“Nuestro Che. Un viaje a la utopía”, de Bruno Serrano: La ignorancia es atrevida

por Nicolás Poblete //

Nuestro Che (Cuarto Propio, 2018) tiene como protagonista a Bruno, una voz narrativa que retrospectivamente comparte su periplo utópico, bajo los preceptos del Che Guevara, quien encarna fuerza y ternura. La acción nos lleva a los últimos años de la década de los ’60 y ya los primeros párrafos revelan el imaginario que nos sitúa de lleno en este mundo. Vemos el mundo de la peña de los Parra, donde acontecen discusiones sobre el comunismo, Pisagua, González Videla, Víctor Jara cantando “Te recuerdo Amanda”, y, por supuesto, el Che. La tintura está clarísima: acá tenemos un tiempo pasado que se hace presente gracias a la voz de Bruno y su ideal, que consiste en “hacer la guerrilla junto al Che, unirse a la estrategia de ‘Crear un, dos, tres Vietnam’… Y liberar a Bolivia y América de las garras del imperialismo yanky”.

Bruno emprende su marcha junto a dos amigos; se trata de un viaje hacia su propio mapa vital, a su historia, sus gustos musicales, sus recuerdos de películas de la época, del Peneca, etcétera. En las primeras páginas vemos este tono de recuento, nostalgia y aprendizaje: un viaje a la utopía que se gesta después de enterarse de que el Che está en Bolivia; ése es el (supuesto) destino. La novela se estructura como un Bildungsroman y, de este modo, Bruno pasa por una serie de obstáculos que apuntan a una maduración. “Chileno de mierda”, lo insultan en Santa Cruz, cuando lo ven, debido a “las broncas que aún persistían a casi cien años de la maldita Guerra del Pacífico”. Es una de las sorpresas que no formaban parte de su plan de liberación, pues  Bruno siente que: “en Chile vivo en un témpano de trancas, todo moderado y cartucho. Recuerdo el escándalo cuando me tuve que casar con la Patricia porque estaba embarazada. Pero abortó después del matrimonio. Yo tenía diecinueve años”. Pero, se conforma: “En fin, ahora estaba en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, buscando al Che Guevara…”.

Así, el discurso político de Bruno tiene como correlato su propia angustia y necesidad de reinvención. Como reconoce, “nunca conté que en Chile estaba casado con Patricia, claro que, a la fuerza, pero casado al fin y sin hijos, todavía. Además, ese pasado se había hecho tan ajeno a todo lo extraordinario que estaba viviendo, que no consideraba necesario divulgarlo”. Esta es la arista del viaje como evasión, como huida, donde una empresa quimérica reemplaza un dilema doméstico: “En la noche pensaba si todo este viaje tenía que ver realmente con el Che, la guerrilla y la revolución, o con el encuentro del gran amor que cada uno busca durante toda la vida… Y que casi nunca encuentra. Tampoco, al parecer, la magnífica revolución”.

Frustrado y pensando que el Che no está en Bolivia, el viaje sigue su curso hacia Brasil, hacia el Matto Grosso. Allí, es tentado por un sacerdote francés que se dirige al Paraguay a misionar leprosarios, pero sus amigos de viaje le hacen tomar conciencia y desiste de esta idea, en pos del pacto de amistad. Este vínculo es saldado con una referencia a Neruda: “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”. La amistad es, en realidad, el gran tema de esta novela. De hecho la publicación se erige como un homenaje. El libro está dedicado a la memoria de Darío Bush, muerto a los 23 años en combate en la selva, contra el ejército boliviano, y a Eduardo Charme, muerto en una emboscada tendida por la DINA en 1976.

La amistad (su recuerdo) es lo que queda cuando ya el pasado está enterrado. Aunque enterrado no es exactamente el término adecuado, pues aunque las décadas han quedado atrás, la memoria está lejos de desvanecerse y el interés por las periferias sigue en el recuento. Bruno y sus amigos siguen siendo: “los rebeldes del barrio, viviendo entre la náusea existencial de Sartre, la rebeldía de James Dean, los Beatniks, Vietnam y la revolución cubana, intentábamos encontrar nuestro destino en el planeta. De ahí este tormentoso viaje en búsqueda del Che”. Estas reflexiones le permiten un tipo de iluminación a Bruno, quien incluso reconoce un acierto por boca de una fuente improbable: “‘La ignorancia es atrevida’, repetía siempre mi padrastro apuntándome con su dedo inquisidor. Pero cuando ya conoces el trance, la memoria te hace alerta y temeroso… ”, recuerda Bruno hacia al final de la novela, cuando sabemos que este proyecto revolucionario es precisamente una utopía.

 

 

 

(Tomado de Cine y Literatura)