Prefacio a “La lucha contra el fascismo en Alemania” de León Trotsky

por Alan Woods //

La decisión de la Fundación Federico Engels de publicar la colección de escritos sobre Alemania de Trotsky es una contribución muy importante a la formación de la nueva generación de jóvenes y trabajadores. Los escritos de Trotsky sobre el ascenso al poder de los nazis representan uno de los aportes más importantes del pensamiento marxista moderno. En ninguna otra parte es posible encontrar un análisis mejor del fascismo y de cómo luchar contra él. Estos maravillosos trabajos siguen la línea directa de la tradición de “El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte” escrito por Carlos Marx. Aquí tenemos una explicación comprensible y acabada del mecanismo de la lucha de clases en la época moderna, las leyes de la revolución y la contrarrevolución.
El autor de estas líneas también tiene razones personales para dar la bienvenida a esta maravillosa iniciativa. La primera obra de León Trotsky que leí fue “Alemania, la clave de la situación internacional”, que fue publicada en aquella época en un pequeño y modesto panfleto editado en Ceilán (actual Sri Lanka). Eso ocurrió en 1960. Tenía 16 años de edad y acababa de entrar a las Juventudes Socialistas. En aquel momento todavía era un estalinista convencido y recuerdo haber mantenido acaloradas discusiones sobre el ascenso del fascismo en Alemania con los compañeros que defendían las ideas de Trotsky. Más tarde leí “El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania” y “El único camino”. Estos escritos me provocaron una honda impresión y jugaron un papel considerable en mi convencimiento de la corrección de las ideas de Trotsky.

El antecedente histórico

Para comprender lo que escribió Trotsky es necesario saber algo del antecedente histórico. El ascenso del nazismo en Alemania fue la respuesta de la clase dominante alemana a los acontecimientos revolucionarios que siguieron a la Primera Guerra Mundial. En noviembre de 1918, exactamente un año después de que los Bolcheviques llegaran al poder en Rusia, la clase obrera alemana siguió su ejemplo. Hubo una huelga general, se crearon consejos obreros (soviets) por toda Alemania y el ejército se amotinó. Los barcos de guerra alemanes entraron en Kiel y Hamburgo ondeando banderas rojas y sin oficiales:

“El domingo 3 de noviembre merece ser llamado el primer día de la revolución”, escribe Richard M. Watt. “Las calles de Kiel rápidamente se llenaron de marineros y trabajadores de los astilleros, a las cinco de la tarde el Campo de Ejercicio estaba lleno con casi 20.000 hombres. Las señales y sirenas de emergencia sonaban y atronaban las calles, aunque lo hacían en vano porque nadie prestaba atención.

En el Campo de Entrenamiento, Altelt y Popp se dirigieron a la multitud. Dijeron que ellos no se consideraban amotinados, de la misma forma que tampoco lo eran los compañeros encarcelados. A los marineros se los había castigado simplemente por no ser leales a las intenciones del actual gobierno alemán. Los prisioneros de Markgraf debían ser puestos en libertad. Debían limitar el poder de sus oficiales. Debían formar ‘consejos de trabajadores y marineros’. La multitud asintió con un bramido. Entonces, formando una amplia columna, los hombres se encaminaron hacia el Feldstrasse y la prisión naval. Con antorchas y cantando “La Internacional” atronaron las estrechas calles”. (Richard M. Watt. The Kings Depart, pp. 164-5).

El maremoto de la revolución sacudió Alemania. Los trabajadores se armaron y los soldados desarmaron y arrestaron a sus oficiales. El siguiente informe de la situación fue enviado por el Ministerio de Guerra al gobierno de Berlín:

“9 am: serios disturbios en Magdeburgo.
1 pm: El Cuerpo de Reserva del Ejército del Distrito Séptimo amenaza con rebelarse.
5 pm: Halle y Leipzig rojos.
Más tarde: Dusseldorf, Halstein, Osnabrueck, Lauenburg, rojos. Magdeburgo, Stuttgart, Oldenburgo, Brunswick y Colonia, todos rojos.
7.10 pm: El general al mando del Octavo Cuerpo de Reserva del Ejército en Frankfurt, depuesto”.
(Ibíd., p. 186)

En la práctica el poder estaba en manos de la clase obrera alemana. Sin embargo, había una diferencia fundamental con Rusia. No existía el Partido Bolchevique. En estas condiciones, es una ley histórica que las masas siempre girarán hacia las viejas y tradicionales organizaciones de masas, hacia los viejos nombres familiares y los dirigentes conocidos. Y ésta era la socialdemocracia (SPD), el mismo Partido Social Demócrata que había traicionado a la clase obrera en 1914 votando a favor de los créditos de guerra y apoyando al imperialismo.

Los dirigentes socialdemócratas -Ebert, Scheidermann, Noske y demás- no tenían intención de tomar el poder. Estaban impacientes por devolver el poder a la burguesía tan pronto como fuera posible. Esto derrotó y destruyó la revolución. Su actitud servil quedó gráficamente representada en la siguiente conversación entre el dirigente socialdemócrata Ebert y Groener, el representante del estado mayor alemán, inmediatamente después del motín de Kiel y la caída del káiser:

“Los dos hombres intercambiaron unas cuantas trivialidades breves. Entonces Ebert cautelosamente preguntó a Groener qué intenciones tenía el ejército. Groener respondió que el káiser, que ahora dormía en su tren privado, había decidido irse al exilio a Holanda y había ordenado al mariscal von Hindenburg hacerse cargo del campo militar. Hindenburg lo había hecho e intentaba regresar a Alemania para la conclusión del armisticio. Era evidente que el Alto Mando no quería comenzar una guerra civil o una insurrección contra el gobierno de Ebert. Sin mencionarlo, Groener le indicó que él y Hindenburg reconocerían la legitimidad del nuevo gobierno. Incluso habían dado instrucciones para que a los nuevos consejos de soldados se les tratara con un ‘espíritu amistoso’. Groener hizo una pausa.
Hubo un embarazoso silencio que fue roto cautelosamente por Ebert. ‘¿Qué espera usted de nosotros?’ Pregunto el canciller.

‘El Mariscal espera que el gobierno apoye al cuerpo de oficiales, que mantenga la disciplina y el orden estricto en el ejército. Espera que los suministros alimenticios del ejército sean salvaguardados y que se evite cualquier interrupción del tráfico ferroviario’

‘¿Algo más?’ dijo Ebert. ‘El cuerpo de oficiales espera que el gobierno imperial luche contra el bolchevismo y se pone a disposición del gobierno para tal propósito’ respondió Groener.

Tan grande fue el alivio que sintió Ebert que sólo pudo decir a Groener que diera las gracias al Mariscal de parte del gobierno”. (Ibíd.,)

La revolución alemana, como la revolución de febrero de 1917 en Rusia, había creado un régimen de doble poder, los trabajadores y soldados revolucionarios estaban organizados en los consejos obreros (soviets), mientras que las fuerzas de la contrarrevolución se arremolinaban alrededor de las consignas de “democracia”. Mientras el líder socialdemócrata hablaba de democracia, detrás de bambalinas las fuerzas de la reacción se reunían para contraatacar.

Las tropas de choque de la contrarrevolución era los derechistas Freikorps, una banda de oficiales del ejército armados, muchos de los cuales más tarde se convertirían en los cuadros del futuro Partido Nacional Socialista (Nazis). Los Aliados estaban alarmados por los acontecimientos revolucionarios de Alemania. Aunque supuestamente Alemania estaba desarmada a consecuencia de los términos del Tratado de Versalles, Gran Bretaña y Francia permitieron a la clase dominante alemana mantener miles de ametralladoras para poder aplastar a la clase obrera.

Al sentir que el poder se les escapaba de las manos, los trabajadores más avanzados, organizados con los Espartaquistas, iniciaron una insurrección infructuosa en Berlín en enero de 1919. Los dirigentes socialdemócratas de derecha hicieron la vista gorda cuando los Freikorps aplastaron la insurrección. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron asesinados por oficiales contrarrevolucionarios.

Ese mismo año la monarquía alemana colapsó y se proclamó la República de Weimar. Los socialdemócratas presentaron esto como la victoria de la “democracia”. Incluso propusieron combinar un parlamento burgués con los consejos obreros (soviets). En realidad este fue el triunfo de la contrarrevolución con una forma democrática. En las elecciones al Reichstag de 1919, el 45 por ciento del electorado votó a favor de los comunistas y los socialdemócratas. A pesar de esto, el SPD formó una coalición con los partidos “democráticos” burgueses para salvar al capitalismo alemán. El primer gabinete Weimar estaba encabezado por el SPD y su canciller era, Philipp Scheidemann, en la coalición participaban además dos partidos capitalistas, el Partido Católico del Centro y el Partido Demócrata Alemán.

