Restauración neoliberal en América Latina

por Jesús González Pazos //

Distintas corrientes de pensamiento político y los poderes mediáticos correspondientes nos hablan desde hace tiempo de que América Latina, después de dos décadas de gobiernos de izquierda y de su hipotético fracaso, asiste hoy a la restauración neoliberal como única alternativa viable. Sin embargo, es muy posible que el inicio de este proceso de restauración no sea resultado de estos últimos dos o tres años y fruto principalmente del agotamiento del modelo progresista, tal y como nos pretenden hacer creer.

La restauración neoliberal tiene sus raíces evidentes, por lo menos hace ya casi una década. Concretamente desde el golpe de estado en Honduras, en 2009. Aunque si fuéramos muy rigurosos, los primeros asaltos se producen en Venezuela con el fracasado golpe contra el presidente Hugo Chávez en 2002, el paro patronal petrolero y el boicot económico continuado. Es decir, los intentos de restauración neoliberal son casi paralelos a los primeros pasos de los gobiernos progresistas mostrando así un irrespeto absoluto a los propios procesos democráticos que estos sectores neoliberales y oligárquicos decían defender. Nunca aceptaron sus derrotas precisamente en aquel campo, el de la democracia representativa, que consideraban suyo. Las transiciones a la democracia al estilo español se habían convertido en la forma de gobierno idóneo para que todo quedara, en cierta forma, bajo el dominio de los mismos sectores oligárquicos que habían dominado la escena dictatorial, aunque ahora con una apariencia democrática; como se suele decir en el estado español, que “todo quedara atado y bien atado”.

Pero, tal y como explicitó uno de los principales defensores del neoliberalismo, S. Huntington, la democracia no es necesariamente para todos y especialmente tiene sus límites para el caso de que no opere en función de los intereses del sistema. “La democracia es sólo una de las maneras de constituir la autoridad, y no es necesariamente aplicable universalmente. El funcionamiento efectivo de un sistema democrático requiere cierto nivel de apatía y de no participación por parte de algunos individuos y grupos (…) Hay también potencialmente límites deseables a la extensión indefinida de la democracia política”. Por eso, cuando esa democracia no sirve a los intereses económicos y políticos dominantes, cuando se ha perdido incluso en el campo marcado de la democracia representativa, esos sectores inician un decidido proceso de restauración a cualquier precio: golpes de estado “blandos o institucionales”, impeachments, sabotajes y bloqueos económicos y cualquier acción que sirva para desgastar a los gobiernos legítimos, incluida la acusación de tiranías o dictaduras por muchos procesos electorales que se hayan limpiamente ganado.

Así, un recorrido rápido por la última década en América Latina nos permite identificar claramente golpes de estado exitosos, además del ya citado en Honduras (2009), el institucional en Paraguay (2012) y el impeachment contra Dilma Rousseff en Brasil (2016). Intentos fracasados de golpes más duros como el llamado cívico-prefectural de Bolivia (2008) y el policial en Ecuador (2010). Y a ese modo de accionar siempre ha estado complementariamente unido otro camino que podríamos definir como el del golpe estado económico. El desgaste de las capacidades de transformación de los diferentes gobiernos progresistas ha tenido un eje central en los sabotajes y boicots económicos, generalmente acompañados de presiones en este mismo campo por gobiernos extranjeros como es el caso de Estados Unidos y Europa. Cierto es que al agravamiento de estas actuaciones, no hay que soslayar la crítica, han contribuido también los errores de previsión y planificación, o la falta de decisión firme por el cambio de la matriz productiva (modelo económico primario-exportador altamente dependiente de los mercados) en esos procesos de transformación de muchos de estos gobiernos progresistas.

