Sexualidades radicales: los Movimientos de Liberación Homosexual en América Latina (1967-1989)

por Felipe Caro y Patricio Simonetto //

Las convulsiones políticas, culturales y sociales de las décadas de 1960 y 1970 transformaron profundamente la política en los centros urbanos del occidente global. En la agudización de la guerra fría, distintos epifenómenos pusieron en relieve la emergencia de una nueva cultura de izquierda y un feminismo que, aunque minoritario, reafirmó el interés político de la vida privada. El objetivo de este artículo es analizar en clave comparativa y transnacional los movimientos de liberación homosexual de América Latina con foco en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela. Para ello partimos de nuestras investigaciones sobre el Frente de Liberación Homosexual de la Argentina y el Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia.

Medio siglo después de la revuelta de Stonewall, analizamos las interpretaciones radicales de las sexualidades disidentes y sus formas de hacer política en el sur de América, para entender así con qué especificidades se definió un hacer político con el horizonte de la liberación de la sexualidad entendida como una entidad ontológica que se consideraba oprimida por el capitalismo y el patriarcado.

Estudios recientes cuestionaron la búsqueda de generalizaciones comparativas ajustadas a los Estado-Nación modernos como una impronta europeizante y se invitó a reflexionar posibles estrategias de integración reflexiva regional. En clave metodológica, el problema reside en cómo establecer una escala común, es decir, cómo elegir una problemática semejante entre actores mediados por experiencias históricas disonantes; en este caso la necesidad de buscar aristas de análisis de los movimientos de liberación homosexual. En esta dirección, nos inscribimos en una perspectiva que anclada en la comparación y las conexiones forma parte de una apuesta por entrever procesos que trascienden a las fronteras políticas.

En este sentido, la mirada integral de los movimientos propone una nueva periodización que disloca las temporalidades marcadas por las historiografías nacionales y la anglosajona, para proponer una lectura que relativiza a Stonewallcomo una bisagra en la historia global de estos movimientos. Para ello, contempla una hibridación dialéctica en el cruce entre tendencias locales e internacionales; es decir, recoloca el episodio en el país del norte como un dato que, a la vez, consolidó tendencias pretéritas y alentó las expectativas de una revolución sexual y social.

Además, prestamos principal atención a la relación entre los homosexuales radicales y las izquierdas como una vía para entender desde lo particular el carácter sexuado de los programas y prácticas políticas, como también, como un punto inicial para cuestionar el carácter androcéntrico y heterosexual de lo público como un elemento históricamente situado. Debemos destacar también que los movimientos aquí reseñados se representaron e identificaron en su mayoría en torno a varones. Lo que generó algunas tensiones con sus pares lesbianas, que fluctuaron entre identificarse como “mujeres homosexuales”, acuñar el lesbianismo como categoría política o participar en calidad de mujeres en los movimientos feministas, que también desarrollaron perspectivas radicales de liberación.

Trabajos previos han abordado el estudio de los movimientos de liberación homosexual como casos nacionales. A su vez, algunos trabajos se han abocado a ofrecer perspectivas regionales. Este trabajo aporta la mirada de mayor alcance hasta el periodo elaborada, con la inclusión de siete países de la región que presentán movilizaciones basadas en la noción de liberación homosexual.

Nuestro texto se organiza en tres apartados que responden a un orden cronológico. Primero, analizamos el primer ciclo de radicalización política homosexual en Argentina, México y Chile (1967-1978), en el segundo estudiamos los movimientos del norte del cono sur Colombia, Perú y Venezuela (1978-1989), por último, estudiamos la particularidad de la emergencia de los grupos en Brasil en el contexto de la salida democrática (1978-1988).

Luchas por la liberación homosexual en Argentina, Chile y México (1967-1978)

Las décadas del sesenta y setenta inspiraron cambios radicales en las políticas latinoamericanas. En el escenario de la guerra fría, la convergencia entre la crisis de la izquierda tradicional liderada por los partidos comunistas y el reconocimiento de otros actores políticos amparó la gestación de grupos con nuevos imaginarios de la revolución social. En los centros urbanos, las capas medias y los jóvenes politizados de las universidades fueron la base social de una nueva agenda en el que sexualidad y política tuvieron puntos de encuentro. La circulación global (desigual) de teorías feministas de la segunda ola,  junto con la consolidación de nuevas identidades sexo-afectivas como la homosexualidad constituyeron una matriz de expresión de una nueva forma de hacer política expresada en grupos minoritarios como el Frente de Liberación Homosexual Argentino (FLHA) o Mexicano (FLHM), mientras en Chile asumió forma de movilización.

Los grupos homosexuales radicales emergieron en escenario de conflictividad social y política. En Argentina, en 1969 el Cordobazo, conjunto de movilizaciones que agruparon a trabajadores, estudiantes y sectores populares que socavó la legitimidad del régimen castrense que ejerció el poder desde 1966, visibilizó un nuevo escenario de conflictividad social y radicalidad política. Desde la proscripción del peronismo en 1955, las constantes disputas por la definición de un patrón de acumulación de capital que implicaron la alternancia entre gobiernos civiles y militares habilitaron intersticios en los que creció una nueva izquierda radical y organizaciones sindicales de base.

En México, la organización de homosexuales encontró puntos de contactos con la irrupción estudiantil del 1968. La insubordinación social de los estudiantes motorizó demandas populares y puso en práctica tácticas que resultó un desafío para el régimen, a tal punto que durante varios días la policía tuvo que ceder ante los manifestantes. Batalla que finalizó con la matanza en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

En Chile, la participación política de homosexuales se gestó al calor de la victoria del socialista Salvador Allende que marcó un periodo de conflictividad social y polarización política. El proyecto de la “vía pacífica al socialismo” que aglutinó a la mayoría de las izquierdas (comunistas, socialistas, guevaristas, etc.) se enfrentó a una oposición de derecha que, apoyada en las restricciones norteamericanas tras la nacionalización del cobre, impulsó medidas de boicot, acciones parlamentarias y un lockout empresarial para destituir al gobierno. El proyecto movilizó expectativas de cambios en la sociedad civil. A medida que el modelo keynesiano de izquierda encontró límites en un contexto internacional adverso se gestaron nuevas formas de intervención política de masas llamadas “poder popular”. Los obreros ocuparon fábricas y, para frenar la ofensiva empresarial, los pobladores tomaron terrenos y los vecinos organizaron mercados alternativos para acabar con la especulación.

