León Trotsky y la revolución en Chile

por Gustavo Burgos //

Este 20 de agosto conmemoramos un año más del ominoso atentado que costara la vida a quien fuera junto a Lenin, forjador del partido e indiscutido dirigente de la primera revolución obrera triunfante de la historia, la Revolución Rusa de 1917. Sus asesinos, el estalinismo y por su intermedio, la contrarrevolución mundial, desde ese lejano día mexicano de 1940, no han hecho otra cosa, desde entonces, que seguir condenándose como traidores de la clase obrera y sepultureros de la humanidad. Cuando hablamos de Trotsky hablamos del compañero, el proletario, el revolucionario, el internacionalista y el teórico colosal que junto a Marx, Engels y Lenin, contribuyera de modo decisivo a la estructuración del programa y del partido de la clase obrera mundial.

El asesinato de Trotsky -último de los portadores de lo mejor de la tradición revolucionaria de nuestra clase- fue la culminación del ataque sostenido, de las persecuciones y calumnias perpetradas por los enemigos de la revolución en toda la línea. Este ataque fue la necesaria consecuencia del papel que le tocó jugar en los portentosos procesos revolucionarios que comienzan con el llamado ensayo revolucionario ruso de 1905, alcanzan su clímax con la toma del poder por la clase obrera rusa en octubre de 1917 y toman un curso vertiginoso con la extensión de la revolución en Europa, para iniciar un convulsivo retroceso desde la derrota de la revolución alemana de 1923, que arrastrara a la postre a las masas europeas a la barbarie del nazi-fascismo y a la 2ª Guerra Mundial.

Durante este período -riquísimo en experiencias y sin parangón en la historia de la humanidad- emergió la figura de León Trotsky, quien fuera en 1905 Presidente del Soviet de Petersburgo, en 1917 formador del Ejército Rojo y defensor del internacionalismo proletario y de su partido-programa, encarnado en la IV Internacional nacida en 1938, de la que fue su fundador.

La contribución de Trotsky en la conformación de la teoría de la revolución mundial, no otra cosa es la revolución permanente; la polémica sobre la dictadura del proletariado, sostenida con Lenin, y que alcanza máxima expresión en la célebre Tesis de Abril y la fórmula del Gobierno Obrero-Campesino; la estructuración de la teoría marxista del Estado que arranca de la tesis, expuesta también por Lenin en el “Estado y la Revolución”, magistralmente desarrollada en una de las mayores obras de Trotsky “La Revolución Traicionada”, son todas obras que conforman -por sí solas- los cimientos del marxismo revolucionario, incorporadas como están, al arsenal programático de los explotados y oprimidos del mundo entero.

Sin embargo, el aporte de Trotsky no se agota en la descomunal obra descrita. Su principal legado lo constituye su lucha militante por la estructuración del Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional. Forjador de la III Internacional junto a Lenin, le correspondió agrupar a los revolucionarios -frente a la reacción contrarrevolucionaria de la burocracia estalinista- en torno al programa que llevara a la clase obrera al poder.

La política de Stalin –y del stalinismo hasta nuestros días- fue la defensa de los intereses de la casta burocrática que usurpó el poder del estado obrero. Consecuencia de este hecho, la III Internacional abandona el internacionalismo proletario y el Comitern se transforma en un instrumento que persigue la colaboración con la burguesía y el imperialismo, para lo cual se ve obligada a doblegar y traicionar la lucha del proletariado y las masas explotadas.

Fue un período oscuro en el que los burócratas -apoyados en el debilitamiento de la vanguardia que hiciera la revolución- terminaron exterminando íntegramente, en atentados y fusilamientos, ni más ni menos que al Comité Central que encabezó la Revolución Rusa. Esta misma burocracia asesina que liquidó la revolución alemana, que colaboró con Hitler y estranguló la revolución española, necesariamente terminó destruyendo la III Internacional.

En este período -crucial para la revolución mundial- surge la IV Internacional y es su Programa de Transición y la tradición política de que es depositaria, lo que constituye el principal legado de Trotsky. En Chile, en agosto de 2018, cabe preguntarse por la vigencia de su obra que es lo mismo que interrogarse por la vigencia de la estrategia de la Revolución Socialista.

No escribimos estas líneas con otra finalidad que la de contribuir en la lucha por llegar a los obreros y a los militantes de la causa socialista, con las ideas y el programa revolucionario, que son las ideas y el programa del proletariado.

