Luis Vitale: la interpretación marxista de la independencia de Chile (parte 3)

(fragmentos de La Interpretación marxista de la historia de Chile, tomo III, capítulo I)

El PERIODO IZQUIERDISTA

El movimiento del 15 de noviembre de 1811, que lleva al poder a José Miguel Carrera, abrió una nueva  etapa  en  la revolución chilena. El ala izquierda canceló el período de vacilaciones de la burguesía criolla, encaminándose en forma resuelta hacia la independencia política del país. A pesar de la oposición cerrada de los derechistas y centristas que se habían coaligado  contra  el gobierno, José Miguel Carrera aceleró el proceso revolucionario mediante la adopción de medidas decisivas para la creación de un Estado independiente.

En este sentido, el paso más importante fue la promulgación del Reglamento Constitucional  de 1812, cuyo acápite V establecía: “Ningún decreto, providencia u orden que emane de cualquier autoridad o tribunales fuera del territorio de Chile, tendrá efecto alguno; y los que intentaren darle valor, serán castigados como reos de Estado”. Mediante esta resolución, Chile se declaraba de hecho un país independiente puesto que dejaba de aceptar la tutela de España y pasaba a gobernarse de acuerdo a sus propias leyes. Carrera simbolizó este paso por la soberanía nacional creando la bandera tricolor, la rapela y el escudo con el lema: “Por la razón fuerza”. Bajo su gobierno, el encabezamiento tradicional de los decretos que a la letra decía: “El Rey, y en su cautiverio la Junta representativa  de la soberanía en Chile”, fue reemplazado por esta significativa frase: Junta Gubernativa de Chile, representante de la soberanía nacional”. Paralelamente, empezó a concederse  ciudadanía a los españoles que reconocieran al nuevo gobierno chileno y que prestaran el siguiente juramento de nacionalidad: “¿Confesáis bajo el propio juramento que ni las Cortes ni la Regencia, ni los pueblos Estado peninsular, ni otra extraña autoridad, tiene ni debe tener derecho a regir y gobernar al pueblo de Chile?” (15).

La enumeración de estas medidas, dilatadas durante dos años por los gobiernos anteriores, bastaría para mostrar en forma objetiva que José Miguel  Carrera fue indiscutiblemente el dirigente criollo más importante de la lucha por la independencia política y un revolucionario esclarecido de la época. Los argumentos de los detractores de Carrera,  cargados de subjetivismo, aparecen como mezquindades anecdóticas frente a las graníticas resoluciones que afianzaron la soberanía nacional de Chile.

¿Qué combinación de factores permitía este político  a la apertura de una nueva etapa en  la revolución chilena? ¿En qué fuerzas  sociales  se  apoyó Carrera para llevar adelante esta política revolucionaria, si era combatido por la derecha y el centro burgués?. Los escritores carrerinos atribuyen el ascenso vertiginoso de Carrera a su extraordinaria personalidad. Nosotros, sin desconocer las virtudes personales  del  caudillo, opinamos que el curso separatista y rupturista con España se debió, fundamentalmente, a la incorporación de sectores populares al proceso revolucionario cuya importancia real y decisiva supo aquilatar Carrera. Esta integración, obstaculizada por la política elitista de las fracciones de la burguesía criolla que controlaron la Primera Junta y el Primer Congreso Nacional, fue el factor dinámico de  clase  que permitió a los Carrera profundizar la lucha por la independencia. El mérito de José Miguel Carrera fue haber comprendido que sólo la participación popular podría acelerar la lucha rupturista con el imperio español, paralizada por los elementos vacilantes de la burguesía criolla. José Miguel Carrera, descendiente de una familia burguesa de activa participación política en los sucesos de 1810, a los pocos días de su regreso de España, donde había trabado relaciones con otros jóvenes latinoamericanos influídos por el pensamiento liberal europeo, se dio cuenta que la  revolución  estaba estancada en Chile. En 1811, escribía a su padre:  “Las obras cuando se empiezan, es menester concluirlas […] Ha llegado la hora de la independencia americana; nadie puede evitarla. La España está perdida” (16).

El poder de atracción personal de José Miguel, su aureola de combatiente ejemplar en el ejército, su inteligencia, simpatía y generosidad y, fundamentalmente, su decisión de luchar por  la  independencia, crearon rápidamente un círculo de influencia entre las milicias criollas y los jóvenes burgueses y pequeño burgueses, descontentos con el curso moderado de los  primeros gobiernos criollos. A los  veintiséis  años, José Miguel era el líder del ala izquierda burguesa, un joven que se mofaba del espíritu ramplón y pacato de la “aristocracia” criolla. Su desprecio por  la mezquina e interesada actitud de ciertos líderes de 1810, se trasluce en los retratos de personajes estampados en su diario: “Rozas era un patriota; pero el interés personal era su primer cuidado”. Del jefe de la familia de los “ochocientos” se formó la siguiente impresión, luego de un intercambio de ideas sobre la acción del futuro gobierno surgido el 4 de septiembre de 1811: “Le vi tender la vista sobre la Casa de Moneda, administración de tabacos, aduanas y otros empleítos de esta naturaleza” (17).