El golpe de estado Kapp

La revolución alemana continuó desarrollándose con alzas y bajas durante varios años. Incluso en la atrasada Bavaria se declaró una república soviética que fue ahogada en sangre por los asesinos de los freikorps. No contentos con asesinar a los trabajadores socialdemócratas y comunistas en sus casas, los Guardias Blancos incluso mataron a sindicalistas católicos. En dos semanas fueron asesinadas más de 5.000 personas. Tan cruel fue el terror blanco en Munich que incluso la burguesía exigió la retirada de los freikorps.

En ese momento el péndulo giró violentamente hacia la derecha. En marzo de 1920, animado por la derrota de los trabajadores, el general Kapp marchó hacia Berlín al frente de 12.000 soldados contrarrevolucionarios. Rápidamente ocuparon Berlín. Tenía el gobierno en sus manos. Lo que no tenía eran los teléfonos o correos, el transporte o la comida. Los trabajadores socialdemócratas declararon una huelga general que se extendió como una bola de fuego. Al final, el general Kapp tuvo que retirarse de Berlín, como se suele decir, con el rabo entre las piernas.

Bajo el golpe de martillo de los acontecimientos, los trabajadores alemanes comenzaron a extraer conclusiones revolucionarias. Esto llevó a un rápido crecimiento del comunismo.

“A pesar de su giro ultraizquierdista, el KPD pasó de 3.000 ó 4.000 militantes en enero de 1919 a 78.000 inmediatamente después del golpe de Kapp. Pero al lado de los otros dos partidos que tenían casi un millón de militantes cada uno, el KPD era bastante más pequeño. El impacto de los acontecimientos hizo que las bases del USPD (Partido Socialdemócrata Independiente) giraran desde el reformismo hacia el marxismo. En su conferencia de marzo de 1919, el USPD se posicionó a favor de la dictadura del proletariado y por un gobierno de los soviets. En diciembre rompió con la Segunda Internacional y comenzó las negociaciones para entrar en la Comintern. En su congreso de octubre, aceptaron las 21 condiciones y se afiliaron a la Internacional Comunista. También iniciaron negociaciones con el KPD con la perspectiva de crear un partido comunista unificado que se fundó en diciembre con casi un millón y medio de militantes. El Partido Comunista Alemán era ahora un auténtico partido de masas, que bajo la dirección de la Comintern comenzó los preparativos para la revolución socialista en Alemania”. (Rob Sewell. Germany, from Revolution to Counterrevolution, p. 41).

La creación de un partido comunista de masas debería haber sido suficiente para garantizar la victoria. Pero aquí de nuevo vemos la importancia vital de la dirección. La muerte de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht descabezaron al joven Partido Comunista Alemán. Los dirigentes inexpertos que los sustituyeron cometieron muchos errores, tanto de carácter ultraizquierdista como oportunista. En marzo de 1921, en contra de los consejos de Lenin y Trotsky, los dirigentes ultraizquierdistas de los comunistas alemanes organizaron una insurrección cuando las condiciones para la misma estaban ausentes, provocando otra seria derrota.

Después de esta derrota, Lenin y Trotsky insistieron en que las tácticas de los partidos comunistas europeos deberían ir dirigidas a ganar a los millones de trabajadores que permanecían bajo la influencia de los reformistas. En ese momento la Tercera Internacional (Comintern) inicia la estrategia del frente único como una forma de fortalecer a los partidos comunistas y ganar a las masas.

La revolución de 1923

El período de la posguerra fue un período de profunda depresión económica. El desempleo era muy elevado y los aumentos salariales eran absorbidos por el aumento del costo de vida. Una gran parte de la población estaba al borde de la hambruna. Durante todo el período de la posguerra la capacidad productiva alemana nunca funcionó por encima del 80 por ciento y durante largos períodos estuvo estancada en el 50-60 por ciento. Al mismo tiempo el endeudamiento agrario aumentaba continuamente, a una media de 400 millones de dólares al año (mil millones de marcos).

En 1922 Alemania estaba de rodillas. Parecía no tener esperanza debido a la crueldad de los Aliados. Después de la derrota alemana la potencias triunfantes, especialmente Francia y Gran Bretaña, impusieron unas condiciones ruinosas a Alemania. El resultado fue el caos económico, desempleo de masas y pobreza a una escala sin precedentes. Hundido por las insoportables compensaciones de guerra impuestas por el Tratado de Versalles, el gobierno de Berlín fue incapaz de hacer frente a los pagos. El resultado fue que en enero de 1923 los imperialistas franceses enviaron tropas para ocupar el rico e industrializado valle del Ruhr.

La ocupación del valle del Ruhr provocó un colapso económico inmediato. La inflación se disparó hasta niveles inimaginables. Los trabajadores alemanes tuvieron que aceptar sus salarios en carretillas llenas de papel moneda sin valor. Con un millón de marcos apenas se podía comprar una caja de fósforos. La clase media veía como sus ahorros se evaporaban. La clase obrera comenzó a realizar huelgas de masas para protestar por esta situación. El gobierno estaba paralizado. La temperatura se caldeaba y las condiciones para la revolución maduraban rápidamente.

En estas condiciones el Partido Comunista podía haber llegado al poder. En 1923 la militancia del KPD continuaba creciendo a un ritmo vertiginoso. No sólo los trabajadores, también las masas de la pequeña burguesía miraban hacia los comunistas en busca de una salida. Incluso los fascistas (que también estaban comenzando a crecer) decían: “Dejemos que los comunistas tomen el poder primero, después será nuestro turno”.

Aquí vemos la importancia vital de la dirección. Es una ley histórica que en una situación revolucionaria, el partido revolucionario y especialmente su dirección, sufren la presión de las clases ajenas. La “opinión pública” burguesa pesa mucho sobre los dirigentes que sienten que es muy importante su responsabilidad personal. Lo vimos en noviembre de 1917 cuando un sector de la dirección bolchevique (Kámenev y Zinoviev) perdieron su audacia y se opusieron a la insurrección. Y también lo vimos en Alemania en 1923.

Los dirigentes ultraizquierdistas que habían lanzado la malograda “Acción de Marzo” de 1921 fueron sustituidos por una nueva dirección (Brandler y Thalheimer), que desgraciadamente pasó al extremo contrario. En una situación donde se requería una acción decidida, vacilaron y perdieron la iniciativa. Los dirigentes alemanes fueron a Moscú en busca del consejo de la Comintern, pero el accidente histórico intervino aquí con resultados trágicos. Lenin estaba seriamente enfermo e incapacitado, Trotsky también estaba enfermo, así que los dirigentes alemanes tuvieron que reunirse con Stalin y Zinoviev que les recomendaron cautela.

En una carta a Zinoviev y Bujarin, Stalin escribía lo siguiente: “¿Deben los comunistas luchar por tomar el poder sin los socialdemócratas? ¿Están maduras las condiciones? Si hoy en Alemania el poder cae y los comunistas lo toman, caerán estrepitosamente… la burguesía y el ala de derecha socialdemócrata los exterminará. Por supuesto los fascistas no están dormidos, pero para nuestro interés es mejor que ellos ataquen primero, en mi opinión, hay que frenar a los alemanes y no estimularlos”. (Citado por Rob Sewell. Ibíd., pp. 54-55).

¡A Brandler y Thalheimer les aconsejaron esperar y permitir que los fascistas alemanes hicieran el primer movimiento! Esto selló el destino de la revolución alemana. En una situación revolucionaria el retraso resulta fatal, como ya señaló Marx con relación a la Comuna de París. Es imposible mantener indefinidamente a las masas en un estado de agitación. La conducta vacilante de los dirigentes comunistas alemanes hizo que perdieran la oportunidad. Las masas se desilusionaron con el Partido Comunista y cayeron en la apatía.

