Papel de América Latina en la acumulación originaria capitalista de Europa   

por Luis Vitale //

La  revolución  industrial no  sólo  fue producto  de  fenómenos internos  de  Inglaterra o  Francia  sino  el   resultado   de  un   largo   proceso  de   acumulación   mundial  de   capital,   extraído  fundamentalmente de la explotación colonial proveniente de Asia, Africa y América.

Existen diferentes  opiniones  acerca de  las  repercusiones que  tuvo  en  la  generación del  capitalismo  europeo la  extracción  de metales  preciosos  y materias  primas  provenientes de  la  colonización americana.  Mientras  algunos manifiestan  que  el oro  y  la plata  americanos  no jugaron  el  papel tan  decisivo  que se  les  atribuye, otros, como Perry Anderson, sostienen que la conquista  de  América fue  “el  acto singular  más  espectacular de  la  acumulación originaria  del  capital europeo” (36).

Ya Marx había apuntado en 1847 que “en el siglo XVI, la cantidad de oro y plata en circulación en  Europa  aumentó a  consecuencia  del descubrimiento  de  las minas  americanas,  más  ricas  y fáciles de explotar. El resultado fue que el valor del oro y de la plata disminuyó con relación al de otros artículos de consumo (…) el salario disminuyó porque a cambio de la misma cantidad de dinero  recibían una  cantidad  menor de  bienes.  Este fue  uno  de los  factores  que favoreció  el  crecimiento del capital y el ascenso de la burguesía en el siglo XVI” (37). Por eso resulta insólita la afirmación de Ciro Cardoso: “es falsa la creencia de que (…) el núcleo desde la semiperiferia y la periferia hayan sido el factor central en el surgimiento del capitalismo” (38).

Pierre Vilar sostiene que las ganancias de los empresarios europeos se hicieron a expensas de los  trabajadores  mineros latinoamericanos:  “la  intensidad de  la  acumulación monetaria  en  Europa, condición  para  la instalación  del  capitalismo, dependió  del  grado de  explotación  del trabajador  americano  (…) La  acumulación  primitiva del  capital  europeo dependió  tanto  del esclavo cubano como del minero de los Andes” (39).    Hamilton ha calculado en 500 millones de pesos en oro el monto de lo trasladado de América por  los españoles  hacia  Europa, entre  1503  y 1660.  Las  cuatro quintas  partes  de la  producción  mundial de  metales  preciosos provenía  de  América Latina.  Enrique  Semo afirma  que  “las colonias  americanas  le produjeron  a  España aproximadamente  hasta  1518, alrededor  de  70.000 pesos anuales, un total de 1.2 millones hasta 1554. Después de la conquista del Perú, el ingreso anual subió  a  3.5 millones  y  llegó en  tiempos  de Felipe  II  a 45  millones”(40).  En 1626  un  alto funcionario de la corona, Pedro Fernández de Navarrete, “computaba los ingresos hasta su época en 1.536  millones,  mientras el  ilustre  doctor Sancho  de  Moncada, lamentando  la  escasez de  dinero, ya advertida en la Península, admite el dato de que los ingresos registrados de América habían sido de 2.000 millones sólo en el siglo XVI” (41).

La Cambridge  History of  the  British Empire  ha  reconocido que  los  empresarios ingleses  obtuvieron entre 200 y 300 millones de libras inglesas en oro de beneficio por el trabajo esclavo en las Indias occidentales. Las ganancias obtenidas por Francia en el tráfico de esclavos durante el siglo XVIII ascendieron a 500 millones de libras francesas oro. Más todavía, poco antes de la revolución burguesa de 1789, las dos terceras partes del comercio exterior francés provenía de la explotación  de Las  Antillas,  especialmente del  azúcar haitiano.  En fin,  puede  afirmarse que  América latina se constituyó en la periferia colonial más importante del capitalismo europeo en formación.

