capital financiero

Capital financiero, capital dinerario y capital comercial

por Rolando Astarita //

El término “capital financiero” es de uso común en la izquierda, incluido el marxismo. A grandes rasgos podemos decir que con este término se denota a una totalidad compuesta por los bancos, los fondos de inversión y similares, las compañías de seguro, los prestamistas de dinero, y los accionistas. Pero la noción también hace referencia a una relación de dominio de estos capitales sobre el capital productivo (y, eventualmente, el mercantil). Esta idea nace con los “clásicos” sobre el imperialismo (Hilferding, Hobson, Lenin) y es mantenida en la actualidad en la tesis de la financiarización (Chesnais, Samir Amin, Reinaldo Carcanholo), y otras corrientes izquierdistas. En esta nota examino la cuestión a la luz de las nociones de capital dinerario y capital comercial, de Marx, y planteo mis principales críticas a la noción usual de capital financiero.

En Marx

Tal vez una de las cuestiones más importantes es precisar la distinción, de Marx, entre capital comercial y capital dinerario. Por capital comercial el autor de El Capital entendía el capital mercantil (esto es, el que se especializa en el comercio de mercancías) y el que se especializa en el manejo del dinero. Este último engloba a los bancos, y en general a las instituciones que realizan operaciones monetarias “para toda la clase de los capitalistas industriales y comerciales” (Marx, 1999, t. 3, p. 403). Son las operaciones de pago y cobro de dinero, conservación de tesoros monetarios, saldo de balances, manejo de cuentas corrientes, movimientos internacionales de dinero, operaciones cambiarias, y similares. A ello se agrega el recibir y conceder créditos, organizar la colocación de acciones y bonos, preparar fideicomisos, actuar como fideicomisarios, etc. El capital dinerario, en cambio, comprende -siempre según Marx- el dinero que se presta, a cambio de un interés. Es en este sentido que el capital comercial se diferencia del capital dinerario: los capitales comerciales (sean mercantiles o bancarios) reciben la parte de la plusvalía que corresponde a la ganancia. Es conveniente recordar que el beneficio de un banco no proviene del interés, como muchas veces se piensa, sino de la diferencia entre las tasas activas y pasivas (esto es, las tasas a las que presta y las tasas a las que toma depósitos); más las comisiones que cobra por realizar operaciones monetarias. Su tasa de ganancia, por lo tanto, está determinada por la razón entre los beneficios y el capital propio invertido. Lo mismo sucede con un corredor de bolsa; su ganancia principal proviene de las comisiones que cobra por operar en la bolsa, y su tasa de ganancia es la razón entre el beneficio y el capital invertido. No hay, en este sentido, una diferencia sustancial con la tasa de ganancia de los capitales invertidos en cualquier otra actividad. El capital del banco participa de la igualación de la tasa de ganancia, junto al resto de los capitales. Esa igualación se produce por la competencia, que ocurre con los movimientos de los capitales entre las ramas. Si la tasa de beneficio en una rama es mayor que en el promedio de la economía, los capitales tenderán hacia ella, hasta que se iguala con el promedio. A la inversa, los capitales salen de las ramas en que la tasa de ganancia es menor al promedio. Por esta razón, Marx jamás consideró que las instituciones que operan con dinero pudieran gozar de una tasa de ganancia sistemáticamente superior a la que reciben los capitales invertidos en las ramas productivas, o comerciales.