Estabilización

El Quinto Congreso de la Comintern celebrado en marzo de 1924 culpó a los dirigentes del KPD de la derrota, de este modo intentaba desviar la atención de las críticas al papel de Stalin y los otros dirigentes de la Comintern. Trotsky intentó explicar la lección de los acontecimientos alemanes en “Lecciones de Octubre”. Esto provocó la furia del triunvirato dirigente que en secreto había tomado las riendas del poder después de la muerte de Lenin. Zinoviev, en particular, estaba obsesionado con su prestigio personal. Lenin dijo en cierta ocasión que el rencor en política juega el papel más nefasto. Zinoviev estaba motivado por la ambición personal y sus celos ante la popularidad de Trotsky. Inició una campaña violenta contra Trotsky en la que inventó el término “trotskismo” como un intento de introducir una cuña entre las ideas de Lenin y Trotsky. En realidad, Trotsky estaba defendiendo la verdadera herencia de Lenin y la revolución de Octubre.

La derrota de la revolución alemana de 1923 tuvo consecuencias muy serias para la Revolución Rusa. El aislamiento de la revolución aceleró las tendencias hacia la burocratización contra las que había avisado Lenin reiteradamente en sus últimos artículos y discursos. No es casualidad que Stalin defendiera por primera vez públicamente la idea del socialismo en un solo país en el otoño de 1924. El ataque contra Trotsky y el “trotskismo” era una parte integral de la reacción burocrática contra Octubre. Esto a su vez tuvo un efecto desastroso en la Internacional Comunista.

El fracaso de los comunistas alemanes en la toma del poder en 1923 dio a la burguesía un respiro. En 1924 la burguesía alemana consiguió estabilizar parcialmente la situación con la ayuda de EEUU. Esto se reflejó en las elecciones al Reichstag en mayo de 1924. Los partidos comunista y socialdemócrata vieron como su voto caía hasta el 33 por ciento del electorado, aunque el voto nazi bajó aún más. Además el voto del SPD creció a expensas del KPD. En las elecciones presidenciales de 1925 el general monárquico Hindenburg fue elegido presidente.

Este fue un período de relativa estabilidad, el SPD permaneció como el partido más grande de Alemania con un amplio apoyo entre la clase obrera. Entre 1920 y 1924 el número de trabajadores organizados en los sindicatos descendió, reflejando la profundidad de la crisis económica y el aumento del desempleo. Pero desde 1924 la tendencia se volvió en su contraria. En 1924 casi diez millones de alemanes estaban afiliados a los sindicatos (la militancia sindical mundial en aquel momento era de aproximadamente 36,5 millones). Con una población de cuatro millones menos de personas debido a la guerra, el número de militantes sindicales en Alemania se había más que duplicado desde 1914.

Desde entonces y hasta 1932 el número de trabajadores alemanes en los sindicatos aumentó continuamente. Más de la mitad eran militantes de los sindicatos socialdemócratas. La tarea de los comunistas era por lo tanto ganar a los trabajadores socialdemócratas. Pero en lugar de mantener la posición de Lenin sobre la táctica del frente único, los estalinistas adoptaron una política ultraizquierdista que de nuevo los alejó de las masas trabajadoras, crearon sindicatos “rojos” separados que contradecían completamente la posición de Lenin.

Si la Internacional Comunista hubiera mantenido la postura de Lenin, habría podido recuperar su fuerza e influencia. Pero los acontecimientos de la URSS ejercieron una influencia decisiva en la Comintern. El aislamiento de la Revolución Rusa en unas condiciones de atraso terribles provocó la reacción burocrática contra Octubre.

La expulsión de la Oposición de Izquierda

Después de la muerte de Lenin en 1924, el poder pasó a las manos de la camarilla de Stalin. La oposición a Stalin llegó desde León Trotsky y la Oposición de Izquierda, que libraron una terca batalla para regresar a los principios democráticos e internacionalistas de Lenin y la Revolución de Octubre. Pero los trabajadores rusos estaban agotados por los largos años de guerra y revolución. El ascenso de la fracción estalinista en el estado y el partido reflejaba la correlación de fuerzas de clase desfavorable.

La burocracia -la casta de centenares de miles de funcionarios soviéticos en las fábricas, sindicatos y oficinas del partido- quería poner fin a la tormenta y la tensión de la revolución, quería una vida pacífica para consolidar su poder y privilegios. Con cada derrota de la revolución mundial, crecía la confianza de la burocracia. Se apartaban de los trabajadores y ocupaban posiciones de poder e influencia en el estado y el Partido Comunista. Esto explica el ascenso irresistible de la fracción de Stalin. En la persona de Stalin la ascendente capa de burócratas encontró a su líder ideal.

Finalmente, en 1927, Trotsky fue expulsado del Partido Comunista Soviético. En 1928 fue deportado a Siberia. En 1929 se le privó de la ciudadanía soviética y fue exiliado a Turquía. Pero Stalin no consiguió silenciar a su oponente. Desde su casa en la isla de Prinkipo, Trotsky continuó escribiendo artículos y libros contra el estalinismo y en defensa del bolchevismo. Trotsky y la Oposición de Izquierdas todavía se consideraban una fracción de la Internacional Comunista. Hasta que Hitler llegó al poder intentaron reformar la Comintern y la Unión Soviética, para que regresaran a los principios leninistas del internacionalismo y la democracia obrera.

Sin embargo, en este período, los estalinistas purgaron la Comintern (Internacional Comunista). En 1930 la Internacional Comunista y sus partidos afiliados eran poco más o menos que apéndices burocráticos de la política exterior de Stalin. Los dirigentes de los partidos comunistas eran demasiado jóvenes e inexpertos para resistir la presión de Moscú. Aquellos que intentaron hacerlo fueron expulsados.

Cuando Lenin todavía vivía la Comintern era un organismo vivo, donde se celebraban anualmente congresos y debates vivos. Lenin y Trotsky nunca temieron la controversia. Utilizaron las diferencias políticas para formar a los cuadros de la Internacional. Nunca intentaron imponer la “línea de Moscú” sino que se basaron en las armas del argumento y el debate. Lenin nunca habría aprobado los métodos que más tarde introdujeron Zinoviev y Stalin que esperaban que los dirigentes de los partidos comunistas se comportaran como zombis. En una ocasión Lenin reprendió a Bujarin con las siguientes palabras: “Si querés obediencia tendrás tontos obedientes”. Pero, después de la muerte de Lenin, Stalin y la burocracia de la Comintern precisamente lo que querían eran tontos obedientes.

El “Tercer Período”

Stalin y la burocracia no tenían interés en los problemas de los partidos comunistas europeos. Con su visión nacionalista y estrecha, prestaban poca atención a la Comintern y los problemas de la revolución mundial. Su política reflejaba los intereses inmediatos y las necesidades de la lucha fraccional del partido ruso.
Stalin nunca fue un teórico. Fue un organizador -un “práctico” del partido-. Dejó la teoría a su aliado Bujarin, que mantenía una posición derechista dentro del partido. Bujarin y Stalin originalmente defendían la conciliación con los campesinos ricos (kulaks) y con los nepistas. Rechazaron las propuestas de industrialización de la Oposición, la colectivización voluntaria y los Planes Quinquenales como “aventurerismo de izquierda”.

Esta política de derecha se reflejó internacionalmente en una política oportunista. En Gran Bretaña se animó al PC a ponerse a la cola de los “izquierdistas” del TUC (la central sindical). Eso terminó en la traición y la derrota de la huelga general de 1926. Peor aún fue lo que ocurrió con el PC chino, que era una fuerza de masas y al que se dio instrucciones para que entrara en el Kuomintang de Chang Kai Shek, y a éste último incluso se le hizo miembro honorario del Comité Ejecutivo de la Comintern. Esto terminó en 1927 con el aplastamiento del PC Chino con el golpe sangriento de Chang.

Sin embargo, en 1927, la situación en Rusia había cambiado. Los kulaks (campesinos ricos) habían acumulado una gran cantidad de grano que se negaban a liberar. Las ciudades estaban amenazadas por el hambre. Esto representaba un serio peligro para el poder soviético. Alarmado, Stalin dio un giro de ciento ochenta grados, rompió con Bujarin y anunció una ofensiva contra los kulaks.

En su lucha contra el peligro kulak en Rusia, Stalin giró hacia una posición ultraizquierdista, expresada en la colectivización forzosa y los “planes quinquenales en cuatro años”. Este aventurerismo encontró su réplica en la política exterior con la llamada política del Tercer Período. De modo formalista los estalinistas caracterizaron la situación mundial desde 1917 de la siguiente manera:

El Primer Período (1917-1924) caracterizado por la crisis capitalista y el auge revolucionario. Después siguió el Segundo Período (1925-1928), un período de estabilidad capitalista. Y el Tercer Período, anunciado por Stalin y sus seguidores, representaba la “crisis final” del capitalismo.