Las  islas antillanas  del  azúcar fueron  uno  de los  basamentos  de la  acumulación  originaria, especialmente en los siglos XVII y XVIII en que el azúcar se convirtió en uno de los productos básicos  del  mundo. Los  políticos  y escritores  ingleses,  entre ellos  John  Ashley en  1744,  reconocieron que el azúcar fue uno de los factores claves en la acumulación de capitales para el ulterior desarrollo manufacturero.   El azúcar brasileño del siglo XVI y parte del XVII contribuyó a la acumulación originaria del capital en los Países Bajos sobre la base de la comercialización y el transporte de dicho producto controlado  por  Holanda. Durante  el  siglo XVIII,  el  oro y  los  diamantes del  Brasil  aportaron en  gran medida al fondo de acumulación que permitió el despegue industrial, porque esos minerales preciosos  pasaban  a Lisboa  y  de allí  a  Londres. Con  toda  razón se  ha  dicho que  “entre  1700 y  1770,  el comercio  anglo-portugués  contribuyó sustancialmente  al  desarrollo de  la  economía inglesa ” (42).    Celso  Furtado  ha remarcado  también  la importancia  de  Brasil en  relación  al proceso  de  acumulación originaria de capital inglés: “Para Inglaterra, el ciclo del oro brasileño proporcionó un  fuerte estímulo  al  desenvolvimiento  manufacturero,  una gran  flexibilidad  a  su  capacidad de  exportación y permitió una concentración de reservas que hicieron del sistema bancario inglés el principal centro financiero de Europa” (43).  La acumulación de capital en este período -dice Mandel- superó millones de libras inglesas en oro,  es  decir, más  del  valor total  del  capital invertido  en  todas las  empresas  industriales hacia  1800 (44).

Los europeos hicieron sustanciosas inversiones en las materias primas de América, obteniendo altas cuotas de ganancia que reforzaron el proceso de acumulación originaria. (45 y 46)    Estas cifras demuestran que el despegue industrial de Inglaterra y Francia no fue el resultado de las  virtudes tan  ideológicamente  sobreestimadas  de  los  Europeos, sino  el  producto de  la  explotación de millones de indígenas y esclavos negros. Como decía Marx, el capital advino al mundo  “chorreando  sangre y  lodo,  por todos  los  poros, de  la  cabeza a  los  pies (…)  el  descubrimiento  de  los  yacimientos de  oro  y plata  de  América, la  cruzada  de exterminio  y  sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las  Indias orientales,  la  conversión del  continente  africano en  cazadero  de esclavos  negros:  son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria” (47).

      Esta  acumulación originaria  de  capital, hecha  a  base de  la  explotación colonial  de  América Latina  tuvo  dos fases:  una,  la del  siglo  XVI y  parte  del siglo  XVII,  en que  la  extracción de  metales  preciosos fue  la  base de  la  acumulación; y  otra,  la  de  fines del  siglo  XVII y  todo  el XVIII, en que las plantaciones, el oro del Brasil y la plata, fueron los principales productos que contribuyeron a la acumulación, junto a otra mercancía: los esclavos de Africa.    Millones de esclavos negros fueron trasladados al continente americano, especialmente durante los  siglos  XVII y  XVIII,  a través  de  un sistema  de  comercio triangular,  que  consistía en  llevar  manufacturas de Europa al Africa; allí se cambiaban por esclavos y, luego, éstos eran vendidos en América, de donde se llevaban el oro, la plata y las materias primas de vuelta para colocarlos en  los mercados  europeos.  El comercio  triangular  y  la  explotación del  trabajo  de  los  negros e  indígenas produjo altísimas cuotas de ganancia a los colonizadores. Parece una paradoja histórica el  que relaciones  de  producción precapitalistas  -como  la esclavitud  negra  y la  mita  indígena- hayan contribuído de modo tan decisivo al desarrollo del moderno capitalismo europeo.       Asia  participó  en menor  medida  que Africa  y  América en  el  fenómeno de  la  acumulación originaria. Las culturas de China y la India, especialmente, pudieron defenderse mejor del saqueo y la colonización, por lo menos hasta fines del siglo XVIII. No obstante, los europeos obtuvieron suculentas  ganancias vendiéndoles  metales  preciosos de  América  a cambio  de  “especies”  y manufacturas  chinas  e indhúes  que  después vendían  a  precios elevados  en  Europa. Pierre  y  Huguette Chaunu  sostienen  que “fue  sólo  el comercio  con  América lo  que  permitió a  Europa  desarrollar su comercio con Asia.” (48).    Para Andre G. Frank, existieron dos triángulos comerciales: el asiático-oriental y el atlántico, el primero de los cuales se formó antes de la colonización americana. “En términos de acumulación de  capital  a escala  mundial,  el intercambio  de  productos asiáticos  por  la plata  americana  producida con  trabajos  forzados representaba  un  intercambio desigual  que  beneficiaba  a los  europeos a expensas de los asiáticos (y, por supuesto, de los latinoamericanos), y así lo vieron los mercaderes y mercantilistas contemporáneos que encontraban que la plata americana obtenía su mejor precio en Asia, medido tal precio en excedentes realizables en Europa”. (49)

