Cuento de Juan García Brun: La cuesta

Llevábamos varias horas viajando entre humedales. Enormes extensiones de juncos se abrían ante nuestra vista  cubriendo el horizonte, interrumpidas -cada tanto- por el vestigio de galpones y viviendas abandonadas, en las pocas colinas que ofrecía el paisaje.

Cuando llegamos al pueblo, atardecía y costó encontrar un lugar donde dormir. La cabaña era de madera, con una enorme ventana que daba directamente a la calle y compartía una pared con un taller mecánico que estaba cerrado por el largo feriado y en cuyo portón alcanzaba a leerse la palabra “motores” y una parte de del logo de Texaco.

A pesar de su altura, la cabaña era minúscula y se encontraba equipada con un diminuto living y dos dormitorios. Las cortinas tenían motivos japoneses. No había calefacción, sólo un pequeño cálefon y una cocinilla eléctrica. El único ruido –había anochecido abruptamente- era el de una carretera y provenía del sur.

Ustedes se quedaron durmiendo. Con la excusa de ir a comprar combustible, me di el tiempo de recorrer el pueblo. Casas de madera, techos angulosos y anchas veredas de asombrosa regularidad. La plaza frente a ella,  la iglesia, aparecían contra un pequeño bosque de cipreses.

Después cargar combustible volví por la calle del río, haciendo el camino inverso a cuando llegamos. Al final de esa calle resplandecía un gimnasio que, más tarde, supe que los naturales del lugar llamaban Coliseo. Me detuve y pude darme cuenta que en su interior se desarrollaba una asamblea. Unos policías estaban en la entrada y aunque los miré buscando su venia, siguieron conversando entre ellos, indiferentes a mi ingreso.

El lugar estaba repleto y hacía uso de la palabra una mujer mayor que presidía el tribunal y no obstante ello, estaba sentada en una galería sin ningún distintivo que permitiese identificar su autoridad. Luego supe que la mayor parte de los asistentes, de un total de mil personas, eran el tribunal. Abogados, imputados y funcionarios judiciales hacían uso de la palabra de forma indistinta y discutían sobre la punibilidad de una grave infracción tributaria. El argumento de fondo de la defensa, pude entender después de varias intervenciones, era que si seguía el criterio de los acusadores la mayor parte de los asistentes al juicio –pero es posible que haya hecho referencia a los habitantes del pueblo- terminarían tras las rejas, con grave perjuicio para la comunidad.

Sin querer, quedé sentado en una banca que estaba reservada para los defensores. Se me confirió la palabra y me limité a indicar que hacía propios los conceptos de quien me había antecedido y que dejaba –en consecuencia- el asunto en manos del tribunal. Mientras hablaba me di cuenta que el piso del lugar, para que se entienda “la cancha”, era de hielo. Circulaba entre los asistentes una nómina que debía ser firmada. Al llegar a mis manos la firmé y luego leí el texto que tenía faltas ortográficas espantosas al punto que creí que estaba escrita en gallego.

Salí del lugar y mi camioneta había quedado encerrada por otro vehículo que le impedía el paso. Esperé un rato y me di cuenta que no tenía sentido intentar buscar al dueño del otro auto para que me dejara salir. Descubrí, dos esquinas más allá por la calle del río,  un pequeño centro comercial, que a pesar de la hora bullía de actividad. Grupos de jóvenes bebían en la calle, amplios restaurantes, parrilladas y una pequeña feria artesanal. Di vueltas al lugar y pensé en comprar unos pañuelos. En el extremo de la feria había unos juegos electrónicos –así decía un cartel- se trataba de flipers, taca tacas, carreras de autos (en pantallas con volantes) y uno que concentraba la atención de un número importante de niños, un juego muy parecido al Mortal Kombat, pero que se llamaba Van Damme. El último de los juegos, daba a un terreno baldío, representaba a dos microbuses de recorrido, de los antiguos, cuyos pilotos llevaban las camisetas de dos equipos de fútbol antagónicos –un clásico debe haber sido- que no supe reconocer.

No recuerdo que ocurrió después. El asunto es que ya era de mañana y tomábamos desayuno: café con leche, pan de casa y huevos revueltos. Me mirabas como preguntando, me limité a decirte que había aprovechado de dar una vuelta.

Salíamos del pueblo, escuchábamos –creo- una canción de Matía Bazar. Un frío agradable subía por mis piernas y cantábamos en coro. Un patrullero nos detuvo en el cruce de acceso a la ruta principal y nos obligó –en un tono imperativo y nervioso- a tomar el camino que va por las montañas. El primer tramo fue difícil por que una bruma densa impedía toda visibilidad más allá de los 50 metros. Apagamos la música. Ustedes se quedaron dormidos y seguí por horas subiendo ese camino serpenteante. En la orilla del camino se desplegaba, intermitente, una cerca de malla galvanizada.

En la parte más alta del camino se podía ver el otro valle, absolutamente despejado. Un valle cobrizo salpicado de pequeños incendios activos y fogatas, un valle cuyas profundas grietas se extendían oscuras y sin fondo visible. Gigantescos arácnidos mecánicos horadaban con frenesí el paisaje hasta perderse en la lejanía. Extraían minerales, carbón, para cargarlos en trenes que casi sin detenerse se perdían en túneles salvajes perforados por alguna clase de maquinaria de tamaño aún mayor. Seguí durante horas conduciendo, sin ánimo a detenerme. Ustedes seguían durmiendo.