Lenin explicó muchas veces que no existe la “crisis final” del capitalismo. El sistema capitalista siempre se recuperará incluso de la crisis más profunda, hasta que sea derrocado por la clase obrera. Pero para acabar con el capitalismo primero es necesario que la vanguardia proletaria gane a las masas, de ahí la política de Lenin del frente único. Pero Stalin lanzó por la borda las enseñanzas de Lenin reemplazándolas por la locura del “social fascismo”.

Según esta “teoría” la revolución estaba en el orden del día en todas partes y todos los partidos, excepto los partidos comunistas, eran objetivamente fascistas. Esta política alocada llevó a confrontaciones abiertas entre los trabajadores comunistas y socialdemócratas. Eso tuvo consecuencias desastrosas en todas partes y, particularmente, en Alemania.

En las elecciones al Reichstag en mayo de 1928 el SPD formó un gobierno con el canciller Hermann Mueller. El KPD consiguió un tercio de los votos del SPD, mientras que los nazis consiguieron menos de una décima parte. Sin embargo, la dirección del SPD giró aún más a la derecha que antes. Formó una gran coalición que incluía al Partido Popular. Esta coalición estuvo en el poder aproximadamente dos años.

El crack de Wall Street de 1929 fue el punto de partida de la Gran Depresión. La economía alemana, ya bastante debilitada por las condiciones impuestas por los Aliados, colapsó. El desempleo se disparó hasta alcanzar los tres millones de desocupados. La clase media se arruinó, una parte considerable se empobreció y se vio arrojada a las filas del lúmpemproletariado. Se desarrolló una profunda polarización a izquierda y derecha, expresada en un crecimiento rápido del Partido Comunista y los nazis.

En marzo de 1930 dimitió el gabinete del SPD encabezado por Mueller y abrió un período de tremenda inestabilidad política. El presidente Hindenburg nombró canciller a Heinrich Bruening del Partido Católico de Centro. La expulsión de los socialdemócratas fue el primer paso hacia la reacción de la burguesía. Como ningún partido podía conseguir la mayoría sin los socialdemócratas Bruening comenzó a gobernar por decreto, basándose en el Artículo 48 de la Constitución “democrática” de Weimar. Esto es lo que los marxistas calificamos como régimen de bonapartismo parlamentario.

Stalin divide el movimiento

Bajo la perniciosa influencia de la Comintern estalinista, en todas partes los partidos comunistas abandonaron la política leninista del frente único. En Gran Bretaña proclamaron que la “militancia en el Partido Laborista era un crimen similar a actuar como un esquirol”. El resultado fue que los trabajadores comunistas más avanzados se alejaron de las masas de la clase obrera que apoyaban a la socialdemocracia. Contradiciendo claramente la postura elaborada por la Comintern en sus primeros cuatro congresos, llegaron incluso a dividir los sindicatos con la creación de los llamados sindicatos “rojos”.

Stalin proclamó que: “Objetivamente, la socialdemocracia y el fascismo no eran antípodas sino gemelos”. “El fascismo”, decía Stalin, “es la organización de lucha de la burguesía, que descansa en el apoyo activo de la socialdemocracia. Objetivamente, la socialdemocracia es el ala moderada del fascismo. No hay razón para admitir que la organización de lucha de la burguesía pueda conseguir éxitos decisivos en las luchas o en el gobierno del país sin el apoyo activo de la socialdemocracia… Estas organizaciones no son mutuamente excluyentes, todo lo contrario, son mutuamente complementarias. No son antípodas sino gemelas. El fascismo es un bloque disforme de estas dos organizaciones. Sin este bloque la burguesía no podría mantenerse al timón. (Stalin. Citado en Die Internationale. Febrero 1932).

Manuilsky repitió fielmente esta idea en el undécimo Pleno de la Internacional Comunista en abril de 1931: “Los socialdemócratas, para engañar a las masas, deliberadamente proclaman que el principal enemigo de la clase obrera es el fascismo… ¿No es verdad que la teoría del ‘mal menor’ descansa en la presunción de que el fascismo de Hitler representa el principal enemigo?” (Los partidos comunistas y la crisis del capitalismo, p. 112).

Todo esto iba en contra de las enseñanzas de Lenin. Dividía a la clase obrera y debilitaba la influencia de los comunistas entre las masas de trabajadores. En ninguna otra parte fueron tan desastrosos los resultados de esta política como en Alemania, aquí se dieron instrucciones a los comunistas para que atacaran a los trabajadores del SPD acusándolos de “social fascistas”. Estas tácticas patoteriles dividieron al poderoso movimiento obrero alemán y lo paralizaron frente a la reacción fascista.

¿Qué es el fascismo?

El fascismo se diferencia de otras formas de reacción, como el bonapartismo, porque cuenta con una base de masas. Por esa razón es muy peligroso para la clase obrera. Su base de masas le permite aplastar y atomizar al movimiento obrero de una forma que las dictaduras policíacas normales no lo pueden hacer.

La base social del fascismo siempre es la misma: la pequeña burguesía y el lúmpemproletariado. Para ganar a la masa de la pequeña burguesía arruinada, los nazis imitaron el lenguaje del socialismo. Utilizaron la demagogia anticapitalista e incluso se autodenominaban “nacional socialistas”.

El tendero pequeño burgués odiaba los grandes monopolios capitalistas que lo arruinaban, pero también odiaba y temía al proletariado al que se veía arrojado. Fulminaba con igual vehemencia a los huelguistas que estaban “destruyendo el país” como a los grandes bancos y monopolios que “absorben nuestra sangre”. Para ganar a esta capa los fascistas atacaron demagógicamente al “gran Capital”, normalmente en forma de capital financiero. La nacionalización de los bancos siempre figura en el programa de los partidos fascistas.

Esta concentración en el capital financiero les permitió atacar a los “malos” capitalistas judíos que se oponían a los “buenos” capitalistas arios. Hitler denunciaba a la gran burguesía por su “cobardía proverbial”, su “senilidad”, su “podredumbre intelectual” y su “cretinismo”. Y el régimen nazi, como el régimen de Mussolini en Italia, no era otra cosa que una dictadura cruel del capitalismo monopolista. En realidad ofreció salvar a la burguesía de sí misma, tomar las riendas del poder estatal de sus temblorosas manos, deshacerse del viejo, senil y cobarde régimen del parlamentarismo burgués, con sus compromisos y pactos, y sustituirlo por el dominio abierto y desnudo del Capital. ¡Por supuesto los banqueros y los monopolistas tuvieron que pagar a los gángsteres fascistas por el privilegio!

La burguesía no se toma a la ligera el fascismo. No es su primer recurso, sino el último, cuando todas las demás opciones están agotadas y la burguesía se enfrenta a su derrocamiento por parte de la clase obrera. Los capitalistas y los junkers alemanes miraban con una mezcla de desprecio y alarma al advenedizo plebeyo Hitler y sus gángsteres nazis. No los entusiasmaba la perspectiva de entregarles el poder del estado. Era un salto en la oscuridad que sólo darían cuando los aterrorizara la otra alternativa.

Las masas “plebeyas” que siguieron a Hitler eran amorfas y desorganizadas. Con grandes sumas de dinero donadas por las grandes empresas, puso un uniforme a los lúmpemproletarios desclasados y a la pequeña burguesía arruinada dándoles disciplina, consignas y un “espíritu” de cuerpo militar. Las tropas de asalto nazis de la SA (Sturm Abteilung) crecieron hasta tener 100.000 miembros. Las bandas de Hitler aterrorizaban a los trabajadores en las calles. Comenzaron a sentir que eran los amos de la situación cuando en realidad eran simplemente los peones autómatas de las grandes empresas.

El racismo en forma de antisemitismo fue un elemento clave en el nazismo alemán, aunque al principio apenas jugó papel alguno en el fascismo alemán e italiano. Sin embargo, no era algo original sino una tradición que se remontaba a la Edad Media, un período del que procedían la mayor parte de las herramientas intelectuales de los nazis. El odio a los pequeños prestamistas judíos sirvió como una forma de desviar la atención de las masas de los grandes capitalistas. A los plebeyos desclasados y a los comerciantes arruinados se los hizo sentir “superiores” a las “razas menores” de Europa -polacos, checos, yugoslavos, rusos y, por supuesto, judíos-.