Los  empresarios  europeos hicieron  otro  negocio con  el  impacto inflacionario  que  provocó el  oro  y la  plata  de América  Latina,  especialmente en  el  imperio otomano,  el  imperio más  grande  del mundo  en  el siglo  XV.  “El influjo  de  los metales  preciosos  americanos en  la  Europa renacentista se había abierto paso hasta el imperio turco en las últimas décadas del siglo (XVI)” (50).    El alud de oro y plata de América Latina desencadenó la llamada “revolución de los precios”, la inflación y el descenso de los salarios reales. Mientras los precios subían más de 4 veces, los salarios se estancaban, lo cual se constituyó en una fuente de la acumulación originaria. Otra, fue el negociado que hicieron los traficantes de armas para América y las contínuas guerras entre los países europeos. El surgimiento de la deuda pública, del préstamo en forma de valores de Estado negociables en  la  bolsa, fue  otro  factor que  coadyuvó  a la  acumulación  originaria, como  asi  mismo el pillaje de América Latina, Asia y Africa.  Uno de los países que más rápidamente se enriqueció por vía del pillaje fue Inglaterra. El pirata Drake,  respaldado  por la  reina  Isabel, saqueó  a  los galeones  españoles  más de  600.000  libras esterlinas en una década. Beard estima que bajo el reinado de Isabel, los piratas se apropiaron de 12 millones de libras esterlinas.

Estos y  otros  métodos de  violencia  hicieron decir  a  Marx: “Los  diferentes  momentos de  la  acumulación originaria  se  distribuyeron más  o  menos, en  sucesión  temporal, entre  España,  Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. En Inglaterra se sintetizan sistemáticamente a finales del siglo XVII en el sistema colonial, el sistema de la deuda pública, el moderno sistema fiscal y el sistema  proteccionista.  Estos métodos  se  basan parcialmente  en  la violencia  más  brutal, por  ejemplo, el sistema colonial.” (51).       El  proceso de  acumulación  originaria estuvo  íntimamente  ligado con  la  creación del  mercado  mundial. Mandel  sostiene  que la  inaguración  del mercado  mundial  de mercancías  fue  “la transformación  más  importante de  la  humanidad desde  la  revolución metalúrgica”.(52)  De  este  modo, se  aceleró  el desarrollo  del  capital y  del  intercambio comercial.  Como  decía Marx:  “La  biografía moderna  del  capital comienza  en  el siglo  XVI  con el  comercio  y el  mercado  mundiales”(53).    En las últimas décadas, numerosos autores han minimizado el papel del capital comercial en el proceso de gestación del modo de producción capitalista, motejando de “circulacionista” a quien se atreva a poner de manifiesto su relevancia. El argumento principal de algunos autores, como Theotonio Dos Santos, es que en la antigüedad romana existió capital comercial y no por ello se accedió  al capitalismo.  Creemos  haber demostrado  que  el capital  comercial  de la  formación  social europea de los siglos XIV al XVII cumplió un papel diferente al del capital comercial de la época  romana, contribuyendo  a  la acumulación  originaria,  que promovió  la  inaguración de  nuevas formas de producción a través de la industria a domicilio y la manufactura.

