Cuento de Eduardo Antonio Parra: el pozo

¿A poco le tienes miedo a lo oscuro? Muy mal, muchacho, se ve que estás acostumbrado a la ciudad. Aquí las noches son largas, a veces hasta de doce horas, y con ellas te enseñas a que lo malo es la luz, el sol, el desierto de día. Eso sí es peligroso: ciega, aturde. Te va dorando lentamente la piel, la garganta, la lengua, hasta mediomatarte. Lo oscuro no, es fresco, agradable, y si te impones, puedes moverte como pez en el agua. Camina, no te me atrases. No sé por qué te pierdes, sólo sigue la cuerda. Yo te guío. No, no te cansas. Mírame a mí: viejo, rengo, con las piernas chuecas, pero no me pierdo ni me caigo. Tú no tienes disculpa, estás joven, con las

piernas buenas. Oye eso…Parecen lobos, ¿verdad? No, son coyotes. A veces se acercan al pozo. Levántate y sigue caminando. Ándale, así, así…Con la edad llega un día en que ya no necesitas de la vista. Debe ser por eso que los viejos nos vamos quedando ciegos como sin sentir: hemos mirado tantas cosas que los ojos empiezan a retobar y ya no quieren ver; así es como se quejan. Y debemos dejarlos descansar, es lo mejor. Yo no haría resistencia si ahorita me los arrancaran. Ya cumplieron su última tarea: verte, reconocerte. No me crees, ¿verdad? Así pienso. Estoy seguro de que la oscuridad debería ser el elemento del hombre. Sí, ya sé: tú no ves nada. No intentes ver, sólo camina. La gente de la ciudad cree que en la noche se propicia la violencia. Yo no. Yo me encuentro más sereno. El cerebro se aclara, se agudiza; como que facilita la concentración. Entonces puedo hacer cosas, pensar, realizar planes proyectados desde hace mucho tiempo. Y los recuerdos…vienen desde muy atrás para que los viva otra vez. Sí, estoy hecho para la oscuridad. No siempre lo supe, pero me di cuenta en el pozo. Si pudiera dormir mucho, dormiría todo el día. No te atrases, sígueme el paso. No me gusta sentir el tirón en la mano. Se me figura que no me vas oyendo. Si la cuerda no te guía, sigue mi voz; para eso te platico. Es curioso: así como los viejos no necesitamos de los ojos, nos es imposible prescindir de la lengua. Nos volvemos más y más habladores con los años. No conozco ningún mudo de mi edad. Seguramente se mueren de desesperación por no poder contar todo lo que vieron. Además en el desierto hay muy pocos ruidos y a mí me gusta llenar el silencio. Claro, tú no hablas….No te preocupes, no quiero oírte, sólo quiero que me escuches. De joven me gustaban los días luminosos, como a ti. Y dejaba la noche para las cosas que se hacen a oscuras: emborracharme, acostarme con mujeres, también, a veces, robar. Fuimos muy pobres. Me las ingeniaba para ir a la escuela, y además llevar unos pesos a mi casa. Padre no tuve, o más bien no lo conocí. Tú no sabes de eso. A ti tu papá te lo dio todo desde chamaco y te dejó muy bien protegido al morir. En cambio yo viví una infancia dura. No me quejo, siempre luché para no quedarme ahí. Has de pensar que por lo visto me quedé, pero no es así. Si ando con la ropa jodida es porque no tengo mujer, y a un hombre no se le dan esas cosas de coser y lavar. Además, la pensión no alcanza para mucho. Durante años fui el único maestro del pueblo. Tú debes haberme confundido con un limosnero cuando me viste seguirte por varios días; no, si hasta estudié Leyes allá en México. Y tampoco fui maestro siempre, pero hay cosas que nos obligan a cambiar. Como abogado me habría muerto de hambre en un pueblo como éste. Era bastante ambicioso, y en la capital todos mis compañeros terminaban de burócratas, lambiscones de políticos. Yo quería otra cosa. En ese tiempo los abogados ya no tenían tanta oportunidad para enriquecerse como a principios del gobierno revolucionario. Menos sin placas ni