El fascismo es la esencia destilada del imperialismo. El racismo es sólo el reflejo más notorio de este hecho. De la misma forma que a los blancos pobres de los estados sureños de EEUU les gusta sentir que los negros están debajo de ellos, también a las masas desposeídas de la pequeña burguesía y lúmpemproletarios alemanes les seducía el veneno racista. Aunque tenían los bolsillos vacíos y agujeros en los pantalones, se los hacía sentir que formaban parte de una unión mística de todos los arios “puros” y la Gran Nación Alemana, que (en sus confusos cerebros) pertenecía a todos. La realidad es que se ocultaba convenientemente que pertenecía más a unos que a otros.

El ascenso del Partido Nazi

La clase dominante alemana estaba contenta al ver cómo Hitler engañaba a las masas de la pequeña burguesía. Desde finales de los años veinte el Partido Nazi recibió un enorme apoyo financiero de los capitalistas alemanes -incluidos capitalistas judíos- que lo veían como un seguro político contra el bolchevismo. No daban demasiada importancia a esta locura racial. Estaban más interesados en sus ataques al bolchevismo y su capacidad de competir con los partidos obreros. Robert A. Brady comenta lo siguiente:

“En 1930 casi cualquier empresario alemán admitía francamente el éxito final del ‘comunismo’, a menos que se consiguieran dar marcha atrás en las tendencias conocidas. En la primavera de 1931 en los locales principales del gran Truts Steel de Düsseldorf, un portavoz oficial de la industria le dijo a un periodista que la alternativa a Hitler y al nacional-socialismo era el ‘comunismo del Rhin para el año 1935’”. (Robert A. Brady. The Spirit and Structure of German Fascism, p. 33).

El gobierno bonapartista de Brüning no duró demasiado. En septiembre de 1930 Hindenburg tuvo que disolver el Reichstag y convocar nuevas elecciones. En unas condiciones de profunda polarización social perdieron terreno los socialistas moderados. El voto del SPD cayó un 6 por ciento, mientras que el voto del KPD subió un 40 por ciento. Sin embargo, su voto combinado pasó del 40,4 por ciento del electorado al 37,6 por ciento. El elemento más destacado en la ecuación fue el voto nazi que subió un 700 por ciento. Los nazis pasaron de ser el noveno al segundo partido más grande del país.

El KPD calificó el resultado electoral de victoria para los comunistas y “el principio del final” para los nazis. Esto claramente era una locura y una sandez. Mientras engañaban a todo el mundo con pacíficas declaraciones de intenciones parlamentarias, Hitler estaba preparándose para tomar el poder y aplastar a la clase obrera. Sonaban las señales de alarma pero los estalinistas mantenían los ojos cerrados ante el peligro y continuaban con su política irresponsable de dividir al movimiento obrero.

En esta época sólo había una voz solitaria que apelaba a la razón. En una carta urgente y en un artículo tras otro, Trotsky pedía al Partido Comunista Alemán que regresara a la política del frente único de Lenin para detener a los nazis. Si hubieran prestado atención a Trotsky la historia de Europa y el mundo habría tomado un rumbo completamente diferente. Desgraciadamente, ignoraron su advertencia y en su lugar continuaron siguiendo la línea desastrosa de Stalin y la Comintern estalinista. En agosto de 1931 Trotsky escribía:

“Debemos decir pues, claramente, a los obreros socialdemócratas, cristianos y sin partido: ‘Los fascistas, una pequeña minoría, desean derrocar al gobierno actual para tomar el poder. Nosotros, los comunistas, pensamos que el actual gobierno es el enemigo del proletariado, pero este gobierno se apoya en vuestra confianza y vuestros votos; deseamos derrocar a este gobierno por medio de una alianza con vosotros, no por medio de una alianza con los fascistas contra vosotros. Si los fascistas intentan organizar un levantamiento, entonces nosotros, los comunistas, lucharemos con vosotros hasta la última gota de sangre -no para defender al gobierno de Braun y Brüning, sino para salvar a la flor y nata del proletariado de ser aniquilada y estrangulada, para salvar las organizaciones y la prensa obreras, no solamente nuestra prensa comunista, sino también vuestra prensa socialdemócrata. Estamos dispuestos a defender, junto con ustedes, cualquier local obrero, el que sea, cualquier imprenta de prensa obrera de los ataques de los fascistas. Y los llamamos a comprometerse a venir en nuestra ayuda en caso de amenaza contra nuestras organizaciones. Proponemos un frente único de la clase obrera contra los fascistas. Cuanto más firme y persistentemente llevemos a cabo esta política, aplicándola a todas las cuestiones, más difícil será para los fascistas tomarnos desprevenidos y menores serán sus posibilidades de derrotarnos en la lucha abierta”. (León Trotsky. Artículo: ¨Contra el comunismo nacional. La lucha contra el fascismo en Alemania¨)

Aterrorizados por el tamaño del voto nazi, los dirigentes del SPD decidieron apoyar como “mal menor” al gobierno Brüning. Esta política equivocada permitió a Brüning seguir como canciller otros veintiséis meses, poniendo en práctica una política impopular y antiobrera. Eso favoreció a los nazis. Hitler combinó una política de sabotaje con violencia en las calles contra el movimiento obrero.

El “referéndum rojo”

En 1931 había más de 4 millones de desempleados. Los nazis comenzaron una campaña para echar a los socialdemócratas de su feudo tradicional en Prusia, el estado más grande de Alemania, donde vivían más de dos tercios de la población. Organizaron un referéndum para echar al SPD prusiano de la coalición de gobierno. De manera increíble los dirigentes del KPD pidieron a los trabajadores que apoyaran la campaña nazi, a la que calificaron como el “referéndum rojo”. Los comunistas hicieron campaña junto a los nazis contra el SPD prusiano, pero al final no consiguieron echar al SPD del gobierno.

La política oportunista de los dirigentes del SPD provocó una crisis dentro del partido que desencadenó escisiones y expulsiones de aquellos socialdemócratas que se oponían a la dirección y que exigían un frente único con el KPD contra Hitler. Trotsky analiza este fenómeno que los marxistas calificamos como “centrismo”, una tendencia que oscila entre el marxismo y el reformismo de izquierda. Esto llevó a la formación de un nuevo partido, el SAP (Partido Socialista de los Trabajadores). Pero aunque los centristas tenían una base en las Juventudes Socialistas e incluso una fracción parlamentaria, cuando se presentaron como partido independiente a las elecciones de julio de 1932 no consiguieron ni un solo parlamentario.

El SAP consiguió sólo 72.630 votos y en las elecciones de noviembre de 1932 su voto cayó aún más. Trotsky explicó que la clase obrera no abandona fácilmente sus organizaciones de masas tradicionales. Los trabajadores pondrían muchas veces a prueba a un partido como el SPD antes de decidir abandonarlo y buscar finalmente otra alternativa.

En diciembre de 1931 los dirigentes del SPD formaron el Frente de Hierro para la Resistencia contra el Fascismo. Esta organización unía a la milicia socialdemócrata -el Reichsbanner- con la juventud del SPD, con otros grupos obreros y liberales. Los dirigentes del SPD querían limitar el alcance de la nueva organización a actividades pacíficas como eran las manifestaciones de masas. Pero los trabajadores socialdemócratas querían ir más allá. Se armaron y lucharon en las calles contra los nazis.

Esto abrió unas posibilidades tremendas para el Partido Comunista. En agosto-septiembre de 1917 el Partido Bolchevique consiguió ganar a las masas que apoyaban a los mencheviques y social-revolucionarios ofreciéndoles un frente único contra Kornilov. Hay que recordar que fue en esta época cuando los dirigentes mencheviques y social-revolucionarios perseguían ferozmente a los bolcheviques. Los bolcheviques concentraron todos sus esfuerzos en derrotar la amenaza inmediata de la reacción y en el proceso consiguieron ganar a la mayoría decisiva de los trabajadores en los soviets y después tomaron el poder.

En sus escritos de esta época Trotsky hace una analogía con las tácticas de los bolcheviques para demostrar la naturaleza criminal de la política y las tácticas de los estalinistas alemanes, que en lugar de tender los brazos a la base de los trabajadores socialdemócratas se dedicaron a colaborar con los nazis en el llamado “referéndum rojo” contra los socialdemócratas.