Las violencias que atravesaron la política latinoamericana con una creciente tendencia entre 1969 a 1989, convergieron con las restricciones a homosexuales de larga data en el continente.En Argentina, desde la década del 1930 los códigos provinciales de falta sancionaron con figuras como el escándalo y el merodeo la circulación urbana de prostitutas, homosexuales, travestis, jóvenes y pobres. En México, las leyes de imprenta que buscaba mantener las buenas costumbres abrieron un importante margen para la coacción y represión del sexo entre varones. En Chile, la preocupación por el crecimiento urbano promulgó, inspirados por saberes médicos, a prácticas coactivas que colocaron la sexualidad como un asunto público y fueron utilizadas para cercenar prácticas sexuales entre varones y mujeres del mismo sexo.

El FLHA fue un colectivo con el objetivo de aunar el ideario de la revolución sexual con la social. En 1967, Héctor Anabitarte, un militante sindical del gremio del correo fue sancionado, enviado al psiquiatra y finalmente expulsado del Partido Comunista por proponer un debate sobre la homosexualidad entre los jóvenes. Él fundó el Grupo Nuestro Mundo (GNM) junto con un militante del sindicato de empleados estatales, un vendedor de máquinas de escribir y un joven vendedor de seguros, entre otros. En 1971, el GNM confluyó con el grupo “Profesionales”, fundado en 1970 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en el que militaba el escritor Néstor Perlongher, ex militante de un grupo trotskista, dando origen al FLHA. Al poco tiempo, este aglutinó diez subgrupos que incluyeron a intelectuales y trabajadores marxistas, filo- peronistas, cristianos con principios anticapitalistas, antipatriarcales y antiimperialistas. Aunque liderado por varones, algunas lesbianas conformaron el grupo SAFO que adheriría al FLHA, mientras que otras, se enunciarían sólo como mujeres al participar de la UFA (Unión Feminista Argentina). Sería a partir de 1983 cuando las lesbianas asumirían caminos de bifurcación con el término homosexual y acuñarían el concepto lesbiana como categoría política. Luego de años de intensa actividad política, frente a la presión de grupos para estatales de la extrema derecha y frente el inminente golpe de Estado, el grupo se disolvió en 1976.

El FLHM fue fundado por la actriz y directora comunista Nancy Cárdenas, propuso una interpretación particular del marxismo y cuestionó el rechazo del comunismo a los homosexuales. Además, se opuso a las políticas coactivas del Estado desplegadas entre 1968 y 1971 como respuesta a las protestas estudiantiles.21En 1971 se manifestaron contra la tienda GEARS por los despidos a lesbianas y homosexuales en su orientación de apoyo a los trabajadores. El grupo mexicano se separó en 1973 por presiones internas, por un tiempo sobrevivieron grupos de educación, concientización y producción de conocimiento inspirados en las propuestas del Gay Liberation Front estadounidense. En 1978, frente a la conmemoración de la masacre de Tlatelolco y en el aniversario de la revolución cubana, distintos grupos se unificaron en el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR). En contraste con Argentina, las lesbianas mexicanas asumieron formas tempranas de expresión política con una autonomía mayor de sus pares varones. En 1975, frente a la Conferencia Mundial de la Mujer presentaron una declaración pública. Además, en 1978, se fundaron el grupo de política lésbica “Oikabeth”.

Por otra parte, en 1973, un grupo de homosexuales, travestis y lesbianas se manifestó en el centro de Santiago de Chile. Alrededor de 50 personas reclamaron contra el abuso policial, pero rápidamente fueron golpeados y dispersados por la fuerza pública. Al igual que el proyecto socialista, la iniciativa se disolvió tras la dictadura pinochetista. En 1977 se conformó el grupo Integración que en contraposición con sus pares latinoamericanos no reclamaba un objetivo revolucionario, sino que bregó por la integración social. En 1984, en contraste con las perspectivas radicales, también emerge la agrupación lésbica “Ayuquelén” liderada por Mónica Biones, predecesora de los movimientos por derechos civiles. Por el contrario, el poeta comunista Pedro Lemebel condensó en su narrativa la esperanza de una liberación sexual radical inspirada en una “proletaria”.

En este mapa convulsivo, la conflictiva relación con los partidos comunistas fue constitutiva. Aunque el gobierno bolchevique de 1917 había eliminado del código penal la punición del sexo entre varones y permitió el trámite de convivencia, luego, el estado soviético burocratizado de Stalin reinsertó las penas y afirmó a los partidos de la Tercera Internacional que la homosexualidad era la “máxima expresión de la decadencia burguesa contra la natura”.  En consecuencia, los comunistas de la región se distanciaron de identidades no heterosexuales y se negaron a incluirlas en su agenda política.

La cultura de izquierda vivíó un periodo de profusas transformaciones. La Revolución Cubana (1959) cuestionó la teoría comunista oficial de la revolución por etapas, para dar paso a la idea de que el paso al socialismo no podía esperar ninguna modernización local. Sin embargo, el socialismo centroamericano, horizonte de la nueva izquierda, fue un significante denso en el imaginario social de diversas organizaciones que, desde distintas lecturas, rearmaron sus tácticas y estrategias. El FHAR en México participó de los festejos ante el decenio del socialismo cubano. A pesar de ello, la Revolución tuvo una fuerte política de restricción contra los homosexuales, que incluyó persecución y participación en campos de rehabilitación.