Si recordamos hoy los 78 años del asesinato de Trotsky, lo hacemos porque su obra y legado políticos siguen plenamente vigentes. La descomposición del orden burgués, la crisis económica del capitalismo y la guerra que ha declarado el imperialismo a las masas del medio oriente y del mundo entero, son el combustible que activa la resistencia de los trabajadores y naciones oprimidas. En este proceso mundial, de lucha de clases, la revolución proletaria sigue siendo la única salida a la crisis de la humanidad y su consumación sólo será posible en tanto los revolucionarios seamos capaces de reconstruir la IV Internacional, como estado mayor de los explotados en combate. Esta es una definición política que marca una época y traza una frontera dentro de la cual está contenido el marxismo revolucionario.

Pero este combate no lo hacemos en abstracto. Este combate debemos darlo hoy, como decíamos: en Chile, en agosto de 2018. Esto significa identificar con claridad cuáles son nuestros objetivos, nuestros aliados, nuestras fuerzas y por supuesto, cuáles nuestros obstáculos y enemigos.

Debemos partir señalando que el movimiento de los trabajadores contra las AFP, la rebelión de las mujeres, la recuperación y defensa de la Memoria en materia de DDHH y un sinnúmero de luchas hoy abiertas y por abrirse, importan en su conjunto un enfrentamiento al régimen del gran capital, de las multinacionales, de la banca, de la burguesía y el imperialismo, que persiguen saquear el país sumiéndolo en la miseria y el hambre. La cabeza de esta ofensiva, lo constituye el Gobierno de Piñera, continuador –como es- de los gobiernos de la Concertación y Nueva Mayoría, que sigue cuidando el modelo pinochetista, y en estos cinco meses no ha hecho otra cosa que profundizar la ofensiva en contra de los trabajadores flexibilizando las relaciones laborales, coartando la libertad sindical y atacando los derechos sociales en materia de salud, vivienda y educación. Es lo que expresan los descarados proyectos de Estatuto Laboral Juvenil y la reforma a FONASA.

Este ataque del Gobierno sirve los intereses de los pulpos capitalistas y de las multinacionales que se han apoderado de nuestras riquezas naturales, de los servicios y empresas del estado y que explotan los mismos, apoyándose en la mano de obra barata, en la precariedad laboral y en el hambre de los trabajadores.

Este ataque a los trabajadores en Chile forma parte de una ofensiva mayor del imperialismo en contra de las masas a nivel mundial. La masacre genocida que día a día realizan las fuerzas militares de ocupación en Siria, la sangrienta incursión israelí en el Gaza y Jerusalén, las amenazas de agresión militar sobre Irán y Corea del Norte, el bloqueo a Cuba y las presiones sobre Venezuela, son sólo los puntos más destacados de la barbarie global a que es arrastrada la humanidad por el imperialismo, en un desesperado intento de superar su crisis y decadencia.

Piñera, más allá de sus torpes modales de “estadista”, es un simple mocito de los intereses del imperialismo y un títere de esta ofensiva en contra de los trabajadores . La misma sumisión que se traduce en la política interna, la exhibe el Gobierno en su política internacional. En efecto, su diplomacia sigue –más allá de algunos exabruptos- rigurosamente las órdenes de Washington subordinando la soberanía nacional a los intereses de las multinacionales.

Por lo anterior resulta obligado esclarecer que la lucha contra la burguesía y el imperialismo, se inicia en el combate en contra del Gobierno que opera como su lugarteniente: el de Piñera.

Pero las masas no sufren pasivamente estas políticas. Luego del reflujo electoral este año han comenzado a salir a la lucha de forma episódica y explosiva. Sin lograr todavía conformarse en un torrente generalizado, diversos sectores ya han salido a la calle a reclamar por sus reivindicaciones. El movimiento de las mujeres por su alcance nacional y radicalidad, es el más relevante al punto que luego de las movilizaciones de mayo-junio se ha instalado un movimiento feminista que llegó para quedarse y define un patrón de movilizaciones en el período.