El capital dinerario, por su parte, se basa en que el dinero puede funcionar como capital, y como mercancía-capital. Pero, a diferencia del resto de las mercancías, solo se lo enajena por un período determinado, para que funcione como capital. En palabras de Marx: “… la mercancía capital tiene la peculiaridad de que en virtud del consumo de su valor de uso, su valor y su valor de uso no sólo se conservan, sino que se incrementan. Este valor de uso del dinero como capital -la capacidad de generar la ganancia media- es lo que enajena el capitalista dinerario al capitalista industrial por el lapso durante el cual le cede a éste el poder de disponer sobre el capital prestado” (1999, t. 3 p. 449). El interés aparece entonces como el precio del capital, y expresa la valorización del capital dinero. Surgido de la relación entre dos capitalistas, el prestamista y el capitalista empresario, su sustancia es una parte de la plusvalía generada por el obrero. Este es el fundamento de la hermandad que existe entre el capital dinerario y otras formas del capital, frente al trabajo. Ambas formas del capital dependen de que la explotación del trabajo, y la realización de la plusvalía, sean exitosas. Por este motivo también, es imposible que el capital dinerario se pueda valorizar de manera independiente del capital productivo. Pero por fuera de este elemento de identidad, el capital dinerario se distingue del capital comercial, entre otras razones porque percibe interés, y no ganancia.

A partir de esto, se puede entender la diferencia que existe entre lo que se llama la ganancia empresaria, y el interés. La explicamos con un ejemplo. Supongamos que un capitalista toma $1000 a préstamo, que rinden una ganancia anual del 8%, y que el interés es del 2%. Para este capitalista, la ganancia “neta”, o empresaria, es del 6%. Los $60 que embolsa como ganancia son una retribución a su rol de explotador; en otras palabras, la ganancia empresaria retribuye al capital en funciones. El interés, en cambio, es la plusvalía que le corresponde al capitalista dinerario en tanto encarna la propiedad privada del capital. Puede verse entonces que entre el interés y la ganancia empresaria existe una relación negativa: dada la plusvalía, si aumenta el interés, disminuye la ganancia, y viceversa (suponiendo que no se modifican la renta de la tierra ni los impuestos). De ahí que exista una oposición en la unidad, entre el capitalista dinerario y el capitalista empresario. En períodos de crisis, en especial, la tasa de interés sube -aumenta el riesgo, los capitalistas son reacios a prestar en tanto aumenta la demanda de líquido para enfrentar vencimientos- y esto puede afectar muy seriamente a la ganancia. Lo cual genera la impresión de que la causa de la crisis es la suba de la tasa de interés, cuando en realidad, se trata de una consecuencia de la crisis; que a su vez actúa agravándola. Pero lo mismo ocurre con todo el capital, sea productivo o comercial. Si el banco toma dinero prestado, deberá pagar un interés al prestamista; si la tasa de interés aumenta, bajará su ganancia empresaria. Sin embargo, cuando se subsume bajo una misma totalidad indiferenciada de “capital financiero” al capital dinerario y al capital bancario, se pierde de vista esta oposición.

Por otra parte, subrayamos, la tasa de ganancia del banco está sometida a las leyes de la competencia. Pero, cuando se dice que el capital financiero está por encima del capital productivo, o mercantil, se pasa por alto que el capital comercial de conjunto (esto es, los bancos y similares incluidos) está sometido a la misma ley de igualación de la tasa de ganancia que afecta a los capitales de cualquier rama. Por este motivo también, los bancos, y similares, estarán afectados por la caída de la tasa de ganancia que lleva a las crisis.

El capital accionario y los accionistas

Una consideración especial merece el capital accionario. Precisemos que la acción es un título que da derecho a una parte de la plusvalía que ha de realizar el capital. La acción “no es otra cosa que un título de propiedad, pro rata, sobre el plusvalor que se ha de realizar por intermedio de ese capital” (Marx, 1999, t. 3, p. 601). En algunos pasajes Marx asocia al capital accionario con un tipo de capital a préstamos, y a los dividendos con el interés (ídem, p. 307). Lo hace porque el poseedor de acciones no está necesariamente involucrado en la función de capitalista, y en este sentido, se acerca al capitalista dinerario.