La representación de la estrategia foquista y el fetichismo del guerrillero delineó la figura de un militante viril. Relataba un célebre escritor cubano que “desbordaba la virilidad militante, no parecía haber espacio para el homosexualismo que era severamente castigado con la expulsión y el encarcelamiento”. Este tema ocupó las discusiones del FLHA en la medida en que buscaba dialogar con una izquierda local que, en su variante comunista, peronista, guevarista o trotskista, veía en Cuba un punto de referencia.

Por otra parte, el Mayo francés (1968), la movilización conjunta de obreros y estudiantes en París, trastocaron los códigos tradicionales de estos grupos. Se consolidó la idea de que toda crítica al sistema capitalista debía acompañarse por un cuestionamiento profundo a las estructuras culturales que lo sostenían. La insurrección contra lo establecido significó una disrupción contra las normalidades: lo más cercano era digno de crítica y el aliado, el compañero, tenía que dejar de ser lo que era para que el cambio pudiera producirse. En respuesta a ello, las teorías de la liberación del deseo en América Latina elaboraron una respuesta en la que marxismo y psicoanálisis se cruzaron en la búsqueda de la liberación de una sexualidad que consideraban reprimida y que creían sostenía la reproducción de la relación entre capital y trabajo.

En este clima, el grito de ¡“Gay Power!” acuñado en Stonewall por gays, lesbianas y dragqueens, negras y latinas, estadounidentes para enfrentar el hostigamiento policial funcionó como mito fundacional para los homosexuales radicalizados occidentales. Este fenómeno tuvo una influencia innegable en la cristalización de la trayectoria de los movimientos de disidencia sexual. En el caso argentino, aunque la aparición del GNM ya expresa su relativa autonomía, esta conexión y referencia se harían más estrechas con la llegada de Néstor Latrónico en el año 1973, un joven argentino que militó en el Gay Liberation Front. Aunque las influencias trasnacionales también fueron locales, Néstor Perlongher, entró en diálogo durante su exilio con los grupos homosexuales brasileños logrando un fuerte impacto en su cultura política. También, la necesidad de dialogar con una cultura de izquierda antiimperialista puso límites a la reivindicación de la revuelta “yanqui”. En México, el impacto del imaginario de Stonewall y la oleada feminista fue más directo, lo que se expresó en la adopción de tácticas anglosajonas por parte del FLHM como los grupos de concienciación, que no existieron en el país del sur.

La elección de la nominación política homosexual por sobre su coetánea gay (que se consolidaría en los ochenta) es síntoma de un diálogo tenso en términos políticos (con la izquierda) y con el lenguaje de la comunidad sexual a la que pretendieron representar. La elección de un nombre gestado por el peyorativo discurso médico, que soslayaba la existencia de lesbianas o travestis, delimitó también el terreno de usos de un lenguaje local y relativamente autónomo.

Las experiencias políticas de los homosexuales radicalizados, estuvo marcada por los vínculos con la(s) izquierda(s) nacional(es). En Argentina, finalizado el golpe en 1973, con el Gran Acuerdo Nacional, se permitió la reinserción del peronismo en el sistema político argentino con el fin de cooptar o aislar a los sectores radicalizados para separar la oposición a la dictadura de la oposición al sistema. Esto llevó a muchas fuerzas, entre ellas al FLHA, a realizar una experiencia con el peronismo. Al calor de las elecciones y la reapertura democrática, el FLHA creció en fuerzas militantes llegando a articular once agrupaciones (Alborada, Bandera Negra, Católicos Homosexuales de la Argentina, Eros, Grupo Nuestro Mundo, Parque, Profesionales, Psicoanálisis, Safo y Triángulo Rosa). Al poco tiempo se sumaron nuevos adherentes al grupo, entre los cuales podríamos nombrar al escritor Manuel Puig, el crítico cultural Alejandro España y el filósofo José Sebreli.

El intento de acercamiento del FLHA al peronismo fue limitado en el tiempo. En 1973 sus representantes se hicieron presentes en las manifestaciones de Ezeiza y Plaza de Mayo para festejar el retorno de esta tendencia política al gobierno y dieron una entrevista al semanario Así en la que propusieron un mensaje más masivo valiéndose de la figura de Evita y de consignas nombradas en la marcha peronista como “para que en el pueblo reine el amor y la igualdad”. Pero un sector de la derecha peronista empapeló la ciudad con la frase: “El ERP, los Homosexuales y drogadictos”, y la izquierda peronista recibía al grupo de homosexuales en las manifestaciones con la injuria: “No somos putos, tampoco faloperos, somos soldados de Evita y Montoneros”. Héctor Anabitarte recuerda: “Llevábamos con timidez una pancarta que nos identificaba. Las columnas que venían adelante y atrás dejaron un espacio para no confundirse con nosotros, los putos. Vivíamos de marginación en marginación”. Las libertades democráticas del gobierno de Héctor Cámpora (1973) permitieron que este grupo se reuniera y visibilizara parcialmente. Néstor Latrónico señala que, gracias a arreglos llevados a cabo por el sociólogo Néstor Perlongher, pudieron asistir a Ezeiza a recibir a Perón junto a la Juventud Peronista (JP). Pero su participación con banderas y pancartas que solicitaban el fin de las persecuciones por su condición sexual fueron respondidas con rechazo por algunos asistentes. En la manifestación les cantaban: “No somos putos, tampoco faloperos, somos hijos de FAR y Montoneros”. A pesar de sus intentos, había por el momento una frontera infranqueable entre el FLH y el peronismo.