amistades. No sabía qué hacer. Ahí fue cuando un compañero que había hecho en la carrera me propuso venirnos al norte a trabajar en lo del reparto de tierras… Ya me estás atrasando otra vez. No pienses en la sed, al rato se te quita. Si hiciera sol, entonces sabrías lo que es tener sed. Nos falta poco para llegar. Camina. Si sigo estirándote, la reata te va a quemar la piel. ¿Sabes?, de joven no fui muy derecho. No me importaba robar, aunque no hubiera necesidad; ni traicionar la confianza de los que creyeron en mí ni venderme a los que tenían el dinero para poder comprarme. Eso sí, nunca maté a nadie; no tenía motivos todavía. Robar a los campesinos fue muy fácil: son ingenuos y confiados. O al menos lo eran en aquellos años; ahora ya no tanto. La vida los ha maleado y ya no se dejan. Los han jodido mucho. Sólo viviendo tantos años con ellos como yo lo he hecho puede uno darse cuenta. Mi compañero y yo hicimos mucho dinero a su costa. Perdían todos los pleitos en los que los defendíamos, y nosotros nos llenábamos las manos con lo que nos daban los caciques y latifundistas. ¡Un dineral! Lo estábamos juntando para un día regresar a México muy ricos a poner nuestro despacho. Pero un día, el pendejo de mi compañero se le salió la hociconeada de contarlo todo en una borrachera, ¡a una puta!… ¡Hijo de mala madre! Esa mujer era hermana de uno de los campesinos a los que acabábamos de chingar. ¡Levántate! ¡Ya no me jodas con tu maldito cansancio y camina! ¡Camina o soy capaz de dejarte aquí para que te traguen los coyotes! Mira, ya se acabaron las piedras. Desde aquí empieza lo planito. Así es más fácil…Sígueme. Nos agarraron cuando ya íbamos de salida, en las afueras de la ranchería. El otro no se acordaba de lo dicho y yo no sabía nada. Me enteré porque nos lo dijeron a grito entre trancazo y trancazo, entre mentada y mentada. Son duros los campesinos cuando se trata de venganza. Nos pusieron una madriza que yo creí que nos iban a matar a palos. Después nos subieron en dos burros, como si fuéramos cargas de leña, y por media hora sólo vimos piedras y hierbas entre las patas del animal. Al llegar a un clarito del monte nos bajaron y nos arrancaron la ropa. Uno de ellos, el que nos contrató para defenderlos, me hizo unos amarres extraños en los pulgares; luego siguió con mi compañero. Estaba tan atontado por los golpes que no sabía de qué se trataba, hasta que de pronto sentí cómo el piso desapareció bajo mis pies. Y cuando vi que ponían a mojar una reata comencé a saber lo que es deveras el dolor. En sus ojos no había odio. Eso es peor. El odio se sacia pronto, la venganza es rápida. Pero ellos tenían la mirada serena, el espíritu en calma. Necesitaban castigarnos por asunto de justicia. No sé cuánto tiempo duró la chicotiza, cuando nos descolgaron ya era de noche. Nos amarraron medio muertos al tronco de un árbol y ellos encendieron una hoguera. No parecían dispuestos a irse. Entre desmayo y desmayo y los quejidos de mi compañero, los jirones de voz que llegaban hasta mí me hicieron comprender que aún no estaban contentos, que el castigo iba a continuar al día siguiente, nomás amaneciendo… ¿Sabes lo que es el miedo, muchacho? No, qué vas a saber. Lo que sientes ahorita es, si acaso, algo de temor y desconfianza. El verdadero miedo sólo te entra realmente cuando ya conociste un dolor insoportable y tienes la certeza de que lo vas a volver a vivir. Yo lo conocí esa noche, ahí, amarrado, con todo el pellejo al revés, con todo el cuerpo en carne viva, escuchando junto a mí un llanto de dolor que se mezclaba con el mío, con los gritos de mal agüero de los tecolotes y con los truenos de una tormenta que estaba por caer. Veía las estatuas inmóviles de los campesinos en cuclillas, preparándose