Contra la caridad

por Maria Julia Bertomeu //

El texto que comentamos, Against Charity [i], es un manifiesto a favor de la bondad recíproca, igual y fraterna- y, por eso mismo, un largo argumento en contra de la caridad entendida como una relación desigual y no recíproca entre el que da y el que recibe, porque el que recibe no está en condiciones de corresponder.

En el Prólogo y en los primeros capítulos de este “Elogio a la bondad” –que también es una denuncia de la caridad institucional como “estafa” a la bondad-, hay una interesante clarificación etimológica, lingüística y conceptual sobre dos términos que en algún período de su historia fueron coincidentes –incluso utilizando un soporte léxico disímil como lo son la bondad y la caridad-. Así, por ejemplo, nos dicen los autores que un temprano significado de la caridad (institucional) fue justamente el de bondad, entendida como una ‘disposición para el bien’ y ‘los buenos sentimientos’, aunque posteriormente tal estrato conceptual se haya decantado a favor de una caridad institucional entre desiguales.

El sondeo etimológico de los autores muestra que el sustantivo inglés kind (tipo, clase, naturaleza) es la raíz del substantivo kindness (bondad) -de origen germánico- y relacionado con kin (familiar o pariente). Esa etimología alude en sus comienzos a una característica innata (y por eso mismo igualitaria), y más tarde también a la nobleza o cortesía de trato entre los parientes y semejantes, considerados como iguales. Es por ello que los autores encuentran -en este rastreo etimológico- una coincidencia entre bondad, igualdad y fraternidad. En cambio la caridad, especialmente la institucional, perdió su cercanía conceptual original con la bondad –y con la igualdad y la fraternidad-, aunque se intente presentarla como tal, a pesar de la disparidad entre el que da y el que recibe y no puede corresponderle, contrayendo así una ‘supuesta’ deuda que nunca podrá saldar con su benefactor; deuda injusta, fruto de la necesidad y de una injusticia (social) previa.

El texto presentado es, también, un manifiesto a favor de una Renta Básica universal e incondicional –tema por el cual Daniel Raventós, Julie Wark y David Casassas, entre otros, están batallando hace ya muchos años-. Pero, ¿qué pueden tener en común la bondad igualitaria y fraterna con una Renta Básica universal e incondicional? Mucho, y lo veremos a continuación, si entendemos a una Renta Básica universal como un efectivo reconocimiento de un derecho (universal) a la existencia, cosa que haría innecesaria una caridad institucional, con la que se ufanan los ricos, y que las empresas enarbolan como bandera para lavar consciencias vendiendo mercancías lujosas, por ejemplo, una ostentosa y placentera noche en el Hotel de la Vela en Barcelona y, de paso, una colaboración ‘humanitaria’.

Estos temas sobre el ‘capitalismo filantrópico’ o filantrocapitalismo –sin duda alguna un oxímoron – resultan muy bien documentados en el capítulo 8, que cuenta muchas cosas bien interesantes sobre este capitalismo enmascarado, por ejemplo, la transformación de los movimientos filantropistas norteamericanos – los abolicionistas, las luchas por el sufragio femenino, los derechos civiles y pacifistas- todas ellas iniciativas privadas en pos del bien público, convertidos en una filantropía acorde con los tiempos y principios del capitalismo desembridado -para utilizar una de las tantas frases felices de Antoni Domènech, otro de los fervientes defensores de una Renta Básica universal e incondicional –o de un Ingreso Ciudadano, como lo denominamos en Argentina-, y coautor con Raventós de varios trabajos sobre el tema.