Expresaba su decisión de desplazar los Larraínes de  una  manera  tajante:  “ era pues preciso elegir entre nuestra muerte y la esclavitud de Chile o el abatimiento de la familia de Larraínes y sus adictos” (18). Para uno de sus biógrafos, José Migule Carrera fue “ese joven aristocrático, que dejando a un lado blasones, riquezas y honores, se lanzó en medio de las masas populares para imbuir en ellas las ideas republicanas” (19).

Su hermana Javiera, que a la sazón contaba con treinta años, fue una infatigable, consecuente y voluntariosa compañera de los ideales libertarios de sus  hermanos,  en los  días  de triunfo como en los de derrota. En los momentos en que la  burguesía  criolla se aferraba a la fórmula de gobernar en nombre de Fernando VII, Javiera Carrera simbolizó su repudio a la corona española con ocasión de un baile de gala realizando el 18 de septiembre de 1812 en el palacio de Toesca: “Doña Javiera Carrera llevaba en la cabeza una guirnalda de perlas y diamantes de la cual pendía una corona, aquél en el sombrero y éste en la gorra y sobre ella una espada en ademán de partirla y un fusil en aptitud de darle fuego” (20).

La tonada “La Panchita”, cantada por el pueblo en las “chinganas”, era una de las expresiones más claras  de la simpatía que gozaba Javiera Carrera.  Su hermano Luis había logrado también conquistar popularidad en los arrabales de Santiago. Desde enero de 1812, el gobierno alentaba al pueblo a reunirse en los Tajamares, hecho comentado por el cronista español Melchor Martínez del siguiente modo:  “Con  este depravado arbitrio tomó tal exaltación el entusiasmo de la plebe y toda la juventud en general que no se veía ni oía otro clamor que viva la Patria y vivan los Carrera a quienes todos ofrecían gustosos a sostener y defender traídos de la licenciosa libertad” (21).

Los hermanos Carrera fueron los primeros caudillos que buscaron en ese período el apoyo de los sectores populares para acelerar el  proceso  revolucionario por la independencia. Uno de los mejores investigadores de este período histórico, Julio  Alemparte, sostiene que “los golpes de Carrera fueron apoyados  no por minúsculos grupos adictos a la aristocracia, como ocurriera hasta entonces, sino por elementos más numerosos y populares. Burlándose de  esto,  un memoralista de la época hablaba del “soberano pueblo de Carrera”. Y otro autor satírico, en un pasquín que apareció por esos días, en forma de bando, expresaba: El Congreso os convoca, pueblo  chileno, a sus representantes, los escribanos, procuradores, receptores, papelistas, escribientes de oficinas, mozos vagabundos, ociosos, viejos descalzos, pobretones, ambiciosos, para hoy a las nueve de la mañana. El Cabildo os califica de buenos patriotas, y fía de vuestra desición su suerte futura. Hombres de bien, condes, marqueses, familias, bienes y obligaciones, estad metidos  en  vuestras  casas  para  impedir  el  vejamen de ser el ludibrio y expulsos de las puertas del Cabildo Estas y otras burlas –sigue Alemparte- en las cuales se refleja la irritación que los patricios causaba el contacto de los Carrera con el pueblo, son uno de los tantos testimonios del franco espíritu revolucionario del bando carrerino. Ya en la nota que enviaran a la derrocada Junta, el 15 de noviembre, decían claramente los Carrera que una de las causas de la inestabilidad política derivaba de que “el pueblo nunca ha sido oído, ni ha podido hablar libremente, pues las más de las veces se han  provocado sus sufragios  por  convites  a ciertas personas (…) por lo cual declarábase que, en esta oportunidad podían concurrir a la plaza mayor todos los vecinos sin excepción”. Comentando este llamado, escribe Barros Arana: “La asamblea que pedía Carrera importaba una peligrosa innovación, por cuanto se pretendía dar parte en los negocios públicos a las turbas populares siempre  fáciles de ser manejadas por caudillos audaces y ambiciosos” (22). A pesar de su escasa simpatía por Carrera, el historiador Barros Arana  se vio obligado a reconocer que Carrera  “consiguió popularizar el movimiento revolucionario, dando al elemento democrático intervención en  las manifestaciones de la opinión y del patriotismo, en que hasta entonces sólo habían tomado parte las clases acomodadas” (23).

El carácter popular del movimiento carrerino fue inclusive reconocido más tarde por un gobierno contrario a José Miguel Carrera, como el de Pueyrredón, quien en un documento de 1816 dirigido a San Martín expresaba: “Siendo notoria la división en que se hallaba Chile por dos partidos poderosos, antes de la entrada de las tropas del rey, presididos a saber, el uno por la familia de los Carrera, y el otro por la casa de los Larraínes (…) el general (San Martín) tendrá presente que el primero de los dichos partidos contaba con el afecto de la plebe, y que sus procedimientos, aunque nada honestos ni juiciosos, investían un carácter más firme contra los españoles; y que al segundo, pertenecían la nobleza, vecinos de caudal y gran parte del clero secular y regular, siempre tímidos en sus empresas políticas” (24).

