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El triunfo de Bolsonaro, la corrupción y la violencia

por Ibán de Rementería //

Por ahí se dice que cada país ira teniendo su Trump: Filipinas a Duterte, Turquía a Erdogan, Rusia a Putin, Hungría a Orban,  Italia a Di Maio y Salvini, etc., ahora Brasil tiene a Bolsonaro. Ante este inexorable ascenso al poder de la extrema derecha en algunos casos con confesados y reafirmados rasgos racistas, misóginos, machistas, homofóbicos, etc., como respuesta popular – electoral no producto de golpes de estados- ante el fracaso económico, social, cultural y político de la izquierda neoliberal conducida por el capital financiero internacional, las explicaciones son muchas pero todas en común le otorgan a la corrupción y la delincuencia un papel de la mayor importancia.

Veamos un poco, tenemos dos diadas conceptuales de referencia a propósito del ascenso electoral vertiginosos de las derechas duras: corrupción y violencia, así como democracia y demagogia, lo que podemos agregar el populismo, concepto resbaloso y traicionero.

La corrupción trae violencia: en la sociedad, o si se quiere entre la gente, la corrupción creciente y con tendencia generalizada tanto de los políticos como de  los empresarios termina propagando la indignación moral –mala palabra- que termina por asumirse en diversas configuraciones, pero principalmente dos: el todo vale y la violencia infunde respeto.

Si las elites políticas  y empresariales transgreden las normas para alcanzar sus fines  políticos y económicos la invitación individualista al éxito está en también hacerlo en la medida de lo posible. Por otra parte, si el cumplimiento de la norma ya no garantiza el respeto que le asegura a cada cual su observancia, entonces el incumplimiento de ella deviene una necesidad, más aún el empleo de la violencia que es el uso del dolor para doblegar la voluntad del otro deviene en una necesidad instrumental acorde con los fines propuestos. Los adolescentes franceses explicaron su recurrencia a la violencia con actos como quemar automóviles y cabinas telefónicas en sus propios barrios como una “manera de conseguir respeto” de los mayores y las autoridades.

En sociedad todos los seres humanos tenemos dos imperativos categóricos –obligaciones ineludibles-: satisfacer nuestras necesidades y deseos y las de nuestros dependientes, así como no transgredir los derechos de los otros; si las circunstancias sociales, económicas y culturales no permiten cumplir con el primer imperativo necesariamente se trasgrederá el segundo, eso es la delincuencia.

Un buen ejemplo del delito devenido en virtud es el narcotráfico, este no transgrede ningún derecho de las personas, más bien satisface una demanda social de salud mental insatisfecha por el sistema institucional, nuestras demandas más generalizadas de salud son por trastornos  depresivos y ansiedades, la función de utilidad de las drogas desde el tabaco, pasando por el alcohol, la marihuana, la pasta base, el clorhidrato de cocaína y, claro está, los “psicofármacos de vereda” es ansiolítica. Pero en los hechos, la virtud socioeconómica de las drogas ilegales es que entre el 70% a 80% de su valor agregado pagado por los consumidores se lo quedan las y los expendedores minoristas, las y los microtraficantes, los pobres de las ciudades del mundo, no hay en el planeta mayor subsidio a la pobreza que el narcotráfico.

Pero, la indignación moral también se puede expresar como movimientos sociales y políticos, tales como pertenecer a clubes sociales exclusivos y supremasistas, movimientos sociales  por el derecho a portar armas, partidos que defienden “lo nacional”, “lo local”, “lo tradicional”, o simplemente organizar “ejecuciones de enemigos”.

Si la corrupción es la trasgresión pagada de las normas acordadas –la moral general, que se expresa institucionalmente como derecho civil, público o administrativo y penal-, mientras que la violencia es el uso del dolor para doblegar la voluntad del otro, esta diada asume un rol político siniestro, donde la delincuencia y la seguridad ciudadana se convierten en los instrumentos del éxito y el control político.

Pero este éxito político solo se da en el campo de los discursos, del relato como gusta decirse ahora, tal ha sido el caso reciente de la seguridad escolar aquí o en Francia, tanto aquí como allí se quiere aplicar las máximas sanciones a los escolares o “policializar” los establecimientos educativos porque en ellos se amenaza a sus profesores con gasolina o armas de fantasía; pero de revisar sobre qué tipo de participación de la comunidad educativa se están construyendo la convivencia escolar y la gestión educativa por todos sus participantes, pero sobre todo por los estudiantes y profesores, para buscar allí sus fallas, no hay nada que decir ni comentar, menos proponer. Pero, no importa, porque políticamente lo importante es que el 75% de la población respalda esas medidas punitivas.

La diada de la democracia: demagogia y populismo es el resultado político efectivo de la diada corrupción y violencia cuyos relatos en Brasil, Venezuela o Argentina han adquirido proporciones apabullantes, pero aquí en Chile los hechos conocidos, que no es necesario repetir en este lugar, siguen idénticos patrones de subordinación ilícita de los partidos políticos y sus dirigentes al empresariado, en breve se cambian ilícitamente contratos públicos por la financiación de la política, bueno, además se “cortan algunas puntas”.

Desde que se inició la globalización neo liberal implementada por la centroizquierda en sus diversas acepciones según lugar y desarrollo político local, aquí lo han sido la Concertación y la Nueva Mayoría, en estos cuarenta años los asalariados del mundo han perdido la mitad de su poder adquisitivo y, a la vez, la mitad de la riqueza del mundo se ha concentrado en el 1% de la población, principalmente en manos del capital financiero internacional. Aquí cierto es que se disminuyó la pobreza del 50% al 12%, pero lo concentración del ingreso es tal que el 1%  de la población se lleva el 30% de la riqueza nacional y un 0,1% el 20% de ella. En lo que va corrido de este gobierno el PIB ha crecido un 4% pero los salarios han disminuido un 0,7%.

Muchos de aquellos que han sido trasgredidos en sus derechos fundamentales a un ingreso decente, a la salud, a la educación, a una pensión digna, a la vivienda decorosa, etc. tienen muy buenas razones para asumir como pura demagogia el discurso y las prácticas populistas de la centro izquierda y desde su indignación moral buscar otras alternativas que al menos le ofrezcan seguridad personal y a sus familias, el discurso racista, misógino, machista y homofóbico, puede no ser compartido pero se muestra como una garantía –“tener los cojones suficientes”- de aplicar la “mano dura” en contra de la delincuencia y la corrupción, esa es la doctrina. Sobre la teoría de la sustitución del populismo de centro izquierda por un populismo de derecha, el gran teórico y consejero es el estadounidense Steve Bannon.

Lo que no se quiere entender es que la pobreza genera delitos y la guerra contra la delincuencia, y claro esta contra el narcotráfico también, generaliza la violencia y, sobre todo, el miedo.  Instalado el miedo a la violencia y el discurso de la máxima violencia organizada por el Estado en contra de ella, se ha alcanzado el clímaxdel discurso del éxito político electoral.  En esto, la guerra contra la delincuencia, la derecha pretende tener la exclusividad de la firme voluntad de ejercerla y, además, la misma centro izquierda de manera acrítica así se lo reconoce.

Nosotros aquí, de seguir las cosas tal cual van, ya estamos esperando a la amenaza que se nos cierne con Manuel José Ossandón Irarrázabal.

(el autor milita en el Núcleo Valparaíso Socialista del PS)