Una suma de lógica empresarial, aunada con un utilitarismo muy elemental, dan por resultado un filantrocapitalismo, nos dicen, que evalúa costos y beneficios en términos de resultados cuyos criterios valorativos imponen los supuestos ‘benefactores’, quienes también seleccionan a sus beneficiarios, como no podría ser de otra manera, entre aquellos capaces de devolver la inversión de la manera más rápida y efectiva y que, obviamente, no suelen ser los más necesitados. Comprensiblemente tales ‘benefactores’ multimillonarios – bien considerados bajo una lógica meritocrática burda, además de aristocrática- tienen una influencia enorme para imponer urbe et orbi sus propios candidatos políticos; para distorsionar (o incluso impedir) mediante los subsidios condicionados la investigación local sobre enfermedades endémicas, como la malaria, la enfermedad de los pobres que no tienen dinero para medicamentos; y para ejercer influencia a fin de debilitar a gobiernos democráticos -supuestamente ineficientes- de países que reciben las ayudas de las fundaciones Rockefeller y Gates, entre otras. En el capítulo previo, los autores reconstruyen una breve historia del humanitarismo, entendido como una forma especial de caridad institucional, que opera dentro de un sistema injusto y produce una forma de ‘vasallaje producto de la generosidad de otros’, tal como dicen los autores citando una frase de Saint Exupery a propósito de una ‘supuesta generosidad’ que condena a la indignidad a quien la recibe.

Pues bien, quien se adentre en la lectura del libro no dejará de sorprenderse por la variedad y oportunidad de las citas como la que acabamos de reproducir, y la calidad y multiplicidad de ejemplos –literarios, históricos, pictóricos y filosóficos- elegidos. En el capítulo que estamos comentando hay varios de ilustrativos, como el caso del campo de refugiados Kakuma –administrado por el gobierno de Kenia con ayuda humanitaria de agencias como World Food Program, International Rescue Committee, Don Bosco, y otras- que alberga a más de 180.000 refugiados permanentes infectados de malaria, cólera; mujeres violadas en forma reiterada, y ayudas humanitarias erráticas, que no cumplen los requisitos dietarios en calorías diarias, para poblaciones cuya vida depende de tales ayudas. A pesar de la buena intención de los trabajadores de las agencias, el marco institucional de los poderes globales y su ‘benevolencia’ siempre están a favor de los intereses privados de los pretendidos benefactores.

Hay dos temas centrales del libro que me interesa comentar: en primer lugar el Capítulo 2: Charity is Not a Gift; y los capítulos finales sobre la Renta Básica entendida bajo la órbita de la justicia y los derechos, pero nunca como un tema de caridad.

La caridad no es una donación (gift), bien nos dicen los autores, porque por lo general donar supone reciprocidad. Como dejó dicho Marcel Mauss a propósito de la práctica de la donación en las sociedades primitivas, alguna fuerza tiene lo que se da que hace que el donatario lo devuelva, sin mediar un previo contrato legalmente vinculante.

Obviamente es necesario hacer una distinción entre la caridad institucional y los actos privados de altruismo, bondad y amor por la humanidad, que los hay por cierto. En este sentido institucional –y para marcar una nítida diferencia con la caridad también institucional- los autores indagan en la economía del don (gift economy), una institución muy peculiar, antropológica y etnográficamente interesante, aunque no fácil de entender en una sociedad en la que casi todo es intercambio y mercancía, desde la salud, hasta incluso la propia libertad que se enajena en el trabajo asalariado. La economía del don, en cambio, tiene rasgos propios muy distintos a las transacciones humanas fundadas en intercambios comerciales de bienes y servicios que se venden o cambian por dinero o por otro tipo de mercancía, entre ellos la reciprocidad, como bien lo ha dicho Karl Polanyi en su maravilloso libro El sustento del hombre (Londres, 1977). La reconstrucción histórica de Polanyi –y el ataque de Malinowski al concepto de homo economicus– permitieron, entre otras cosas, entender que en las economías primitivas la producción y distribución de bienes materiales estaba incrustada en relaciones sociales de tipo no económico, y que no existía un sistema económico ni una red de instituciones económicas institucionalmente separadas e independientes. La reciprocidad –a diferencia de los intercambios- necesita de la presencia de dos o más grupos simétricos cuyos miembros actúan similarmente y en ambas direcciones en los asuntos económicos.