para dormir bajo la lluvia, mientras aprovechaban la cercanía de las brasas antes de que el agua las cegara… El miedo, cuando aumenta sin término, es como la noche, como la oscuridad: llega un momento en que te aclara, te ilumina por dentro, serena tu alma y te vuelve capaz de hacer lo que creías imposible. Fue el miedo el que me alumbró: froté la cuerda contra los nudos del tronco, contra la corteza, durante mucho tiempo, horas, mientras el otro se quejaba y pedía ayuda a media voz. El agua refrescaba mis heridas pero volvía más difíciles mis intentos por romper la cuerda. Cuando a pesar de todo el amarre al fin se trozó, el aguacero hacía rato que casi no dejaba ver nada. Desaté a mi compañero y con trabajo lo arrastré unos metros hasta quedar detrás de una peña. Nadie podía vernos. Entonces corrimos bajo la lluvia, corrimos como si no tuviéramos rajada la piel desde los tobillos hasta la coronilla, tropezando con piedras y matorrales, cayendo en agujeros sin pensar en serpientes ni alimañas, levantándonos enseguida para seguir corriendo sin saber a dónde, pero sabiendo que nos alejábamos de aquel grupo de campesinos que querían vernos muertos. Corrimos hasta que paró de llover…. ¡Por eso no acepto tu cansancio! En esos años tenía más o menos tu edad, y esa noche corrí más de diez veces lo que tú y yo hemos andado hasta ahora. Ya mero llegamos, no te quejes. Mientras te sigo platicando…El sol nos encontró sangrantes, desnudos, muertos de fatiga, sin apenas darnos cuenta de que estábamos en el desierto. El otro era de acá, del norte, y dijo que si caminábamos hacia el poniente llegaríamos a una región conocida. Todavía faltaba mucho dolor… ¿Sabes lo que hace el sol con las llagas? Las abre como cáscaras de mango podrido, las reseca por fuera y las descompone por dentro, entonces la comezón se convierte en un peor tormento que los propios chicotazos. Y la arena es como cal viva en las heridas, muchacho. Para colmo, los pocos pedazos de piel sana restante comienzan a tatemarse. ¡No sabes con qué ansias deseaba que se hiciera de noche! Ese día aborrecí el sol como a nadie. Después de caernos y levantarnos mil veces, preferimos quedarnos en el suelo dispuestos a morir, hartos de todo, del dolor, del hambre, la sed y el miedo; hartos de la misma vida, que es lo que más pesa en esos momentos. Y ahí tirado, cubriéndome la cara con un chaparro, decidí matar al otro. ¡Él tenía la culpa de todo! Por primera vez en mi vida tuve un impulso asesino, y no pude reunir fuerzas para levantarme. Me desmayé mientras sentía cómo el sol devoraba las últimas gotas de líquido que aún quedaban en mi sangre. ¿Has estado a punto de morir? No se siente nada, sólo alivio, descanso. Te dejas llevar por la esperanza de no volver. Pero volví: me despertó el aullido de un coyote. Aunque estaba oscuro, a lo lejos descubrí la sombra de un hombre caminando trabajosamente. Me levanté como sonámbulo y caminé tras él un rato, a distancia, hasta que lo reconocí. ¡Me iba a dejar ahí el maldito! Hice lo posible por alcanzarlo y oí que decía: “Agua. Por aquí hay agua. Donde hay coyotes hay agua cerca.” Y lo seguí. ¿Tienes sed? ¡Y eso que es de noche, muchacho! ¡Aquella vez sí supe lo que era la sed! Y todavía caminamos mucho, hasta que el otro me hizo una seña. ¡Era un pozo! No tenía noria, sólo unos adobes sosteniendo un palo atravesado. No sé de dónde saqué energías, pero corrí hasta él. Me recibió una pestilencia insoportable, una mezcla de agua podrida y animales muertos. Comencé a llorar de desesperación a la orilla de ese pozo infecto, rogándole a Dios que ya me matara de una vez por todas. Mi compañero tosía tras de mí, conteniendo las ganas de vomitar el aire que le llenaba el estómago. Ya iba a