolucionario hace un siglo y que forman hoy día las fundaciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, el partido mundial de la revolución socialista. Estas lecciones consisten en que la era de los programas nacionales se ha terminado y que la única forma de evitar la devastación de la guerra con la que el capitalismo amenaza a la humanidad nuevamente es la perspectiva de la revolución socialista mundial. Se debe avanzar, desarrollar y luchar por este programa, no como un objetivo distante, sino como el único programa viable y realista de hoy.

(tomado de WSWS)