La primavera duró poco, las razias policiales y la aplicación de los edictos se intensificaron. Con el retorno de Perón a la presidencia, fue nombrado en la superintendencia de la policía Luis Margaride, la polémica figura pública de las campañas de moral. Los jóvenes peronistas denunciaron enfáticamente un cuadro de represión estatal caracterizada por un discurso conservador y una mala prensa; para los homosexuales el nuevo clima selló el retorno alevoso de los límites estatales a sus formas de existencia.

En México y Argentina, los frentes avanzarían en una etapa de dialogo con el feminismo y el trotskismo. Por su carácter abierto y por la habilitación a la doble militancia, las feministas argentinas y mexicanas fueron un nexo con el trotskismo local, el Partido Socialista de los Trabajadores (Argentina) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (México). Pertenecientes a franjas minoritarias de la nueva izquierda, gestaron espacios flexibles de discusión común, en los que debatieron el eje de su acción programática: la opresión sexual o de clase. Las mujeres feministas y socialistas se posicionaron como importantes aliadas que contaban entre sus filas a mujeres lesbianas que priorizaron representarse políticamente como mujeres.

El feminismo mexicano resurgió con la contracultura universitaria de 1968 y en relacionado al movimiento de mujeres de los Estados Unidos. Inspiradas en la “segunda ola feminista”, compartieron con los movimientos de liberación homosexual una fuerte crítica al sistema social y a las desigualdades de género. En este sentido, tuvieron estrechos puntos de contacto con las disidencias sexuales. Entre ellos se destaca la organización de un contra-congreso en 1975 como respuesta al congreso mundial por los derechos de las mujeres de la ONU, como así también, en 1979, la construcción del Frente Nacional de Liberación y los Derechos de la Mujer, en el que convergieron el FHAR, sindicatos, el trotskismo y el feminismo.

En Argentina, este encuentro se generó en espacios de producción teórica. Los miembros del FLHA produjeron manifiestos, documentos y publicaciones para fundamentar la necesidad de integrar a la agenda de la izquierda la demanda de la liberación sexual. Con el feminismo construyeron el Grupo de Política Sexual, en el que participaron reconocidas figuras, como la cineasta María Luisa Bemberg. Los mexicanos impulsarían una experiencia similar con el grupo SEXPOL, cuyo objetivo era el de formar a sus miembros. El uso del término ‘política sexual’ refería a la circulación del libro Sexual Politics de la marxista feminista Kate Millet. La coincidencia de nombres también remitía a la inscripción de estos movimientos en las teorías de la liberación del deseo, un pensamiento hibrido entre el psicoanálisis freudiano y el marxismo que suponía que la revolución no solo debía liberar al proletario de la venta forzosa de su fuerza de trabajo, sino también de la sujeción de su deseo y su cuerpo sexuado. La familia se tornó blanco de críticas al señalársela como máquina de producción de sujetos para su inserción al mercado capitalista.

En Chile, la movilización de disidentes sexuales experimentó el vínculo con una izquierda institucionalizada en el Estado. Aunque se señaló que los comunistas chilenos eran menos conservadores que sus pares regionales y destacaron sus campañas por la liberación sexual femenina, su política sexual no fue capaz de dislocar el binomi heterosexual/homosexual. Las izquierdas ocupaban el Estado cuando la primera concentración por los derechos homosexuales fue reprimida en Santiago, lo que marcó una experiencia singular de los manifestantes homosexuales: un rechazo simultáneo del Estado y de la izquierda. Quizás como producto de una dinámica institucional o por la fuerte cultura católica, el nuevo gobierno continuó las políticas de restricción a la sociabilidad sexual disidente. Periódicos como Clarín o Puro Chile, ligados directamente con el gobierno de la UP, se mofaron públicamente de la manifestación homosexual de Santiago y legitimaron la represión. En ese sentido, la describieron como “Colipatos piden chicha y chancho”. Por su parte, los diarios izquierdistas describieron a los manifestantes como “maracos”, “yeguas sueltas” o “locas perdidas” y propusieron que se legislara para que no puedan “hacer las mil y una sin persecución policial”, afirmando que “Con razón un viejo propuso rociarlos con parafina y tirarles un fósforo encendido”.

En síntesis, la convergencia entre la radicalización políticas, el surgimiento de la(s) nueva(s) izquierda(s) y la ampliación de la agenda dio lugar a movimiento que pugnaron por una revolución social y sexual. Aunque en México y Argentina los grupos lograron aunar una organización politica y programa con el que dialogaron con las izquierdas nacionales, en Chile estos grupos se ahogaron frente a la virulenta respuesta de una izquierda institucionalizada en el Estado.

Redes de Liberación Homosexual en Colombia, Perú y Venezuela (1977-1989)

Con el precedente de las organizaciones de México y Argentina, en el norte de Sudamérica emergieron nuevas propuestas de organizaciones de liberación homosexual a finales de los setentas e inicios de los ochentas. Las experiencias de estos países retomaron las reflexiones previas y, por lo tanto, aunque pueden considerarse herederas de las reflexiones estadounidenses, la riqueza de influencias de otras latitudes evidencia que la liberación homosexual no fue una idea importada de Estados unidos, sino que por el contrario, se gestó en la hibridación transnacional de políticas sexuales radicales. La década de 1980 estuvo marcada por la emergencia del neoliberalismo como proyecto político liderado por Margaret Tatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos. Ambos gobiernos representaron un contexto hostil para las organizaciones de liberación homosexual de ambos países, lo que aminoró la oleada radical de movilización que vivían, debilitando organizaciones referentes en el escenario internacional. Por el contrario la compleja salida de las dictaduras en América Latina fueron una base democrática en la que crecieron las organizaciones de homosexuales y lesbianas.