El quiebre de tales economías sociales por parte de los mercados ‘libres’ propios del capitalismo, con grados de desigualdad y poder concentrados en manos de unos pocos, y la conversión de la tierra y el trabajo en mercancías, como si hubieran sido creadas para la venta, fueron de la mano de una caridad institucionalizada. Tales instituciones, nos dicen los autores, se hicieron necesarias en distintos momentos históricos, como en la Inglaterra del siglo XVI, con sus leyes de pobres que impusieron una gran maquinaria administrativa para sistematizar la pobreza producida por el propio sistema; y que ahora toman la forma de un humanitarismo que acepta la catástrofe humanitaria como un dato cuasi natural y propone asistirla mediante bienes de consumo sin involucrase en las causas de tales desastres. Una vuelta a la caridad medieval: ante la pobreza producto de causas naturales, una caridad como deber moral (ante Dios por parte del creyente), o impuestos para ‘ayuda’ a los pobres y necesitados.

Por último, ¿qué pueden tener en común la bondad -igualitaria y fraterna -con una Renta Básica universal e incondicionada? Sin entrar en la definición y defensa de una Renta universal, tema sobre el cual los autores han escrito ya trabajos valiosos, trataré de responder la última cuestión. Los autores lo dicen sin rodeos: la Renta Básica no es caridad institucional, y la caridad institucional no es bondad igualitaria y fraterna, a pesar de los múltiples intentos por disfrazarla. La Renta Básica universal e incondicional es una forma de lograr un efectivo reconocimiento del derecho a la existencia que, por ser un derecho, es universal e incondicionado.

Pues bien, entre otras muchas diferencias con la caridad institucionalizada, una Renta Básica universal -para ciudadanos y residentes de un país- es un modo incondicionado y ex ante de evitar la pobreza, que duda cabe, pero también la ilibertad que produce una caridad institucionalizada -entendiendo por ilibertad la dependencia del donatario con respecto a la voluntad arbitraria de un donador, incluso de un donador no utilitarista-, so pena de ser considerado ingrato o mal pagador de deudas no contraídas voluntariamente, porque son producto de injusticias (institucionales) pasadas, y muy especialmente aquellas que tienen que ver con la estructura institucional de la propiedad.

Una Renta Básica universal e incondicional, nos dicen los autores, es justa, protege la dignidad de las personas y es financieramente posible, y esto último lo documentan de manera fehaciente. Es justa porque asegura un derecho a la existencia de forma universal e incondicional; y preserva la dignidad de las personas porque asegura ese derecho elemental a la existencia material garantizada de manera incondicional, sin tener que pedir permiso a otros para gozarlo, ni tener que demostrar pobreza, discapacidad o contraprestación.

Cierro esta breve reseña sobre un bello libro –dedicado a Antoni Domènech, el maestro y el amigo- y cuya lectura recomiendo, con un ejemplo que los autores han colocado al comienzo del texto, sobre las manifestaciones pictóricas de la caridad, entendida como indignidad. El magnífico Goya, en la estampa 27 titulada “Caridad”, en su serie sobre “Los estragos de la guerra” -nos dicen los autores-, muestra una escena de personas que desnudan cadáveres y los arrojan a un pozo. Y se preguntan: ¿dónde está la caridad? ¿es la de los muertos que entregan sus harapos a los vivientes? ¿o la de los vivos que ofrecen ese entierro brutal a los muertos? Y concluyen, de manera magistral: para Goya la caridad es una empresa cruel y sucia, que degrada a todos.


[i] NdlR: el libro está siendo traducido al catalán y al castellano, y está prevista su publicación en estas lenguas a principios de 2019 por las editoriales Arcadia e Icaria, respectivamente.

(Tomado de Sin Permiso)