Cuento de Masuccio Salernitano: Los tres rivales

En el mes de enero último, hace ya un año, vivía en Nápoles un buen hombre cuyo oficio no consistía  más que en hacer zuecos. Tenía su tienda cerca de la Sellaría, en una plazuela detrás de la Zecca Vecchia, y estaba casado con una amable y hermosa muchacha, que de ningún modo era desdeñosa a las miradas de sus innumerables amantes. Sin embargo, entre ellos había tres que la dama, que se llamaba Viola, amaba y favorecía más que a los otros. Uno era un herrero vecino suyo, el otro un comerciante genovés y el tercero un fraile de cuyo nombre y hábito no me acuerdo. A los tres les había prometido separadamente satisfacer su deseo cuando el marido pasara la noche fuera de la casa. A los pocos días de eso su esposo partió para Selece, conduciendo un pollino cargado de zuecos desbastados, que debía después acabar en Nápoles, como era su costumbre. Eso debía obligarle a quedar ausente aquella noche.

Los tres amantes supieron al mismo tiempo que había partido y que pernoctaría fuera de casa, y cada uno de ellos pensó en aprovecharse de la ocasión. El primero que se presentó para la batalla a la puerta de Viola, tal vez porque era el amante más ferviente, fue el genovés. Muy cariñoso le pidió que le esperase a la noche siguiente para cenar y dormir, haciéndole muy hermosas promesas, como es costumbre en semejantes casos. Viola, para no detenerlo mucho tiempo en suspenso, consintió, pero por miedo de que las gentes del barrio lo viesen entrar, le recomendó que no viniera hasta la noche. El genovés, enajenado, le dijo:

—¡En el nombre de Dios, que así sea!

Cuando se separó se fue a la loggia, en donde compró dos enormes capones gordos y grasos, pan tierno y muchas clases de excelentes vinos; después hizo llevarlo todo a la casa de la bella.

El monje, en cuanto celebró el oficio divino, deseoso de que la promesa de Viola fuese cumplida, emprendió el camino, y recorriendo muchos barrios, como un lobo hambriento que salta sobre una oveja extraviada del rebaño, llegó a la casa de la joven, llamó y le dijo que esperaba venir a pasar la noche con ella.

Cuentos de la Toscana

Viola, que por ningún motivo hubiera querido engañar al genovés, pero que conocía la audacia y tenacidad del monje, no se atrevió a rehusar contestarle. Confusa, no sabía por cuál decidirse, cuando, como mujer discreta, se le ocurrió la idea de recurrir a todos los medios hábiles. Con gracia respondió al monje que estaba dispuesta a satisfacerle con tal que no viniese antes de la quinta hora1, debido a que su cuñadito debía venir a acostarse a su casa y no estaría dormido hasta entonces.

Añadió que tan pronto como se hubiera alegrado debería irse. El monje, que no pedía más que ser recibido, inquietándose poco por lo demás, aceptó estas condiciones y se retiró.

El herrero, que había ido a la aduana y había permanecido allí hasta bastante tarde, ocupado en traer consigo una carga de hierro, enseguida que regresó fue a la casa de Viola, y encontrándola en la ventana, le dijo:

—Como esta noche no está tu marido, podrás recibirme. Bien sabes que si me rehúsas trastornaré todos tus designios.

Viola, que lo quería mucho y que no le temía poco, pensando que no le faltarla tiempo durante una larga noche para contentar a los tres amantes, resolvió también recibir al tercero y último.

—Mi querido Mario —le dijo—; tú sabes que estoy maltratada en este barrio. Con buenas razones, todas las mujeres buscan cómo hacerme partir, y hay quienes hasta media noche hacen vigilancia. Para que sus emboscadas no puedan alcanzarme, espera para venir a que la aurora haya llegado. Es la hora en la que tienes la costumbre de levantarte. Tú harás una señal, yo te abriré, y permaneceremos un momento reunidos esta primera vez. Para el porvenir buscaremos medio de vernos mejor.