Sin embargo, pienso que esta circunstancia no es suficiente para considerar al capital accionario, sin más, como parte del capital dinerario. En primer lugar, porque los accionistas participan de las ganancias de las empresas a través de los dividendos, y éstos no mantienen una relación inversa con la tasa de ganancia, como ocurre con el interés. Cuando aumentan las ganancias, aumentan los dividendos, y viceversa; cuando estalla la crisis, y la tasa de interés alcanza su pico, los dividendos usualmente desaparecen. Por eso, entre dividendos y ganancias no existe la tensión que encontramos entre la tasa de ganancia y la tasa de interés. Sí existe una tensión entre las ganancias retenidas por las empresas, y los dividendos distribuidos a los accionistas. Pero es una oposición distinta de la que existe entre la ganancia y el interés; incluso no puede decirse que el no pago de dividendos perjudique siempre, o necesariamente, a los accionistas. Por ejemplo, una retención de ganancias para ampliar la empresa puede dar lugar a una suba del precio de la acción, de manera que para el accionista hay una compensación, en términos de patrimonios, por el dividendo no cobrado. El accionista, además, se beneficia siempre con la valorización de la empresa, en tanto el capitalista dinerario no obtiene ningún beneficio con ello. Aclaremos por último que la situación del accionista no siempre es la de mero propietario del capital. Superado cierto umbral de tenencia accionaria (generalmente hoy se ubica en un 5% del total del paquete accionario), el accionista comienza a tener injerencia en el directorio de la empresa, esto es, se involucra como capitalista en funciones.

Capital financiero” en el marxismo

Como ha señalado Harvey (1990), Marx casi no utilizó el término capital financiero. La noción recién adquirió vuelo, dentro del marxismo, a partir de los escritos sobre imperialismo de principios de siglo XX. Hilferding y Lenin quisieron denotar con ese término un fenómeno que consideraban novedoso, la fusión del capital bancario con el capital industrial, y el dominio del primero sobre el segundo. Hobson también pensaba que el sector financiero predominaba sobre el resto de la economía; pero entendía por capital financiero a las grandes casas financieras, que invertían en acciones y títulos, flotaban empresas y otorgaban créditos. En décadas posteriores, la visión del dominio pareció ceder lugar a una idea más matizada. Por ejemplo, Sweezy (1974) pensaba que el dominio de los bancos se acentuaba durante los períodos de crisis, y se debilitaba durante los auges. Mandel, en el Tratado de economía marxista, planteaba que había “interpenetración del capital industrial y financiero”, al menos en EEUU, Gran Bretaña y Alemania. Sin embargo, a partir de los años 1980 (ascenso del reaganismo y el neoliberalismo) volvió a tomar fuerza la tesis del dominio del “capital financiero” entre los marxistas; aunque ya pocos utilizaron el término en el sentido que lo encontramos en Hilferding (1963) y Lenin (1973), esto es, entendido como fusión del capital bancario e industrial.

En términos generales, por capital financiero se comprende ahora tanto al capital que se presta a interés, como el capital bancario y el aplicado a diversos fondos de inversión. La idea clave es que este tipo de capital domina al resto. Por ejemplo, Sweezy, Magdoff y otros participantes de la revista Monthly Review sostenían, en los años 80 y 90, que el centro de gravedad del capitalismo había pasado de la producción a las finanzas, y que esto comportaba un cambio cualitativo del sistema capitalista (Sweezy, 1994, Foster 2010). Los teóricos de la financiarización sostienen la misma idea. Por caso, Samir Amin considera que la economía moderna está dominada por el capital “oligopólico-financiero”, encabezado por 10 bancos que controlan los grandes fondos de inversión y de pensión. (Amin, 2008). Chesnais sostiene que las finanzas tienen “los mandos”: “Las finanzas y los mercados financieros están en la cima del sistema; ocupan los commanding heights… y dan el tono al capital comprometido en la producción o en los grandes negocios” (1996, p. 262). Plihon (1996), teóricamente cercano a Chesnais, afirma que la primacía del capital financiero se corporiza en la “dictadura” de los accionistas sobre los directorios de las empresas.