En Colombia el Movimiento de Liberación Homosexual (MLHC) surgió como una iniciativa de León Zuleta, un joven estudiante de Medellín que había tenido una larga experiencia organizativa en el seno del Partido Comunista Colombiano (PCC). Su salida del mismo, debido tanto a su abierta homosexualidad como al abanderamiento de las críticas a la ortodoxia soviética del psicoanalista Wilhelm Reich, lo llevaron a buscar afuera de la izquierda partidista opciones organizativas que recogieran la bandera de la homosexualidad como una reivindicación revolucionaria. Junto con otros jóvenes, estudiantes y trabajadores, construyeron los primeros núcleos del MLHC en las ciudades de Bogotá y Medellín en 1978.

Aunque la propuesta de la liberación homosexual del MLHC retomó la consigna de ¡“Gay Power!”, León Zuleta se inspiró fuertemente en las referencias del Front Homosexueld’Action Revolutionnaire (FHAR) francés y el FLHA, de las que extrajo dos elementos centrales. Primero, la crítica marxista a la heterosexualidad, consignada en los trabajos del escritor Guy Hocquenghem, que alimentaron una perspectiva social de la revolución sexual. Segundo, el reconocimiento del FLHA de los vínculos entre capitalismo y patriarcado en la reproducción cultural de las clases, que reconocía vocación comunitaria de la superación de las opresiones. Además, recibió una fuerte influencia del movimiento feminista y apoyó sus demandas a favor del aborto libre y la distribución de píldoras anticonceptivas. Al sintetizar ambas propuestas el MLHC se definió como una organización revolucionaria de vocación social, que surgió en medio de una penalización de los actos homosexuales vigente desde 1890 en el país.

En Venezuela, la construcción de un proyecto político de liberación homosexual vino de la mano de la bonanza del petróleo en la década de los setentas. Las posibilidades materiales que acompañaron al capital de la industria petrolera llegó al país una apertura al contacto con extranjeros, lo que permitió que los homosexuales venezolanos se enterarán de las dinámicas políticas de homosexuales en Estados Unidos, Europa y el resto de América Latina. Esto desembocó en la consolidación del proyecto editorial El Entendidoen 1980, una revista sobre política y homosexualidad que luego llevaría a la organización de un grupo político homónimo. Tal nombre hacía referencia a la manera como los homosexuales venezolanos se reconocían evadiendo a las autoridades y retomaba la clandestinidad que en el país se usaba para proteger a la emergente comunidad homosexual. Aunque el Estado venezolano nunca penalizó formalmente los actos homosexuales, la “Ley de vagos y maleantes” vigente desde 1933 era herramienta que permitía la represión cotidiana de manos de la policía.

Para El Entendidofue particularmente importante la influencia del Fronte Unitario Omosessuale Rivoluzionario (FUOR) italiano, pues veían en esta experiencia una exitosa alianza entre la liberación homosexual y los partidos de izquierda, en este caso el Partido Radical. Esta apuesta de solidaridad multisectorial, bandera de la experiencia venezolana, retomaba las inquietudes de las experiencias mexicanas y argentinas, que fueron asumidas como una estrategia a largo plazo para visibilizar la agenda política de las sexualidades disidentes.

En Perú, la salida de la dictadura de Francisco Morales levantó las restricciones comunicativas que existían en el país, lo que posibilitó la organización de proyectos editoriales que abanderaron el proyecto político de la liberación homosexual, amparados en la legalidad de la homosexualidad entre adultos desde la derogación del código penal de 1924. En este contexto surge el Movimiento Homosexual de Lima (MOHL) en 1982 y un año más tarde el grupo Acción para la Liberación Homosexual (Aplho). Ambos grupos surgieron de la mano de jóvenes, lo primeros vinculados al teatro y los segundos al movimiento estudiantil. Las lesbianas peruanas se ligaron al incipiente movimiento homosexual y asumieron progresiva autonomía con el impacto de iniciativas feministas internacionales. En el primer Encuentro Feminista Latinoamericano del Caribe celebrado en Bogotá el lesbianismo ganó visibilidad como articulador de una agenda disidente a la de los varones. Fue el impacto la segunda reunión organizada en Lima de 1984 la que permitió que la organización de un taller sobre feminismo y lesbianismo, permitió conectar al Grupo de Autoconciencia de Lesbianas Feministas (GALF).

Aunque el Aplho desapareció un año después de su fundación, el MOHL va a consolidarse gracias al apoyo financiero de la International Gay Association (IGA), una organización internacional surgida en Europa que tenía el propósito de apoyar organizaciones homosexuales en todo el mundo y que para la década de los ochentas empezó a interesarse en América Latina gracias a la insistencia de una red regional por parte del MLHC. De hecho, esta insistencia del MLHC por una organización latinoamericana ayudó a consolidar contactos entre estas experiencias. Después de la despenalización de la homosexualidad en Colombia en 1980, el MLHC se propuso a organizar tanto acciones de protesta como encuentros para discutir problemas transversales a los homosexuales en todo el país y el continente. En 1982, como antesala a la organización de la primera marcha en conmemoración a los disturbios de Stonewall del país en Bogotá, se organizó un encuentro latinoamericano de organizaciones homosexuales, apoyado por IGA. Allí, la delegación más participativa fue la venezolana de El Entendido, con quienes el MLHC inició un proceso colaborativo que incluyó el intercambio regular de los proyectos editoriales de ambos grupos. Tal contacto se mantuvo hasta la desaparición del grupo venezolano en 1983.

Al igual que las anteriores experiencias, aunque estos grupos se inspiraban en el pensamiento de izquierda para organizar no solo su propuesta de movilización sino su identidad homosexual revolucionaria, la recepción por parte de las izquierdas nacionales fue compleja. Esto evidencia la dificultad de los movimientos de liberación homosexual para integrarse a las izquierdas, limitando las posibilidades de la consigna que llamaba a la unión de la revolución sexual con la revolución social.

