Debate con Atilio Borón: el malmenorismo, enfermedad senil del reformismo

Gilson Dantas

El intelectual argentino Atilio Borón, muy conocido en ciertos medios académicos, publicó una nota en el blog de Boitempo defendiendo el voto a Haddad, en la que sin embargo dedica gran parte de su energía a atacar a la izquierda anticapitalista.

El Movimento Revolucionário de Trabalhadores (MRT), del que formo parte, defiende un voto crítico a Haddad en el balotaje para acompañar a los trabajadores y jóvenes que odian a Bolsonaro y entienden la necesidad de luchar ante la amenaza de la extrema derecha, yendo a las calles y a los lugares de trabajo y de estudio, llevando adelante una experiencia de lucha real, orgánica, con amplios sectores, confluyendo con ellos para poner en pie una fuerza material independiente, con base en el activismo político-práctico. Esta es para nosotros la tarea fundamental de la coyuntura, sin por eso depositar ninguna confianza en Haddad y el PT. Y sobre todo, entendiendo que ese voto crítico se da en los marcos de elecciones completamente manipuladas por la autocracia judicial y su avance bonapartista, apoyado por los generales.

Pero para Borón no se trata de nada de eso. Para nuestro autor, Haddad es un paso adelante que abriría una perspectiva socialista “moderada”, y hay que establecer una alianza orgánica con él y su proyecto.

En esta nota intentaremos debatir aquel planteo de Borón, pero que también, en formas similares, aparece en otros autores que jamás entendieron hasta el final el papel nefasto de la política del PT.

En primer lugar, es como si Borón necesitara, para votar contra Bolsonaro, construir otro PT y otro Haddad diferentes a los realmente existentes. Por otro lado, es como si su preocupación central pasase por dirigir toda su energía contra la izquierda revolucionaria que no es petista/haddadista, en especial contra la que, caso específico del MRT, vota a Haddad para poder confluir con la voluntad de todo el activismo social, obrero, que aspira a transformarse en una fuerza material para frenar el riesgo de un gobierno de ultraderecha, pero actuando en las calles y a través del fortalecimiento por izquierda de las organizaciones obreras y populares sin dar ningún apoyo político a Haddad. Esa, nos parece, es la política que corresponde a una izquierda anticapitalista.

Para Borón, pensando exactamente lo contrario, esa izquierda revolucionaria es un problema, no una solución. Para él, la izquierda que no es petista o que vota críticamente a Haddad es infantil, es impotente. Las urnas están en el centro excluyente del escenario, la “potencia” imaginaria de Borón vendrá exclusivamente del voto. Veamos algunos de sus argumentos.

¿Cuál debe ser la postura de la izquierda ante un ballottage entre una fuerza reaccionaria, xenófoba, fascista y otra que representa una alternativa que sin ser radical significa un movimiento en una dirección moderada de socialismo? Ya en el pasado esta opción atribuló a las fuerzas de izquierda en Brasil, cuando debiendo elegir entre la candidatura derechista de Aécio Neves y la de Dilma Rouseff, optaron por la neutralidad. Poco después lo mismo acontecería en la Argentina, cuando las alternativas eran Mauricio Macri y Daniel Scioli. Y de nueva cuenta, la ultraizquierda eligió el camino autocomplaciente de la pureza dogmática y el descompromiso con las demandas y las necesidades de la clase trabajadora y decretó, como antes en Brasil, que “ambos eran lo mismo” [resaltado nuestro].

Obsérvese que Borón extrapola completamente la coyuntura brasileña actual, en la que una gravísima disyuntiva política está en juego en el balotaje de estas elecciones manipuladas, y aprovecha para dar una lección a la “ultraizquierda” por no ser seguidora del “mal menor” (en el caso brasileño, el “mal menor” petista, en caso argentino, el kirchnerista). Lo contrario, en el menú de Borón, sería ultraizquierdismo. Siempre considerando que su opción política privilegiada es la del “mal menor”.

En sus palabras: “Las usuales críticas al ‘malmenorismo’, que pretenden tapar el sol con un dedo, tratan infructuosamente de ocultar esa debilidad de larga data y los límites de la desprestigiada consigna del ‘tanto peor, tanto mejor’”. Para Borón –deducción lógica–, no haber votado a Dilma, por ejemplo, es defender el peor escenario.

A continuación, para defender el voto a Haddad, argumenta que tenemos que apoyar “al reformismo coherente como el que representan Haddad y D’Ávila”.

Para completar su argumento, Borón toma el título del libro de Lenin –nada más que el título– Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, de forma puramente arbitraria, contra toda izquierda que no vote al petismo, tildándola de un supuesto “dogmatismo libresco” que “retrasa en lugar de acelerar el proceso revolucionario”; y agrega que si gana Haddad, el papel de la izquierda tiene que ser impulsar “la necesaria radicalización de un eventual gobierno del PT y sus aliados”.

En el intento de un grand finale, Borón lanza un brulote doctrinario sobre la izquierda –poniendo en la misma bolsa lo que llama “sectores del trotskismo, el anarquismo posmoderno y el autonomismo de la antipolítica”– porque no entiende que “solo la verdad es revolucionaria”.

Todo este recorrido de Borón es para descalificar a toda la izquierda que no vote al petismo como “mal menor” en cualquier circunstancia. También para defender una posición, reconozcámoslo, extremadamente imaginativa, casi literaria, de que apostar al PT sería defender un “reformismo coherente”, un movimiento “moderado” que apunte en la “dirección al socialismo”.

Vista su línea argumentativa, sin embargo, es importante observar que existe, no por casualidad, un gran agujero negro en el discurso de Borón. Un recorte brutal, pero necesario sin embargo para que su discurso adquiera alguna coherencia.

Borón ignora solemnemente el papel –nada abstracto– que jugó el PT y Lula en todos sus mandatos: contener la lucha de clases, cooptar y estatizar la CUT y la UNE, impedir la masificación de las huelgas (contra la reforma previsional, por ejemplo) y, en caso de que las masas se rebelaran por fuera del PT, avalar la represión (como lo hizo en junio de 2013, lo que incluyó al alcalde de la ciudad de San Pablo, Fernando Haddad, lado a lado con el neoliberal Geraldo Alckmin del PSDB, gobernador del estado de San Pablo, operando la logística de la represión en las calles), así como también la sanción a leyes que criminalizan –como nunca– los movimientos sociales (caso de la ley “antiterrorismo” de Dilma).

En la perspectiva que se ubica Borón, el problema, por lo tanto, no son el PT y la CUT, que no desarrollaron ninguna lucha seria contra el golpe institucional de 2016, ni tampoco contra la prisión de Lula (y restringieron su acción contra el encarcelamiento de su líder a la confianza en la letra de la ley). El problema es la izquierda anticapitalista.

¿Por qué Borón y, como él, intelectuales como Emir Sader, para citar alguno más, no pueden percibir algo, digamos, tan evidente? Probablemente por la simple razón de que no se les pasa por la cabeza, nunca, la posibilidad de una izquierda anticapitalista con independencia de clase, independiente del PT, y de Haddad, en este caso. Ni siquiera ve una experiencia de ese tipo que ocurre bajo sus propios pies, materializada en el FIT argentino, un frente de izquierda anticapitalista, con independencia política de clase.

En su imaginario solo hay lugar para una izquierda que le haga seguidismo al PT, a los Kirchner y así en adelante, es decir, una izquierda “adulta”, que se aliñe con alguna fracción burguesa “progresista”. En otras palabras, una izquierda que se precie de tal tiene que respetar los límites dados por la burguesía a la política. Tiene que ser “posibilista”.

Lenin nos enseña la estrategia opuesta: solo se puede construir una fuerza material fusionada con la clase obrera llevando adelante la política de no confundirse con la burguesía. No el Lenin de Borón, sino el Lenin real. El mismo Lenin que no se confundía en tácticas electorales y que criticaba como “izquierdistas” las posiciones que se pretendían radicales y que se rehusaban a dar pelea electoralmente, o a dialogar con las direcciones reformistas para poder de esa manera dirigirse a sus bases, siempre desde su independencia de clase.

En 1920, el Partido Laborista se acerca a una elección decisiva en Inglaterra. Observemos el argumento de Lenin, su inmensa flexibilidad táctica en determinada situación donde aparece una ventana de oportunidad frente a un partido dirigido por los agentes de la burguesía en el movimiento obrero (los laboristas). Lenin afirma en El izquierdismo…:

A los comunistas ingleses les es hoy frecuentemente muy difícil incluso acercarse a las masas, hacer que estas les escuchen. Pero si yo me presento como comunista, y al mismo tiempo invito a que se vote por Henderson [laborista] contra Lloyd George [liberal], seguramente se me escuchará. Y podré explicar de modo accesible a todos no solo por qué los soviets son mejores que el parlamento y la dictadura del proletariado mejor que la dictadura de Churchill (cubierta por el pabellón de la “democracia” burguesa), sino también que yo querría apoyar a Henderson con mi voto del mismo modo que la soga sostiene al ahorcado; que la aproximación de los Henderson a los puestos de su propio gobierno justificará mis ideas, atraerá a las masas a mi lado, acelerará la muerte política de los Henderson…

¿Cuál es el programa común entre los laboristas [reformismo] y los comunistas? Ninguno. ¿Cuál es el apoyo político de Lenin a los reformistas? Cero.

Entonces, ¿cuál es el sentido de aquella posición táctica de Lenin? Su argumento está ahí: en este caso, en aquellas circunstancias, votar a Henderson sin apoyar su política es una táctica que significa poder comunicarse y no separarse de los trabajadores (que estaban bajo la dirección de Henderson). ¿Cuál es la primera conclusión? Que lo que más cuenta es la independencia de clase.

Naturalmente ese Lenin es un desconocido para Borón. Aprovecha la superficialidad académica reinante, la falta de lectura y conocimiento sobre Lenin y la Revolución rusa, y va a fondo en el intento de asociar “izquierdismo” con todo lo que sea revolucionario y alinearse, él mismo, con la “moderación” y el orden (burgués). Es una elección, claro, solo que basada en la más pura mistificación.

Sin embargo, aún existe un problema más profundo en la argumentación de Borón, que está en el fondo de su mistificación y su ataque intempestivo a la izquierda anticapitalista.

Para Borón, todo límite, todo desvío y toda adaptación del PT al capitalismo, al régimen político podrido, no significa más que un “error” o un pequeño problema parte del largo camino reformista en dirección al socialismo. Simplificando: si las masas rechazan al PT el problema es de las masas, no del PT y de su política; y no de su estrategia o de su naturaleza de gobierno de conciliación de clases y gestión del capitalismo. Veamos algunos ejemplos que pueden aclarar este punto.

Cuando las masas desataron las jornadas de junio de 2013 por todo el país demandando cambios en el transporte, en la salud, en la educación, ¿cómo calificaron aquel amplio movimiento callejero los voceros del PT? Como un movimiento reaccionario, ya que se puso en contra de su gobierno. ¿Cómo reaccionó? Avalando la represión, en todas las ciudades, de aquella juventud que se levantó por más cambios y, obviamente, criticando al petismo en el gobierno.

¿Cómo lidió el gobierno petista con las grandes huelgas salvajes que estallaron luego de aquel gran movimiento callejero de 2013? Avalando la represión de las policías estaduales y, en el caso de las luchas en las obras de las usinas hidroeléctricas, enviando directamente tropas federales (fuerza nacional).

Fueron muchas las grandes huelgas que explotaron en las obras donde el PT construía grandes estadios para el Mundial de fútbol (atravesados por gran corrupción, dicho sea de paso) y en otros sectores, todos ellos precarizados, protagonizadas por la juventud, como la monumental huelga de los “garis” (trabajadores de la limpieza urbana) de Río de Janeiro, así como de choferes de colectivos de varias capitales. Y sobre ellas cayó la represión.

En primer lugar, preguntémonos: ¿por qué un gobierno “de los trabajadores” promueve y apoya una amplia base de trabajo tan precarizado, de subempleos y de condiciones de trabajo inhumanas y semiesclavas? ¿Será un pequeño “error en el camino”, como quiere creer Borón? ¿O tenemos en esta esfera la verdadera faceta de un gobierno bajo el cual, como decía Lula, los banqueros nunca ganaron tanto? Y agregamos: las constructoras, el agronegocio y las empresas de tercerización del trabajo, fueron los que más ganaron con el lulismo.

Por otra parte: ¿por qué el gobierno petista fue cómplice de toda represión llevada a cabo contra cada sector de trabajadores que se levantó con grandes huelgas (por ejemplo, docentes, choferes y petroleros)? ¿Por qué el propio Haddad, cuando fue alcalde de San Pablo, soltó a la policía contra la juventud trabajadora? ¿Serían pequeños “errores” rumbo al socialismo, como pretende Borón? Ni Borón, ni Emir Sader, ven esto.

No lo quieren ver por el siguiente problema: por un lado, Dilma apoyó el proyecto de ley del entreguista José Serra, un “tucano” (del PSDB), para profundizar la privatización de Petrobras, al mismo tiempo que desataba la represión contra los petroleros que se levantaron contra la privatización del campo de petróleo de Libra.

La verdad es que, exponiendo los hechos, se hace muy difícil hablar de “errores” en el camino al socialismo. Salvo que, nuevamente, los petroleros sean calificados de reaccionarios, que toda huelga bajo un gobierno petista sea reaccionaria y así en adelante.

¿Por qué llamar “error” de un gobierno “progresista” a la ley de Dilma que flexibilizó el seguro de desempleo o a su ley “antiterrorista” que criminalizó de forma amplia e irrestricta a los movimientos sociales y las acciones callejeras del movimiento obrero? En este caso, una ley claramente de ultraderecha, que ahora los generales podrán usar holgadamente contra nosotros, contra el proletariado.

¿Qué clase de “error” es ese que solo se equivoca en una única dirección, contra nuestra clase? ¿Por qué no se “equivocó” una vez, por ejemplo, apoyando una huelga de la gran masa de trabajadores precarizados, semiesclavos, que apenas logra sobrevivir en manos de los buitres dueños de las tercerizadas?

Por una razón muy simple. No se trata de “errores rumbo al socialismo” o a cualquier lugar “progresista” que se quiera. En definitiva, siguiendo con el ejemplo, Lula y Dilma promovieron el trabajo precario del tipo tercerizado, que afectaba a 2,5 millones de trabajadores con Fernando Henrique Cardoso, y a 12,5 millones con Dilma. Bueno para la burguesía, malo para el proletariado.

Está en la naturaleza de esos gobiernos “populistas” (de conciliación de clases), que cuando el crecimiento económico lo permite, hacen algunas concesiones a las masas (y al mismo tiempo, muchos más beneficios a la burguesía), pero cuando la misma economía no crece, esos mismos gobiernos avalan o directamente protagonizan la represión contra los trabajadores, y llevan adelante ajustes económicos y recortes presupuestarios en lo social para que los ricos sigan enriqueciéndose.

El ejemplo de la lucha de la fábrica Lear en 2014 en Argentina es definitivo: el proletariado, a través de su vanguardia, reacciona, y el kirchnerismo reprime violentamente. De lo que se puede concluir que lo esencial de su comportamiento político y de su estrategia es preservar a la patronal, sus ganancias. Con el PT pasa lo mismo: apoyó plenamente la represión estadual contra el movimiento de los “garis”.

No son errores, son parte inviolable del proyecto petista. Están en la naturaleza de estos gobiernos de conciliación de clase. Son inseparables de su estrategia.

Por eso, cuando las masas se chocan con estos gobiernos y su política, ellos lo tratan como si fuese un problema… de las masas. Ese proyecto –de engordar a los banqueros y someter el país a la llamada deuda pública, al interés del imperialismo –presupone contención y represión, incluye la cooptación y burocratización del movimiento obrero.

Las posiciones de Borón son poco más que ideas totalmente atadas a los marcos de la perspectiva del capitalismo, de la burguesía. Puede utilizar la tintura socializante que quiera, ya que el papel, como se suele decir, acepta todo.

No satisfecho con esto, Borón ataca a la izquierda que defienda la independencia de clase en relación a esos gobiernos, y que defendió el voto nulo a Dilma. El ejemplo de las elecciones de 2014, Dilma versus Aécio, es claro. En aquella elección, Esquerda Diário defendió el voto nulo. Borón defendió el voto a Dilma, al proyecto petista.

La historia, una vez más, no le dio la razón a Borón, ni a sus pares, tipo Emir Sader. ¿Por qué? Porque a continuación, Dilma pasó a atacar a Petrobras, lado a lado con el entreguista José Serra; también nombró un ministro de Hacienda neoliberal y banquero, Levy; y avanzó hacia la flexibilización del subsidio de desempleo y los ajustes, es decir, puso en marcha ataques contra los trabajadores, reafirmando su naturaleza de clase y no su “camino rumbo al socialismo”. Lo mismo cuando Borón defiende a Scioli, el mismo que se ausentó en la votación contra la reforma previsional en Argentina y que esta semana posó en el “Día de la Lealtad” junto muchos de los referentes del PJ que hacen posible el saqueo macrista.

La historia nos dio la razón a quienes anulamos el voto, a quienes nos rehusamos a apoyar a Dilma o a Scioli. Por eso Borón debe tener sus razones para vociferar contra la izquierda anticapitalista, como el MRT en Brasil o el FIT en Argentina. En realidad, exterioriza un poco la desesperación impotente de la defensa de una política que solo lleva (y solo puede llevar) a derrotas y a abrir el camino a la derecha.

En la polarizada situación política de Brasil hoy, camino al balotaje, ¿qué nos dice Borón? Más de lo mismo: votar a Haddad, confiar en su proyecto político y, por esa vía, pasiva, puramente electoral, detener el ascenso de la ultraderecha. Es el voto como un objetivo en sí mismo. Peor aún, el voto en unas elecciones totalmente manipuladas por el bonapartismo judicial con apoyo de los generales.

Borón no demuestra ninguna preocupación por organizar la fuerza material necesaria para lo que viene después de las elecciones y hoy mismo, para detener las amenazas de la derecha.

En Esquerda Diário proponemos romper con ese esquema capitulador. Encaramos la tarea de, codo a codo con el activismo, compartir la voluntad de lucha, y poner en pie una fuerza organizada, con las y los cientos de miles que desean derrotar a Bolsonaro, al golpismo y parar los ajustes, peleando ahora y después de las elecciones, recurriendo a los métodos de la lucha de la clase trabajadora. Comenzando por organizar comités anti-Bolsonaro en todos los lugares de trabajo y estudio, como ya estamos haciendo en este mismo momento, con innumerables iniciativas en ese sentido.

Pero el argumento de Borón para la elección brasileña logra ser todavía peor. Iguala cosas cualitativamente distintas. Iguala a Bolsonaro con Aécio Neves, lo que es de una enorme superficialidad. Es como si Borón viviese en otro mundo, siendo vocero de cierta izquierda afecta a los círculos de poder, a la burocracia universitaria, y que pareciera no saber diferenciar entre la superestructura política y la vida real, entre lo que significa la derecha tipo Aécio y la ultraderecha dispuesta imponer su ideología reaccionaria a los tiros.

¿De dónde viene esa confusión? En última instancia, proviene de la propia ubicación política de Borón y sus pares: actúa como una especie de profesional o politólogo de la superestructura, del voto y de la política electoral sin independencia de clase. Es decir, un eterno habitué del voto a fuerzas burguesas o frentepopulistas a las que abraza calificándolas de “mal menor”.

Claro que Borón, como integrante de una izquierda ilustrada, necesita rodearse de citas de Lenin, Marx, Gramsci para defender posiciones que –al revés de la perspectiva de esos autores– nunca salen del marco de la política burguesa. Es el voto que capitula al régimen, se arrodilla ante la conciliación de clases, como el voto no crítico a Haddad hoy o el voto a Dilma ayer.

Pero en fin, Borón tendría que dejar de ser Borón para entender que votar a Haddad no puede significar rendirse o adaptarse a Haddad o a la política petista de conciliación de clases que abrió paso a la preocupante situación actual. En lugar de pegarle a la izquierda anticapitalista, más correcto sería renunciar a seguir siendo parte de esta “izquierda senil” que sigue buscando un proyecto “socialista” allí donde no existe ni puede existir, es decir, en la dirección del PT y sus aliados tipo PCdoB, para no mencionar a la burocracia sindical tutelada por el PT.

La “verdad revolucionaria” no está en apostar al PT sino en la capacidad de lucha independiente de los trabajadores, de la juventud y de todos los oprimidos.