Observaciones críticas a la tesis del capital financiero, y la financiarización

El enfoque de Marx no apoya esa visión del capital financiero que ha prevalecido en el marxismo hasta el día de hoy. Pensamos que tampoco la evidencia empírica. Desde el punto de vista teórico, y por lo que hemos explicado más arriba, no se puede colocar al capital dinerario, y a una fracción del capital comercial, en una misma bolsa, llamada “capital financiero”, sin importantes precauciones. En todo caso, si quiere hacerse esto por economía de lenguaje, hay que tener presente que estamos hablando de formas distintas de capital. Los bancos, por ejemplo, toman dinero de los mercados de capitales y de dinero, y por lo tanto también aquí se establece una relación de oposición entre el prestatario y el prestamista. Por eso, es erróneo colocar bajo una totalidad indiferenciada al capital bancario y el capital dinerario. Y entonces parece lógica la clasificación de Marx, que ubica al capital dedicado a las operaciones monetarias junto al capital mercantil, bajo la noción de capital comercial, y como categoría distinta al capital dinerario.

También en base a lo que hemos explicado, se concluye que no hay motivo para sostener que el capital dinerario tenga algún tipo de prioridad permanente, o estructural, sobre el capital productivo, o sobre el comercial. La relación entre ambas especies de capital varía con el ciclo económico. En los años de bonanza, la tasa de interés es baja y las ganancias del capital (productivo o mercantil) son altas. Lo inverso sucede cuando estalla la crisis; además, los quebrantos y las desvalorizaciones de activos afectan tanto a los capitales productivos o comerciales, como a los acreedores. Ésta parece ser la posición de Marx, y es adecuada al capitalismo contemporáneo. Por caso, durante la crisis iniciada en 2007 colapsaron grandes instituciones bancarias y compañías de seguros; y enormes masas de activos financieros se derrumbaron, arrastrando también a los acreedores. Las leyes de la competencia no respetaron “jerarquías” ni “hegemonías”.

Tampoco se puede decir que el capital dinerario dicta el curso al resto del capital. Los bancos, por ejemplo, no están bajo la hegemonía de los capitalistas dinerarios que adquieren sus emisiones de obligaciones negociables o papeles comerciales. De la misma manera, no se advierte que los capitalistas dinerarios ejerzan alguna dominación sobre los capitales productivos o comerciales. IBM, Wall Mart, Esso o Microsoft no están, de manera permanente, o “estructural”, a merced de lo que dictan los prestamistas. La evidencia disponible tampoco parece corroborar la tesis de que los bancos controlan, en el largo plazo, a las empresas abocadas a las actividades productivas o mercantiles. Constantemente muchos capitales invertidos en las ramas productivas o en el comercio sacan fondos líquidos (por ejemplo, por amortización, o ganancias retenidas) que son colocados en los mercados financieros, o en los bancos, y vueltos luego a la producción. Las tasas a las que colocan estos fondos, adquiriendo bonos o colocándolos como depósitos, están sujetas a competencia. A su vez, muchas otras empresas están tomando fondos, ya sea a través de préstamos bancarios, o colocando títulos en los mercados. No hay razón para pensar que estas gigantescas corporaciones deban someterse a los dictados de los bancos, que después de todo, no son sino una forma del capital. La tasa de interés hoy se sigue determinando por la oferta y demanda de fondos líquidos (esto es, “a lo Marx”). Asimismo, tampoco se comprueba que la tasa de ganancia de los bancos sea sistemáticamente, y en el largo plazo, más alta que en el resto de las actividades. Los datos de que disponemos muestran que en los últimos 20 años la tasa de ganancia de los bancos ha oscilado de manera más profunda que la de otras ramas, pero no ha sido en promedio más alta (ver aquí). La idea de “interpenetración” entre estas formas de capital, que planteaba Mandel, nos parece apropiada.

Por último, parece difícil sostener que hay una oposición estructural entre el capitalista en funciones y los accionistas. Ya hemos visto que a partir de la tenencia de un cierto paquete accionario, los accionistas forman parte de los directorios de las empresas. Pero la identidad es más esencial; es que los capitalistas en funciones tienen tanto interés como los accionistas en la valorización del capital. No solo, ni principalmente, porque los directores son remunerados con acciones (y por lo tanto se enriquecen cuando éstas suben de precio), sino porque está en la naturaleza del capital la tendencia a la valorización. El capital que no tiene éxito en esta “misión”, valorizarse al máximo, está condenado a desaparecer (y en ese caso los directores perderán su trabajo). No hay forma de evitar esta ley de hierro del sistema capitalista. El director de empresa no es un apóstol de la producción por la producción, enfrentado al capitalista accionario, encarnación de la codicia sin límites. Ambos personajes solo existen en tanto encarnan al valor en proceso de valorización, y no pueden dejar de encarnarlo, sin dejar de ser capitalistas. Por eso, no existe capital en funciones sin valorización del capital, sin tendencia a su acrecentamiento sin fin.