Para el caso colombiano, la salida de Zuleta del PCC en 1969 marcó profundamente la experiencia organizativa del MLHC. Durante toda su trayectoria el MLHC mantendrá una postura anti-autoritaria que permeó las disposiciones organizativas del grupo, siempre horizontales, sin personalismos y ajenas a la política partidista. Por su parte el PCC no reconocería e integraría las apuestas de la organización, ni de las sexualidades disidentes sino hasta la década de los noventas. Esto, sin embargo, no quiere decir que el MLHC no trabajara con otros sectores sociales. Diferentes organizaciones feministas o de cortes trotskistas le brindaron apoyo a la organización, además de la colaboración con los bares “de ambiente” de diferentes ciudades del país. Los sindicatos de Bogotá tuvieron un papel protagónico en estas muestras de solidaridad, que se consolidaron con el acompañamiento del MLHC a las manifestaciones del primero de mayo, realizadas durante la primera mitad de la década de 1980.

Por otra parte, El Entiendo se enfrentó a una izquierda menos homofóbica, que sin embargo nunca integró completamente sus reivindicaciones. La experiencia del FUOR les invitaba a acercarse a los partidos de izquierda, por lo que El Entendido entabló relación con la izquierda anti-estalinista. Se llegó incluso a entrevistar en la revista a Teodoro Pekoff, candidato a la presidencia por el Movimiento al Socialismo en 1983, quien simpatizaba con la situación de los homosexuales. Esto les granjeó a los militantes del grupo el epíteto de “locas comunistas”, por parte de sectores conservadores o incluso a las reaccionarias dentro de la misma escena homosexual del país.

En el caso peruano el escenario fue bastante hostil pues la emergencia del MOHL coincidió con el inicio del conflicto armado el país llamado “época del terror”. En medio de la lucha entre el gobierno peruano con los grupos alzados en armas, el Sendero Luminoso y el Movimiento Tupac Amarú, los homosexuales y las lesbianas se convirtieron en objetivo de ambos lados, lo que desmotivó los discursos más radicales del movimiento y llevó a un repliegue táctico que abanderó posiciones menos radicales.

Estas experiencias se convirtieron en puntos de referencia para homosexuales y lesbianas en estos países. Aunque no recibieron un apoyo masivo por parte de la izquierda local, se consagraron como experiencias que en contextos hostiles pudieron dar la cara por la homosexualidad, encausando los sentimientos de marginalización hacia propuestas de acción y discusión. El MLHC inició el primer ciclo de protestas en Colombia después de la despenalización de la homosexualidad en la primera mitad de la década de los ochentas y sus publicaciones, El Otro, Ventana Gay y De Acento, consolidarán una fuerte tradición de producción escrita del movimiento que lo acompañará por sus más de 10 años de existencia. El Entenido de igual manerá se consolidó como una revista de interés que llegó a ser leída en varias ciudades de Venezuela, e incluso produjo un documental llamado Entendido: Un acercamiento al movimiento homosexual de Venezuela proyectado en 1982 en la Cinemateca Nacional de Caracas, en donde se presentaban las diatribas del activismo sexual en el país. Por otra parte, el MOHL organizó constantes espacios de discusión sobre la homosexualidad y sobre política, incluyendo el feminismo, lo que les llevo a integrar de manera temprana las inquietudes de las mujeres lesbianas, lo que le condujo a adquirir un carácter mixto.

De estas experiencias, El Entendido fue la más corta. Aunque se renovó a través de dos generaciones, desapareció en 1983 en medio del aumento de ataques de “limpieza social”, lo que también trajo un desprestigio de la organización política en los bares, usuales aliados, que temían represalias por parte de estos grupos al apoyar a El Entendido. El MLHC logró renovarse a lo largo de los ochentas, contando con tres generaciones de activistas, quienes editaron tres publicaciones distintas, lo que posibilitó que el movimiento se mantuviera hasta 1989. Su última generación tuvo que lidiar con la epidemia de SIDA y el recrudecimiento del conflicto armado colombiano, que por entonces presenció el surgimiento del paramilitarismo que dio paso a las “limpiezas sociales”. En medio de estos dos problemas, la organización desapareció.

El MOHL sobrevivió a la guerra en Perú y se mantuvo como un referente de organizaciones homosexuales en el país y en la región, pues desde la segunda mitad de los ochentas tuvo un papel protagónico en IGA, llegando incluso a tener la secretaria general. Su renovación generacional se debe, en parte, al activo papel que las mujeres lesbianas tuvieron en la organización desde 1988, integrando de manera temprana un trabajo específico sobre la condición lésbica, apoyados en la experiencia del Grupo de Autoconciencia de Lesbianas Feministas (GALF), fundado en 1982.

Al revisar la trayectoria y producción de estos grupos se puede identificar la creciente interconexión que las organizaciones homosexuales construyeron durante los setentas y ochentas. El flujo de información que se construyó a través de canales tanto informales basados en relaciones sentimentales como formales de la mano de organizaciones como IGA transportaba ideas políticas que se traducían en tácticas y estrategias organizativas que inspiraron a diversos grupos a salir de las sombras y organizarse en torno a la lucha social y sexual. Más allá de Estados Unidos, la idea de una liberación homosexual construyó una red de información que se apoyó en la creciente necesidad de salir del closet y transformar las realidades inmediatas.

Disputas revolucionarias y democráticas en la Liberación Homosexual en Brasil (1978-1988)

Mientras los movimientos homosexuales radicales intentaban sobrevivir a ordenes autoritarios y tejer alianzas con las izquierdas, en Brasil se organizaban grupos políticos homosexuales con la perspectiva de hacer la vida de su comunidad más sencilla. A diferencia de sus pares del Cono Sur, la dictadura brasilera (1964-1985) fue un régimen castrense con formato representativo, es decir, en el cual se permitió el funcionamiento del Congreso y los partidos políticos con ciertas proscripciones. Aunque durante su primera etapa se mostró inflexible, practicó la desaparición forzada de personas y restringió la actividad de las organizaciones de izquierda para favorecer la política oficial.54Durante los setenta las fuertes restricciones que establecía la dictadura se enfrentaron a una explosión de movilización social e incluso a una oposición armada, que generaron un ambiente de pequeñas concesiones democráticas en las que se abrían posibilidades a la liberación homosexual.