Los principales dirigentes del ala izquierda, además de los Carrera, eran Camilo Henríquez, Baltazar Ureta, Julián Uribe y Manuel Rodríguez, que se había incorporado a la lucha activa en noviembre de  1811.  El primero cumplió un destacado papel en la difusión de las ideas libertarias y republicanas, mediante la fundación del primer periódico nacional La Aurora de Chile. Allí se vertían, todos los jueves, opiniones del siguiente tenor: “Es absurdo creer que exista en algún punto de la tierra la libertad civil sin la libertad nacional […] Las revoluciones son  en  el  orden moral lo que son en el orden de la naturaleza los terremotos y las tempestades. Los meteoros son terribles;  pero hasta ahora nos han sido saludables (…) Comencemos declarando nuestra independencia. Ella sola puede borrar  el título de rebeldes que nos da la tiranía (…) Ya es tiempo de que cada una de las provincias revolucionarias de América establezca de una vez lo que ha de ser para siempre: que se declare independiente y libre y que proclame la justa posesión de sus eternos derechos” (25).

En el seno del movimiento carrerino se fue gestando una corriente de extrema izquierda, plebeya y jacobina, que no se conformaba solamente con acelerar la lucha por la independencia política sino que comenzó a plantear por primera vez en Chile la “cuestión social”. El líder de esta tendencia, cuyo contenido programático rebasaba los límites burgueses de los Carrera, ya que aspiraba a combinar la independencia política con la revolución social, fue el franciscano Antonio Orihuela, hijo de Francisco Borja  y sobrino carnal de Manuel de Salas. De Santiago, donde había tomado los hábitos en 1797, se trasladó a Concepción en 1808. Allí apoyó el golpe carrerino del 4 de septiembre de 1811 y fue uno de los líderes del movimiento que reemplazó a las autoridades derechistas de esa  provincia. Este movimiento penquista, que tuvo un contenido más popular que el de Santiago, obligó  a un obispo contrarrevolucionario de Concepción a pronunciar una pastoral donde decía: “y vosotros fuisteis testigos de los turbulentos cabildos abiertos que le precidieron y subsiguieron, en que hicieron el papel más brillante las personas más despreciables del pueblo, y entre ellas un vil esclavo, bien conocido por sus insípidas bufonadas y sandeces” (26).

Antonio Orihucia, elegido diputado por Concepción el 4 de septiembre de 1811, en una asamblea popular, “repartió -dice Domingo Amunátegui- a los vecinos de la ciudad, y en seguida a los miembros del Congreso una violenta proclama, en la cual declamaba contra los aristócratas y aconsejaba su exterminio” (27).

Esta proclama, que constituye uno de los primeros documentos de la historia del pensamiento social chileno, señalaba en sus párrafos más relevantes:  “Pueblo  de Chile: mucho tiernpo hace que se abusa de vuestro nombre para fabricar vuestra desdicha (…) El infame instrumento de esta servidumbre que os ha oprimido largo tiempo es el dilatado rango de nobles, empleados y títulos que sostienen el lujo con vuestro sudor y se alimentan de vuestra sangre (…) ¡qué lamentarse de los artesanos, reducidos a ganar escasamente el pan de cada día, después de inmensos sudores y fatigas; de los labradores que sinceramente trabajan en el cultivo de pocas simientes para sus amos y morir ellos de hambre, dejando infinitos campos vírgenes, porque les era prohibido sembrar tabaco, lino y otras especies, cuya cosecha hubiera pagado bien su trabajo; de los pobres mineros, sepultados en las entrañas de la tierra todo el año para alimentar la codicia de los europeos! ¡qué lamentarse por la estrechez del comercio, decaído hasta  lo sumo por el monopolio de la España (…) La nobleza de Santiago se arrogó así la autoridad que antes gritaba competir sólo al pueblo (como si estuvieran excluidos de este cuerpo respetable los que constituyen la mayor parte y más preciosa de él) y creó una junta, provisional que dirigiese las operaciones (…)Ved aquí en este solo pueblo de Concepción patentes ya las funestas consecuencias de la instrucción maldita en la elección del Conde de la Marquina, del magistral Urrejola y del doctor Cerdam (…) Ninguno más inepto para desempeñar cualquier encargo público que el conde de la Marquina. Lo primero por Conde. En las actuales circunstancias, los títulos de Castilla que, por nuestra desgracia abundan demasiado en nuestro reino, divisan ya en la imitación del gobierno el momento fatal en que el pueblo hostigado de su egoísmo e hinchazón, les raspe el oropel con que brillan a los ojos de los negocios (…) El remedio es violento pero necesario. Acordaos que sois hombres de la misma naturaleza que los  condes, marqueses y nobles; que cada uno de vosotros es como cada uno ellos, individuo de ese cuerpo grande y respetable que se llama Sociedad; que es necesario que conozcan y les hagais conocer esta igualdad que ellos detestan como destructora de su quimérica nobleza (…) Con vosotros hablo, infelices, los que formais el bajo pueblo. Atended: Mientras vosotros sudáis en vuestros talleres; mientras gastáis vuestro sudor y fuerzas sobre el arado; mientras veláis con el fusil al  hombro,  al  agua,  al  sol, y a todas las inclemencias del tiempo, esos señores condes, marqueses  y cruzados  duermen entre limpias sábanas y en mullidos colchones, que les proporciona vuestro trabajo; se divierten en juegos y galanteos, prodigando el dinero que os chupan con diferentes arbitrios, que no ignorais; y que no tienen otros cuidados que solicitar, con  el  fruto de vuestros sudores, mayores empleos y rentas más pingües, que han de salir de vuestras miserables existencias, sin volveros siquiera el menor agradecimiento, antes sí desprecio, ultrajes, baldones y opresión. Despertad, pues, y reclamad vuestros derechos usurpados. Borrad, si es posible, del número de los vivientes a esos seres malvados que se oponen a vuestra dicha, y levantad sobre sus ruinas un monumento eterno a la igualdad” (28).

