Argentina: la crisis y el tipo de cambio en perspectiva

por Rolando Astarita //

En esta nota quiero presentar la actual suba del tipo de cambio (desde fines de agosto de 2017 al día de hoy el dólar pasó de costar $17,6 a $38) en perspectiva, y destacar algunas de las consecuencias de la crisis en curso.

Alternancia de tipos de cambio real altos y bajos

En las últimas cuatro décadas, por lo menos, en Argentina se ha asistido a una marcada alternancia de períodos de tipo de cambio real alto y tipo de cambio real bajo (sobre tipo de cambio real, aquí). A grandes trazos, podemos decir que bajo el ministerio de Martínez de Hoz (1976-1981) se asistió a un período de tipo de cambio bajo. Pero entre 1980 y 1981 el déficit de cuenta corriente, en términos de PBI, llegó casi al 6%. Esta situación llevó a una fuerte crisis cambiaria a comienzos de 1981 (entre enero de ese 1981 y enero de 1982 el dólar pasó de de $2038 a $10.300). Se pasó entonces a un período de tipo de cambio alto, que permitió mejorar la situación externa. Sin embargo, la espiral de devaluaciones y subas de precios y salarios desembocó en la hiperinflación. Y la hiperinflación legitimó, ante la opinión pública, la Convertibilidad. Básicamente consistía en utilizar el tipo de cambio fijo como ancla para frenar la inflación. El peso entonces se apreció, afectando negativamente al sector externo. Así, en 1994 y luego en 1998 la balanza de cuenta corriente tuvo déficits superiores al 4% del PBI; y entre 1998 y 2001 el déficit promedio fue del 3% promedio. De conjunto, entre 1991 y 2000 el déficit promedio de la cuenta corriente fue de 8470 millones de dólares anuales.

La situación terminó en el estallido de la Convertibilidad y la fuerte depreciación del peso (el dólar pasó de $1 en diciembre de 2001 a $3,8 en junio de 2002). Dado que los precios subieron, en 2002, un 42%, se asistió a una fuerte mejora del tipo de cambio real. El índice del tipo de cambio real multilateral pasó de 69,2 en diciembre de 2002 a 198,8 en junio de 2002 (BCRA). Por eso, a partir de 2002 la balanza de cuenta corriente tuvo superávit. En promedio, el superávit de cuenta corriente fue, entre 2001 y 2010, de 5800 millones de dólares anuales. Aunque fue decreciente: de un pico de más del 8% del PBI en 2002, la cuenta corriente pasó a cero en 2009, junto a una apreciación paulatina del tipo de cambio. Y desde 2008 la balanza de cuenta corriente fue deficitaria, y en escala creciente, hasta llegar al 5% del PBI a fines de 2017. Paralelamente, el peso se apreció en términos reales: el índice promedio del tipo de cambio real multilateral entre 2002 y 2007 fue 160,2; entre 2008 y 2017 el índice fue 111,62; en diciembre de 2015 fue 85,1; en diciembre 2017 estuvo en 87,1 (datos BCRA). Según Ieral, de Fundación Mediterránea, el índice del tipo de cambio real multilateral (contra dólar, real, euro, yuan) promedio de los últimos 20 años fue 118,02; en noviembre de 2015 era 75,45 y en febrero de 2018 era 96,36 (https://www.cronista.com/economiapolitica/El-tipo-de-cambio-multilateral-es-28-mas-competitivo-que-cuando-asumio-Macri-20180301-0090.html).

La suba actual del tipo de cambio real –vía la fuerte depreciación nominal del peso- configuraría así una transición hacia un nuevo período de tipo de cambio real alto. El índice del tipo de cambio real multilateral se ubicaría, en agosto de 2018, en 112.

Tendencia de largo plazo y debilidad estructural

Estas oscilaciones se inscriben, a su vez, en una tendencia de largo plazo a la depreciación, en términos reales, del peso. Entre 1913 y 1988 la moneda argentina se habría depreciado un 80% con respecto al dólar y la libra. Esto es, una tasa promedio de aproximadamente el 1% anual (Froot, K. A. y K. Rogoff, 1986, “Perspectives on PPP and Long-Run Real Exchange Rates”, NBER, Working Paper, Nº4952).

En otras notas, y en libros publicados (Valor, mercado mundial y globalización, y Economía política de la dependencia y el subdesarrollo) argumenté por qué la tendencia a largo plazo a la depreciación obedece a problemas estructurales, principalmente la baja productividad global de la economía argentina. Básicamente, la industria argentina compite en el mercado mundial vía salarios bajos en términos del dólar o el euro; esto es, con tipo de cambio real alto.