retirarme cuando sentí el empujón. No grité. La sensación de vértigo se mezclaba con el cansancio de días para hacer la caída larga, casi sin término. Abajo me esperaba un golpe terrible, un choque, como si me estrellara contra un campo de piedras, pero la frialdad del agua viscosa me impidió volver a desmayarme. Entonces, en la boca del pozo, la luz de la luna delineó la figura del otro. Se asomó un momento y luego desapareció. Yo no podía gritar, no podía hablar, el trancazo me entumió el cuerpo y el cerebro. Poco a poco reconocí sobre lo que había caído: eran ramas de árbol, huesos y hasta pedazos de animal a medio descomponer. La peste, al principio insoportable, fue disminuyendo conforme me acostumbraba a ella. Al cabo de un rato pude beber esa agua densa, que por la desesperación ya no encontré tan nauseabunda. ¡Hasta comí parte de la carne de un animal que llevaba varios días muerto! Me fui imponiendo también a los dolores, algunos sin saber por qué los tenía. Después lo supe: del golpe me rompí una pierna, me partí la nariz y me hice un tajo que me desgració la cara. Me quedó esta marca que me atraviesa del ojo a la boca y que tanto asco te causaba cuando me veías en el pueblo. No creas, a mí tampoco me gusta verla, por eso no tengo espejos en mi casa. Lo que me gusta es pasarle los dedos: se siente lisita, lisita, como si me hubieran pulido la piel con una lija fina. Y aquí, cerca del labio, alcanzo a tocarla con la lengua, paso horas lamiéndola, y me gusta tanto entonces que hasta se me figura un adorno y me enorgullezco de ella. Luego pienso en cómo se ve y me la pellizco tratando de arrancármela con furia… Es inútil, sigue ahí como un mal recuerdo. A veces se veía luz afuera, y cuando volteaba de nuevo ya brillaban las estrellas. En ocasiones se oían ruidos cerca y alcanzaba a pegar unos cuantos gritos hasta que veía a algún coyote asomando su cabeza sin atreverse a saltar. Una vez llovió, de esas tormentas tan raras de por acá, y entró una lluvia en el pozo que creí ahogarme. Pero tomé toda el agua limpia que pude, y me comí todas las hierbas secas y verdes que me cayeron encima. Un día, cuando ya había perdido la esperanza y me resignaba con la idea de morir ahí, escuché golpes afuera. Luego asomó la cabeza de un burro que se retiró de inmediato por el hedor. Entonces por instinto grité casi sin fuerzas: “¡Auxilio! ¡Ayúdenme por favor!” Una cabeza, que al principio vi gigantesca, hizo su aparición. Sólo cuando se quitó el sombrero redondo se redujo a su tamaño normal, y la voz de un hombre viejo preguntó: “¿Hay alguien?” “Sáqueme, por favor…” “¿Quién es?” “Por favor…” Se tardó unos minutos que a mí se me figuraron los últimos de mi vida, eternos. Amarró un lazo al burro y me arrojó el otro extremo. “Amárrese”, dijo, y al ir subiendo me atacaron todos los dolores que había olvidado: mis heridas, las de la caída y la chicotiza, se habían infectado y apestaban como si ya me hubiera muerto, tenía la piel tan blanda que el lazo me abrió nuevas llagas como heridas de cuchillo; en la cintura y las piernas el agua me ablandó los huesos, sin contar que una de ellas estaba rota en tres partes. Por eso estoy rengo, por eso estoy desfigurado, por eso nadie quiso casarse conmigo y no tengo un hijo como tú que me sostenga la vejez. Pero no te creas, muchacho, no es para amargarse. En el pozo aprendí muchas cosas, sobre todo la paciencia. ¿Sabes lo que es ser el único habitante del mundo durante más de diez días? Tienes todo el tiempo que quieras para conocerte, para odiarte, para controlarte y, finalmente, para aceptarte. Te tomas cariño, ternura, te das lástima. Después lo comprobé, fueron doce días los que estuve dentro; en esa oscuridad bendita que aprendí a apreciar, cubierto