Esta proclama demuestra que desde los albores  de nuestra independencia política existió  una corriente plebeya que, aunque minoritaria, planteó no sólo el combate contra el imperio español sino contra los  propios  explotadores  nacionales.  Para  Marcelo Segall, “la presión de clase obrera comienza con las proclamas de Antonio Orihuela en 1812, que dispuesto a transformar la independencia política en revolución social llamaba a los trabajadores a la rebelión y al levantamiento” (29).

Otra  expresión de extrema izquierda dentro del movimiento carrerino, que podríamos calificar hasta de “jacobina”, fue la exigencia de expropiar a la burgesía criolla unos de tres millones de pesos para financiar  el  ejército patriota, ante la inminente invasión española. La petición del Batallón de Granaderos, entregada el 16 de noviembre de 1811, decía: “Que el nuevo gobierno no omita diligencia alguna  para engrosar el erario con tres millones de pesos sin perdonar arbitrio!”. La reacción de los círculos burgueses, ante tal exigencia, ha sido reflejada a su manera por el cronista español Talavera: “Esparcidas estas especies a pocos días de efectuada la reforma  del  gobierno,  producían las más tristes y melancólicas ideas en los corazones del vecindario, en términos  que los  ciudadanos del mayor rango tentaron retirarse de la capital improvisadamente, llevando consigo sus caudales y alhajas; otros depositan en el seno de la tierra su dinero y preciosidades; otros se transportan a los conventos; las familias más realzadas emigran precipitadamente a los campos, llenas de consternación; la capital no ofrecía sino un cuadro melancólico de pavor y de sustos, porque cada vecino esperaba la desolación de su  casa” (30). Estas apreciaciones, aunque exageradas yrecargadas de subjetivismo, expresaban en parte la  reacción de la burguesía ente la probabilidad  de ser expropiada. Las presiones obligaron a Carrera a rechazar las  exigencias  de sus partidarios y tuvo que dar garantías de que no se efectuarían expropiaciones en las circulares del 16 y 19 de noviembre de 1811. Sin embargo, Carrera no olvidó este planteamiento de los sectores populares y meses después estableció una contribución forzosa. Uno de los expropiados fue el bodeguero español don Joaquín de Villa Urrutia que había hecho construir frente a su casa un enorme malecón  de piedra; en sesión de la Junta Cívica Auxiliadora declaró: “Que don Joaquín de Villa Urrutia, poseyendo una fortuna de más de doscientos mil pesos, debe contribuir al empréstito con $12.000 y que de no hacerlo, se proceda a embargarle y rematarle prontamente lo necesario” (31).

El  equipo  carrerino  fue el ala izquierda durante las primeras fases de la revolución porque se constituyó en la vanguardia intransigente de la lucha  por la independencia política. Para contrarrestar la oposición de la derecha y el centro burgués,  Carrera  apeló  a  los  sectores  populares,  quienes  dieron  un impulso desicivo al proceso revolucionario. El movimiento carrerino, de carácter populista, no era ni podía ser  en  aquella  época una corriente proletaria, sino que fue la expresión más consecuente de la izquierda burguesa en el cumplimiento de la tarea democrática  esencial del momento: la independencia política. La corriente auténticamente plebeya fue la extrema izquierda que se desarrolló dentro del movimiento carrerino. Uno de sus exponenes más destacado el franciscano Orihuela, trató de combinar, como Hidalgo y Morelos en Mexico, la lucha por la independencia política con la revolución social. Sin embargo, esta tendencia plebeya, inorgánica y aún intuitivamente revolucionaria, no podía prosperar por la cuasi inexistencia de la única clase históricamente capaz de realizar la revolución social: el proletariado.

La oposición cerrada al gobierno de Carrera provenía en lo inmediato del temor de la derecha y el centro burgués a que las medidas para acelerar la independencia provocaran la  guerra  con España y el Virreynato del Perú. Una de las causas del descontento de estos sectores de la burguesía era la firme resolución de Carrera de organizar de una vez por todas el ejército y las milicias criollas. Los terratenientes protestaban contra los preparativos militares porque les quitaba mano de obra:  “La  convocación  de  las milicias y el acuartelamiento de los campesinos, precisamente en los momentos en que habían comenzado a hacerse las cosechas, causaban los más graves perjuicios” (32).

Una guerra con España y, por consiguiente, con el Virreynato del Perú, significaba  para  los terratenientes pérdida del principal mercado para la exportación de trigo, que aún permanecía firme en 1812. El norteamericano Samuel B. Johnston, que vino a Chile  en 1812 como tipógrafo para hacer funcionar la imprenta que Hoevel había importado de Estados Unidos, relata en sus cartas sobre Chile que “Lima depende en absoltuto de Chile para un artículo tan indispensable como el trigo. Hay veinte buques empleados en el tráfico entre El Callao y Valparaíso, que lo componen el trigo, carne salada, frutas seca mantequilla, queso, sebo y vino en cambio de azúcar, arroz, cacao, tabaco, sal, hierro y manufacturas europeas. Fue materia de admiración para mí el ver que los chilenos permitiesen que se llevase trigo a Lima, cuando Virrey hacía la guerra a Buenos Aires (y, en consecuencia, a los principios que habían abrazado) estando estrechamente aliados con esa provincia. Al paso que el ejército de Buenos Aires está sitiando a los realistas de Montevideo, el hacendado patriota de Chile labra sus campos para proveer con el pan a los enemigos de su país” (33).