El herrero, dudoso de que fuesen falsas razones, pero teniendo su proyecto, no objetó nada y pareció contento de este arreglo.

Cuando la noche hubo caído el genovés se deslizó ocultamente en la casa de Viola, pero por más que ella hubo de hacerle buen recibimiento y besarlo muchas veces, su naturaleza enervada no le permitía que sus apetitos concupiscentes se reanimaran sin el calor de la cama y otros argumentos. Se sentó a gusto y se puso a preparar la ensalada, mientras que los capones, por escasez de fuego o por otra razón, no se acababan de asar. Viola moría de inquietud, temiendo que el segundo festín llegase antes que ella hubiese saboreado el primero. Las diez empezaban a sonar y su cena no estaba todavía principiada. Entretanto oyeron llamar a la puerta, y enteramente atemorizado, el genovés exclamó:

—Me parece que llaman.

—Tienes razón —respondió la joven—. Tengo mucho miedo que no sea éste mi hermano. Pero no tengas ningún temor, voy a prevenir para que no te vea. Sal por esta ventana, siéntate en este pequeño jardincillo; yo iré a ver quién está ahí y lo que tiene que decirme y me desembarazaré lo más pronto posible.

El genovés, más miedoso que inflamado de amor, por estar poco ejercitado en los juegos amorosos, no se apercibió de que caía una lluvia fina y glacial, e hizo lo que le dijo Viola. Ésta, habiendo cerrado la ventana tras de él y escondido la cena, bajó a la puerta a ver quién había llamado y vio que era el monje importuno.

—Has venido mucho más pronto de lo que habíamos convenido —dijo—. ¡Desgraciada de mí! Por no haber esperado un poco, vas a hacer que me suceda una desgracia.

Pronunciando estas palabras, le abrió, y él, apenas entrado, sin ceremonia de besos, como había hecho el genovés, y sin esperar a que ella hubiese cerrado completamente la puerta, le otorgó una indulgencia plena, no en virtud de la autoridad que el general le había conferido, sino por el vigor que la potente Naturaleza le había otorgado. Viola, que creía que bastaría eso para devolverle el contento, le vio subir la escalera, y cerrando la puerta, le siguió gritándole:

—Vete, por el amor de Dios, porque mi cuñadito no está todavía dormido y es seguro que te va a oír.

El monje, inquietándose poco por lo que le decía, habiendo subido, encontró todavía el fuego encendido; avivó una brizna, y agarrando por segunda vez a Viola, se puso a tocarle una nueva danza con una melodía más agradable que la del pobre genovés, que castañeteaba los dientes por el frío glacial que hacía. El desgraciado, por los agujeros de la ventana, veía todo lo que pasaba en el interior. Cada uno puede conjeturar qué sería mayor para él: el dolor de tal espectáculo, el temor de ser sorprendido, o el frío por el que tiritaba. Muchas veces habría tomado la decisión de saltar si la oscuridad no hubiera sido lo bastante grande para impedirle calcular la altura. No le quedaba otra esperanza más que el monje, habiéndose aliviado más que de necesidad y continuamente solicitado por la mujer de irse, acabara por ausentarse. Pero el monje, al contrario, recalentado por las caricias de la bella, no la soltaba y la instruía en toda clase de danzas nuevas, ignoradas no solo por ella, sino por el genovés, quien, a su pesar, los contemplaba: se le había puesto en la cabeza el no irse sino echado por la claridad del día. Las tres habían dado cuando oyó al herrero, como estaba previsto, llamar a la puerta de Viola. Volviéndose hacia ella, le dijo el monje:

—¿Quién llama a tu puerta?

—Es mi perpetuo enemigo —respondió ella—, mi vecino el herrero, del que no puedo desembarazarme, aunque le haga buena o mala contestación.

Cuentos de la Toscana

El monje, que era amigo de bromas, tuvo al punto ganas de jugarle un buen chasco. Bajó a la puerta, y con voz baja, como si hubiera sido Viola, dijo:

—¿Quién eres?

—Soy yo —contestó el otro—; ¿no me conoces? Ábreme; te lo pido, porque me mojo.

—¡Desgraciada de mí! —respondió al monje—; no puedo abrir esta puerta, porque al abrirla hace tanto ruido que se armaría escándalo.

El herrero, no sabiendo dónde ponerse al abrigo del agua, suplicaba que se le abriese, diciendo que se moría de amor. El monje sentía gran placer en obligarlo a mojarse.

—Alma mía —dijo—, dame un beso por esta hendidura, que es bastante ancha, y veré en seguida de abrirte esta maldita puerta.

El herrero, crédulo y muy gozoso, adelantó sus labios para besarla. El monje, que durante este tiempo había hecho caer sus calzoncillos, le presentó la boca por la que se vierte lo demasiado lleno del vientre, y el herrero, creyendo pegar sus labios en los dulces labios de Viola, se apercibió muy pronto, al contacto y el olor, de que besaba a algún otro cazador más madrugador que él y que le había robado su placer haciéndole una majadería. Juró al instante no dejar sin venganza semejante afrenta, y aparentando morder y lamer, dijo:

—Mi querida Viola, mientras que vas a procurar abrirme, voy a buscar una manta, porque ya no puedo soportar tal lluvia.

—Ve con Dios —replicó el monje—, y vuelve pronto.

Y se puso a reír con la joven, de tan buen corazón, que no podían tenerse en pie.

Vuelto a su casa, el herrero se puso a forjar una barra de hierro a modo de chuzo, y dejándola allí toda roja, dijo a su aprendiz:

—Ten cuidado; cuando me veas hacerte una seña gargajeando, acudirás hacia mí y me traerás esta barra.

Dicho esto volvió a la puerta como para entrar, y de una palabra a otra,

—Quiero darte todavía un beso —dijo.

El monje que había vuelto la espalda más flexible que un mono, le presentó al punto el mismo orificio. Mario hizo a su aprendiz la señal convenida; al instante éste le llevó la barra de hierro rojo, que él cogió en sus manos, y valiéndose de la ocasión le dio una estocada en la región del Valle Oscuro, en el que la hizo entrar por lo menos un palmo. Recibiendo este terrible golpe, el monje lanzó un grito que llegó hasta el cielo y se puso a bramar como un toro herido; todos los vecinos, despertados, se habían levantado con luces en la mano, apareciendo en las ventanas. El desdichado genovés, tan transido de frío que parecía cambiado en témpano y llegado al término de sus días, oyendo todo este ruido, viendo tantas luces en la calle y temiendo ser preso como ladrón, tomó el partido de saltar, lo que hizo recuperando valor y encomendándose a Dios. La fortuna le fue tan poco favorable, que al tocar en el suelo encontró una piedra, sobre la cual su pie se torció de tal modo que se rompió la pierna en muchas partes. El dolor que experimentó fue tan fuerte, que gritaba no menos que el monje.

El herrero, acudiendo al ruido y habiendo encontrado y reconocido al genovés, vista la razón de sus gritos, fue movido a piedad; con la ayuda de su aprendiz, no sin trabajo, lo transportó a su taller; allí supo por el genovés lo que había pasado.

Saliendo a la calle, hizo callar las habladurías de los vecinos, diciéndoles que dos de sus muchachos se habían hecho daño. Restablecida la calma en el barrio, Viola llamó al herrero, que entró y encontró al monje medio muerto. Después de muchas excusas del monje, lo colocó en sus espaldas y lo condujo al convento. Poniendo en seguida al genovés sobre un pollino, lo envió a su casa. En cuanto a él, volvió a casa de Viola y comió con ella los capones; después, habiendo enteramente satisfecho sus deseos de amor, todo gozoso, se volvió a forjar el hierro. Así el herrero, aunque llegado el último competidor, dejó a sus rivales burlados, maltratados y dolientes.

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Este cuento forma parte de la recopilación Cuentos de la Toscana.