Llegaríamos, ahora sí, al proceso de restauración neoliberal de los años más recientes, donde los desgastes y agotamientos en algunos gobiernos se han visto sobredimensionados por el ataque redoblado de esta ofensiva que podríamos definir como abiertamente contrarreformista. De esta forma, la tendencia hacia gobiernos progresistas de los primeros años de este siglo XXI se ha visto hoy radicalmente alterada por esa ofensiva de restauración neoliberal y parece que ésta es la dominante hoy en el continente. Hacemos aquí un paréntesis para resaltar que este proceso de restauración no es necesariamente una característica exclusiva de Latinoamérica. Por el contrarío la ola conservadora y derechista se vive igualmente en el norte de ese mismo continente y en la vieja Europa, agravada por un claro ascenso o envalentonamiento de las tendencias más ultras o directamente fascistas, machistas y xenófobas.

Pero América Latina está en estos momentos aplicando elementos previsores cara al futuro para afianzar esa restauración neoliberal. Interesa ahora y de forma complementaria a todo lo hasta aquí señalado introducir un nuevo factor de ese proceso restaurador neoliberal: la difamación, desprestigio y desgaste de los liderazgos populares para hacerlos extensibles, más allá de éstos, a la propia opción política que representaron. Se pretende de esta forma el desprestigio de las opciones progresistas, el famoso “todos son iguales”, y que la población no vuelva a ver en éstas sino un “más de lo mismo”, atajando cualquier veleidad por activar nuevamente verdaderos procesos de transformación.

Y esto explica el trasfondo de los múltiples procesos abiertos por corrupción o similar contra liderazgos que fueron (y pudieran volver a serlo) clave en diferentes procesos populares de las últimas dos décadas. Más allá de la verdad o mentira que pueda acumularse en los procesos contra Rafael Correa, Cristina Fernández de Kichner o Lula da Silva, lo que interesa verdaderamente a la restauración es golpear a los sectores populares con el desencanto y la despolitización. Se trata de conseguir así, algo sobre lo que hablaba Huntington, como es elevar el nivel de apatía y de no participación de determinados sectores. Solo de esta forma se cerrará el paso a futuros posibles procesos antineoliberales, porque precisamente es en estos sectores donde residen las reales capacidades de transformación social, política y económica, tal y como se demostró durante las décadas del llamado ciclo progresista. Por lo que su apatía y no participación garantizaría que la democracia representativa y el sistema volverá a ser controlado por quienes lo diseñaron para su exclusivo beneficio personal y corporativo.

Y si hasta ahora hablamos de la restauración neoliberal en determinados países que fueron parte de ese ciclo de progreso, no se puede olvidar que otra parte de esta restauración reside en el reforzamiento de esa tendencia en aquellos otros países que nunca dejaron de ser parte de ella. Hablamos de países como Perú, Colombia o la práctica totalidad del espacio centroamericano con Guatemala posiblemente como máximo representante de un modelo de país y sistema al servicio enteramente de sus clases oligárquicas y, como dicta el modelo neoliberal, de las transnacionales.

Y todo ello, sin olvidar que ese sistema neoliberal, permanente en unos casos y restaurado en otros, nuevamente emerge desde su fracaso anterior a las últimas dos décadas, que arrastró a las grandes mayorías a la más absoluta miseria en sus condiciones de vida y derechos fundamentales. Emerge desde ese fracaso para volver a mostrar otro (Brasil corrupción y ultraderecha, Argentina al borde de la quiebra y con brutales recortes) que lleve, una vez más, a esas mismas grandes mayorías a un nuevo sistema de pura supervivencia en el empobrecimiento, mientras las élites se seguirán enriqueciendo y controlando las esferas de poder.
Así, todas estas actuaciones, encadenadas, coordinadas y complementarias si bien han podido conseguir poner en cuestión y riesgo a los modelos progresistas de las últimas décadas, tienen, sin duda, otra conclusión evidente. La restauración conservadora neoliberal no solo no es la alternativa a nada pues ya demostró repetidamente su fracaso, sino que se está construyendo sobre el carácter claramente antidemocrático que subyace en las clases dominantes, mercados incluidos, queriendo volver a repetir el viejo sistema de dominación.