En medio de este agitado ambiente e inspirados por la visita de Einston Leyland, editor de Gay Sunshineen San Francisco, se publicó la revista Lampião Da Esquina en 1978 de la mano jóvenes activistas de la ciudad de Sao Pablo que ya habían intentado organizarse antes. Esta revista se convirtió rápidamente en una de las publicaciones más importantes sobre el tema en el país, llegando a publicar 41 números entre 1978 y 1981, con un tiraje de 15.000, aunque con una distribución limitada por el régimen. Sus páginas convocaron a un nutrido grupo de intelectuales, escritores y periodistas que escribieron sobre temas mucho más variados que los de las publicaciones de México, Argentina y Colombia incluyendo cine, teatro, literatura, carnaval y religión. Entre las figuras más destacadas de la escena homosexual se encuentra el anarcosindicalista Daniel Guerin y el escritor argentino Manuel Puig, quien perteneció al FLHA.

Después de esta apertura los grupos políticos no demoraron en surgir. El mismo año de la publicación de Lompião Da Esquinase fundó el Núcleo de Ação pelos Direitos Homossexuais (NADH), que rápidamente cambió su nombre a Somos: Grupo de Afirmação Homossexual (SOMOS), inspirado en la publicación del FLH argentino a causa de la visita de Néstor Perlongher. Aunque estos contactos no se llevarían adelante sin tensiones, el sociólogo y activista argentino, observaba con desdén la rápida permeabilidad que el término gay asumía entre los agrupamientos brasileños, lo que consideraba una adaptación al “snobismo” de clase media y un rechazo a su adhesión a los sectores populares. Este grupo se consolidó como uno de los proyectos más grandes de organización homosexual del país, organizando numerosas actividades de concientización y discusión histórica y política. Para 1979, después de haber ganado visibilización en la escena política de izquierda, el grupo decidió integrar reivindicaciones de sectores negros y de mujeres.

El mismo año se fundó Facção Homossexual (FH), un colectivo conformado por homosexuales miembros de Convergencia Socialista, un grupo trotskista que se oponía al régimen dictatorial y se había organizado alrededor de estudiantes y obreros.60 Los miembros de FH buscaron integrar las demandas del movimiento homosexual al escenario partidista y lograron incorporar sus propuestas al plan programático de Convergencia Socialista. Esté será un primer paso que consolidará una facción de izquierda dentro del movimiento de liberación homosexual del país, que mantendrá una propuesta de unión entre las diferentes luchas sociales.

Numerosos grupos de homosexuales, especialmente en San Pablo, surgieron alrededor de estas experiencias organizativas. Lo que consolidó un escenario político sin precedentes en Latinoamérica, donde proliferaran los grupos que reflexionaban sobre la condición de la sexualidad contra hegemónica en Brasil.

Esta prolífica actividad política desembocó en la organización del Primer Encuentro Nacional de Organizaciones Homosexuales, en São Pablo en abril de 1980. Seis organizaciones, dentro de las que se encontraba SOMOS, FH y los editores de Lampião da Esquina se reunieron para discutir los retos del movimiento. Rápidamente en elevento surgieron dos facciones, una autonomista liderada por los editores de la revista, quienes resentían el trato por parte de la izquierda internacional a los homosexuales y otro cercano a la izquierda, liderado por FH, quienes consideraban que era importante acercarse a las reivindicaciones de otros sectores sociales.

La diferencia se consolidó el tercer día del encuentro en donde se pasó una resolución para apoyar al paro de trabajadores mineros de San Bernardo acompañándolos en la marcha del primero de mayo ese año. Frente a una ajustada votación de 54 a favor contra 53 en contra se aprobó la propuesta, pero a costa de la separación de SOMOS y la salida de Lampiaó da Esquina del encuentro. Es así como durante las jornadas de conmemoración del día de los trabajadores, un contingente de cincuenta homosexuales marchó bajo pancartas que consignaban “ABAJO LA INTERBENCION DE LOS SINDICATOS ABEC: COMISIÓN HOMOSEXUAL PARA EL 1 DE MAYO”. Mientras tanto, la facción autonomista separada del encuentro organizó un picnic en el zoológico de la ciudad.

La política homosexual radical brasileña se nutrió de los intentos de confluencia con la nueva izquierda y las expresiones contraculturales. La izquierda tradicional del Partido Comunista Brasileiro (PCB) y el Partido Comunista do Brasil (PCdB) fue incapaz de canalizar los nuevos fenómenos. En los setenta, el feminismo y los movi-mientos contra la diferencia racial se extendieron en el territorio brasilero planteando una agenda en la que el estatus y la identidad problematizaron la referencia unívoca a la clase. En los ochenta, corrientes literarias, musicales y de arte plástico irrumpieron con un enfoque político que se volcó sobre la vida cotidiana. Muchos jóvenes se sintieron interpelados por las demandas de democracia y libertad, y también por una agenda, difundida por movimientos culturales como el Desbunde y el Tropicalismo, que cuestionaba los mandatos sociales. Todo esto complejizó una nueva cultura de izquierda que tendía a abandonar la estrategia armada y simpatizaba con una agenda democrático-liberal.