Aunque  el  comercio es  una  actividad que,  en  sí misma,  no  engendra riqueza,  sus  intereses inmediatos  condujeron  al descubrimiento  y  colonización de  regiones  que jugaron  un  rol definitivo en el auge de la manufactura y el posterior advenimiento de la Revolución Industrial. Los viajes por Africa y América dieron origen a la formación del mercado mundial, inagurando una nueva  etapa  en la  historia.  En síntesis,  el  capital comercial  no  conlleva necesariamente  al  régimen burgés  pero  sería ahistórico  desconocer  su influencia  directa  en la  génesis  del sistema  capitalista.    En rigor, una parte sustancial de la revolución industrial fue financiada por el aporte colonial -no  voluntario, por  supuesto-  de los  metales  preciosos y  las  materias primas  al  fondo de  acumulación    originaria.    Mandel   sostiene    que    estos   productos    coloniales    financiaron    “directamente  la fundación  de  manufacturas y  fábricas,  dando así  un  impulso decisivo  a  la revolución industrial”. (54). La acumulacion originaria de estados unidos

La  “contribución”  de América  Latina  al proceso  de  acumulación originaria  mundial  ha sido  especialmente estudiado en relación a la Europa capitalista naciente, pero poco analizado para el caso  estadounidense.  Sin embargo,  existen  pruebas fehacientes  que  demuestran el  “aporte”  significativo de  América  Latina al  desarrollo  del capitalismo  norteamericano  en  su  fase de  acumulación de capital, en el momento preciso para el despegue de Estados Unidos.       Hasta el  siglo  XVIII, el  proceso  de acumulación  en  este país  había  sido lento.  Su  condición colonial había determinado que gran parte del excedente se drenara a la metrópoli inglesa por vía de impuestos,  transporte  e importación  de  manufactura. Otra  parte  del excedente  quedaba  en manos  de  los colonos,  pero  no era  significativo  porque en  el  primer siglo  de  la conquista  no  encontraron oro  ni  mano de  obra  que explotar.  Los  indígenas eran  escasos  e indomables.  La  pobreza de  recursos  naturales, la  ausencia  de metales  preciosos  y la  escasez  de mano  de  obra condicionaron una sociedad de emprendedores artesanos y agricultores en el Norte.

Los  colonos nunca  dejaron  de reafirmar  su  autonomía relativa,  rebelándose  en Las  Carolinas,  en 1663,  lo  que ha  conducido  erróneamente a  calificarlas  de feudales.  En  realidad, en  Carolina  del Sur  se  formó una  Asamblea  de representantes  del  pueblo que  reivindicó  el derecho  al  gobierno local,  ejemplo  que siguieron  los  calvinistas de  Massachusetts  y  los  cuáqueros de  Fidadelfia y Pensylvania.     En la  zona  norte surgió  la  agricultura, pesca,  ganadería  y la  explotación  de pieles,  cueros  y lanas, además de astilleros y una fuerte burguesía comercial: Inglaterra prestó más atención al sur por  las  posibilidades de  desarrollo  de una  economía  de plantación:  tabaco,  arroz, añil  y,  sobre todo, algodón, en auge a aprtir del siglo XVIII.       El  proceso   masivo   de  acumulación   de   capital  comenzó   con   la  piratería,   el   pillaje,  el   contrabando,  el tráfico  de  esclavos y  el  comercio de  mieles  y  azúcares.  El transporte  de  mercancías de otras colonias y naciones permitió también una importante cuota de acumulación de  capital. Estados  Unidos  contaba a  fines  del siglo  XVIII  con la  segunda  flota mercante  del  mundo, después de Inglaterra, gracias al desarrollo de sus astilleros. En 1750, la industria naval de Estados Unidos fabricaba el 30% de los barcos Ingleses.

Los  buques  piratas norteamericanos  asaltaban  las flotas  españolas  cargadas de  metales  preciosos, de azúcar, café, cacao y otras mercancías que navegaban por el caribe. La magnitud de estos actos de piratería fue tan notable que “se ha llegado a afirmar que en algunos períodos fue uno  de los  principales  ingresos de  Estados  Unidos”(55).  Grandes magnates,  como  Asa Clap  e  Israel Thorndike,  se  iniciaron como  piratas  o corsarios.  En  1702, los  norteamericanos  se apoderaron en la bahía de Matanzas del galeón español “Jesús de Nazareno”, cargado de un rico botín. En 1774 había 113 corsarios norteamericanos dedicados a atacar al comercio español del Caribe.  “En el  apogeo  de la  piratería  obtenía (EE.UU.)  un  capital estimado  en  100.000 libras  esterlinas  anuales”(56).  El contrabando  fue  otra de  las  actividades que  facilitó  la acumulación  originaria.  Rhode Island  llegó  a percibir  40.000  liibras anuales  por  contrabando y  tráfico  de esclavos.