por esas paredes heladas y viscosas, erguidas cuatro metros sobre mí para protegerme del sol. No miento si aseguro que también tuve ratos felices, momentos interminables de paz. Y sólo me acordaba del mundo de los hombres para odiar: odié a los caciques por comprarme, a los campesinos por su justicia despiadada y fría, al desierto, a la arena y al sol; pero sobre todo, odié al traidor que me arrojó a ese pozo para que me pudriera junto a los animales muertos mientras él disfrutaba el dinero estafado a los agraristas. Sí, muchacho, no fue difícil adivinarlo. En los primeros rastros de lucidez se me aclaró todo: él había vivido en la región, sabía que un poco más allá empezaban las casas, el agua no estaba lejos. La gente de por acá lo conocía, respetaban a su padre. Lo revivieron, le dieron de comer y de beber, lo mandaron a un hospital del otro lado a curarse, y pronto estuvo bueno para ir a la capital a reportar mi muerte y quedarse con el dinero. Mientras yo me revolvía para no morirme en casa del arriero… ¡Camina! Mira, es ahí, detrás de esa lomita. Ya nada más nos faltan unos pasos. ¡No te quejes ahora después de haber andado todo el camino! La mujer del arriero era curandera, pero como su marido le entregó casi un cadáver tardó más de un año en curarme. Luego dicen que enloquecí. Y es que el día me daba miedo al principio. No aguantaba la luz y sólo salía por las noches. Poco a poco fui aprendiendo a soportarlo… Por todos lados me seguían los chamacos, se burlaban de mí y me señalaban con el dedo: “¡Miren al loco!” “¡Ahí va el loco!” Cabrones, después supieron que sabía leer y escribir y me empezaron a respetar. Hasta se olvidaron de mi cuerpo deforme. Entonces vinieron unos importantes del pueblo a ofrecerme la escuela y me hice maestro. ¿Sabes lo que es un maestro en un pueblo muerto de hambre? Ganas poco, pero todo el mundo te respeta; en las fiestas tienes un lugar de honor junto al jefe político y al sacerdote; puedes escoger casa. Yo he vivido siempre en ese jacalito, en las afueras. Es fresco; sobre todo muy oscuro. Ahí pasé los últimos cuarenta años sólo, pensativo, como si siguiera en el pozo; resistiendo la ausencia de mujer, de hijos; odiando y esperando al traidor porque estaba seguro de que algún día iba a volver. Ahí, frente a la plaza, seguía en pie la casa de tu padre, abandonada pero maciza, firme, a la espera del regreso de su dueño. ¡Levántate! ¡No puedo arrastrarte! Así, sólo unos pasos más… Pasaban los años y al pueblo llegaban muy pocas noticias; rumores, mejor dicho: que el otro era un abogado importante en la Ciudad de México, que un empresario muy rico, que puras mujeres hermosas, que por fin se casaba, que ya tenía un heredero… Y yo aquí en este rincón del desierto, rumiando una venganza cada vez menos probable mientras enfermaba de envidia a cada rumor nuevo. Más tarde supe que había muerto, y también yo sentí morir. Pero era demasiado el odio y mucha la envidia como para desperdiciarlos. Y continué la espera… Mira, ahí está el pozo, ¡igualito!, sin noria, con los mismos adobes, solitario… Si antes nadie pasaba por aquí, ahora menos: en cuarenta años el desierto se ha ido ensanchando. ¿No sientes la pestilencia? ¡Que te levantes! ¿Ya entiendes, verdad muchacho? ¡Cómo pesas! Dicen que es malo tenerle odio y envidia a los muertos. Por eso no me quedó de otra más que perdonarlo. Y dirigí mi odio a otro que sí vendría… Ahora sí se te ve el verdadero miedo, muchacho. No te preocupes, nunca he matado a nadie… Fueron muchos años, pero valió la pena esperar. No te arrastres, de nada sirve. Ya sé que tú no tuviste la culpa. Piénsalo bien: tampoco yo la tenía. Además, si tienes suerte, el día menos pensado cualquier arriero escucha tus gritos…