La impronta trotskista de la CS, a diferencia de los casos argentino y mexicano, le permitió participar de un grupo de acción común con los homosexuales radicales. La oportunidad de militancia simultáneas como parte del intento de ingresar al PT, llevó a la CS a formar el grupo FH dentro de Somos. En 1979, con motivo del día nacional de Zumbi, donde se manifestó públicamente el Movimiento Negro Unificado, grupos de lesbianas y homosexuales se mostraron por primera vez en la calle. La convivencia no fue sencilla. El 1° de mayo Fraçao Gay y otros miembros de Somos se acercaron a los obreros con la consigna de “Homosexuales construyendo el PT”, lo que no fue asumido con simpatía por los manifestantes. A medida que la organización trotskista (CS) sumaba más trabajadores que universitarios, la relación con la tenden-cia de homosexuales que exigía mayor presencia de sus demandas se tornó difícil y derivó en una división del grupo.

Durante los dos años siguientes las dos facciones de liberación homosexual realizaron diferentes actividades, tanto de concientización y educación como de protesta. La cantidad de grupos subió y se consolidaron las organizaciones lésbicas. Protagonistas en este escenario fueron el Grupo de Ação Lésbico-Feminista, surgidas de SOMOS y quienes se enfrentaron a la policía de manera contundente en la redada al bar Ferrero (Sao Pablo) el 19 de agosto de 1983 en lo que se ha venido a conocer como el “Stonewall brasileño”.

Mientras que los argentinos vieron frustrados sus intentos de lograr algún eco en el peronismo, los brasileños tuvieron un éxito parcial con el PT. La presencia de grupos homosexuales en 22 grandes ciudades colaboró a fortalecer los nexos con un partido en ascenso más amplio que los comunistas. El retorno de los exiliados políticos en el 79 y la renovación de cuadros modernizaron la estructura del PT. Los debates sobre el género y la negritud ocuparon a núcleos intelectuales con fuerte influencia sobre la estructura del partido. La búsqueda por mejorar los resultados en las urnas diluyó las fronteras del partido, se aceptó la doble militancia que permitió que convivieran grupos heterogéneos (como maoístas, trotskistas o grupos homosexuales). El PT no apeló solo a los obreros, también convocó a los jóvenes con consignas como “Desobedezca” para aprovechar la deslegitimación del régimen autoritario. Aunque próspero, este vínculo no se extendió sin dificultades. La postulación de Fernando Gabeira en 1989 como candidato a acompañar a Lula Da Silva en la elección presidencial fue vetada por algunos comunistas que consideraban que un candidato homosexual espantaría a los votantes obreros.

Sin embargo, a pesar de la fuerte actividad del sector, se mantuvo la enemistad entre autonomistas e izquierdistas. Y aunque el debate podía resultar enriquecedor, también terminó por desgastar especialmente a los primeros, quienes para 1983 dejaron de editar la revista. Sobre los segundos, su actividad se diluirá en el Partido de los Trabajadores y otras movilizaciones sociales, perdiendo la tradición de los encuentros nacionales después de su segunda versión en 1981 (Green, 1994). Para 1988 solo el Grupo Bahía había sobrevivido de esta ola de liberación homosexual, mantenida gracias al apoyo de IGA.

El movimiento de liberación homosexual brasileño tuvo la particularidad de prestarse a un intenso debate interno sobre el alcance de sus acciones en el escenario político nacional. Su capacidad organizativa – que los llevo a construir 22 grupos – entró en tensión con discusiones políticas que terminó desintegrándolos. Los grupos brasileños no se diluyeron frente al régimen militar, sino que se nutrieron de la coalición de gobierno dictatorial. El nexo con la izquierda democrática del PT acompañó su transición de movimiento con perspectiva revolucionaria a la lucha por la agenda de derechos ciudadanos. Los obstáculos no fueron pocos, las organizaciones buscaron un equilibrio entre fuerzas centrífugas que tendían al enfoque revolucionario o a las perspectivas democrático-estatales. La lucha por las demandas ciudadanas ocupó la agenda de las organizaciones homosexuales. Se inició un camino en el que el lento abandono del programa de izquierda radical dio terreno a la lucha por el reconocimiento estatal de los derechos de las minorías sexuales.

Conclusiones

En este artículo presentamos un panorama general de los movimientos de liberación homosexual en América Latina. Las primeras experiencias en Argentina, México y en menor medida Chile retoman las fuerzas de la nueva izquierda a partir de las experiencias de protesta local y encausando la causa por la liberación homosexual a través de la cultura política del momento. El FLHA, FLHM y luego FHAR, fueron las manifestaciones de una interpretación radical de la emergente identidad homosexual.

El foco en los nexos trasnacionales y la perspectiva comparada desintegra la visión unidireccional de la influencia estadounidense sobre los movimientos de liberación homosexual, demostrando que las múltiples conexiones globales entre latinoamericanos, como en el caso de Argentina, Brasil, México y Colombia, o las referencias del continente europeo como fueron el IGA para Perú, el FUOH para Venezuela y el FHAR para Colombia formaron un mapa complejo y cambiante en el que con distintos ritmos se definió una agenda de liberación sexual. Así, la segunda ola de estos movimientos en el contexto de ascenso neoliberal es una expresión cabal de estas complejidades.

Por último, los movimientos brasileños que podríamos incluir en la segunda etapa, representaron un escenario particular en el que la lucha por una salida al contexto autoritario permitió el desarrollo sin precedentes en américa latina de organizaciones homosexuales. Relevancia que podemos ver en la proliferación literaria y numérica de sus organizaciones, que llegaron a generar tendencias antagónicas que representan las tensiones que todos los grupos estudiados tuvieron con la izquierda local e internacional.

En suma, este texto ofrece una re-lectura de los movimientos de liberación homosexual en América Latina. Con los que, a 50 años de Stonewall, podemos re-evaluar relatos unidireccionales, al mismo tiempo que repensar la demanda de liberación sexual radical en las décadas de 1960, 1970 y 1980 reconocimiento las múltiples interconexiones y dinámicas hibridas entre el escenario global y las fuerzas locales, rompiendo así narraciones unidireccionales.

(Tomado de Revista Izquierdas)