En el panorama general lo dominante es la tendencia al conflicto, a la movilización y acción directas, haciendo la situación potencialmente explosiva. La caída del Ministro de Cultura, Mauricio Rojas, es una nítida demostración de este hecho. Bastó una dirección legitimada –Raúl Zurita- una política clara y simple –sacar a Rojas- y la inquebrantable voluntad de sostenerla –pues se planteó como algo de principios- y la convocatoria se hizo invencible. No hay Gobierno que pueda resistir un embate movilizador de esas características y Piñera no tuvo otra opción más que la de capitular, sentenciando su extrema debilidad política. La caída de Rojas, más allá de la importancia en tanto símbolo, nos marca un camino. No fueron las “redes sociales”, fue una poderosa movilización social la que se impuso.

Esta última cuestión, lo cualitativo de una dirección en el movimiento, pone a las claras la necesidad de construir un partido revolucionario. La existencia de un partido deviene en capital y resume el conjunto de los problemas que atraviesan las masas y la propia vanguardia. La ausencia de un auténtico partido revolucionario, es la médula de los problemas políticos y parte sustancial de su estructuración comienza en el balance de la experiencia de la Unidad Popular.

La derrota histórica del 11 de septiembre de 1973 que abrió paso a la Dictadura  pinochetista, es el necesario resultado del carácter formal de la democracia burguesa en Chile y consecuencialmente de la política reformista y de colaboración de clases que propugnara la UP. Cuatro décadas atrás, en Europa, las masas fueron llevadas al matadero como resultado de la política de Frente Popular. Trotsky señaló con claridad que el Frente Popular era la antesala del fascismo y alertó a la vanguardia revolucionaria sobre la necesidad de propugnar una política de independencia de clase, que pasando por encima de la institucionalidad demo-burguesa y del cretinismo parlamentario, conjurara la amenaza fascista con la victoria del proletariado asentada en la acción directa y la lucha.

Paso por paso, las capitulaciones a la burguesía por parte de Allende y los partidos de la Unidad Popular, reprodujeron milimétricamente las de Blum en Francia y de Largo Caballero en España. De esa forma el llamado “socialismo con empanadas y vino tinto”, la Vía Chilena al Socialismo, demostró histórica y empíricamente su total fracaso.

Pero este fracaso no es el fracaso de la revolución obrera. Es el fracaso de las concepciones pequeñoburguesas que se asientan en las ilusiones democráticas y en la falsa idea de que es posible acceder al socialismo mediante un camino pacífico de reformas consensuadas socialmente.

Esta es la concepción que ha sido derrotada y que debe ser erradicada de las filas de la izquierda, conjuntamente con las direcciones pro burguesas de los partidos Comunista y Socialista. Continuidad de esas concepciones lo conforma la política que hoy sostienen estos partidos, aún hoy en su extrema debilidad, los principales de la izquierda chilena. Luego de las capitulaciones que condujeran a la derrota del 73 y de haber impulsado la “transición a la democracia” durante el período de lucha antidictatorial, hoy día ofician de sostenedores del régimen.

La dirección del Partido Socialista enteró, desde 1990, un cuarto de siglo en el gobierno. Desde el año 2000, hasta hoy, dos militantes de sus filas han ostentado la Presidencia de la República, Lagos y Bachelet. Durante todo este tiempo han sido sostenedores del régimen pinochetista, de su modelo económico e inclusive, durante su detención en Londres, del propio Pinochet. El PS se ha vaciado de su pasado contenido obrero y ha pasado a conformarse como un partido burgués, a la usanza de los partidos socialdemócratas europeos, como el PSOE. La represión sobre el pueblo mapuche, el encarcelamiento de militantes de izquierda, la entrega del país a las multinacionales, el sometimiento al pinochetismo, son todas políticas llevadas adelante por los gobiernos de la Concertación con la aquiescencia y la voluntad del Partido Socialista, que frente a las masas está decididamente en la otra vereda, la de los patrones.

Por su parte, la dirección del Partido Comunista, luego de su insípido paso por el Gobierno de la Nueva Mayoría, ha vuelto a su viejo accionar a promover acuerdos electorales para “profundizar” la democracia, para acabar con los enclaves pinochetistas y modificar la Constitución, igual que en los 90, igual que en los 2000. Desde la ominosa derrota de Guillier, ominosa porque su campaña lo fue, recordemos la incapacidad del candidato de cuestionar las AFP y cualquier aspecto del régimen, el PC ha mantenido un increíble silencio y su exclusiva labor –en las sombras- es la de intentar un acuerdo con el Frente Amplio.