Consecuencias políticas

En base a los argumentos presentados, nuestra crítica al concepto de capital financiero, tal como acostumbra usarse en el marxismo, y en la izquierda en general, es doble. En primer lugar, consideramos que establece una falsa divisoria “fundamental” entre una parte del capital comercial, el dedicado al tráfico y manejo de dinero, y el capital mercantil, que es la otra forma del capital comercial, a la par que diluye la divisoria entre el capital dinerario y el capital comercial, incluido el bancario. A partir de aquí, se borran las especificidades de los respectivos ingresos, ganancia para el capital comercial-bancario, e interés para los capitalistas dinerarios. La segunda crítica, y es la más importante, es que a nuestro entender no existe primacía estructural, o permanente, del llamado capital financiero (sea que se entienda por éste al capital bancario, al capital dinerario, o a la suma de ambos), por sobre el capital productivo o mercantil.

De estos enfoques derivan consecuencias políticas casi inmediatas. La afirmación de que el capital financiero domina y oprime, de alguna manera, al capital productivo, está asociada a la idea de que las crisis, o los padecimientos de las masas trabajadoras, tienen sus raíces en este dominio de las finanzas. La solución de los males pasaría por “dominar a las finanzas”, y no por acabar con la propiedad privada del capital. Por eso también, la tesis “el problema son las finanzas” es funcional a las políticas “progre-izquierdistas” de apoyo al capital y a la colaboración de clases. Los explotados deberían colaborar con sus explotadores “industrialistas y productivos”, los cuales, se pretende, enfrentarían a la oligarquía financiera, o financiera parasitaria. De ahí la aprobación de la tesis de la financiarización (o similares) por parte de muchas corrientes burguesas reformistas. El enfoque que hemos defendido, en cambio, sostiene que las crisis, la polarización social creciente, el hambre y la miseria que reinan en medio del más gigantesco desarrollo de las fuerzas productivas, no se explican por el pretendido dominio de una forma del capital, sino por la misma relación de explotación capitalista. Esta teoría es el fundamento último para avanzar en lo que fue un objetivo del marxismo, la organización de los trabajadores (de los explotados por el capital) como partido político independiente de la burguesía.

Textos citados:
Amin, S. (2008): “’Market Economy’ or Oligopoly-Finance Capitalism?”, Monthly Review, vol. 59, Nº 11, abril.
Chesnais, F. comp. (1996): La mondialisation financière. Genèse, coût et enjeux, Paris, Syros.
Foster, J. B. (2010): The Age of Monopoly-Finance Capital, http://monthlyreview.org/2010/02/01/the-age-of-monopoly-finance-capital.
Harvey, D. (1990): Los límites del capitalismo y la teoría marxista, México, FCE.
Hilferding, R. (1963): El capital financiero, Madrid, Tecnos.
Hobson, J. A. (1902); Imperialism: A Study, en www.econlib.org/library/YPDBooks /Hobson/hbsnImpCover.html.
Lenin, N. (1973): “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, Buenos Aires, Cartago, Obras escogidas, t. 3.
Mandel, E. (1969): Tratado de economía marxista, México, Era.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Plihon, D. (1996): “Déséquilibres mondiaux et instabilité financière: la responsabilité des politiques libérales”, en Chesnais (1996), pp. 97-141.
Sweezy, P. (1994): “The Triumph of Financial Capital”, http://monthlyreview.org/1994/06/01/the-triumph-of-financial-capital.
Sweezy, P. (1974): Teoría del desarrollo capitalista, México, FCE.