En la urgente e ineludible tarea de consolidar el  ejército criollo para enfrentar a  los  realistas, Carrera suplió sus improvisadas condiciones de organizador con su desbordante entusiasmo y actividad. Elevó el número de los granaderos a 1.500 y mandó confeccionar 10.000 lanzas y 1.500 tiendas de campaña. Trató de financiar los gastos militares con nuevos impuestos que acrecentaron las protestas de los terratenientes y comerciantes. Con el mismo fin, gravó con seis pesos por quintal la internación de yerba mate. “No entre -decía el decreto gubernamental- yerba mate del Paraguay sin satisfacer uno y medio reales del derecho de balanza en lugar de los tres cuartos que hasta aquí ha pagado” (34). Según los  cálculos  del gobierno, el nuevo impuesto a la yerba mate debía  producir 57.000 pesos anuales y el  de  balanza  unos 25.000 pesos. “Estas medidas -afirma Barros Arana- produjeron una profunda perturbación (…) desprestigiaban la revolución ante propios y extraños” (35). En realidad, afectaban a la burguesía importadora que controlaba el monopolio comercial de distribución de la yerba mate y los intereses de los exportadores argentinos. Esta medida determinó  un  agravamiento  de  las ya tensas relaciones entre la Junta de Buenos Aires y el gobierno de Carrera, cuyo ascenso al poder había sido mal visto por el representante de Buenos Aires en Chile: “Cuando el movimiento del 4 de septiembre nos prometía los mejores resultados -decía el delegado Bernardo Vera en su informe- cuando este país se congratulaba ya por la alianza muy estrecha con V.E.  acreditada  en el aumento considerable de las  cantidades de pólvora con que se le quería auxiliar, la revolución del 15 de noviembre último, ha cambiado todo el semblante de las cosas hasta hacer incalculables los fines en que terminará esta crisis terrible” (36).

La  derecha y el centro burgués siguieron saboteando a Carrera no sólo a través de la oposición obstruccionista del Congreso, sino también alentando golpes militares, como el dirigido por los hermanos Huici el 27 de noviembre de 1811. Ante la actitud del sector derechista de retirar los diputados para no dar el quórum necesario a las sesiones donde el gobierno planteaba sus medidas  de  urgencia,  Carrera  se  vio inducido a disolver el Congreso el 2 de diciembre de 1811. Fundamentaba su resolución en una proclama en la que decía que el Congreso constituía un estorbo para alcanzar la “independencia absoluta”, ya que era incapaz de declarar la ilegitimidad de las cortes  españolas; “es constante que, separado el trono, el Reycautivo, los pueblos de la monarquía española reasumieron exclusivamente la posesión de la soberanía que le había depositado; e instalada la Regencia del interregno y sus Cortes generales extraordinarias de un modo ilegal, ellas no tuvieron autoridad bastante para extenderse sobre los dominios de ultramar. Chile, por eso, suspende su reconocimiento”. Carrera, al plantear el desconocimiento del Consejo de Regencia, medida que no se habían atrevido a tomar los gobiernos anteriores, daba un paso decisivo hacia la independencia política de Chile.

A pesar de tener que concentrar los esfuerzos en la defensa militar para hacer frente a una eventual invasión española, el gobierno de Carrera se preocupó de la Educación, de la Salud pública y del fomento de la minería, a la marina mercante nacional y a la industria criolla. Propuso medidas para alentar la producción de salitre y un proyecto para crear un banco de rescate de pastas y de plata en Huasco, con un capital de veinticinco mil pesos.

El 14 de enero de 1813 quedó fundada la “Sociedad de Amigos del país” con el fin de fomentar la agricultura, la ganadería, la industria y la artesanía. Estaba dirigida por Juan Egaña, Antonio José de Irisarri, Manuel  de  Salas,  Domingo Eyzaguirre y Joaquín Gandarillas. El gobierno, consciente de la importancia económica de la minería, decretó el 19 de mayo de 1813 que los trabajadores mineros, operarios, pirquineros, cateadores, etc., quedaran “exentos de todo alistamiento y servicio de armas, conforme a lo prevenido en las ordenanzas de minería y militar, y a la actualidad y conveniencia que en las actuales circunstancias resulta al Estado del fomento y labores de las minas, ningún jefe militar molestará a estos individuos” (37).

En marzo de 1813, el decreto de libertad de comercio de 1811 fue reglamentado bajo el nombre de “Apertura y Fomento del Comercio y la Navegación”, en el que se establecieron medidas proteccionistas a la industria y a la marina mercante nacional, gravando con un 30% las mercaderías extranjeras y concediendo a los barcos chilenos la exclusividad del comercio de cabotaje.

Una de las principales medidas de sabiduría pública, promovida por el gobierno, fue la Junta de Vacuna, institución que en 1812 llegó a vacunar 2.729 personas contra la viruela. La educación fue motivo de especial preocupación del gobierno de Carrera. En enero de 1813, se levantó el primer censo escolar de la República que  “registró en la capital únicamente siete  escuelas,  con seiscientos sesenta y cuatro alumnos, en una población de  cincuenta mil habitantes” (38). Ese mismo año, se fundó  el Instituto Nacional  con  el fin de promover el estudio de “las ciencias, artes y oficios, instrucción militar (…) Desde la instrucción de las primeras letras  se  hallarán  allí clases para todas las ciencias y facultades útiles a la razón y las artes; se hallarán talleres de todos los oficios, cuya industria sea ventajosa a la República” –señalaba el título XI, sección I, del Instituto.