A su vez, la alternancia de períodos de tipo de cambio alto y bajo tiene que ver con la dinámica que introduce la competitividad por medio del tipo de cambio alto. Es que si bien el tipo de cambio real alto mejora la competitividad, da impulso a procesos inflacionarios que generan las condiciones para reversiones hacia el tipo de cambio bajo. Esto ocurre principalmente cuando los gobiernos buscan frenar la inflación anclando el tipo de cambio; lo cual lleva a la apreciación en términos reales de la moneda. Pero en la medida en que esa apreciación no es expresión de un desarrollo de las fuerzas productivas (esto es, de productividad lograda en base a tecnología y expansión del trabajo productivo, por sobre el trabajo improductivo), la inserción de la economía nacional en el mercado mundial es deficiente. Lo cual se traduce en los déficits de la cuenta corriente, que siempre están en la raíz de las crisis cambiarias. En particular, si estos déficits son sostenidos con inversiones externas de cartera, se dan todas las condiciones para que se produzcan reversiones bruscas de los movimientos de capitales, con las lógicas consecuencias en el tipo de cambio. Típicamente, esos capitales especulativos son atraídos por la perspectiva de alta rentabilidad en los mercados financieros (véase, por ejemplo, la operación de carry trade, aquí), y salen cuando advierten que la situación se vuelve peligrosa (especialmente cuando la relación déficit de cuenta corriente /PBI supera ciertos umbrales).

El valor del peso, tipo de cambio y ley económica

Lo anterior se vincula a una cuestión que he discutido recientemente en este blog (en relación a la llamada teoría monetaria moderna, aquí y ss.), a saber: que el valor de la moneda nacional –o sea, su relación de convertibilidad con otras monedas- tiene su anclaje en las leyes de la economía. Esto se debe a que el tipo de cambio vincula dos equivalentes de tiempos de trabajos sociales, nacionalmente determinados. Están determinados porque se asientan en diferentes niveles de productividad, según países.

De ahí que el mercado mundial deba analizarse como una totalidad articulada de espacios de valor nacionales, en los que rigen distintas productividades medias. Pero por esta misma razón las variaciones de los tipos de cambio inciden en qué tanto de los tiempos de trabajo empleados nacionalmente son generadores de valor en otro espacio nacional, o en el mercado mundial. Por ejemplo, con un tipo de cambio a paridad de poder adquisitivo (o sea, tipo de cambio real igual a la unidad) 10 horas de trabajo de una empresa con baja productividad no son “competitivas” en otro espacio nacional en que la productividad media sea más elevada. Por eso, ese mismo trabajo pasa a ser “competitivo” con un tipo de cambio por encima del nivel a paridad de poder adquisitivo. Pero esto se logra a costa de que una hora de trabajo en el país atrasado tecnológicamente se traduce en menos de una hora de valor generado en el espacio nacional que tiene alta productividad. Y esta cuestión no se puede superar con ingenierías monetarias o financieras. Aunque, inversamente, medidas económicas estúpidas –como ha sido la política del BCRA con las Lebac- pueden agravar, y mucho, la crisis (véase aquí). Pero la causa última de la crisis cambiaria siempre es la debilidad de la acumulación de capital, de la inversión productiva.

La lógica de la crisis capitalista

Dado entonces el fracaso de la inserción productiva en la división internacional del trabajo –insistimos, debilidad que se expresa fundamentalmente en el déficit de la balanza de bienes y servicios; a lo que se suma la deuda externa- la reversión desde un tipo de cambio real bajo se produce por vía de una violenta crisis. Esta se dispara con la salida en manada de los capitales que habían entrado atraídos por los altos rendimientos financieros, a lo que se suman los que buscan protegerse de la desvalorización del peso y de los activos nominados en pesos. Frente a esto, el gobierno típicamente vende reservas –esto es, financia de hecho la salida de los capitales- y sube la tasa de interés, reproduciendo la lógica de la especulación parasitaria. Lo cual agrava la crisis, al acentuar la recesión y la acumulación meramente financiera. Es que no hay economía que pueda funcionar cuando las empresas descuentan cheques pagando una tasa real (en pesos) de más del 50%.

Por supuesto, sobre este movimiento se monta la especulación, profundizando la suba del tipo de cambio y la caída de los activos financieros nominados en moneda nacional. De conjunto, la economía entra entonces en una serie de movimientos caóticos. Sin embargo, el problema de fondo no es la especulación (como pretende la diputada Carrió, con su habitual superficialidad), sino los factores “reales” a los que nos hemos referido.

En este marco se comprende que la crisis repercuta en una fuerte desvalorización de capitales. Y la caída del salario: en términos del dólar, por la suba del tipo de cambio, y en términos del peso, porque los precios suben a mayor ritmo. Ya en estos momentos convenios colectivos que pueden haber cerrado con alzas anuales de salarios del 25% o 30% (y son los menos) quedarán rápidamente desactualizados frente a una inflación que apunta largamente a ubicarse por encima del 30%.

La crisis, además, mete presión sobre el trabajo, tanto por el aumento de la desocupación, como por la amenaza de ir a la desocupación. A lo que se suman los despidos de estatales, que ya se están produciendo (ahora mismo el Ministerio de Agroindustria acaba de despedir 600 trabajadores; y por todos lados no se están renovando contratos laborales). Por eso, al calor de la crisis las cámaras empresarias piden rediscutir condiciones de trabajo, leyes laborales, o jubilaciones. Todo apunta entonces a lo mismo: la suba del tipo de cambio significa una gigantesca transferencia de riqueza (en rigor, de valor) desde el trabajo al capital. Es la esencia de toda crisis. No hay que abrigar falsas ilusiones. Nunca el capitalismo salió de una crisis mejorando las condiciones laborales o salariales de la clase obrera.

De esta manera, se regeneran las condiciones para que en algún momento se produzca la recuperación económica. Aunque sin que por ello se supere el subdesarrollo y el atraso. Así hasta la próxima crisis.