La compra de azúcares y mieles de las Antillas permitió a Estados Unidos instalar las primeras destilerías,  productoras  de un  ron  de excelente  calidad.  “Durante un  siglo  Massachusetts había  estado  fabricando el  mejor  ron de  las  Antillas, el West Indian Rum, vendido generosamente en Inglaterra  y dado  obligatoriamente  a  los  soldados del  imperio”(57).  A cambio  del  azúcar, los  norteamericanos  vendían harina,  maíz,  trigo y  otras  mercancías y  se  encargaban del  transporte.  En 1769  exportaban  a las  Antillas  por valor  de  800.000 libras  esterlinas;  pero importaban  de  Inglaterra diez  veces  más de  lo  que vendían;  el  déficit lo  pagaban  en productos  vendidos  a  las  Antillas. Benjamín Franklin, representante de Pensylvania, manifestaba en la Cámara: “Pagamos la diferencia gracias a los productos que llevamos a las Antillas”.     Los norteamericanos  cobraban  en  efectivo  las mercancías  vendidas  a Jamaica  y  otras islas  inglesas,  francesas y  holandesas.  Pensylvania exportaba  por  valor de  700.000  libras esterlinas  entre 1763 y 1766 y Nueva Inglaterra más de medio millón. Entre 1771 y 1773 las exportaciones de  Estados  Unidos a  las  Indias occidentales  ascendieron  a  dos  milllones de  libras  esterlinas trasportadas por quinientos barcos, sin contar el contrabando.    Estados Unidos era el principal vendedor de harina a las Antillas y Venezuela; a partir de 1790 la harina norteamericana empezó a desplazar a la mexicana de los mercados del Caribe. También vendía harinas y esclavos a Puerto Rico a cambio de mieles y azúcar. Cuba, Haití y Puerto Rico fueron  las  colonias que  más  contribuyeron a  la  acumulación originaria  de  capital en  Estados  Unidos.

El transporte, realizado por la segunda flota del mundo, fue una de las fuentes principales de la acumulación. “A la ruptura del monopolio ibérico, de 1797 a 1808, los Estados Unidos, situados en  primer plano  por  su condición  de  neutrales y  por  su marina  mercante,  ocuparon el  primer  lugar en el comercio con América Latina.” (58).       En  el fondo,  las  Antillas financiaron  la  industrialización  norteamericana.  El desarrollo  manufacturero  fue el  resultado  de la  acumulación  originaria producida  por  el contrabando,  la  piratería, el  transporte,  los excedentes  agropecuarios  y, fundamentalmente,  la  explotación de  mano  de obra  barata.  André Gunder  Frank  opina con  razón  que el  desarrollo  industrial del  noreste  norteamericano  en el  siglo  XVIII no  se  debió a  su  mercado interno,  como  se ha  dicho,  sino que “dependió en gran medida del mercado externo de exportación” (59).

El  mercado  interno era  muy  estrecho e  insuficiente  para un  despegue  industrial. Las  escasa  manufacturas, como cordajes, velas, lonas, zapaterías, destilerías etc., estaban dedicadas más a la exportación que al interior de Estados Unidos.    Antes  de  la Independencia,  Estados  Unidos tenía  coartado  su desarrollo  por  su condición  colonial. La guerra de la Independencia (1776-1781) fue el inicio de la revolución democrático-burguesa,  encabezada por  los  comerciantes, banqueros,  manufactureros  del norte  y  hacendados esclavistas  del  sur. Pero  fue  una revolución  inconclusa  porque no  eliminó  la esclavitud  y  se mantuvo subordinada a la estructura industrial de Inglaterra. Tuvo que realizarse la guerra civil del siglo XIX para culminar el proceso democrático-burgués.    En represalia por la Independencia, Inglaterra cerró a los Estados Unidos el comercio con las Antillas, coartándoles el suministro de azúcar para las destilerías. A partir de entonces, Estados Unidos acentuó su comercio con las Antillas españolas, especialmente con Cuba y Puerto Rico y, posteriormente, con Haití, una vez independizada de Francia.   El despegue capitalista de Estados Unidos se vio favorecido también por su pronta revolución agrícola.  En  1783 apareció  un  tratado sobre  Agricultura  en  el  que se  planteaba  la siembra  en  surcos, en  lugar  de “al  boleo”  y la  rotación  de cultivos.  En  1797 se  fabricó  el  primer arado  de  hierro forjado.