Fascismo y democracia

La profundización de la crisis económica, que disparó el desempleo hasta cinco millones en 1932, exigía medidas urgentes para defender los niveles de vida de las masas. Esto requería una política socialista independiente. Pero en lugar de hacer esto los socialdemócratas se pusieron bajo los faldones de la burguesía, diciendo que era necesario defender la democracia a través de la unidad con la burguesía “democrática”, aunque esta última estaba preparándose para abandonar la democracia parlamentaria y pasarse al campo del fascismo.

En las elecciones presidenciales de marzo de 1932 se presentaron tres candidatos principales: el militarista monárquico Hindenburg, Hitler y el candidato del KPD, Thaelmann. El SPD apoyó al derechista Hindenburg, defendiendo que era el “mal menor” frente a Hitler. El Frente de Hierro debería haber sido un arma de lucha contra los nazis, pero en su lugar se convirtió en una maquinaria electoral para el junker de derecha.

Esta política de colaboración de clase tuvo resultados catastróficos. Desacreditó a los socialdemócratas que asumieron la responsabilidad por la política criminal de la burguesía alemana. Como resultado, el voto nazi continuó aumentando. En las segundas elecciones de abril de 1932 Hindenburg ganó, pero el voto nazi se había duplicado en sólo diecisiete meses.

El mismo mes Brüning presentó a Hindenburg un decreto prohibiendo las milicias nazis de la SA y la SS, como una forma de frenar el avance nazi. Pero los nazis simplemente continuaron con sus actividades con nombres diferentes. No era posible detenerlos con los métodos de la legalidad burguesa. En un mes el canciller Brüning tuvo que dimitir y fue sustituido por Franz von Papen, del partido centrista.

El derechista von Papen no contaba con una base en el Reichstag. En junio de 1932 tuvo que disolver el Reichstag y convocar nuevas elecciones. Al mismo tiempo von Papen eliminó la prohibición de los ejércitos privados nazis. La lucha callejera adquirió una nueva intensidad con cientos de heridos y muertos. En julio los nazis desfilaron, escoltados por la policía, a través del Hamburgo proletario. El resultado fue 19 muertos y 285 heridos. Utilizando como pretexto los enfrentamientos de Hamburgo, von Papen llevó a cabo un golpe de estado en Prusia. Con la excusa de que el gobierno prusiano era incapaz de mantener la ley y el orden echó a los socialdemócratas y se autonombró Comisionado del Reich en Prusia.

Debemos tener en cuenta que en esta época el movimiento obrero alemán era el más poderoso del mundo. No sólo tenía sindicatos de masas, también contaba con milicias comunistas y socialdemócratas armadas que probablemente entre las dos sumaban un millón de miembros. Si se hubieran unido, se habrían convertido en una fuerza de lucha formidable que podría haber aplastado a las bandas de Hitler. Los trabajadores alemanes esperaban una señal para entrar en acción, pero ésta no llegó nunca. En su lugar, los dirigentes del SPD prometieron recurrir a los tribunales que naturalmente no hicieron nada.

Los llamamientos de los dirigentes socialdemócratas a la legalidad burguesa existente eran inútiles y contraproducentes. La burguesía estaba mucho más preocupada de la clase obrera que de los fascistas. Los tribunales y la policía en secreto simpatizaban con los nazis y eran hostiles al movimiento obrero. Por lo tanto, la consigna de los dirigentes socialdemócratas, “¡Staat, griff zu!” (¡Estado intervení!) sólo sirvió para confundir a los trabajadores y desviar su atención de lo que realmente era necesario.

Las masas paralizadas

La única forma de derrotar a los nazis era enfrentándose a ellos con el poder de la unidad de la clase obrera. Lo que hacía falta no era la defensa del gobierno y legalidad existentes, sino que la clase obrera luchara para defender sus propias organizaciones, como correctamente señaló Trotsky en 1931:

“A lo largo de varias decenas de años, los obreros han construido en el interior de la democracia burguesa, utilizándolo todo en la lucha contra ella, sus bastiones, sus bases, sus focos de democracia proletaria: los sindicatos, los partidos, los clubs de formación, las organizaciones deportivas, las cooperativas, etc. El proletariado puede llegar al poder no en el marco formal de la democracia burguesa, sino por la vía revolucionaria; esto está demostrado tanto por la teoría como por la experiencia. Pero es precisamente por esta vía revolucionaria que el proletariado tiene necesidad de bases de apoyo de democracia proletaria en el interior del Estado burgués. El trabajo de la II Internacional se ha reducido a la creación de esas bases de apoyo, en la época en que desempeñaba todavía un papel progresista”. (León Trotsky. ¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán. Ibíd.,)

A pesar de su aparente fuerza, Trotsky señaló que los nazis eran “despojos humanos”, pequeños burgueses y lúmpemproletarios que escapaban en cuanto se enfrentaban a una fuerza de lucha proletaria seria. Pero la política de los socialdemócratas y los estalinistas fue mantener dividido e indefenso al movimiento frente a la amenaza nazi.

Los estalinistas hicieron oídos sordos ante todas las advertencias. Así es como Thaelmann, el principal dirigente del KPD, respondía a la petición del frente único de Trotsky: “Trotsky quiere con toda seriedad una acción común de los comunistas con el asesino de Liebknecht y Rosa (Luxemburgo), y más, con Zoergiebei y aquellos jefes de policía a quiénes el régimen de von Papen dejó en sus puestos para oprimir los trabajadores. Trotsky ha intentado varias veces en sus escritos apartarse de la clase obrera exigiendo negociaciones entre los jefes del Partido Comunista Alemán y del Partido Socialdemócrata. (El discurso final de Thaelmann en el XII Pleno, septiembre 1932, Comite Ejecutivo de la Internacional Comunista)”. (Communist International, nº 17-18, pag. 1.329).

En un artículo publicado en Die Internationale (noviembre-diciembre 1931, p. 488), Thaelmann repudiaba indignado la propuesta del frente único con el Partido Socialdemócrata:
“Este (el Partido Socialdemócrata) amenaza con hacer un frente único con el Partido Comunista. El discurso de Breitscheid en Darmstadt en ocasión de las elecciones de Hesse y los comentarios de Vorwaerts sobre este discurso demuestran que la socialdemocracia con su maniobra está intentando arrimarse al muro del maligno fascismo de Hitler y está impidiendo la lucha real de las masas contra la dictadura del capital financiero. Estas bocas mentirosas… esperan hacerlo más aceptable con la salsa de la llamada amistad con los comunistas (contra la prohibición del PC alemán) y hacerlo más agradable para las masas.”

Y una vez más: “En su panfleto sobre el tema, ¨¿Cómo se derrotará al nacional socialismo?¨, Trotsky siempre da una respuesta: ‘El PC alemán debe formar un bloque con la social democracia…’ En este bloque Trotsky ve la única forma de salvar completamente a la clase obrera frente al fascismo. O el PC forma un bloque con la socialdemocracia o la clase obrera alemana estará perdida durante 10-20 años. Esta es la teoría de un contrarrevolucionario y fascista completamente arruinado. Esta es la peor de todas las teorías, la más peligrosa y criminal que ha elaborado Trotsky durante los últimos años de su propaganda contrarrevolucionaria”. (Discurso pronunciado por Thaelmann en el XIII plenario, septiembre 1932. Communist International, Nº 17-18. p. 1.329).

En su locura, los estalinistas incitaron abiertamente a los trabajadores comunistas a golpear a los trabajadores socialistas, romper sus reuniones, etc., incluso llevaron la lucha a las escuelas ¡al mismo patio de recreo! Thaelmann planteaba la consigna: “Perseguid a los social fascistas en sus empleos, en las fábricas y los sindicatos”. Siguiendo la línea de argumentación de su dirigente, el órgano de la Juventud Comunista, The Young Guard, proponía la consigna: “Expulsad a los social fascistas de las fábricas, las oficinas de empleo y las escuelas de aprendices”. El órgano de los Jóvenes Pioneros que iba dirigido a los hijos de los militantes del PC incluso llegó a plantear la increíble consigna: “Golpead a los pequeños zoerbiegels en las escuelas y patios de recreo”.

Esta línea era aceptada acríticamente por todos los partidos de la Internacional Comunista: “Es significativo”, decía un artículo aparecido en el periódico del PC británico, Daily Worker, el 26 de mayo de 1932, “que Trotsky haya salido en defensa de un frente único entre los partidos comunista y socialdemócrata contra el fascismo. Nada más perjudicial y contrarrevolucionario se podría haber propuesto en un momento como el actual”.

Esta política provocó una total desmoralización e impotencia. Recuerdo conversaciones que tuve hace años con un maravilloso compañero obrero, Dudley Edwards, que era un joven delegado sindical a principios de los años treinta en la fábrica de automóviles Morris en Xowley, Oxford, y militante del Partido Comunista. Dudley visitó Alemania poco antes de la llegada de Hitler al poder y se alojó en la casa de un trabajador comunista alemán. El trabajador le enseñó un revolver que tenía y Dudley me dijo: “Pude ver en su cara que nunca usaría ese revolver”. Los trabajadores estaban paralizados por las acciones de sus dirigentes.

El KPD convocó una huelga general. Pero los trabajadores socialdemócratas no habían olvidado el “referéndum rojo”. Miraban con sospecha y hostilidad al KPD. Sin el apoyo de los trabajadores socialdemócratas no era posible la huelga general. Las elecciones al Reichstag del 31 de julio de 1932 revelaron la terrible verdad: los nazis eran ahora el partido más grande de Alemania.

Los dirigentes del movimiento obrero no fueron los únicos en subestimar a Hitler. La burguesía alemana también cometió el mismo error. Imaginaba que Hitler sería su herramienta sumisa. Le daban dinero y a sus espaldas lo ridiculizaban. Pero recibieron un duro golpe cuando Hitler tomó con las dos manos las riendas del poder estatal. Los políticos de derecha como von Papen pensaban que podrían manipular a Hitler y que él cumpliría sus órdenes. Pero en realidad la bota estaba en el otro pie. Los nazis apoyaron una moción de censura contra von Papen en el Reichstag que fue aprobada por 513 votos frente a 32. El Reichstag fue disuelto y se convocaron nuevas elecciones el 6 de noviembre.

Hitler se prepara para el poder

En las elecciones de noviembre de 1932 -las últimas elecciones libres antes de que Hitler tomara el poder- el voto combinado de socialistas y comunistas fue más grande que el de los nazis. Estos últimos en realidad perdieron dos millones de votos: Partido Nacional Socialista, 11.737.000 votos (33,1 %); Socialdemócrata, 7.248.000 (20,4 %); Comunista, 5.980.000 (16,9 %); Centro 4.231.000 (11,9 %); Nacionalista, 2.959.000 (8,8 %); Pueblo Bávaro, 1.095.000 (3,1 %) y Otros, 2.635.000 (7,6 %).

El fascismo es un tipo especial de reacción, que utiliza a las enloquecidas masas de la pequeña burguesía y lúmpemproletarios para aplastar y atomizar a la clase obrera. La burguesía temporalmente pierde el control de su propio estado, que pasa a manos de los bandidos fascistas. Un movimiento pequeño burgués de masas, sin embargo, sólo puede triunfar si consigue una victoria tras otra. A finales de 1932 estaba claro que los nazis habían superado su cima. Sus seguidores pequeño burgueses y lúmpemproletarios estaban comenzando a estar cansados de los juegos parlamentarios de Hitler, deseaban una acción decidida y cuando ésta no llegaba empezaron a desanimarse y a caer en la apatía. Esto es lo que reflejaban estos resultados electorales.

Por lo tanto, Hitler estaba obligado a actuar rápidamente o correría el riesgo de perder su base. Como no tenía la mayoría para tomar el poder tuvo que recurrir a maniobras con los partidos burgueses y Hindenburg. En diciembre de 1932 Hindenburg nombró a un nuevo canciller, Schleicher, pero sólo fue un acuerdo temporal porque la burguesía estaba preparada para entregar el poder a los nazis.

El gobierno Schleicher duró apenas un mes. El 30 de enero de 1933 Hindenburg nombró canciller a Hitler y vicecanciller a von Papen. Hasta el último minuto Hitler mantuvo su táctica de engaño, aceptó modestamente sólo tres de los once puestos del gabinete. Pero esta charada parlamentaria sólo era una cobertura legal para los verdaderos preparativos que se estaban haciendo ininterrumpidamente fuera del parlamento.

Incluso en el último momento, el voto conjunto de los comunistas y el SPD superaba al de los nazis. El voto combinado de los partidos obreros fue de 12.232.000 votos. Y como explicó Trotsky, la superioridad de los trabajadores sobre los nazis no era simplemente numérica. El movimiento obrero alemán todavía estaba intacto. Una resistencia seria podía haber aplastado a la chusma nazi. Pero se perdió definitivamente la última oportunidad de detener a Hitler. Trotsky todavía esperaba que los partidos obreros se movilizaran para resistir a los nazis. Pero esto no ocurrió.

Los dirigentes del SPD anunciaron que el nombramiento de Hitler era constitucional y se negaron a apoyar cualquier acción contra los nazis. El 7 de febrero de 1933 el jefe de la federación berlinesa del SPD dio el siguiente consejo a los trabajadores:

“Sobre todo no dejen que les provoquen. La vida y la salud de los trabajadores berlineses es demasiado valiosa para arriesgarla a la ligera; hay que preservarlas para el día de la lucha”. (Citado por Ted Grant en ¨La amenaza del fascismo¨, p. 54).

Por su parte, el estalinista KPD se concentró en denunciar a los socialdemócratas. Igual que los socialdemócratas, ellos continuaban negando que los nazis pudieran llegar al poder. Sus declaraciones públicas eran casi idénticas a las pronunciadas por los socialdemócratas. El estalinista Wilhelm Pieck el 26 de febrero de 1933 declaró: “¡Los trabajadores deben tener cuidado de dar al gobierno cualquier pretexto que pueda suponer nuevas medidas contra el partido Comunista!” (Ibíd.,) Desgraciadamente, los nazis no necesitaban ningún pretexto para aplastar a los socialistas y los comunistas.

El poderoso movimiento obrero alemán se rindió sin disparar ni un solo tiro. Hitler apenas podía creer su suerte. Más tarde alardeó de que había llegado al poder “sin romper un cristal”. Se lo podía haber detenido, todavía no controlaba el estado. El ejército y la policía todavía no estaban en sus manos. Pero una vez que había conseguido el poder ya era demasiado tarde.

A diferencia de los dirigentes socialistas y comunistas, Hitler actuó decididamente. Consiguió que Hindenburg disolviera el parlamento, supuestamente para convocar nuevas elecciones. Pero esto sólo era una fachada legal para encubrir el inicio de un reinado de terror contra el movimiento obrero. Las reuniones del KPD fueron prohibidas y su prensa clausurada. La fuerza policial fue inundada con tropas de asalto. Todo el poder del estado cayó sobre el movimiento obrero.

El 27 de febrero de 1933 los nazis incendiaron el Reichstag y culparon a los comunistas. Al día siguiente el presidente Hindenburg suspendió todas las garantías constitucionales de libertad de expresión, prensa, asamblea y asociación. Miles de funcionarios del SPD y el KPD fueron arrestados. Sólo a los nazis y sus aliados nacionalistas de derecha se les permitió hacer campaña la semana previa a las elecciones.

Ahora, al menos, el KPD convocó huelgas nacionales. Pero ya era demasiado tarde. La moral de los trabajadores estaba totalmente minada. A pesar de todo los nazis no podían conseguir la mayoría, pero eso no importaba. Hitler pidió al Reichstag que le concediera un poder dictatorial. Eso requería dos tercios del Reichstag. Pero como los diputados comunistas estaban en prisión y el resto fue profundamente intimidado, el resultado fue una conclusión prevista por anticipado. Los partidos liberal y conservador votaron a favor de la propuesta de Hitler. Sólo los socialdemócratas votaron en contra.

Hitler utilizó hábilmente el parlamento y las elecciones para fortalecer su posición, mientras socavaba y destruía la democracia burguesa. Los nazis no intentaban ocultar su desprecio por la democracia, mientras utilizaban todo resquicio democrático para construir sus fuerzas. Goebbels escribía: “Las masas eran más un monstruo oscuro (ein dunkles Ungeheuer). El nacional socialismo no adora ciegamente a las masas y los números, como sí hacen los partidos marxistas-democráticos”. (Citado por Daniel Guerin. Fascism and Big Business, p. 173). Roehm, el líder de la SA, declaró: “Muchos valores que son sagrados para las democracias […] se han visto devaluados en la Alemania moderna […] la igualdad absoluta de todos los que llevan una cara humana, la divinización de la voluntad de la mayoría y de los números”. (Ibíd..,). Y según Moeller van den Bruck: “Las masas se dan perfecta cuenta de que no pueden dirigirse a sí mismas”. (Ibíd.,).