Camilo Henríquez destacaba la importancia del Instituto Nacional en los siguientes términos: “Es necesario proteger la industria, y es indispensable domiciliar  entre nosotros los conocimientos útiles. Para tener hombres que posean los conocimientos y de que  pende el adelantamiento de las minas y demás producciones del reino, y que éstos sean en número suficiente a cubrir todos los puntos que  exigen sus atenciones, con unos costos tolerables sin el riesgo de ser el juguete de los charlatanes, es forzoso que se formen aquí; es forzoso que este género de estudios se establezcan entre nosotros. Ellos están comprendidos en el plan del Instituto Nacional (39).

Durante  el  gobierno  de Carrera se fomentó la instrucción de la mujer, como se desprende del decreto de agosto de 1812: “La indiferencia con que miró el antiguo gobierno la educación del bello sexo, es el comprobante menos equívoco de  la degradación con que era considerado el americano.   Parecerá  una paradoja que la capital de Chile poblada de más de cincuenta mil habitantes (con su distrito rural) no haya aún conocido una escuela de mujeres”. Según este decreto, cada monasterio de monjas debía tener la obligación  de suministrar una sala para la escuela de primeras letras de niñas pobres. Los conventos de monjas se resistieron a cumplir la orden del gobierno. El interés de Carrera por la educación está reflejada también en un emotivo gesto familiar: en 1818, en medio del fragor de las luchas intestinas de Argentina, país en el que estaba relegado, “tradujo del inglés un tratado de educación infantil, y envió los treinta pliegos de su manuscrito a su mujer, con estas sentidas palabras: “Es el único obsequio que por la primera vez he hecho a mis hijas” (40).

Con la finalidad de forjar una conciencia  republicana en la juventud, el gobierno de Carrera difundió en las escuelas un catecismo político. El tipógrafo norteamericano Samuel Johnston comentaba en sus cartas sobre Chile que el catecismo político era una medida  “bien calculada para propagar la forma republicana de gobierno, y que demostraba en su autor un profundo conocimiento de la naturaleza humana.

El catecismo político comenzaba de este modo: “¿De qué nación es usted? Soy americano.  ¿Cuáles son sus deberes como tal? Amar a Dios y a mi patria, consagrar mi vida a su servicio, obedecer las  órdenes  del gobierno  y combatir por la defensa y sostén de los principios republicanos. ¿Cuáles son las máximas republicanas? Ciertos sabios dogmas encaminados a hacer la felicidad de los hombres, establecen que todos hemos nacido iguales y que por ley natural poseemos ciertos derechos, de los  cuales  no  podemos  ser legítimamente privados. Se consigna enseguida una larga enumeración de privilegios de que se goza bajo el imperio de la forma republicana de  gobierno,  en  constraste con lo que el pueblo padecía bajo el antiguo régimen colonial de España. Una vez por semana se celebra un certamen escolar público, en el que se ejercita a los niños en el referido catecismo y se otorgan premios a los que se manifiestan saberlo mejor. Se señalan también dos de los muchachos más despiertos para que declamen discursos redactados en forma de diálogo entre un español europeo y un americano, en los cuales aquél sostiene el derecho de conquista como suficiente título del rey a su poder absoluto. El que lleva la representación de América, va armado de fuertes argumentos para sostener su causa basado  en  los  derechos del hombre y concluye por derrotar a su contradictor,  que  acaba  por  convertirse  al  nuevo régimen. Toda esta argumentación aparece redactada en términos claros y sencillos, calculados para que los entiendan aún los de pocos alcances, estando enderezada sólo para instrucción de los que no saben leer o no tienen medios para adquirir libros”(41). Hemos citado “in extenso” esta referencia de un testigo de la época, poco mencionada por los historiadores, porque constituye una de las mejores expresiones del ideario republicano de José Miguel Carrera y de su preocupación porque la campaña de educación política llegara en los términos más sencillos a los sectores populares del naciente Estado.

El gobierno carrerino tuvo que enfrentar la oposición permanente y enconada de “la Iglesia que, como vanguardia de la contrarrevolución, reaccionaba ante las medidas tendientes a acelerar la independencia política, además de  sentirse  afectada  por  el decreto que declaraba exentos de derechos eclesiásticos a los matrimonios y entierros de los pobres y, sobre todo, por la  supresión  de  la  palabra “romana” en el reglamento constitucional de 1812. Carrera fue el primer gobernante chileno dispuesto a tomar medidas contra la Iglesia, como parte de su plan político de desarmar a la contrarrevolución en cuyas filas precisamente militaba la mayoría del clero.

La  oposición  al gobierno de Carrera adquirió un carácter manifiestamente ultraderechista en los momentos más críticos para la independencia chilena: la invasión del ejército realista, dirigido por Pareja. En vez de cerrar filas en defensa del país, la oposición derechista trató de aprovechar la invasión española para derribar a la Junta de Carrera. Los sectores izquierdista acentuaron su decidido apoyo al gobierno y exigieron la aplicación de impuestos forzosos a la burguesía. En una vibrante proclama del 31 de marzo de 1813, José Miguel Carrera declaraba: “ya se borró del diccionario de Chile la funesta voz del moderantismo”. En su “Diario Militar”, anotaba el rechazo a las proposiciones  del  jefe del ejército español: “Yo le contesté asegurándole que debíamos despreciar toda amistad con el virrei y con Sanchez, si se fundaba en sostener los derechos de Fernando; que los pueblos de Chile trabajaban por su independencia”(42).

La campaña militar de Carrera contra la invasión  realista fue saboteanda por los terratenientes, quienes, por encima de todo, exigían garantías para la exportación de su trigo al Perú. En su “Diario” Carrera manifestaba: “Ejemplo de los incapaces que eran aquellos pelucones, siendo dueños de Santiago y de parte de la Concepción, no podían proveer de víveres y caballos  al  ejército; y el enemigo se paseaba por todas partes, con sus fuerzas montadas en excelentes caballos” (43).

A pesar de que la situación comprometía el porvenir de la independencia, los comerciantes también protestaban porque la lucha contra los españoles en la zona de Maule les impedía vender normalmente sus mercaderías. “El orgullo aristocrático -escribía Lastarria- ofendido con la frecuente aparición de  hombres nuevos que, sin timbres de familia y sin más título que su mérito personal ocupan puestos importantes en el ejército o toman parte en los negocios públicos; y la incuria y el egoísmo de gran parte de propietarios, que se resisten a erogar algo de sus rentas para sostener los gastos de la administración y de la guerra, a pesar de que la prensa los estimula con razonamientos enérgicos y aun de los campesinos que se despojan  gustosos de los objetos de su uso para contribuir a la defensa de la patria, son también estimulos poderosos que vienen a propagar el descontento”(44).

Los intentos inmediatos de la oposición triunfaron transitoriamente con el reemplazo de Carrera por O’Higgins y luego por Lastra en la Junta de Gobierno. El símbolo del nuevo curso derechista fue el tratado de Lircay en 1814, negociado por el comodoro Hillyard, de Inglaterra, entonces aliada de España.

Gran parte de la burguesía criolla, enterada de la derrota de Napoleón y del retorno de Fernando VII al trono en 1814, se apresura firmar un tratado que pusiera a cubierto sus intereses más concretos, renegando de todas las medidas adoptada por Carrera a favor de la independencia política. La vergonzosa capitulación de los sectores derechistas de la burguesía criolla se reflejaba en uno de los acápites del Tratado de Lircay: “Chile, deseoso de conservarse para su legítimo rey y huir de un gobierno que lo entregase a los franceses, eligió una Junta  Gubernativa  (la  del 18 de septiembre de 1810)  compuesta de sujetos benemeritos (…) Se reunió efectivamente el congreso de sus diputados, quienes en su apertura juraron fidelidad a su rey Fernando VII, mandando a su nombre cuantas órdenes y títulos se expidieron, sin que jamás intentasen ser independientes del rey de España libre ni faltar al juramento de fidelidad (…) Hasta el 15 de noviembre de 1811 quedó todo en aquel estado y entonces fue cuando por fines e intereses particulares, y con la seducción de la mayor parte de los europeos del reino, fue violentamente disuelto  el  congreso por la familia de los Carrera (…) Así es como durante el tiempo de aquel despotismo, se alteraron todos los planes y se indicó con signos alusivos -la bandera, el escudo- una independencia que no pudieron proclamar solemnemente por no estar seguros de la voluntad general” (45).

El ala izquierda carrerina se levantó contra la indigna capitulación de los sectores más vacilantes de la  burguesía  criolla  y al grito de “Viva la Pancha” –alusión a Javiera Carrera- repuso en el poder a José Miguel el 2 de julio de 1814. El segundo gobierno de Carrera, plenamente consciente de la situación, aceleró el proceso revolucionario imponiendo, medidas contra los curas reaccionarios y empréstitos forzosos a los realistas y a los terratenientes criollos por valor de 300.000 pesos y 136.000 pesos respectivamente, con el fin de financiar el ejército. “Se impuso -dice Carrera en su “Diario” una contribución de 400.000 pesos sobre los europeos  o  hijos  del país, cuya indiferencia por nuestra libertad era manifiesta. Se echómano de la plata labrada de las iglesias y se dieron órdenes terminantes para que pagasen los que fuesen deudores del tesoro para  asegurar  la tranquilidad interior y cortar de  raíz la seducción con que los sarracenos procuraban desanimar, nuestras tropas, fue indispensable aterrarlos,  apresando, desterrando y expatriando 85 frailes y 70 de los principales godos”(46).

La nueva Junta, entre cuyos integrantes se destacaba Julián Uribe por su tendencia plebeya, hizo denodados esfuerzos para organizar la resistencia contra la invasión española, pero fue saboteada por los sectores derechistas. “Empezó la huelga de brazos caídos;  el  retraimiento general, que iba a impedir al gobierno organizar nada delante del avance de Osorio y que los historiadores del siglo pasado, disimularon de acuerdo con el difunto concepto que erigía la historia en cátedra de educación cívica”(47). O’Higgins, dirigente en aquel período de la oposición burguesa de centro, coronó los desaciertos al desconocer  la Junta de Carrera, exigir la convocatoria a un Congreso Nacional en momentos en que los españoles estaban a las puertas de Santiago y romper el frente único de los criollos al avanzar desde el sur contra las fuerzas de Carrera. El combate entre las tropas de Carrera y las de O’Higgins en las Tres Acequias el 26 de agosto de 1814 fue la  antesala  del  desastre de Rancagua, porque exacerbó los roces entre los patriotas, debilitando la unidad del ejército nacional.

La interminable discusión entre o’higginistas  y carrerinos sobre quién fue el responsable del desastre  de Rancagua es el resultado del apasionamiento de dos bandos de escritores que sobreestiman el papel de los héroes en la  historia.  En  rigor,  existieron causa objetivas muy profundas, generadas con anterioridad, que condicionaron el desastre. La derrota de Rancagua fue el producto de tres años de sabotaje, boicot y oposición cerrada de la derecha y el centro burgués a la labor revolucionaria del gobierno de los Carrera. En Rancagua no podía triunfar un ejército  minado  por  una lucha intestina entre bandos irreconciliables ante una fuerza militar española, disciplinada y homogénea que se había mostrado capaz de hacer retroceder a los criollos en  anteriores combates. La deserción de la mayoría burguesa, su  espíritu derrotista  y capitulante, sintetizado en el Tratado de Lircay y en la emigración a Cuyo antes del desastre de Rancagua, facilitaron el triunfo español. El cierre de la frontera decretado por Uribe para impedir la huída de los cobardes y el intento postrero de Carrera para organizar la resistencia en Coquimbo –paso táctico no tan descabellado, como opinan ciertos historiadores, ya que San Martín lo propuso en 1817 en caso de derrota- expresaban la voluntad inquebrante del ala izquierda carrerina para defender hasta las últimas consecuencias la independencia política del país.

Bibliografía:

(15) EULOGIO ROJAS MERY: El general Carrera en Chile, p. 18, Stgo. 1951.

(16) JOSE MIGUEL CARRERA: Diario Militar, Colección de Historiadores y Documentos relativos a la Independencia de Chile, T. I, p. 30, Stgo. 1900.

(17) Ibidem, p. 49.

(18) AMBROSIO VALDES C.: Revolución Chilena y campañas de la Independencia, p. V 2º edición, Stgo. 1888.

(19) MELCHOR MARTINEZ: op. cit., p. 151.

(20)Ibid., p 139.

(21) JULIO ALEMPARTE: Carrera y Freire, p. 40 y 41, Ed. Nascimento, Stgo., 1963.

(22) BARROS ARANA, IX, 184.

(23) Citado por PEDRO LIRA URQUIETA: José Miguel Carrera, p. 75-76, Ed. Andrés Bello, Stgo., 1960.

(24) LA AURORA DE CHILE: números del 4 de junio y del 8 de octubre de 1812.

(25) BARROS ARANA, VIII, 405.

(26) DOMINGO AMUNATEGUI S.: Dos franciscanos revolucionarios, Rev. Chilena de Historia y Geografía, Nº 108, 1946, P. 6.

(27) SESIONES DE LOS CUERPOS LEGISLATIVOS, 1811 A 1845, Tomo I, p. 357 a 359.

(28) MARCELO SEGALL: Desarrollo del capitalismo en Chile, p. 27, Stgo. 1953, y Las luchas de clases en las primeras décadas de la República, p. 6, Stgo. 1962.

(29) M.A TALAVERA: Diario…, cit. por BARROA ARANA, VIII, 477.

(30) ROBERTO HERNANDEZ: Valparaíso en 1827, p. 86-87, Imp. Victoria, Valpaso., 1927.

(31) BARROS ARANA, VIII, 513.

(32) SAMUEL B. JOHNSTON: Cartas escritas durante una residencia de tres años en Chile, traducidas y prolongadas por José T. Medina, Anales en noviembre-diciembre 1916 comienza la publicación; la cita correspondiente al número siguiente, p. 23.

(33) Bando del 17 de enero de 1812, citado por BARROA ARANA, VIII, 512.

(34) BARROS ARANA, VIII, 512.

(35) Ibid, VIII, 494.

(36)BENJAMIN VICUÑA MACKENA: La Edad de Oro en Chile, p. 214, segunda edición, Ed. Francisco de Aguirre, Buenos Aires.

(37) JULIO CESAR JOBET: Doctrina y Praxis de los educadores representativos chilenos, p. 63, Ed. Andrés Bello, Santiago, 1970. Este libro de Jobet constituye uno de los primeros enfoques marxistas de la Historia de la Educación en Chile.

(38) MIGUEL LUIS AMUNATEGUI: Camilo Henríquez, T. I, p. 63, citado por Jobet: op. cit., p. 140.

(39) JULIO ALEMPARTE: OP. CIT., P 49.

(40) SAMUEL B. JOHSTON: op. cit., p. 95-96.

(41) JOSE MIGUEL CARRERA: Diario Militar… op., p. 158.

(42) Ibid. p. 264.

(43) JOSE V. LASTARRIA: op., cit., p. 136.

(44) Citado por JORGE CARMONA YAÑEZ: Carrera y la Patria Vieja, p. 345-346, Santiago, sin fecha de edición.

(45) JOSE MIGUEL CARRERA: Diario… po. Cit., p. 389.

(46) JOSE MIGUEL CARRERA: Diario… op. cit, p 389.