Cuento de Juan García Brun: la Ciudad de Vapor

La ciudad estaba construida sobre un motor a vapor. Eso hacía que
temblara e hiciera calor de un modo permanente. Las calles eran de
tablones y por sus intersticios podía verse la malla  que protegía el
generador.

La ciudad no se movía, el motor sólo permitía que flote.

Los límites de la ciudad estaban definidos por unas rejas de 5 metros de altura. Cada barrote de esa reja terminaba en punta. Cuando era niño, me gustaba la idea de que más que de una cerca, se tratara de un arsenal de lanzas simulado.

Hoy es 21.02.2012, una cifra cóncava que permite acumular éter del tiempo. Lo haré porque hay que guardar para las vacas flacas.

Había 3 sectores. El 1, denominado la Proa; el 2, la zona gris; la tres, Villa Consistorial Sur.

En el sector de la Proa funcionaba la estructura administrativa de la ciudad, los servicios y el comercio. En este sector vivía el Intendente y los miembros del Concejo Editorial.

En el sector 2, la zona gris habitaba la población trabajadora, compuesta fundamentalmente por mecánicos, electricistas y personal de aseo.

Finalmente, la Villa Consistorial Sur, que habitaba mi familia, era una zona en reparación permanente a la que llegaron en condición de refugiadas varias familias chilenas y otras provenientes del Cono Sur latinoamericano.

Recuerdo que en agosto de 2011 tuve la primera visión general de la ciudad. Había visto un documental sobre la vida de Claudio Arrau y no logró simpatizarme el talante húmedo y congestionado, la respiración entrecortada, del Maestro. Entonces salí a caminar por los pasajes de la Villa.  Tuve la suerte de que no hubiese iluminación pública y que hubiese luna llena. Sentía rencor por la noble infancia de Arrau quien trabajaba de pequeño para mantener a su madre, hermana y una tía. Yo tenía entonces 43 años y aún vivía a expensas de mis padres.

Bueno, esa noche de agosto encontré una torre abierta. Al parecer la guardia había olvidado cerrar, o lo había hecho mal, cerrando el candado fuera de la aldaba. Inicié la subida a la cúspide de la torre, pronto sentí que mis piernas temblaban y comencé a sudar frío, mi respiración se tornó difícil y tuve la necesidad de seguir mi ascención primero a gatas y luego arrastrándome. El vértigo se apropió de mi vista y me paralizaba la tensión provocada por sentimientos contradictorios 1.- el miedo a caer de una altura de 200 metros sobre las fauces de engranajes del motor, y, 2.- la irreprimible pulsión por saltar al vacío.

Pero llegué al minarete. Dentro de él logré ponerme en pie y sacar mi catalejo. Lo primero que vi, fue el macizo de edificios de la Proa, gran parte de sus ventanas estaban iluminadas y los globos aerostáticos comenzaban a encenderse, incandescentes, tomando colores azulados y anaranjados. Bajo el Arco del Triunfo los trenes de acero, lustrosos, nacarados y envueltos en vapor, hacían sonar sus silbatos, desplegándose hacia el sur de la ciudad. Mi hermana, Martha, vendría del trabajo a esa hora apurada para llegar al Jardín a buscar a sus hijos. Las mayores autoridades políticas, militares y los dirigentes metalúrgicos, se desplazaban en aeroplano.

Más allá del Arco del Triunfo, se veían las Columnas de la Lealtad a los Líderes de los Mártires. 17 columnas de fisonomía dórica, cada una coronada por la respectiva estatua de nuestros líderes. Nunca pude ver esas columnas de cerca, porque ni siquiera tengo tarjeta gris, menos voy entrar a la zona de las Columnas. Desde donde yo estaba se podía apreciar la sincronicidad monumental de la Proa, el Arco, las Columnas, los puentes mecano tipo Eiffel que se abrían elevando 7 líneas férreas, a diversas alturas, conformando una flor de liz.

Así era la ciudad, verla de esa forma, y no como una sucesión de pasillos ruidosos, me tomó cuarenta años de vida. Los trenes, los globos Montgolfier, los aeroplanos y las cápsulas de transmisión neumática, eran sin embargo los símbolos, los arquetipos que poblaban mi sueños.

Pero los sueños, nuestros sueños, son otra historia. Ellos me permitieron llegar aquí. En ellos navegamos hechizados por el amor, por el soplido de los dioses, por la sorda templanza de las cuerdas, por los claros formados por la luna. Esos sueños son custodiados por osos negros, cuya severa y feroz mirada es la última imagen que nos llevamos de este mundo.