Sin embargo, la hostilidad de los nazis hacia la democracia burguesa realmente era una expresión de algo más: que la lucha de clases había ido más allá de las fronteras de las instituciones de la democracia burguesa. Aunque se base en las masas enloquecidas de la pequeña burguesía arruinada y en los lúmpemproletarios, el fascismo en realidad representa los intereses de los grandes monopolios. El capitalismo monopolista crea su contrario en el proletariado moderno y sus organizaciones. Tarde o temprano, las dos clases antagónicas se enfrentan entre sí en una lucha abierta. Cuando alcanza el punto crítico, los viejos mecanismos de la democracia parlamentaria y la legalidad burguesa demuestran ser insuficientes para contener las protestas de los trabajadores. Los capitalistas se ven obligados a movilizar a la reserva de masas de la reacción para aplastar a los trabajadores. La burguesía puede hacer la transición desde la democracia formal a la reacción abierta y la dictadura con la misma facilidad que un hombre cambia del compartimiento de fumadores al de no fumador en un tren.

El fascismo es un intento de destruir el embrión de la nueva sociedad en el útero de la vieja. El objetivo principal del nazismo no era tanto la destrucción de la democracia burguesa (que también naturalmente conseguiría) como la completa destrucción de las organizaciones de la clase obrera. Los nazis no sólo aplastaron los sindicatos y los partidos obreros, incluso cerraron los clubes de ajedrez de los trabajadores.

La Comintern se niega a aprender

Miles de militantes del KPD fueron detenidos y enviados a campos de concentración. Se unieron con los socialdemócratas y sindicalistas en cuanto Hitler cerró definitivamente el movimiento sindical y lo sustituyó por el Arbeiterfront nazi. Los estalinistas hasta el último momento se negaron a reconocer la seriedad de la situación. Con la consigna: “¡Después de Hitler llega nuestro turno!”, la Comintern pronosticó que la victoria de Hitler sólo sería el preludio de la revolución proletaria.

En el pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista en abril de 1931, Thaelmann, dirigente del Partido Comunista Alemán, denunció a los “pesimistas” con los siguientes términos: “No hemos dejado que el pánico nos destroce… Hemos probado serena y firmemente que el 14 de septiembre [de 1930] fue, en cierto sentido el mejor día de Hitler, y que después no vendrán días mejores, sino peores. Esta valoración, que hicimos sobre este partido está confirmada por los acontecimientos… En la actualidad, los fascistas no tienen ninguna razón para reír”. (Citado por Trotsky en ¨La tragedia del proletariado alemán. La lucha contra el fascismo en Alemania¨).

La verdadera razón para la derrota de la clase obrera alemana la explicó Ted Grant: “La verdad es que los estalinistas dedicaron la mayor parte de sus energías a ridiculizar el peligro de los nazis y concentraron toda su atención en la lucha contra los socialdemócratas, a quienes consideraban su ‘principal enemigo’. Lucharon violentamente contra la sugerencia de Trotsky del frente único como la única forma de aplastar a Hitler y preparar el camino para la victoria de la clase obrera”. (Ted Grant. ¿Por qué Hitler llegó al poder?. Diciembre 1944).

La política de los dirigentes obreros llevó a una terrible derrota, que fue incluso peor porque los trabajadores sabían que habían permitido que Hitler triunfara sin luchar. Esto provocó una profunda desmoralización entre los trabajadores alemanes. Fue tan profunda la desmoralización que no fueron pocos los militantes del KPD que se unieron a los nazis.

En Gran Bretaña al año siguiente hubo un escándalo en el TUC. Los delegados indignados preguntaron a los dirigentes cómo había ocurrido que el poderoso movimiento obrero alemán hubiera caído derrotado sin luchar. Los dirigentes del TUC respondieron: “Si nuestros hermanos alemanes hubieran luchado habría significado una guerra civil. Las calles se habrían cubierto de sangre”. Pero la realidad es que la victoria de Hitler supuso una sentencia de muerte para miles de activistas obreros. A eso siguió la Segunda Guerra Mundial en la que murieron 55 millones de personas y los horrores del Holocausto que supuso el asesinato de seis millones de judíos y un número desconocido de gitanos y otros miembros de “razas inferiores”.

Todo esto hubiera sido innecesario. Se podía y debía haber derrotado a Hitler. La forma en que se podía haber hecho se explica en estas páginas. Si se hubiera seguido el consejo de Trotsky, la historia del mundo podría haber sido diferente. Por esa razón esta obra merece un estudio muy cuidadoso por parte de todo trabajador, sindicalistas o joven consciente.

¿Democracia burguesa o democracia obrera?

Hoy el espectro del fascismo parece ser un mal sueño del pasado. Ya no hay partidos fascistas de masas como los que existían antes de la Segunda Guerra Mundial, aunque existen partidos de extrema derecha y xenófobos, como el de Le Pen en Francia. Pero eso no significa que la reacción esté permanentemente en el orden del día. La crisis mundial del capitalismo significa que la clase dominante ya no puede tolerar reformas significativas como hizo en el pasado. Todo lo contrario, está intentando acabar con las reformas que la clase obrera ha conquistado en el pasado.

Está dispuesto el escenario para una explosión de la lucha de clases en todas partes. Y la clase dominante se está preparando. Bajo el pretexto de la llamada “guerra contra el terrorismo” está reduciendo sistemáticamente los derechos democráticos conseguidos por el movimiento obrero a través de la lucha. Están aprobando leyes reaccionarias que pueden ser utilizadas en el futuro contra el movimiento obrero.

Por ahora los capitalistas prefieren el sistema de la democracia formal. Es el sistema más económico desde su punto de vista de clase. Pero cuando la polarización entre las clases alcanza un punto extremo, el mecanismo de la democracia burguesa formal comienza a romperse. La historia demuestra que en tales circunstancias la burguesía no dudará en abandonar la democracia y gobernará por otros medios.

En las condiciones actuales no es probable que la reacción asuma las formas del fascismo clásico como en los años veinte en Italia o en los años treinta en Alemania. La burguesía tuvo una muy mala experiencia con Hitler y Mussolini, y no tiene prisa en repetirla. No renunciará de nuevo fácilmente al control del estado en favor de un loco fascista.

Los pequeños grupos fascistas que recurren a los métodos terroristas contra los inmigrantes y activistas de izquierda hacen mucho ruido y ocasionalmente consiguen algunas bancas en las elecciones locales. Pero realmente son impotentes. No tienen posibilidad de tomar el poder, aunque en el futuro pueden ser utilizados por la burguesía como fuerzas auxiliares para intimidar al movimiento obrero.

Lo más probable es que la burguesía recurra a alguna clase de régimen bonapartista, es decir, un estado policiaco-militar clásico. En las condiciones modernas este estado puede adoptar un carácter violento, utilizando los mismos métodos de asesinato y tortura que fueron utilizados por los fascistas en el pasado para intimidar a la clase obrera y el movimiento obrero.

¡El movimiento obrero no puede ignorar este peligro! Debe luchar por la preservación y extensión de todos los derechos democráticos, rechazar cualquier recorte de las libertades con el pretexto de la “guerra contra el terrorismo” o cualquier otra cosa. Combatiremos a la reacción en todas sus formas, movilizando el poder del movimiento obrero para oponerse a los fascistas allá donde levanten la cabeza. Combatiremos el racismo y lucharemos por unir a la clase obrera, atravesando todas las distinciones raciales, lingüísticas, religiosas o nacionales.

Sin embargo, para la clase obrera la lucha para defender los derechos democráticos no es un fin en sí mismo sino sólo un medio para un fin mayor. Reconocemos que mientras exista el capitalismo, la democracia sólo podrá ser una planta frágil, incompleta y estéril. La democracia burguesa formal, aunque es infinitamente preferible al fascismo o al bonapartismo, es sólo una fachada que pretende disfrazar la dictadura de los grandes bancos y monopolios.

Estamos luchando, no por defender la sociedad existente y su régimen constitucional y legal, sino para transformar la sociedad de arriba abajo, barriendo la dictadura del Capital y sustituyéndola por una democracia real, una democracia de toda la población trabajadora: una democracia obrera que preparará el camino para un movimiento hacia una etapa superior de la sociedad humana, cuando las clases, las guerras, la nación y el estado, y todos los otros remanentes de la barbarie serán sólo un mal recuerdo del pasado.

25 de febrero de 2004

(Introducción de Alan Woods a la edición española de La lucha contra el fascismo en Alemania de Trotsky)

Tomado de El Militante, Argentina