Cuento de Juan García Brun: La isla brillante en que sonríen

dedicada a Mostos, Grutas y Taunnus

Puede haber sido esa vez, en 1982. Los autos pasaban haciendo sonar las bocinas, las casas de la playa tenían abiertas e iluminadas sus ventanas. Las voces humanas sonaban envalentonadas y ebrias. Los animales recién empezaban a salir de sus escondites después de los fuegos artificiales.

Salimos a caminar por las calles esa noche de año nuevo y te pregunté quién te había contado esa historia. Se ve que la pregunta te incomodó, no porque no quisieras decírmelo, sino porque no sólo no la habías vivido, sino que no recordabas desde cuándo la habías repetido, con la intención de convencerte de que era así.

Tú te veías hermosa, estupenda y libre. Llevabas unas pequeñas sandalias y una solera floreada en tonos pastel, el pelo tomado con unos lacitos de cuero de colores. Un poco de rimmel, tu cara y labios limpios, como las imágenes que tenemos de las actrices de cine cuando las fotografían en la calle. No quise insistir en el tema, que además no me interesaba,  y mientras bajábamos al mar aproveché para explicarte las costumbres silenciosas de los sureños para estas fechas, nuestra sobria tristeza patagónica.

Miramos el mar, esa noche nueva, de año nuevo en cuarto menguante. De lejos se escuchaba a James Brown y no sé por qué terminamos hablando de Haendel y de las costumbres higiénicas de los europeos. También hablamos de Haydn, yo repetí un chiste que me encanta (que consiste en explicar, como si me equivocara, que los ingleses dicen que es alemán y los alemanes que es inglés) te fui a dejar a  la casa de tus papás y yo me volví en tu bicicleta.

Era una noche calurosa y al regresar parecía que las celebraciones de año nuevo se hubiesen acabado y al entrar a mi casa ya no había nadie, ya de regreso, me fui directo a la cocina a apagar la luz. Ahí lo vi, sentado en una banca forrada en cuero de vaca. Ahí estaba, erizado por una luz inmanente, el Rabino Krjman leyendo, alzó la vista como si recién reparara en mi presencia y se puso de pie. Se quitó su sombrero jasídico y me abrazó, me dijo: “observo como conduces tu vida y eso nos hace muy felices, Elisa te manda saludos”. Luego agregó que los judíos debíamos obrar con humildad y modestia, y regalar nuestra sorpresa a los gentiles, una sorpresa que está en el plan de Dios. Luego desapareció al salir de la cocina.

Perturbado, pero sabiendo que mi juicio de realidad estaba en juego, no sólo apagué la luz de la cocina, además corté la electricidad. Las fallas e incoherencias en la conversación que acabábamos de tener, la ferviente alucinación del Rabino y el silencio marcado de la noche, me obligaron a extremar las medidas para preservar mi vida. Suena desbocado, pero es verdad, mi vida de alguna forma estaba en juego.

Abrí la ventana de mi dormitorio y dejé que la noche inundara mi espíritu. Me sentí de nuevo en el ancho asiento de la camioneta de mi abuelo, con la precisa altura para ver la carretera rodeada de cactus. Sentí que vagábamos con mi abuelo por Santiago buscando una casa entre Gran Avenida y Diez de Julio, la casa de un sastre que habría de tener unos trajes reparados hace ya algunos meses.

Créeme que levanté mis manos contra la luna y me rendí. Pedí perdón, mis labios estaban resecos. Pensé, es verdad lo que te digo, en el sonido de un cuarteto de cuerdas en una casa de madera, cubierta por la niebla. Pero por encima de todas estas historias, que me venían a la cabeza habitualmente en distintos colores, recordé como en un relámpago algo profundamente olvidado: los lentos potreros de la calle Arica, los juncos, los buitres de la carnicería y unas ruinas, detrás de unos gruesos y pequeños edificios obreros.

Lo sorprendente del recuerdo, es que me hizo olvidar todo lo que me estaba pasando. Por primera vez en mucho tiempo dejé de pensar en ti. Recordé, fervorosamente, la calle Arica, perpendicular a Bilbao –donde mi padre me enseñó a andar en bicicleta- y que estaba pavimentada hasta el cruce a Las Mulatas. Murallas, huertos, galpones, le daban al lugar un aire abruptamente suburbano, como que el sol golpease en esa zona de la ciudad de un modo distinto, más blanquecino, más duro, como las pinturas de Hopper. No sé cómo explicarlo.

En esa calle había unos muros altísimos, de cemento que formaban un pasaje ciego que terminaba en unos matorrales de la orilla del río. Si me apuras, creo que el pasaje se llamaba Schüller, pero no estoy seguro. Por una de sus grietas se podía ver el río y su orilla pantanosa de juncos. Si uno se trepaba un poco se podía ver un castaño muy oscuro en una de cuyas portentosas ramas había una pequeña casa de árbol, en ruinas. Una casa de tablas negras y techo de lata acanalada sin pintar. Desde su altura se desprendía no un lazo –que es lo habitual- sino que una gruesa cadena oxidada.

La primera vez que vi esa casa del árbol, tengo que haber tenido unos 7 años e iba con unos amigos. La casa nos resultó temible, era plausible que el niño que la usó ya debía ser un adulto, pero nos pareció evidente que estaba muerto, teniendo en consideración el estado ruinoso y aparentemente incendiado de la casa principal donde habría vivido la familia.

El niño muerto, la casa quemada y en ella presumiblemente muertos también los padres y hermanos. Entonces la inquietud lacerante era una sola, saber quién o –peor aún- qué ser, usaba la construcción del árbol.

Durante el verano el follaje espeso del árbol casi invisibilizaba la pequeña construcción y la protegía del sol. Pero en invierno el castaño era un espectáculo lúgubre, la corteza negra parecía confundirse con el tablado de la casita y por el grosor del tronco, parecían fusionarse. La casita más bien parecía un órgano monstruoso del árbol, una puerta a un mundo subterráneo.

Una vez, en mayo, saltamos los muros y tratamos de acercamos al árbol. Fue inútil porque estaba rodeado por una ciénaga, al tratar de caminar uno de mis amigos se hundió hasta la cintura, nos fue imposible seguir.

Esa fue la vez que estuvimos más cerca. Esa vez supimos qué era en realidad la ruina, el árbol y su casa, era una isla brillante, de brillante opacidad fúnebre. Era un ser vivo consciente de función histórica. En la casa del árbol en realidad había un trono y una campana que eran ocupados por los que habitaban esos pantanos.

Desde la casa del árbol que brilla, al acercarse nos sonreía, nos sonreía porque acabaría con nuestra memoria, porque haría imposible la vida de esa construcción. La perversa visión de una cadena que se pierde dentro de un árbol. La cadena que nos une al ancla.

Te juro que todo eso lo vivimos. Te lo juro por el amor desbocado que siento por ti y que debo declararlo ahora, o no lo haré nunca. Créeme, mientras tratábamos de huir y saltar los muros se largó una lluvia interminable y total.

Sentí esa lluvia en mi pieza de infancia muchas veces, y las latas golpeadas con furia en la noche. La sentí en el aroma del humo de la leña y la música de la lluvia, compuesta de millones de gotas cayendo desde el cielo. Millones de gotas de agua cayendo desde miles de metros de altura, desde inestables y vertiginosas nubes que se deshacen. Millones de gotas de agua que caen sobre las murtas, sobre las vacas, sobre los ahumaderos de pescado clandestinos.

La lluvia que enmascara al que hace caer las gotas, al que sopla ese viento, al que trata de hacerme enloquecer en este limbo que no acaba de amanecer.