Parte de la crisis de dirección política de los trabajadores y no de su solución, es el Frente Amplio, lo que merece una mirada diversa. Hablamos aquí principalmente de un movimiento cuya política nace en el estudiantado universitario y se proyecta programáticamente en tal sentido. El Frente Amplio no expresa a los trabajadores, no persigue el socialismo y explícitamente se define como una corriente democratista dentro del orden capitalista, una corriente –como gustan decir- ciudadana. Son la expresión criolla del PODEMOS, de Corbin y la llamada “izquierda multicolor”. No es posible proyectar ni realizar una mayor evaluación como conjunto, porque si bien es cierto hay un bloque dominante que podríamos llamar “de derecha” Revolución Democrática principalmente, que arrastra a las principales figuras públicas del FA (Boric, Sharp), hay un sinúmero de corrientes y organizaciones cuya dinámica los conduce hacia la izquierda.

El resumen -con todos los matices- es claro, los principales partidos de la izquierda chilena, el PS y el PC, responsables de la derrota de 1973, no han sacado ninguna lección de tan horrorosa experiencia para los trabajadores. Pareciera que los miles de ejecutados políticos, centenares de miles de exiliados, torturados y desaparecidos, no son suficiente: estos partidos siguen empantanados en el electoralismo y esta determinación los torna en inservibles para la revolución. Por otro lado, para buena parte de las direcciones del  Frente Amplio, la historia comienza el 2006, con la Revolución de los Pingüinos cuando no el 2011.

Con Trotsky hemos de concluir que la única salida para la crisis en Chile y para toda la humanidad, pasa por la construcción de un  partido revolucionario. Las bases de la izquierda, las bases militantes del  PS, PC y del propio Frente Amplio, tienen sobre sí la responsabilidad de afrontar esta tarea, superar la deleznable tradición reformista y de capitulaciones a la burguesía y pasar a enarbolar el programa del socialismo y su estrategia de poder. Es una tarea titánica a la que la historia nos convoca.

Cualquier otra propuesta desde las filas de la izquierda es demagogia. Dar contenido programático a la lucha, plantear abiertamente la expropiación de la burguesía, la expulsión del imperialismo y la destrucción del Estado burgués, son las cuestiones que necesariamente han de consumarse si queremos efectivamente sacar al país del hambre, la miseria y el atraso.

Si nos reivindicamos del Socialismo y los trabajadores es porque planteamos la necesidad de que la clase obrera, acaudillando a las masas explotadas y oprimidas, imponga un verdadero Gobierno Obrero-Campesino, asentado en los órganos de poder de las masas. Un verdadero gobierno revolucionario que resuelva los problemas nacionales desde su raíz, acabando con la explotación del hombre por el hombre.

Estas concepciones del marxismo revolucionario, erradicadas por completo del discurso de la izquierda con la excusa de estar superadas, son las que reivindicamos en la figura prometéica de Trotsky y las entendemos patrimonio político del conjunto de los trabajadores. Polemizando con los reformistas, sostenemos que lo único que está superado por la realidad es el capitalismo. Que si la burguesía no puede resolver los problemas nacionales es porque constituye su esencia. Que si los patrones no pueden gobernar, debemos prepararnos para expulsarlos del poder.

Contra las reformas imperialistas, contra los genocidas parapetados en el régimen, contra la patronal y los colaboracionistas, está el ímpetu revolucionario de los trabajadores. Desde allí hemos de continuar la lucha que el estalinismo pretendió frustrar asesinando hace 78 años a Trotsky. Su legado, que debemos preservar, no hace otra cosa que rejuvenecer y adquirir mayor vigencia en la misma medida que la crisis capitalista lleva al desbarranque político a burgueses y pro-burgueses.

Desde acá, desde el sur del mundo, recordamos al Viejo, al maestro revolucionario, uniéndonos a la marcha de los explotados en lucha. En la arena de la lucha de clases, han de superarse las ilusiones en la democracia burguesa; en la arena de la lucha de clases ha de derrotarse al imperialismo; en la lucha de clases aplastaremos a explotadores y genocidas. Clase contra clase, haremos justicia a la memoria de Trotsky y a la de miles de revolucionarios que han caído en el combate en Chile y en toda la ancha faz de la tierra. Para ellos nuestro único homenaje será la victoria.