      Al  mismo tiempo,  la  demanda de  materias  primas de  la  industria textil  europea  estimuló la  producción de algodón a fines del siglo XVIII, reforzando la tendencia a la importanción masiva de  esclavos. El  algodón  se constituyó  en  el principal  producto  de exportación  de  los Estados  Unidos.       Uno de  los  hechos más  relevantes  fue la  inversión  de capitales  norteamericanos  en Cuba.  Moreno  Fraginals sostiene  que  “es indudable  que  hubo un  enorme  capital norteamericano  inversionista  y que  desde  la década  de  1780 fue  levantando  ingenios”  (60). Esto  significa  que antes de la fase imperialista hubo un proceso de inversión de capitales, no solamente de Estados Unidos sino también de Inglaterra, Francia y Holanda en la región del Caribe.

¿PROTOIMPERIALISMO EN LA FASE DE ACUMULACION ORIGINARIA?

Parece  una paradoja  que  en la  fase  de acumulación  originaria  de capital  para  el despegue  industrial,  las potencias  europea  y norteamericana  hayan  invertido capital  en  empresas agrarias  coloniales.       Hemos  demostrado   que   tanto  Inglaterra   y   Francia  como   Estados   Unidos  extrajeron   significativos  excedentes de  sus  inversiones en  las  Indias Occidentales.  No  se trataba  de  meras empresas  comerciales  sino de  una  fuerte inversión  de  capital que  sobrepasaba  la inversión  realizada en sus industrias manufactureras y siderúrgicas metropolitanas.

Cabe entonces plantearse al siguiente problema teórico: ¿En qué medida la inversión de capital financiero  es característica  exclusiva  de la  fase  imperialista?.  Es obvio  que  el capitalismo  experimentó un salto cualitativo a fines del siglo XIX al entrar a una fase superior, pero uno de sus  rasgos  distintivos -la  exportación  de capital-  había  estado madurando  desde  hacía por  lo  menos un siglo.

A las fuertes inversiones inglesas, francesas, holandesas y norteamericanas en los ingenios de la  región del  Caribe  durante el  siglo  XVIII, le  siguieron  las inversiones  en  menor escala  en  la minería  latinoamericana,  como por  ejemplo  en La  Rioja  (Argentina) y  en  el Norte  chileno  durante la  década  1820-30, aunque  sin  el éxito  esperado.  Los norteamericanos intensificaron  la  inversión de capitales en las empresas azucareras de Cuba a lo largo del siglo XIX.

Pararlelamente,  comenzó a  mediados  del siglo  pasado  la inversión  en  telecomunicaciones  y ferrocarriles   en   América  Latina,   es   decir,  inversiones   de   capital  no   destinadas   al  área   directamente  productiva, fenómeno  que  caracterizó la  inversión  de capital  extranjero  en los  primeros ochenta años del siglo XIX.     Por  eso, estimamos  que  el proceso  de  inversión capitalista  en  el extranjero  a  fines del  siglo  XVIII y comienzos del XIX tuvo la especificidad de darse en el sector productivo, lo que llama a reflexionar e investigar más a fondo acerca de sus rasgos protoimperialistas.

La relación entre metrópolis y colonias hispano-lusitanas se ha estudiado fundamentalmente a la luz del intercambio comercial. Pero se ha descuidado el alcance de la inversión de capital. En América Latina colonial, además de la inversión de capitales españoles y portugueses -que no ha  sido  debidamente investigada-  se  dieron inversiones  de  otros países  europeos,  como las  de  Holanda en los ingenios azucareros de Brasil a principios del siglo XVII, las de Estados Unidos en  las explotaciones  azucareras  cubanas (siglos  XVIII  y  XIX)  y las  inglesas  y francesas  en  los ingenios de las Antillas. Cabe entonces investigar el significado de la inversión de capital en el período que precedió a la fase imperialista porque, sin duda, desempeñó un papel importante en el proceso de acumulación originaria que permitió el despegue industrial.

(Capítulo II de la Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina)