Ken Loach

“Route Irish”, de Ken Loach: Los negocios de la guerra

por Cristián Garay Vera //

El cine político tiene muchas facetas según la sociedad y el contexto nacional o internacional. La advertencia es necesaria porque, a primera vista, parece que estamos solo ante un filme más sobre Irak y el tema de los contratistas. Pero en realidad, estamos frente a una potente denuncia del actuar de las compañías privadas de seguridad, que participan con inmunidad jurídica de la violencia armada en ese país protegiendo bienes y civiles de alto rango, y también gestionando operaciones de seguridad.

Como es sabido, las guerras de cualquier tipo, y la de Irak tiene confundidos los aspectos internos y externos, las suelen librar los partidarios en conflictos y por cierto los contingentes extranjeros. Están los irregulares; los soldados (que visten uniformes); los mercenarios que se contratan; y finalmente los contratistas que cumplen funcionen de soporte de la autoridad civil o militar. Sin duda, esta última categoría es la más compleja, ya que, aunque los contratistas no necesariamente participan de las operaciones, deben tomar las armas para proteger blancos civiles, las líneas de los oleoductos (como pasa en África subsahariana), proteger minas de diamantes o asegurar el tren logístico. Algunas como la famosa Blackwater (1997) ha sido prácticamente un ejército en terreno con 40 mil efectivos. Dado que hoy día muchos ejércitos externalizan funciones no necesarias, que podríamos calificar de protección personal o de tipo policial, existen compañías privadas que brindan esas funciones y que disputan sus contratos en los terrenos en riesgo a lo largo del planeta. Desde que se fueron los estadounidenses, oficialmente, de Irak, el número de contratistas sustituye a los soldados, y las empresas británicas y norteamericanas se nutren de estadounidenses, británicos, colombianos, israelíes y sudafricanos que han salido de sus propios ejércitos. Por otro lado, los contratistas tuvieron inmunidad jurídica dada por la Orden número 17 del gobierno provisional de Irak hasta 2007, cuando se informó de la muerte de 17 civiles por contratistas.

Bueno, hecho este preámbulo, Fergus Malloy (Mark Womack) acaba de recibir la noticia, en Liverpool, tras varios llamados infructuosos, que su amigo Frankie (John Bishop) ha muerto en la llamada ruta irlandesa, que es el camino que va entre el aeropuerto y la Zona Verde. Un trayecto muy peligroso, objeto de atentados de irregulares adversos a la presencia de los occidentales y del propio gobierno iraquí. Ya sean adherentes a Al Qaeda, ISIS o sectarios que apoyaban al ex partido Baas. Aquí tampoco se especifica ni profundiza en ello: los iraquíes son preocupación para su compatriota Harim (Talib Rassol) que les ayuda a traducir los mensajes de su móvil, y que se convierte en parte de los eventos por ello. El incidente involucra a Frankie y Fergus, dos grandes amigos, que en algún momento estuvieron juntos en Irak, por instancia de Fergus. Una relación muy fuerte, que incluye a la mujer del occiso, Rachel (Andrea Lowe), y a la amante de ambos, Marisol (Nawja Nimri).

Un vínculo que se remonta a la adolescencia, y que los une sin claudicaciones. Desde allí empiezan a llegar las noticias de la compañía, acerca del comportamiento de Frankie, de este héroe, constructor de la paz, pero no reconocido por la sociedad, que en definitiva ha ido a pelear por diez mil dólares al mes (promedio en todo caso bajo; pues un ex fuerzas especiales puede ganar mil dólares al día).

La resistencia de Fergus a la noticia empieza a ponerlo más inquisitivo respecto de la versión oficial. En eso un celular, tomado “prestado” por el muerto, y que parece del interés de los contratistas, termina enlazando a Frankie con el asesinato de civiles iraquíes en un taxi. A partir de ahí queda claro que Frankie ha cuestionado la actitud de su compañero Nelson (Trevor Williams). Entre idas y venidas, el duelo de Rachel se confunde con la estrecha relación de amigos, camaradas y socios, pero también con el deseo de Fergus de hacer justicia a su manera.

El móvil revela que el asesino es Nelson, y partir de ahí las relaciones con la compañía se ponen más tensas, ya que la información que Frankie fue simplemente objeto de un ataque rebelde casual son más discutibles. En la búsqueda, Fergus se encuentra con Nelson en su propio país, que ha sido alertado de la investigación que se hace, y ajusta cuentas de modo directo con el ejecutivo que se ha independizado para formar otra empresa y obtener mejores contratos.

El clímax de la película es el rol de justiciero del antihéroe, que a la vez que ha descubierto la verdad ha decidido seguir a su amigo más allá de esta vida. Aunque el mismo repare a la familia del taxi, lo esencial es que al hacerlo también vuelve a esa comunidad con su amigo desaparecido, dejando a la viuda nuevamente sola en ese panorama donde, al fin y al cabo, han sido una comunidad en todo sentido.

Loach (nacido en 1936) es un director británico de tendencia trozkista, cuyo cine político ha tenido cimas como Kes (1969) y Tierra y libertad (1995) sobre los anarquistas en la Guerra Civil española. Su larga filmografía remata en esta película, con bastante pirotecnia, que fue nominada para el Festival de Cannes, y reestrenada este martes en Cine Arte Normandie. Una mirada acusadora sobre los negocios de la guerra, aunque nada dice del apoyo de los laboristas, y que se inscribe dentro de otras películas memorables de esa guerra (Tres Reyes, David O. Russell, 1999), aunque sin duda debe leerse también en relación a la obra del autor.

 

Route Irish. Dirige: Ken Koach. Guión: Paul Laverty. Música: George Fenton. Fotografía: Chris Menges. Reparto: Mark Womak, Andrea Lowe, John Bishop, Geoff Bell, Jack Fortune, Talib Rasool, Craig Lundberg y Nawja Nimri. 108 minutos. 2010

(Tomado de Cine y Literatura)